Archivo de: Agosto, 2005
Liberación masculina
La semana pasada una noticia de prensa puso a reflexionar a toda Guatemala. Un hombre en la víspera de un matrimonio que no quería, finge un secuestro y le pide rescate a la familia de la novia. Claro, ellos eran los culpables, ellos tenían que pagar por querer conseguirle marido a la doncella.
Las mujeres siempre nos han perseguido pretendiendo casamiento y las consecuencias son que nosotros no tenemos relaciones estables, que ya no vamos a la iglesia y que no buscamos ganar más, porque al fin y al cabo, el dinero es para la mujer. Yo me imagino que el pobre hombre, acosado por la novia y presionado por las dos familias, había aceptado el enlace matrimonial. La sociedad no puede aceptar la soltería feliz como modo de vida, y a manera de venganza (casi todos son casados), estigmatiza a los solterones.
A nuestro valiente héroe le pusieron un domingo cualquiera como fecha del principio de sus males, en la iglesia del pueblo. Y durante todo el tiempo anterior fingió estar de acuerdo para no defraudar a sus amigos y familia, de él y de ella. Pero cuando se acercaba el día, y su angustia crecía y crecía, un rayo de luz iluminó sus maltrechas neuronas, y decidió seguir con su feliz vida de soltero en lugar de empezar el infierno tortuoso del matrimonio: fingiría un secuestro, y aparecería una hora después de la ceremonia religiosa, enfrente de la iglesia del pueblo, con el pecho erguido y la frente en alto, diciendo lo que nadie había querido oír bien: no se quería casar y qué pisados. Y así lo hizo.
No faltaron las mujeres que dijeron “pobre la novia”, equivocando de manera intencional e interesada a la verdadera víctima, que en este caso, felizmente, se salvó de una vida miserable.
Las mujeres deberían empezar a reflexionar acerca de sus pretensiones de cazar hombres para casarse con ellos. Deberían tomar conciencia de que el matrimonio le hace mal al hombre, restringe su libertad y su creatividad, arruina a los buenos grupos musicales.
Hace algunas décadas empezaron con aquello de la “liberación femenina”, ya es hora, mis queridos amigos, de que hablemos de la liberación masculina.
Sombras nada más
Hay una peligrosa sombra acechándome. Sigilosa y astuta, hasta ahora no la había notado. Es posible que ella crea que no me he dado cuenta, por eso me limito a verla de reojo de tanto en tanto, para que no me agarre desprevenido. Sin embargo, a pesar de que no me ha atacado, ya me está causando una terrible angustia. Sabe bien que no soy territorio para ella, que nunca la voy a aceptar. No obstante, todo indica que no me dejará en paz y que seguirá ahí, silente pero perceptible, pequeña, pero oscura y siniestra. Ya va siendo hora, parece, de que vuelva a tomar mi dosis diaria de Litio.
Amores de carretera
Una chica pasa a pie en la misma dirección en que va el bus, ahora estacionado. No le vi la cara, pero sus formas son atractivas. Ella deja el bus atrás, y éste, perezoso, no arranca para que pueda verla de frente. Después de un eterno par de minutos, el bus inicia la marcha. La alcanzamos y puedo ver su rostro, es linda de verdad. No camina, flota en el aire como una grácil hoja de otoño. Va en cámara lenta, el viento flamea respetuoso su largo cabello castaño. Sus ojos negros miran impasibles el camino. Cuando ya quedó atrás y no puedo verla, me vuelvo a sentar como se debe, le doy un beso a mi mujer (que va dormida), cierro los ojos y me dispongo a dormir, todavía faltan tres horas de camino para llegar a Quetzaltenango.
Lecciones de Español (III)
Proseguimos con nuestras necesarias e imprescindibles lecciones de español. En esta ocasión estudiaremos las correctas formas de llamar a las personas.
Cuando usted, querido estudiante, se refiere a una mujer es imprudente decirle señora o señorita, usted debe decir la forma adecuada seño. Nótese la gracia y elegancia de la abreviatura, pues ésta nos permite llamar por un neutro a todas las mujeres, algunas de las cuales se molestan si usted le dice señora y replican con gesto adusto diciendo se-ño-ri-ta, asunto que queda arreglado diciendo un simple seño.
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Desdoblamiento astral
Desde hace algún tiempo he logrado con éxito mi desdoblamiento astral. Me acuesto en mi cama, cierro los ojos, me concentro y digo lentamente la palabra FARAON, hasta que logro que mi cuerpo astral se desdoble y salga de mi cuerpo carnal. Entonces me veo ahí acostado con los ojos cerrados en mi cama y observo desde la perspectiva del techo el completo desorden en que se mantiene mi dormitorio. Y salgo de mi casa, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes y salgo de la atmósfera y veo cómo es de linda la Tierra desde afuera y cómo se mira de chiquitita Guatemala. Entonces se aparece Pedro, mi amigo extraterrestre que también se desdobla pero desde otra galaxia y que tiene esos dedos largotes y la cara de pepino con acné. Y me cuenta cómo es de aburrido su planeta en donde toda la gente se comporta de manera sensata, no votan en las elecciones por el más demagogo, no se inventan guerras que nada que ver y no repiten hasta el hartazgo que todo lo arregla ese gran espectro abstracto y perfecto que se llama mercado. Y yo le digo que qué pena, que aquí todo se resuelve por las malas, como debe de ser. Si la democracia no sirve para hacer lo que nosotros queremos, entonces hay que desecharla y el pueblo consciente e inteligente que votó por nuestros candidatos es un idiota manipulado cuando vota por los otros o cuando manda de regreso a su casa a las mineras extranjeras. Por eso es que cuando llega la hora de despedirnos con el Pedro, él se va sintiéndose cucaracha y yo regreso muy orgulloso a la Tierra, aunque con algo de pena por lo atrasados que están los pobres extraterrestres.
De por qué estoy aquí
Me la paso bien leyendo los comentarios que pone la gente aquí, aún los que se burlan con mala leche. Supongo que no he dejado de ser el patojo de cuatro años que se ponía a hablar una extraña gerigonza delante de los adultos en las reuniones, diciendo que hablaba inglés (más de alguna doña se la creía). Desde el principio le puse una meta de permanencia a este sitio, que está medida en años y que no voy a revelar hoy.
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Homo Sapiens 2.0
Hay tres cosas que espero que cambien cuando saquen la versión 2.0 del Homo Sapiens. La primera modificación que me gustaría para la nueva versión es que nadie engorde más allá de su peso ideal. Con un gen especial bien podríamos comer todas las pizzas, hamburguesas, embutidos, chicharrones, papas fritas, choripanes, pollos fritos, churrascos, hot dogs y pasteles tres leches que queramos, sin que esto afecte nuestra silueta. Ese es un fallo grave de la actual versión: no podés comer a tus anchas sin sentirte culpable por hacer tu panza más grande.
La segunda de las cosas es quitarle la exclusividad de tener hijos a las mujeres. Las mujeres son las únicas que están cien por ciento seguras de que sus hijos son de ellas, porque los vieron salir con sus propios ojos. En cambio, nosotros —el sexo sufrido— sólo lo sabemos por pura fe. Si tenemos suerte, nuestros hijos se parecerán a nosotros y podremos estar más tranquilos. Si no tenemos suerte, entonces tenemos que pagar un costoso examen de ADN, por el cual recibimos una reprimenda de nuestras mujeres que quieren siempre que les creamos, aunque ellas no nos crean cuando les decimos que estuvimos trabajando hasta tarde y que el pintalabios en el cuello de la camisa no significa nada.
La tercera y última modificación que quiero para la versión 2.0 del Homo Sapiens tiene que ver con nuestra caducidad. Vivir unos 80 años es considerado como fortuna y llegar en buena salud, mucho más afortunado todavía. El problema es que cuando llegamos a esa edad somos ya viejitos, tenemos el pelo canoso, la piel arrugada, caminamos lento y los jóvenes nos miran con algo de desprecio, porque en su interior piensan y desean morir antes de llegar a viejos (aunque cuando llegan a una edad prudente para morir sin ser considerados viejos, quieren 15 años más). Lo mejor sería llegar a 25 años y quedarse con esa apariencia y energía hasta morir, digamos unos 200 años después.
