Archivo de: Enero, 2006

La cola del banco

Si vas al banco el día de pago cuando saliste tarde por culpa de López el contador, y necesitás el pisto para invitar a la chava de la recepción que al final de las cansadas te aceptó un cine, seguro encontrás que la cola sale del banco y termina a mitad de la cuadra. Resignado hacés la cola y tenés que estar ojo al macho para que nadie se cuele y cuando llegás a la puerta le caés mal al policía, que te registra hasta los zapatos y te dice que no alegués porque sinó no te deja entrar. Y entrás y no hay sistema, esperás media hora rezando para que vuelva y parece que dios sí te hizo caso y vuelve, pero sólo faltan 25 minutos para que cierren el banco y todavía hay cola. La cola empieza a avanzar y todo parece ir mejor, está caminando y llega hasta tres turnos antes que vos pero sólo un cajero atendiendo. Y pasan dos de los tres y ya sentís un poco de alivio, porque ya con el pisto invitarás a la recepcionista —que te está esperando en el edificio—, que no es que esté tan rica que digamos, pero tiene ese nosequé, usa un perfume que le queda rebién, es amable y buena onda, y cuando se pone su minifalda gris se ve fenomenal. Vas a ser chistoso, ameno y romántico, vas a sacar tu genial repertorio de frases ocurrentes y a la recepcionista no le va a quedar más remedio que darte un ardiente beso con lengüita, signo inequívoco de que este arroz ya se coció. Pero resulta que el tipo que está delante de vos en la cola, cuando le toca su turno saca de su portafolio mil cheques con mil depósitos y el desgraciado, ajeno a tu causa desesperada, no voltea a ver para que vos podás decirle que sólo vas a cambiar un pinche cheque. Cierran la puerta del banco y ya sólo vos y el cuate de los mil depósitos están de clientes. Por fin llegás a la ventanilla y el cajero te asusta diciendo que no hay fondos. No puede ser, le decís vos casi histérico y él vuelve a revisar la pantalla y sí tiene fondos y te paga. Salís del banco hecho pistola para regresar al edificio y entonces mirás que la recepcionista ya no te esperó y justo está cruzando la esquina con López, el contador maldito que te pagó tarde para arruinarte la vida.

Guateámala o guateplástica

Hoy comenzó por la tarde el foro Guateámala. Según los organizadores, lo que nos pasa a los guatemaltecos es que somos muy pesimistas, y ellos, junto a los voluntarios, artistas y líderes que participan, nos van a poner positivos y “proactivos”. Nunca me han entusiasmado este tipo de propuestas, pero si a alguien le sirve para sentirse mejor o entretenerse, pues bueno, que le vaya bien. A mí me parece más una propuesta plástica, superficial e insulsa. Un marketing de positivismo barato.

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Descanso camionetero

Yo solía ser de los cuates que agarraban un lugar junto a la ventanilla de la camioneta y se dormían todo el camino. Estaba perfectamente sincronizado, siempre me despertaba una cuadra antes de mi casa. Pero ahora la cosa está difícil. Cuando vos subís a una camioneta el promedio de vendedores que se suben a gritar es de tres o cuatro, dependiendo de la ruta y de lo largo del trayecto. Aparte de los vendedores también se suben supuestos mareros y drogadictos rehabilitados casi amenazando si no das pisto, mujeres con bebés a cuestas (a veces prestados), niños que gritan coros evangélicos. Tené por seguro que siempre habrá alguien que te despierte.

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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa.

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Llaman a la puerta

Llego a mi casa, noto que olvidé las llaves y entonces toco el timbre. Mamá responde por el intercomunicador y le digo que soy yo y me pregunta que quién yo y yo le digo que soy yo, José. Ella cuelga el intercomunicador y al parecer sale, pero el que abre la ventanilla de la puerta es un tipo igualito a mí. Qué mierda —pienso—, ahora viene esa historia de que yo no soy yo porque soy el clon de mí mismo y toda esa vaina de las películas de ciencia ficción. Mirá —le digo al cuate—, ya mismo te me vas a la verga si no querés que te taleguee y te haga arrastrado. El cuate se queda pensando y dice algo supuestamente inteligente para tratar de confundirme (al fin y al cabo es igualito a mí), pero lo que dice son puras muladas de chavo recién salido de la pubertad. Y hasta ese momento me doy cuenta de que el cuate soy yo pero hace quince años, y que para la situación extraña, estoy comportándome sereno (es decir, el otro yo, el chavito que atiende). Me despido y le deseo buena suerte, porque si me quedo es posible que no esté preparado para verme y perdonarme lo que fui.

Propósitos de año nuevo

Cuando comienza un año la gente acostumbra a ponerse metas, a pensar en nuevos proyectos: un estúpido atisbo de esperanza y lucidez le hace creer que puede. Este año sí me gradúo, este año voy a poner mi negocio (ahora sí), voy a empezar mi dieta para bajar las 30 libras de más que tengo, ahora sí me voy a levantar trempano todos los días, voy a tenerle paciencia a mis viejos, este año no me conecto tanto a internet para mejorar mi rendimiento en el trabajo, ya no voy a fumar (mucho), etc, etc.

Pero luego de un par de meses la gente se olvida de todo porque se cruza la pereza, la cerveza y algunas cosas más. Y de ahí viene la angustia de saberse un pusilánime incapaz de cumplir con sus metas, luego la depresión, y ya cuando la gente se empieza a sentir más cucaracha, se da cuenta de que es noviembre, y entonces comienza a pensar en los propósitos del año nuevo.

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