Amor de lejos

Por José Joaquín López

Es una tarde gris en Barcelona. En su pequeño apartamento de soltero está Xavi, un ejecutivo de negocios en Internet que fue abandonado por la mujer de sus sueños, con una botella de whisky en una mano y en la otra el control remoto del estéreo donde suenan repetidamente los valses de Chopin. Se supone que hoy iba a trabajar temprano en el nuevo proyecto que le encomendaron, pero ya son las dos de la tarde y él sigue tirado en la cama. Lo llaman del trabajo insistentemente pero no contesta el móvil con la vana esperanza de que en la pantalla del aparato aparezca el nombre de ella en lugar del de su jefe.

A pesar de que se prometió no llorar, a cada rato se le asoman los pucheros y el espasmo que antecede al llanto y un nudo en la garganta le amarga el gusto. Un dolorcito sordo al costado izquierdo no lo deja en paz. Por todo el piso está tirada la ropa sucia de una semana, se observan restos de pizza, bolsas de restaurantes de comida rápida y gaseosas a medio terminar. Periódicos y libros esparcidos por el suelo yacen olvidados y no parece que haya alguien que se apiade y los recoja. Suena el timbre del apartamento, Xavi se levanta de prisa ilusionado con la posibilidad de que sea ella.

Observa por la mirilla y decepcionado ve a un cartero gordo y sonrosado que seguro llega con alguna correspondencia de cobranza. Abre la puerta y el cartero mira la barba sin rasurar, los ojos hinchados, el cabello desordenado, y diagnostica: mal de amores. Ya pasará tío, le dice dándole una palmada en la cabeza, apuesto a que es argentina, eh. Xavi esboza una sonrisa triste y asiente con la cabeza. Es ya la tercera argentina rompecorazones del mes, dice el cartero, cuidado con ellas, son dulces en la boca, pero amargas al tragar. Xavi firma el comprobante de entrega y le desea buen día al cartero sonrosado. Abre el sobre y lee sin interés el aviso de cobro urgente de la tarjeta de crédito, luego lo tira por ahí, y se tumba de nuevo en la cama. Nuevamente resuenan nítidas las palabras de ella: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo». Le da un sorbo a la botella de whisky y con los ojos lacrimosos adelanta el cd de Chopin para que suene el Valse de l’adieu. Mientras escucha el vals recuerda cómo reía nerviosa cuando él le dijo que había arriesgado el corazón y que siempre fue por todo con ella.

La había conocido una tarde de primavera en el Parc Güell, ella entre un grupo de turistas latinoamericanos, él paseando con sus sobrinos gemelos de nueve años. Cuando la vio sola en una de las mesas de un café y le correspondió la sonrisa, se acercó y uno de los niños le dijo a ella dice mi tío que eres muy bonita. Ella se avergonzó un poco pero sonrió con esa sonrisa de las mujeres que indica que la puerta se puede abrir, dependiendo de cómo se toque. Xavi devolvió temprano a sus sobrinos aquella tarde y ella se escapó del grupo, y para la noche ya eran dos enamorados que parecían conocerse desde siempre. Ella lo abrazaba apretado recostada en su pecho y él le acariciaba el cabello mirando la ciudad de Barcelona desde el Palau Nacional, mientras la noche sonreía apacible.

Ella dijo que volvería a Barcelona para estudiar un curso de radiofonía y que entonces tal vez podrían salir y pasear por la ciudad. Intercambiaron emails y números de móvil y ella partió para continuar su tour europeo, pero de ahí en adelante se escribieron emails, chatearon, hablaron por móvil y se mandaron mensajes de texto todos los días, sin falta. Era como una adicción, estar en contacto con alguien al que poco conocían pero que se hacía más y más interesante a medida que lo sabían todo uno del otro. Ella era impaciente cuando él no contestaba rápido, él en cambio no desesperaba cuando la respuesta tardaba en llegar, pero todo iba de maravilla. Era la magia del amor de lejos.

Después de un par de meses de amor electrónico intenso, llegó el tiempo del tan esperado curso de radiofonía en la Universidad de Barcelona. Durante los días anteriores a la llegada de ella el intercambio electrónico se intensificó hasta el punto que Xavi apenas si trabajaba y dormía, pensando en que al fin dejaría de estar solo y que las palabras matrimonio y felicidad hasta podrían ser compatibles. Ella por su parte también se mostraba muy ilusionada y decía que todo esto para ella era un sueño hecho realidad.

Ella aterrizó en el aeropuerto de Barcelona un viernes por la tarde, a eso de las cinco. El esperaba ansioso, aunque trataba de disimular la emoción del momento. Cuando él la encontró entre la muchedumbre, ella lucía cansada pero estaba increíblemente hermosa. Ella lo vió, se acercó a él y se abrazaron amistosa, tímidamente. Pero para ella todo fue distinto ahora. Al verlo, la imagen idealizada que había hecho durante todo el tiempo de amor electrónico no coincidía con quien llegaba a traerla. Y ahí mismo se le murió el amor.

Para él en cambio fue magia verla de nuevo, pero al ver en sus ojos lo que sucedía se decepcionó y supo su destino, aunque no quiso aceptarlo. La fue a dejar a la casa en donde se alojaría y cuando preguntó que cuándo salían, ella le sonrió amargamente y dijo «yo te aviso». De ahí en adelante, ella no respondió emails, ni mensajes de texto, ni llamadas de teléfono. Lo logró esquivar por dos semanas hasta que Xavi la encontró camino de la universidad y la abordó. Ella le dijo que cuando lo vio en el aeropuerto comprendió que lo de ellos no podría ser, y después del discurso que tenía preparado, pronunció las palabras que se le repetían a él una y otra vez: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo».

Ahora ya es de noche y sigue sonando en repeat el Valse de l’adieu de Chopin. Xavi bebe el último sorbo de la botella de whisky y se asoma a la ventana que da a la calle. Un pordiosero pasa enfrente y registra la basura de la esquina para ver qué encuentra, lo acompañan un par de perros flacos que observan con interés qué hace su amo. Después de varias noches de desvelo, Xavi al fin se siente cansado y se va a la cama, tirando al suelo todo lo que hay encima. Duerme con la ilusión de que al despertar ya lo habrá dejado en paz el dolorcito sordo que tiene al costado izquierdo, dolor que comenzó cuando ella pronunció las palabras fatídicas. Tal vez un buen descanso se lleve todo y sea otra vez como antes, cuando no habían emails, ni chats, ni mensajes de texto, ni llamadas al móvil, ni argentinas enamoradas, ni nada de nada.


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