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	<title>Anecdotario.net &#187; Amor</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>La mesera y el oficinista</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jan 2011 12:39:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[restaurantes]]></category>
		<category><![CDATA[sexta avenida]]></category>

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		<description><![CDATA[Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado al Café París hacía seis meses y su belleza, su inagotable energía y su destacado culo, habían hecho que se duplicara la clientela, mayormente masculina. En contraste, el pobre César no era más que un flacucho de veintidós años sin mucha gracia, de lentes de culo de botella y mortalmente torpe con las mujeres. Todos en la oficina soltaron la carcajada cuando César dijo que ella terminaría casándose con él.<span id="more-1043"></span></p>
<p>César no había ido a comer al París hasta ese lunes. Así que para él fue amor a primera vista; para ella no, por supuesto. Pasó toda la tarde ensoñado y al nomás dar las cinco, se fue a una óptica a hacerse unos lentes de contacto. Al siguiente día se cortó el pelo y se compró ropa nueva. Por fin su vida tenía un objetivo definido, una meta que alcanzaría sin importar los sacrificios y desventuras que le ocasionara. César empezó a ir todos los días, religiosamente, a almorzar al París. Antes de su visita al café ejecutaba un ritual diseñado, según él, para el éxito. Primero iba al baño a lavarse la cara, peinarse y arreglarse la corbata y luego se echaba un perfume caro. Mas de alguna vez lo vi haciendo muecas frente al espejo; era enternecedor y cómico a la vez. Mary, la secretaria del gerente financiero, solía decir al verlo salir: ¡pobre mi gordo! Después del acicalamiento César enfilaba hacia el Santuario de Guadalupe a rezarle a la Virgen para que le concediera el milagro. Después caminaba hacia el mercado central a comprar una rosa, para ir finalmente a los dominios de Anabel. Llegaba casi siempre de primero a la cafetería para tener la oportunidad de entregar la rosa y decirle a la mujer de sus sueños que hoy, como siempre, estaba hermosa. Ella respondía con una sonrisa cortés, recibía la rosa y le preguntaba qué quería para almorzar. Un par de veces me fui temprano al almuerzo para ver al romeo en plena acción. Él se quedaba como idiota viendo a la grácil mujer viajar en medio de las mesas, las miradas lujuriosas, los vasos de refresco, los platos y cubiertos. ¿Por qué una mujer tan guapa tenía que trabajar tan duro?</p>
<p>César cumplía su rutina diaria de forma meticulosa. Durante semanas enteras la mesera se limitó a recibir con una sonrisa sin emoción las rosas y las atenciones de su enamorado. Siempre que César quería entablar conversación, ella fingía que tenía que ir a hacer a la cocina, o que tenía que terminar de limpiar o atender pedidos a domicilio, que más bien eran raros. En la oficina todos lo molestábamos e íbamos a la cafetería sólo para ver los intentos infructuosos del enamorado. Mano, le decía Edwin, el de costos, la Anabel es mucho culo para vos. César se limitaba a mirarlo fijamente y decía qué te importa.</p>
<p>Después de casi dos meses de rosa y piropo diario, un día que llegué al París, la mesera me preguntó que cómo era César. Bueno, le dije, parece un buen tipo, yo lo conozco sólo de la oficina y aparte de ser su enamorado más insistente, no le conozco ninguna otra rareza. Ella me sonrió y me contó, como en confidencia, bajando la voz un poco: ¿sabe qué hizo ayer? Me pidió en una carta larguísima que saliera con él a tomar un café un día a la salida de mi trabajo. Cuando vine acá esa carta ya estaba en la cocina junto a un arreglo grandote de flores. Todos ya la habían leído. Me dio ternura. ¿Y qué le respondió usted?, le pregunté. Que la otra semana, pero sólo para ganar tiempo, porque no estoy segura.</p>
<p>Mejor salga usted conmigo, le propuse entonces. Ella me miró extrañada y se avergonzó un poco; no lo esperaba. Claro que no, me dijo algunos segundos después. Yo sólo le preguntaba porque usted es su amigo y no sé si César es loco o algo así porque yo no quiero problemas, me aseguró. Entonces tendré que empezar a traer mi rosa diaria, dije sonriendo. Ella se alejó fingiendo indignación, aunque antes de entrar a la cocina volteó a verme, con una cara seria que en el fondo reflejaba el brillo inequívoco de la vanidad femenina halagada. Desde esa vez yo también me empecé a obsesionar con Anabel, la adorable mesera del Café París.</p>
<p>Por aquel entonces yo tenía una novia con la que todo iba bastante bien. Ella estudiaba conmigo en la universidad el último año de administración de empresas. Yo la quería, no hay duda, pero no estaba tan enamorado que digamos. Ella y su cariño me hacían sentir cómodo, la compañía era buena, ella era bonita, pero tenía una risa nerviosa muy rara que a veces me hacía desesperar. No tardé en olvidarme de ella y soñar con la infatigable mesera del prominente trasero.  Ahora éramos dos los enamorados obsesos.</p>
<p>Competíamos con César por ser los primeros clientes en llegar. Yo todos los días la invitaba a salir, y él todos lo días le daba sus flores y una carta, con un poema de Ruben Darío, de Amado Nervo o de Pablo Neruda. Yo de vez en cuando le llevaba una rosa. A Anabel le divertía un poco nuestra competencia, unas veces saludaba de besito a César y otras a mí, como para provocar más la rivalidad. César me dejó de hablar, y cuando teníamos que hacerlo por trabajo se limitaba casi a monosílabos. Mientras seguía con su ritual religioso: acicalamiento, compra de flores e ida a la iglesia. A veces yo le decía por molestar que a mí me iba a hacer caso la Anabelita porque yo le pedía al diablo, que es el príncipe de este mundo. César me contestaba con una mirada de odio profundo y sincero.</p>
<p>Así fuimos por un par de meses, hasta que un día, cansada del cortejo, Anabel decidió darnos una cita a cada uno. Chicos, dijo, me gusta que me halaguen, pero ya es hora de terminar con esto. Mañana saldré con César y pasado mañana con Carlos, a ver quién se pone más las pilas y me sorprende mejor. Yo sonreí y volteé a ver a César, que estaba serio y altivo. Los dos creímos que le íbamos a ganar al otro. El con su romanticismo soñador y yo con mi mejor trato con las mujeres. Yo estaba seguro que me había puesto de último para quedarse conmigo. Con César saldría el jueves y conmigo el viernes, algo tenía que significar.</p>
<p style="text-align: center;">*     *     *</p>
<p>El jueves, cuando los vi salir de la cafetería París, como a las cinco de la tarde, yo moría de celos. Los vi desde la ventana de la oficina hasta que se subieron al carro de César. El volteó a mirar hacia la ventana de la oficina, con una sonrisa burlona. Sabía que yo iba a estar ahí, observando como el romeo se llevaba a la mesera. Era una tarde soleada, bonita, y yo apenas resisití a la tentación de llamarla al celular. Casi no dormí pensando en qué le diría, en cómo podría romper su resistencia, en cómo venderme como mejor opción. También pensé en que para qué me metía a luchar por una mujer que ya tenía hijos, que no iba a tener tiempo para mí, que ya estaba muy vivida como para ilusionarse. Hasta que se pasó la noche y llegó el siguiente día, la hora del almuerzo en el París, y por fin, la hora de salida, las cinco de la tarde tan ansiadas.</p>
<p>Cuando llegó César ese viernes, me miró con sonrisa triunfante y despectiva. Yo no sabía lo que habían hablado, pero era evidente que me habría mirado de esa manera cualquiera que fuera el resultado de la cita del día anterior. Sin embargo me intimidó un poco. Al fin y al cabo él era más metódico en su cortejo y sus acercamientos con Anabel tenían más tiempo y más trabajo. El había trabajado en la planificación de esa cita mucho tiempo más que yo, y era muy probable también que su devoción a la mesera fuera más grande que la mía.</p>
<p>Toda hora se llega, así que me tocó al fin ir a traer a la dama. Para no estar tan nervioso, me tomé un par de tragos después del almuerzo, repasé mentalmente mis frases matadoras y mi sonrisa de galán frente al espejo y salí decidido a ganarme el corazón de la bella mesera. ¡Hola!, me dijo al verme. Vestía una blusa celeste, un pantalón de lona algo flojo, y unos zapatos tenis. Se había maquillado con buen gusto. Me tomó del brazo y dijo que caminara con ella. Me sentí el ganador de la contienda. Me dijo que iríamos a caminar un poco a la sexta avenida, y que después podríamos ir a donde yo hubiera planificado. Hoy es un día importante, apuntó.</p>
<p>Me contó entonces que era el cumpleaños de su mamá y que desde que había muerto, hace tres años, siempre visitaba algún lugar que se la recordara. Pasaríamos frente al restaurante Fu Lu Sho, en donde había trabajado su mamá por años. Al contrario que el día anterior, estaba nublado, gris. Caminamos hasta llegar a la puerta del restaurante y ella señaló el bar desde donde atendía a la clientela. Había tenido una infancia feliz, y pasar frente a ese restaurante le hacía recordar. Por un momento se le aguaron sus ojos. Se miraba hermosa.</p>
<p>Bueno Carlitos, y entonces, ¿a dónde me vas a llevar?, me dijo después de un nostálgico y profundo suspiro. Le di el nombre del restaurante en donde quería cenar con ella, pero ella no lo conocía. Yo no me acuerdo del nombre, porque lo había escogido al azar en la guía telefónica, pero resultó ser un bonito lugar. Anabel era una mujer divertida, así que nos pasamos riendo la mayor parte del tiempo. Como me sentí a gusto, olvidé todas las palabras que había preparado para hacerla caer. Me la estaba pasando bien, así que decidí ser espontáneo.</p>
<p>Entre risas y comida, me dijo que había aceptado la propuesta de matrimonio de César. Yo me ahogué con la cocacola que estaba tomado y se me salió un <em>¡puta! ¿cómo?</em> La damisela se echo a reír con carcajada limpia. Sólo quería verte la cara, me dijo, somatándome la espalda (porque yo tosía del ahogo), riéndose todavía. No acepté nada. Lo que quiero es que me llevés a un motel porque hace rato que no me cojo. Al punto pagué la cuenta y nos fuimos al más cercano. No voy a dar detalles, pero nos la pasamos muy bien. La fui a dejar a su casa como a las cuatro de la mañana, porque ella quería que sus hijos la vieran cuando despertaran. Se había quedado su tía cuidándolos. Me dijo al despedirse que por favor no la llamara, que nos viéramos hasta el lunes.</p>
<p>Yo no hice caso y la llamé al día siguiente. Le envié mensajes de texto como loco, le dejé grabados mensajes de amor después de tono, pero no contestó. Desesperado, la fui a buscar a su casa por la noche. Me atendió su tía, y me dijo que no estaba, que había salido con sus hijos, pero yo sabía que mentía. Creí ver que atrás de la vieja se abría una cortina, pero no vi a nadie. Le insistí a la vieja, le dije que estaba loco por su sobrina, que sólo quería verla. Ella sólo los vuelve locos y después se hace la loca ella, olvídela mijo, me dijo, casi tirándome la puerta en la cara. Volví a la casa derrotado, llamé a unos amigos y me fui a emborrachar en el Paseo Aycinena. Salí de ahí cargado por dos de mis mejores cuates, chillando, diciendo que me quería matar, y maldiciendo a la puta de la Anabel.</p>
<p>Pasé mal el domingo, con resaca y depresión. Pero cuando me levanté el lunes, decidí hacerme el fuerte e ir a decir a la oficina que me había cogido a la mesera del París. Gritando, para que oyera el César. Cuando llegué a la oficina, sin embargo, todo mundo rodeaba al flacucho que les mostraba el anillo de compromiso que le iba a entregar a Anabel ese mismo día. Todos estarían invitados a la boda. Al verlo ahí, tan ufano y sonriente, no supe qué decir. Yo dije que me la había ido a coger el viernes, pero nadie me creyó. Todos fueron al París a almorzar ese lunes, nadie se quiso perder la entrega del anillo. Yo me escapé de la oficina después y llegué a confrontarla, a pedirle explicaciones. ¿Cómo es eso que cogés conmigo después de comprometerte en matrimonio? Soltame, me dijo, y te explico.</p>
<p>Un poco temblando la voz, pero bien claro, le escuché que ella estaba segura de que el César iba a quedarse con ella, ella lo que quería era estabilidad y no sólo alguien que cogiera a la primera oportunidad. Que lo del viernes había cumplido dos propósitos: probar qué era lo que quería yo y pasar el rato. Pero nada más. Ahí me descontrolé y empecé a insultarla de tal modo que me tuvieron que sacar a la fuerza del restaurante el cocinero y el dueño. Fue la última vez que fui al París.</p>
<p>La boda se celebró tres meses después. Yo no estaba invitado, pero fui a la boda religiosa, que por supuesto fue en el Santuario de Guadalupe; el lugar donde el romeo rogaba a Dios y a la Virgen que se le hiciera el milagro. Tenía que verlo con mis propios ojos. No digo que no sentí el orgullo de macho herido, pero incluso me alegré del suceso. No sé bien por qué. Salí de la iglesia antes de que terminara la misa, mientras una soprano cantaba el Ave María.</p>
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		<title>La viuda negra</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Nov 2010 20:27:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>
		<category><![CDATA[envenenamiento]]></category>
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		<description><![CDATA[La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de Jorge murió ahogada en el mar en un viaje de vacaciones de semana santa, hace dos años. Esta es la primera visita al cementerio que Jorge hace con cierta serenidad. Antes de llegar al sitio donde había parqueado el carro, se topa con una solitaria mujer vestida de negro, llorando, casi aullando, frente a una tumba. Jorge se acerca, preocupado por el estado lamentable de la mujer.<span id="more-1024"></span></p>
<p>La mujer está postrada en el suelo, llorando desconsolada. La toca tres veces en el hombro antes de que ella voltee. Es una mujer bonita, joven, de pelo corto negro y ojos grises. Jorge le pregunta por quién llora. Ella le cuenta que llora por su marido, que murió hace dos meses al quedar en medio de una balacera entre narcos. Jorge le responde que lo siente, que él también perdió a su esposa, pero hace dos años. Ella lo mira interesada. Él le dice que sabe por lo que ella está pasando pero que después, aunque no lo parezca, vendrá la calma. La invita a levantarse del suelo y respirar hondo. La mujer hace caso y se calma.</p>
<p>Juntos toman un refresco en una caseta del cementerio. Platican y se sienten consolados, comprendidos, acompañados en el dolor. Jorge se sorprende cuando le mira las tetas y piensa esta mujer está buena y es bonita y si no fuera porque recién enviudó, seguro la invitaba a salir. Por momentos ella luce resplandeciente, como una colegiala coqueta. Pero vuelve siempre el gesto de dolor, la angustia de la separación por la muerte. Y el llanto.</p>
<p>Jorge puso gustoso su hombro para las lágrimas de la dama. Quién no lo hubiera hecho. Pensaba en su mujer fallecida, pero ya no tanto. Había llegado al cementerio triste pero esta viuda llorona lo hacía sentirse bien. Los dos eran viudos sin hijos. Siguieron platicando un buen rato y llegó la hora del almuerzo. Un atento y caballeroso Jorge la invitó, pero ella dijo que tenía que irse. Registró su bolso y sorprendida vio que no tenía mucho dinero. Le pidió prestado a Jorge para el taxi. Antes de despedirse intercambiaron números telefónicos. Hasta ahí Jorge supo que la bella viuda se llamaba Lucrecia.</p>
<p>Por la noche la llamó. Ella estaba cansada y tenía sueño. Le dijo que no quería hablar, y ante la insistencia de Jorge, aceptó tomar un café al día siguiente. Ahí terminaron de saber todo uno del otro; Lucrecia había estado casada tres años, Jorge dos; el difunto marido de ella era un catedrático universitario de leyes y buen abogado, la mujer de Jorge era psicóloga. La pregunta que quedaba siempre en el aire era ¿por qué a nosotros? Ninguno de los dos se explicaba cómo al estar en una situación económica relajada y con un matrimonio feliz que apenas comenzaba, el destino les había separado de sus parejas. No era justo.</p>
<p>Lucrecia trabajaba como gerente en un restaurante. Jorge era vendedor de maquinaria para restaurantes. Los dos consideraron simpática la coincidencia. Empezaron a frecuentarse y a ser muy buenos amigos. Iban al cine, a comer a restaurantes y a tomar cafés todas las semanas. Finalmente una noche, ya con algunos tragos de más, ella lo invitó a pasar a su casa, en donde vivía sola, y ambos se quitaron las ganas reprimidas en el tiempo de cortejo. Pasaron a categoría de amantes.</p>
<p>Así fue como los viudos tristes se transformaron en viudos alegres. Parecían adolescentes enamorados, mensajito de texto por aquí, llamada por allá, chats románticos y calientes a cualquier hora, fines de semana juntos, discotecas y fiestas. Y justo antes de cumplir un año de haberse conocido, Lucrecia, la viuda bella, se fue a vivir con Jorge. La visita tradicional al cementerio el uno de noviembre la hicieron juntos. A ambos la tristeza les duró lo que estuvieron frente a las tumbas de sus cónyuges difuntos. Sin embargo, ese día los dos estuvieron casi sin hablarse, como si hubiera pasado algo, como sintiéndose culpables por estar juntos. Esa noche ella le propuso matrimonio. Y él aceptó. Se casaron al siguiente día, como si no hubiera mañana, como si al dejarlo para más tarde no se fuera a realizar.</p>
<p>Sólo ahí Jorge se dio cuenta de que no conocía a la familia de Lucrecia, en cambio ella había conocido a sus dos hermanos y algunos de sus amigos. Decidió organizar una cena con la excusa de las fiestas de fin de año, y Lucrecia aceptó no de muy buena gana. A la cena llegaron los dos padres de ella y su hermana menor. Por parte de Jorge, su padre y sus dos hermanos y sus mujeres. Su madre no quiso asistir porque no aprobaba la relación.</p>
<p>Fue en esa cena que Jorge se enteró de que el marido de Lucrecia no había muerto en una balacera de narcos. Había muerto por una rara intoxicación con mariscos. Habían comido mariscos en el Puerto de San José y él tuvo una mala reacción a los alimentos. Lucrecia había sido hospitalizada por síntomas similares, pero ella logró sobrevivir. La historia real fue revelada por un aparente descuido de la hermana menor de Lucrecia. Al mostrarse Jorge sorprendido, Lucrecia le dijo que había mentido porque no quería recordar los detalles de la muerte de su marido, que el cuadro había sido tan lamentable y doloroso que ella hubiera preferido que hubiera muerto efectivamente en una balacera de narcos.</p>
<p>El nuevo matrimonio tuvo una crisis por la pelea que surgió después de la revelación. Jorge no le habló durante dos semanas, pero al final, viendo la paciencia y el cariño de ella, decidió olvidar el incidente. La navidad y el año nuevo de esa ocasión fue particularmente feliz para la pareja. En febrero del año siguiente, sin embargo, una noche después de regresar de un viaje a la playa, Jorge se sintió mal. Al parecer la comida no le había caído bien. Tenía náuseas y vómitos, se sentía muy cansado y su respiración era dificultosa. Tuvieron que ir de emergencia al hospital, y después de dos días internado, y de pasar por una crisis severa, le dieron de alta.</p>
<p>Jorge sospechó lo peor. En secreto, estando en el hospital, pidió que analizaran muestras suyas para saber si había envenenamiento. Los resultados, entregados a Jorge de forma confidencial, dieron positivo para arsénico. Estaba confirmado: la bella Lucrecia no era más que una viuda negra, y con un marido ya a cuestas. Él no iba a ser el siguiente, de ninguna manera. Ya se había salvado de milagro. No regresó a su casa. Decidió ir a la casa de sus papás para terminar de recuperarse.</p>
<p>Dudó al principio, pero la cólera por la mala mujer que se había conseguido pudo más. Registró en su agenda de teléfonos y encontró el del narco al que le había acondicionado una pizzería que en realidad era una fachada de una enorme bodega de drogas. Jorge le contó su desgracia y el narco le dio dos números de teléfono de gente que podía resolver el asunto a un buen precio. Semana y media después, él asistía al funeral de su segunda esposa. A Lucrecia la encontraron muerta por heridas de bala en una casa de un narcotraficante de poca monta, junto a otros cuatro cuerpos. Según la policía, había habido una balacera entre bandas narcotraficantes enemigas. Los sobrevivientes había huído.</p>
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		<title>Una tarde en el parque</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 13:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Matrimonio]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>

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		<description><![CDATA[En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta. —¿Vos te [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos.  Es una tarde agradable.  Están sentados a la par y en silencio.  No se tocan.  Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro.  El marido hace una pregunta.</p>
<p>—¿Vos te volverías a casar conmigo?</p>
<p>—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.</p>
<p>—Yo tampoco —dice el marido.<span id="more-873"></span></p>
<p>Los dos sonríen después del breve diálogo.  Se acerca uno de los niños a la banca y agitado les dice que necesita agua.  La mujer saca un recipiente con agua y le da de beber.  El niño vuelve a los columpios.  </p>
<p>—Tal vez si viviéramos juntos por un tiempo antes de casarnos —dice ella.</p>
<p>—Sí, así tal vez sí.</p>
<p>En el parque hay una buena cantidad de gente.  Niños y adolescentes jugando, algunos adultos también.  Unos jóvenes están jugando un partido de fútbol en la cancha grande.  Unas muchachas juegan basquetbol.  El marido propone a los niños jugar fútbol mostrándoles una pelota plástica.</p>
<p>La mujer los mira con cariño, se siente bien.  En la semana que acaba de pasar, su jefe le prometió un aumento.  Su hermana le anunció que espera a su segundo hijo.  De su bolsa saca un libro cristiano de autoayuda que le recomendaron en la iglesia.  Un viento suave levanta algunos de sus cabellos.  Cruza la pierna y lee, sosteniendo el libro con su mano derecha.</p>
<p>El marido juega fútbol con los niños y cae al césped en una jugada.  Los niños se abalanzan sobre él y ríen y le hacen cosquillas.  La mujer los observa y sonríe también.  En un fugaz momento, marido y mujer se miran fijamente.</p>
<p>Durante la semana al marido no le fue bien.  La empresa en donde trabaja no consigue muchos contratos, y posiblemente lo despidan en un par de meses.  Ya han despedido a algunos de sus compañeros.  En un mercado laboral lleno de jóvenes universitarios baratos, piensa mientras patea la pelota, no hay oportunidades.</p>
<p>Una hora después de iniciar el juego el marido ya está cansado.  Los niños quieren seguir jugando, pero él les advierte que ya no puede.  Sofocado, se acerca para sentarse en la banca en la que su mujer sostiene todavía el libro de autoayuda.</p>
<p>—Al principio, cuando empezamos a vivir juntos, pensé que no duraríamos mucho —dice el marido, aún sofocado.</p>
<p>—Yo también pensé lo mismo.  Casi me fui de la casa cuando vos andabas con aquella tipa salvadoreña.  </p>
<p>—Sí, yo pensé que lo harías, yo la verdad no la quería.</p>
<p>La tarde soleada pega de lleno en los autos que están estacionados alrededor del parque.  Uno de ellos lanza un destello que pega por un momento en el rostro de la mujer.  El marido la mira detenidamente, es como si ella se transfigurara.  Los niños regresan por un momento a donde están sus padres para pedir agua.  Luego se retiran a seguir jugando.</p>
<p>—Durante los primeros dos años —dice la mujer, suspirando—, pensé en que nos habíamos apurado a casarnos.  Nunca estuvimos realmente enamorados siendo novios.  Éramos novios por despecho, creo que los dos esperábamos ser rescatados el día de la boda.</p>
<p>—No Marcia, yo no esperaba ser rescatado.  Es cierto, no estábamos enamorados, pero los dos ya teníamos más de 30 y el tiempo pasa&#8230;  </p>
<p>—En días como hoy, pienso que nos hemos llegado a querer.</p>
<p>—Sí, no es como estar locamente enamorados, pero algo hay.  ¿Es raro no?  Ver todas esas películas románticas y vernos a nosotros, unidos al principio sólo por no quedarnos solos.</p>
<p>—Igual, después de 8 años juntos, algo tuvo que haber funcionado bien.  Vos sos un buen hombre y has sido trabajador y buen padre.  Sólo te ponés pesado cuando te agarra la chiripiorca y no querés hablar con nadie.  O cuando te metés con guanacas de mala vida.</p>
<p>—Ja.  ¿Y qué me decís cuando vos te enojás por todo?  Yo a veces me acomido y limpio la cocina, pero vos lo único que ves es la olla mal puesta.  Todo nítido, pero vos sólo ves la olla.  Y hay que ver cómo te ponés de coqueta con el pastor Pablo, toda cusca te ponés, no creás que no me doy cuenta.</p>
<p>—¿Pensás a veces en la Paula?</p>
<p>—A veces, pero ya no es lo mismo.  La vi hace tres meses en la calle.  No sentí nada, yo mismo me sorprendí.</p>
<p>La tarde muestra unos celajes anaranjados, y empieza a oscurecer.  El clima se pone un poco más fresco y la gente empieza a abandonar el parque.  Los niños ahora están entretenidos en los columpios y no parece que se quieran ir.  Una pareja de novios adolescentes se esconde detrás de unos arbustos para besarse y tocarse a placer.  El matrimonio los mira un poco con envidia.</p>
<p>—Y vos, ¿pensás en el Fabio?</p>
<p>—Siempre me llamaba para mi cumpleaños, o mandaba un email, hasta hace como cuatro años.  Yo nunca respondí, ya sabía que sólo quería saber si había oportunidad de un acostón.  Así siempre fue él.  </p>
<p>—Pero, ¿pensás en él?</p>
<p>—A veces lo recuerdo, sí.  Pero no sé, no es igual.</p>
<p>La noche por fin está a punto de caer, y la pareja decide regresar a casa.  Llaman a los niños, les ponen suéter y pasan por una tienda a comprar gaseosas.  La familia camina despacio hacia la casa y después de refrescarse con las gaseosas, ven una película en el cable durante la cena.  Después de la cena y un baño, los niños dicen buenas noches y se van a dormir.  El matrimonio recoge los vasos y platos y los lavan juntos.</p>
<p>—Tal vez al fin y al cabo, nos enamoramos o algo parecido.  Nunca habíamos hablado así, sinceramente y sin pelear, ¿te das cuenta? —dice la mujer.</p>
<p>—Sí, tal vez.  Ese botón de tu blusa me hace pensar que sí —responde el marido, atisbando los pechos de la mujer.  Ella medio sonríe, pero después se pone seria.</p>
<p>—Vos nunca podés decir algo en serio, Víctor.  Me caés mal.  Así nunca llegaremos a algo.</p>
<p>—A lo único que quiero llegar hoy es a la cama y no a dormir —replica el marido—.  Si tengo que decir que te quiero, lo digo y ya.  </p>
<p>La mujer esboza una leve sonrisa.  Termina de enjuagar el plato que tiene en las manos, se las seca, y toma a su marido de la mano.  Los dos se enfilan al dormitorio.  Él pide no apagar las luces.</p>
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		<title>La fe mueve montañas</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 13:15:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Xetulul]]></category>

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		<description><![CDATA[En el carrusel del parque Xetulul Amelia da vueltas junto a su padre. Es una tarde soleada y agradable, ya casi dan las cinco y la gente empieza a salir del parque para regresar a su casa o al hotel. El parque está lleno pero para Amelia sólo existe el carrusel, papá y el vals [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el carrusel del <a href="http://www.irtra.org.gt/index.php?option=com_content&amp;view=section&amp;id=6&amp;Itemid=95" target="_blank"> parque Xetulul</a> Amelia da vueltas junto a su padre.  Es una tarde soleada y agradable, ya casi dan las cinco y la gente empieza a salir del parque para regresar a su casa o al hotel.  El parque está lleno pero para Amelia sólo existe el carrusel, papá y <a href="http://www.goear.com/listen/a557ab5/la-valse-damelie-yann-tiersen" target="_blank">el vals que suena de fondo</a>.  Montada en un caballito ríe con toda la despreocupación de sus cinco años y una infancia segura.  Dieciséis años después, en ese mismo carrusel ya deteriorado y con poca gente, ella escucharía con gran llanto ese vals, y recordaría aquella tarde.<span id="more-830"></span></p>
<p>Amelia volvió hoy a ese parque para encontrar un poco de consuelo.  Una semana atrás se enteró de que está embarazada.  El padre es un tipo casado, y lo primero que dijo cuando le contó sobre su embarazo fue que se fuera a la mierda.  Ella sabía que el hombre era así, sin embargo se dejó llevar por las palabras bonitas, los buenos regalos, los buenos hoteles y restaurantes, y unos ojos negros un tanto misteriosos.  Ahora está ahí frente al carrusel, escuchando el vals, pensando en que sería bueno poder platicar con su papá.  Acababa de cumplir doce cuando su padre se durmió al volante y se fue a embarrancar junto a su madre, muriendo los dos. Una tragedia.</p>
<p>El carrusel luce deteriorado y contrasta con las remodelaciones que ha tenido el parque.  Quizás algún gerente nostálgico lo conserva como recuerdo.  Hay un par de niños en el carrusel mientras Amelia es un mar de lágrimas en la banca que está al lado.  Al terminar su turno los niños bajan y el carrusel queda solo.  El operario es un tipo en sus cincuentas, algo gordo, canoso e inexpresivo.  Sin embargo es amable con Amelia y le ofrece una vuelta gratis.  Ella se limpia las lágrimas y acepta.</p>
<p>Al arrancar el juego Amelia vuelve a sentir el aire fresco de hace dieciséis años.  Hace una tarde como entonces.  Al ritmo del vals los caballitos suben y bajan, y ella vuelve a recordar la sonrisa de su papá.</p>
<p>—Ame, ¡agarráte bien hombre, te vas a caer!  Si no te agarrás bien, ya no te vuelvo a traer.</p>
<p>—Vaya papi.</p>
<p>—Eso, así mero.</p>
<p>Le parece como si volviera a vivir aquella tarde.  A pesar del calor de siempre en la costa sur de Guatemala, hace una pequeña primavera en el ambiente, como esa vez.  Es ella, el carrusel y sus recuerdos.  Es increíble cómo el juego todavía está ahí con la misma música.  Como si hubiera estado esperando por ella todo este tiempo.  Ahora piensa que un día habrá de ir con su hijo a algún carrusel con caballitos y quizá cuando crezca su hijo él también la recuerde con cariño.</p>
<p>El operario pacientemente accede a darle varias vueltas más de gratis.  Sobre esos caballitos ya no se siente sola y le parece que al voltear a ver ahí está su papá de nuevo.</p>
<p>—Nena, ya te dije que te agarraras bien.  Hacé caso.</p>
<p>—Sí papi.</p>
<p>—Yo te lo digo porque te quiero mucho, no por molestar.</p>
<p>Traer a un ser humano al mundo.  Tan lejos que le parecía a Amelia todo esto hace un año.  Ahora tendrá que enfrentarse a la responsabilidad y aún no sabe bien cómo.  La fe mueve montañas, dicen, si ella cree, todo saldrá bien, piensa.  Hay que confiar en que Dios no la dejará sola.  ¿Qué diría su hermano y sus tías?  ¿Cómo pudo caer con semejante tipo?  A veces con las decepciones amorosas se bajan las defensas y cae uno, piensa Amelia.  ¿Dónde estará Rodrigo ahora?</p>
<p>Rodrigo era su novio hace dos años.  Un día se pelearon porque él fue solo a una fiesta donde se vería con una muchacha que le gustaba.  Amelia rompió con él, no oyó explicaciones, ni ruegos, ni serenatas, ni nada.  Después tuvo varios novios pero ninguno la llenó, ninguno era tan detallista ni tan amable ni tan divertido como Rodrigo.  Pensó entonces en hablarle y volver, pero nunca tuvo valor para hacerlo.   Anduvo dando tumbos de aquí para allá, empezó a ir a discotecas y a fiestas hasta toparse con el padre de su bebé.  Tres meses anduvo con él para todos lados.  La embarazó y la rechazó.  El embarazo le había hecho caer en la cuenta de que su locura ya no podría seguir.</p>
<p>Bajó del carrusel más aliviada, su angustia había cedido.  Agradeció al operario y caminó por el parque sin rumbo.  Pensó entonces en enviarle un mensaje de texto a Rodrigo, saludando, tal vez no era mala idea.  Con suerte podría pedirle perdón.  No volvería con ella y menos embarazada, pero al menos lo saludaría y sabría de él.  O tal vez mejor no, para qué.  Al final le envía el mensaje: <em>hola, llamame porfa</em>.</p>
<p>Amelia regresa a su casa, que queda a un kilómetro del parque.  En el camino ve salir a familias felices, novios de la mano y viejitos caminando con dificultad.  Ya es de noche cuando recibe la llamada de Rodrigo, casi temblando contesta el celular.  Él la saluda amable -para su sorpresa- y entonces ella lo cita para el día siguiente en el parque Xetulul.  Quiero verte de nuevo, saludarte y saber cómo estás, le dice.  Y ése es mi lugar favorito.</p>
<p>Al siguiente día hace una tarde estupenda.  Amelia está linda, su pelo largo perfumado y su vestido blanco flameando al viento reciben a un sonriente Rodrigo.  Se abrazan como se abrazan las parejas que se han extrañado mucho, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera existido el tiempo en que no se vieron.</p>
<p>—Estás un poco gordo, Rodri —observa Amelia.</p>
<p>—No, sólo estuve yendo al gimansio.</p>
<p>—En ese gimnasio como que venderán carnitas porque estás gordito —responde Amelia poniendo su dedo índice en la barriga de Rodrigo—.  Pero no importa, estás lindo.</p>
<p>—Vos estás preciosa.</p>
<p>Se suben como niños a todos los juegos del parque y al final Amelia le pide ir al carrusel.  Ahí está el operario de ayer y sonríe al verla contenta y resplandeciente.  Un leve viento refresca el caluroso ambiente.</p>
<p>—¿Sabés una cosa vos Rodri? —interroga Amelia—. Me gusta cuando en medio del calor de la costa pasa un vientecito fresco, es como una pequeña primavera.  Demos una vuelta en el carrousel.</p>
<p>Mientras dan vueltas montados en los caballitos, todo parece bueno, todo está genial.  El operario los mira un poco celoso, pero no está molesto.  Amelia sonríe y prefiere olvidar todo y a todos esa tarde.  No le contará a Rodrigo sobre su embarazo.  ¿Para qué arruinar una tarde tan bonita contando una verdad inútil en ese momento?  No siempre es buena idea decir la verdad.  Y ahí mismo traza un plan para quedarse con Rodrigo para siempre.</p>
<p>Al finalizar la tarde deciden irse del parque y dan un paseo en el carro por la carretera.  Amelia asoma su rostro sonriente al viento, un sol anaranjado en el horizonte la ilumina.  No hay nada mejor que el rostro de una mujer bella y feliz en una tarde primaveral.  Al entrar la noche cenan hamburguesas en un restaurante de comida rápida.</p>
<p>—No quiero ir a mi casa —dice Amelia—.  Quiero ser tuya toda la noche.</p>
<p>Tres semanas después de andar por todos lados como locos enamorados, Amelia le dice a Rodrigo que está embarazada.  No hay duda.</p>
<p>—Vamos a ser padres Rodrigo.  ¿Te casarías conmigo?</p>
<p>Un mes después llegaría el casamiento.  Decidieron no hacer fiesta y en lugar de ello pasearon un mes entero por todo el país, solos.  Todos los días después del encuentro en el Xetulul fueron felices, los mejores.  Pero ya la panza le crece y Amelia duda sobre si decir o no la verdad.  Ella le pide a Dios todos los días que la ayude y la ilumine, que no permita que Rodrigo la deje.</p>
<p>Y Dios parece hacerle caso, porque un tiempo después, antes de que ella cumpliera los siete meses de embarazo, Rodrigo tuvo que irse del país para trabajar en Costa Rica.  Ella dijo que se quedaría para que el niño fuera guatemalteco y que después irán los dos a su encuentro.  Rodrigo aceptó.</p>
<p>Quién sabe si de veras existen los milagros, pero el niño increíblemente se parece a Rodrigo.  Sólo Amelia y el padre del niño saben la verdad.  A veces, cuando el padre del niño toma licor, cuenta la verdadera historia, para deleite de sus amigos.  Sobrio niega todo.</p>
<p>Amelia está segura de que su fe la salvó, porque la fe, según dicen, mueve montañas.  Pedid y se os dará.</p>
<p>El niño se llamará Rodrigo, como su padre.  </p>
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		<title>La pianista</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2009 12:32:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Chopin]]></category>
		<category><![CDATA[Música]]></category>

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		<description><![CDATA[Al apartamento de enfrente un día se mudó una muchacha de unos veintitantos, algo regordeta, de sonrisa discreta y maneras finas. La vi llegando con el camión de mudanzas y me ofrecí a ayudar con el piano recto que llevaban torpemente un par de tipos, que después me enteré eran sus hermanos. Como recién divorciado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al apartamento de enfrente un día se mudó una muchacha de unos veintitantos, algo regordeta, de sonrisa discreta y maneras finas.  La vi llegando con el camión de mudanzas y me ofrecí a ayudar con el piano recto que llevaban torpemente un par de tipos, que después me enteré eran sus hermanos.  Como recién divorciado que era por aquel entonces, sin dinero ni nada bueno que hacer, ayudé toda la tarde en la mudanza y me hice amigo de la pianista.  Me puse a la disposición, como el buen vecino que nunca había sido.<span id="more-437"></span></p>
<p>La pianista no era una mujer bonita pero tenía esa aura que tienen a veces los artistas, ese resplandor que tienen al tocar un instrumento, cantar o actuar.  Ahora que ha pasado el tiempo, al recordar me pega un poco la nostalgia de aquellas tardes en las que la escuchaba desde el apartamento, o aquellas ocasiones en que la visitaba y me permitía escuchar su ensayo.  Cuando terminaba una pieza sin cometer errores, se transfiguraba totalmente.  Era particularmente agradable verla en esas tardes en que todo le salía bien con su piano.  Era como si no importara nada más, como si el mundo se compusiera al tocar el piano.</p>
<p>Cuando llegó al apartamento, según me contó después, acababa de pasar por una gran decepción.  Su novio de cuatro años, dos semanas antes del casamiento, sin razón aparente, se había arrepentido y había cancelado la boda.  Todo estaba ya listo, la iglesia, el salón de la fiesta, el menaje de casa, el nuevo apartamento&#8230;  Pero él canceló todo, y se fue a Lituania, con una su novia que había contactado por internet y que había conocido en persona hacía seis meses.</p>
<p>Así que los dos veníamos de relaciones frustradas, aunque yo había tenido unos años de matrimonio semi-feliz.  Varias veces ella lloró en mi hombro por su novio fugitivo.  A pesar de la atracción que existía entre nosotros, hubo un tácito acuerdo para mantener la relación en términos platónicos.  Hueco sos, me decían mis amigos, pero yo lo que no quería era volver a las andadas en las cosas del amor, y ella tampoco.  Para quitarme las ganas están las putas, les decía, aunque debo apuntar que nunca fui un gran cliente de los burdeles.</p>
<p>Me gustaba escucharla cuando tocaba a Chopin, y en esa época lo tocaba bastante.  Creo, desde mi perspectiva de ignorante, que Chopin es el compositor de las relaciones rotas.  Una tarde de lluvia, cuando ella tocaba un vals le pregunté si había bailado algún vals de Chopin con alguien.  Me contestó que no.  Algún día deberíamos bailar un vals de Chopin vos y yo, le dije.  Ella, sin dejar de tocar el vals, sonrió sin contestar.</p>
<p>En <a href="http://www.youtube.com/watch?v=Kvcq5Ge8sHY">ese vals</a> en particular, le dije, pareciera como si la primera nota que tocás flotara y flotara y quedara en el aire y la melodía la soplara para que no caiga, como si fuera una burbuja de jabón.  La nota es un fa sostenido, me respondió, y algo parecido a lo que decís vos dijo en clase un maestro en el conservatorio.  No sos tan malo para apreciar el arte, agregó, con guiño y sonrisa.</p>
<p>Salíamos muy poco porque ni ella ni yo teníamos dinero.  Ella vivía de tocar teclado o piano en las iglesias, en bodas y fiestas.  Le alcanzaba para vivir decorosamente, pero nada más.  Yo tenía un empleo como procurador en un bufete de abogados.  A veces era extraño, como si ya fuéramos pareja formal, pero sin sexo ni compromiso real.  Ninguno de los dos quería dar el paso.</p>
<p>Debo admitir que me fui enamorando entre los compases y las notas negras y blancas.  Siempre fui un inútil para la música, pero escucharla siempre fue agradable, aún en las tardes o noches en que no atinaba a terminar una pieza porque se confundía a cada rato.  Un par de veces la vi somatar al pobre teclado del piano, furiosa porque no le salía una parte, o daba en la tecla equivocada.</p>
<p>Muchas tardes y cenas compartimos juntos.  Ella se reía siempre de mis chistes y su sonrisa me calmaba, me hacía sentir bien, me hacía olvidar.  Cuando habían recitales gratis en el Conservatorio, siempre íbamos.  Ella siempre me dijo que le gustaba mucho que yo fuera alegre y caballeroso, que la hacía sentir bien.  Teníamos, en resumen, una relación especial.</p>
<p>El lector o lectora se estará preguntando por qué no nos decidíamos a pasar al siguiente nivel.  La lectora probablemente esté esperando que yo le cuente que me le declaré de una forma especialmente romántica.  El lector probablemente querrá que le cuente que una noche ninguno de los dos pudo resistirse y tuvimos el mejor sexo del mundo.  Pues no sucedió ninguna de las dos cosas, he de sentirlo.  Pero déjenme contarles un poco más, tal vez y la historia al final mejore.</p>
<p>Ni ella ni yo éramos muy amigueros que digamos, y habiéndonos encontrado para acompañarnos en nuestra soledad, pues no buscamos a más gente.  Siempre al terminar la jornada laboral esperaba ir a encontrarme con ella y contarle de las trabas en la Torre de Tribunales, de los clientes que quieren magia en los juzgados, de los jueces que nunca terminan de fallar.  Ella por su parte, cuando tenía presentaciones, me comentaba de lo lujoso que eran a veces las casas, de lo mal o bien que la trataban, o de cuando nadie escuchaba lo que ella tocaba, aún cuando estuviera en una tarde espléndida y tocara su piano como nunca.</p>
<p>Un año después de haberla conocido, me salió un empleo mejor.  Entonces decidí trasladarme de apartamento, a uno más cercano al trabajo.  También para huir un poco de ella, para que no me terminara de enamorar hasta un grado incontrolable.  Ella recibió la noticia con un poco de tristeza y me dijo que me haría una cena de despedida.</p>
<p>La cena de despedida fue un día jueves, en una noche fresca.  Ella se vistió con un vestido negro, el que usaba para eventos de gala.  Me dijo que antes de comer bailaríamos un vals de Chopin, el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=qIvxUIA5aZ0">vals del adiós</a>.  Ella sabía que era uno de mis favoritos, aunque hasta esa vez no sabía que así se llamaba, por esa costumbre de los músicos clásicos de ponerle <em>opus número tal en no se qué bemol número no se cuánto</em> en lugar de un nombre decente.</p>
<p>Ella puso un cd en el aparato de sonido y bailamos con un poco de dificultad, porque según ella me dijo, los valses de Chopin no son precisamente para bailar.  Recuerdo bien el aroma de su perfume esa noche y esa sonrisa con la que me vio después de terminar el vals.  Desde entonces cada vez que escucho ese vals viene ese aroma a mi nariz, como si ella estuviera presente.</p>
<p>Nos despedimos en buenos términos esa noche, yo le dije que no era una despedida porque yo siempre vendría a verla cada vez que pudiera.  Ella contestó sí, pero ya no todos los días, vos parece que huyeras de mí.  Me fui esa noche entre nubes y con algo de tristeza, por no atreverme a decir que la amaba.</p>
<p>Efectivamente fui a verla muchas veces más, pero la distancia terminó imponiéndose.  Ambos hallamos a parejas más convenientes en distancia, cercanas físicamente, lejanas en el corazón.  Ella misma me lo contó varias veces.  Tiempo después dejamos de vernos.</p>
<p>Yo terminé con esa mi novia nueva en pocos meses.  Y entonces fui a buscarla, pero no la encontré.  Le escribí un email y me contó que estaba en una beca en Madrid y que regresaría en seis meses.  Adjunto a su email de respuesta venía un <a href="http://www.youtube.com/watch?v=MpNM-En-YvA">nocturno de Chopin</a> en mp3.  Cuando la toco me recuerdo de vos, apuntó.  Gracias por el nocturno, pero mucho tiempo le dije, yo quiero verte, iré a Madrid en cuanto pueda.  Pedí permiso por un par de semanas en mi trabajo, algo que me costó, pero al fin me dieron.</p>
<p>Cuando llegue allá, en unas cuantas semanas, le diré que la quiero como un loco.  No sé que responderá, no sé si es el tiempo adecuado o no.  Yo le diré que con ella quiero estar, que el vals del adiós que bailamos lo escucho todos los días, que fui un tonto al huir.  Espero que me diga que también me quiere, que toque Chopin para mí todas las tardes.  Me gustaría que tanto el atento lector como la romántica lectora me desearan suerte.  La voy a necesitar.</p>
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		<title>Los bachilleres</title>
		<link>http://www.anecdotario.net/los-bachilleres/</link>
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		<pubDate>Tue, 14 Jul 2009 12:34:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Bachilleres]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando estaba en primer año de bachillerato con el Dani y la Fabi nos íbamos a vagar todas tardes en el carro de aquel. Al Dani al nomás cumplir los dieciséis le habían dado su carro propio, y el carro cuando sos chavo no te sirve si no lo usás para chingar con los cuates. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando estaba en primer año de bachillerato con el Dani y la Fabi nos íbamos a vagar todas tardes en el carro de aquel.  Al Dani al nomás cumplir los dieciséis le habían dado su carro propio, y el carro cuando sos chavo no te sirve si no lo usás para chingar con los cuates.  Antes de que le dieran el carro yo no salía mucho con ellos porque no quería hacer hacer mal tercio.  El Dani y yo habíamos andado detrás de la Fabi y a ella le había gustado él, y yo como buen cuate pues me había hecho a un lado al principio.  Pero los dos fueron tan insistentes que no pude decir que no.  A veces pienso que mejor hubiera sido dejarlos solos.<span id="more-400"></span></p>
<p>Íbamos y salíamos juntos del colegio.  Las tardes eran lo que más esperábamos porque íbamos a pasear por algún comercial, la Antigua o al cine.  Algunas veces se nos pegaba la hermana de la Fabi, pero como esa chavita era mera caquera no siempre le gustaba.  Si esa chava no fuera tan llena de babosadas hubiéramos andado en pareja y tal vez no hubiera sucedido lo que sucedió.</p>
<p>La Fabi era linda, tenía cabello castaño y era morena clara, tenía un su piercing en la nariz que le quedaba calidad.  Era delgada pero con buenas curvas.  Además era buena onda, sabía que era bonita, pero no por eso hacía malas caras cuando algún chavo se le acercaba.  Eso sí, si querían algo más que amistad, decía que ella sólo era del Dani.  Por ser así buena onda y linda, le cayeron un montón de declaraciones de amor, incluso de hombres grandes con buen billete.  Pero ella nunca se metió a babosadas, aunque oportunidades no le faltaron.</p>
<p>Nuestro paseo preferido era Miraflores, entrábamos al museo al que nadie entra y mirábamos una y otra vez las vasijas y la tumba que hay allí.  En el montículo que está adentro, hacíamos carreras con el Dani, y casi siempre ganaba aquel.  La Fabi jugaba a ser una reina maya y nosotros con el Dani le seguíamos la corriente, nosotros éramos los súbditos.  Los miércoles, aprovechando el dos por uno, entrábamos al cine.  Después nos íbamos a comprar shucos enfrente del Tikal Futura y así nos la pasábamos.  Terminábamos en la casa de la Fabi o la del Dani haciendo las tareas del día.  </p>
<p>Siempre nuestros papás nos dieron mucha libertad mientras anduviéramos juntos.  Al Dani le decían que si andaba conmigo se podía ir a tal o cual fiesta y hacían que yo llegara a su casa.  Ellos vivían a unas cuadras de la mía.  Al regreso siempre pedían que echáramos el aliento para ver si habíamos chupado, pero al Dani y a mí nunca nos agarró por el guaro porque nunca nos llamó la atención.  Lo que nos gustaba era la mota.</p>
<p>Lo que no me gustaba era cuando aquellos dos se iban a enmotelar o a la casa de la Fabi y me dejaban en algún comercial o en el cine.  Está bien, ellos que hagan lo que quieran, pensaba, pero yo hubiera preferido irme a mi casa.  &#8220;Esperanos aquí un ratito&#8221;, decía la Fabi, y sin darme tiempo a responder, iban al parqueo y salían.  Volvían un par de horas después.  Al final terminé entendiendo cómo funcionaba la cosa y cuando me decía la Fabi que esperara un ratito, mejor agarraba camioneta y me iba a mi casa.  La primera vez me llamaron al celular para ver dónde estaba.  En mi casa, le contesté al Dani, y colgué.  Muchas veces me tuve que regresar en camioneta a la casa porque aquellos se iban a coger.</p>
<p>La mota la conseguía el Dani con un su tío que había sido medio hippie, y que además tenía su propio cultivo.  Nos juntábamos a fumar en la casa de la Fabi, que era la que se mantenía más sola.  Nos relajábamos y empezábamos a reír como locos.  Siempre reíamos porque nos llevábamos bien, pero con la mota eran risas extrañas.  Al Dani se le achinaban los ojos cuando ya le hacía efecto y de eso siempre nos burlábamos con la Fabi.  Le decíamos que de plano era un su antepasado chino el que lo poseía cuando fumaba mota.</p>
<p>Nunca nos costó sacar buenas notas en el colegio.  Lo que nos jodía era tanta tarea que dejaban a veces.  Pero si se trataba de exámenes, con unas cuantas leídas ya estábamos hechos.  Sacábamos buenas notas, pero no éramos los primeros.  Para ser los primeros hubiéramos tenido que estudiar más, y así no hubiera habido tiempo para todas las chingaderas que nos echábamos.</p>
<p>El 2007 fue sin duda uno de mis mejores años, porque todo ese año estuvimos juntos con la Fabi y el Dani.  Eramos como hermanos, nos llamábamos todo el tiempo, chateábamos por internet y nos enviábamos mensajitos de celular.  Aquellos dos estaban bien enamorados, y yo a veces me sentía de más, y aunque hubo un tiempo que me alejé de ellos por prudencia, igual me llamaban o me iban a buscar a mi casa.  Así que decidí pasármela bien con ellos.  En ocasiones conseguíamos alguna amiga que nos acompañara y en otras pocas la hermana de la Fabi, como conté antes, pero nunca logramos que se integrara alguien más, sólo nosotros sabíamos todos nuestros códigos, nunca hubo alguien que lograra entrar al grupo.</p>
<p>En las vacaciones del 2007, en noviembre y diciembre, nos separamos porque la Fabi no estaba.  La mamá de la Fabi se la llevó a Costa Rica porque tenía un proyecto de trabajo allá, y aprovechando las vacaciones se la llevó.  Nos contaba por el chat que se aburría un montón, que sólo cuando se juntaba con unas sus primas de allá se la pasaba bien.  Nos extrañaba mucho, lástima que no se había quedado, hubieran sido unas buenas vacaciones.</p>
<p>Con la Fabi fuera de alcance el Dani y yo nos juntábamos, pero no era lo mismo.  Así que en esas vacaciones le entramos más duro a la mota, y no sé si eso fue al fin lo que descompuso las cosas después.  Los únicos momentos alegres de verdad era cuando chatéabamos con video con la Fabi.  Nos poníamos a bailar y a hacer tonteras y ella se reía como loca.  </p>
<p>La Fabi regresó para el inicio de clases en enero 2008.  Los tres estábamos contentos de volver a armar el grupo y nos prometimos que haríamos más cosas que el año pasado.  Las clases empezaron y volvimos a nuestra rutina de chingadera por las tardes, pero yo sentía que algo había cambiado y presentí que algo pasaría.</p>
<p>Recuerdo que fue una tarde de febrero, cuando estábamos fumando mota en la casa de la Fabi, que ella soltó una frase que se nunca se nos pudo borrar: &#8220;lástima que no me puedo casar con los dos&#8221;.  Y ese fue el principio del fin.  Al Dani rápido se le quitaron los ojos chinos y se puso furioso, gritó un montón de cosas que no recuerdo, tomó a la Fabi del brazo, salió con ella a la calle en el carro y me dijo a mí que me fuera a mi casa.</p>
<p>Por la noche la Fabi me llamó llorando y me pidió que fuera a su casa.  No sé cómo me salí de la casa sin que me vieran, tomé un taxi y fui hasta la casa de la Fabi.  Estaba sola.  Me abrazó y me dijo que el Dani decía que ya no quería que me juntara con ellos, pero que ella no estaba de acuerdo.  Y me empezó a besar y a besar y yo sentí como un mareo.  Me llevó hasta su cuarto y ahí me tiró a la cama y me empezó a sacar la camisa.  Yo no sabía qué hacer y pensaba en el Dani y en todas nuestras risas juntos los tres.  Pero la calentura pudo más y entonces me dejé llevar, la Fabi siempre estuvo bien buena y yo siempre la había deseado.  Cogimos dos veces esa noche, espectacularmente.  </p>
<p>Regresé tarde a mi casa, con sentimientos encontrados.  Tenía varias llamadas perdidas de mis papás y del Dani, había hecho bien al dejar el celular en mi cuarto.  Me putearon como una hora, me dijeron que eso no se hacía, me prohibieron la tele y el internet y me quitaron el celular.</p>
<p>Al otro día en el colegio no vi ni a la Fabi ni al Dani.  Llegaron al día siguiente, pero cambiaron sus lugares en el aula y ya nunca nos volvimos a sentar juntos.  La Fabi me miró y me sonrió como pidiendo disculpas.  Salvo asuntos obligatorios nunca nos volvimos a dirigir la palabra.  Nos graduamos en octubre 2008 y no volvimos a comunicarnos más.  Yo intenté hablar con el Dani, pero siempre me decía, yo con vos no tengo nada que hablar, cerote.  La Fabi nunca me respondió el celular ni los emails.  Todo el resto del año escolar fue una cruz pesada, era un ambiente muy tenso y hasta les supliqué a mis papás que me cambiaran de colegio, pero no me hicieron caso, no había razón para hacerlo, dijeron.  </p>
<p>A la Fabi la vi en marzo de este 2009, iba con un su novio muy contenta, y por el carro y la vestimenta del tipo, parecía tener dinero.  Me saludó, pero no se detuvo a platicar.  Quise llamarla esa noche, pero me respondió un tipo diciendo que estaba equivocado.  </p>
<p>Al Dani lo vi en abril en una fiesta rave, al principio se hizo el loco, pero después llegó conmigo y me dijo qué putas maldito, y acto seguido me pegó un puñetazo en el ojo derecho que me tumbó al suelo.  Se fué de la fiesta sin decir palabra.  Yo pasé con el ojo morado por casi dos semanas, y no sé si soy yo o de veras me pegó tan duro, porque todavía ahora que estamos a mediados de julio me sigue doliendo, y bastante.</p>
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		<title>Historia con final feliz</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Feb 2009 18:28:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Dinero]]></category>
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		<description><![CDATA[Al principio la relación con la Gaby era por puntos. Yo le hacía mandados, la iba a dejar y a traer a algunas fiestas o la acompañaba a la casa de alguno de sus clientes. Luego de acumular suficientes puntos, ella me daba mi pago en especie. Una relación profesional, o más o menos. A [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al principio la relación con la Gaby era por puntos.  Yo le hacía mandados, la iba a dejar y a traer a algunas fiestas o la acompañaba a la casa de alguno de sus clientes.  Luego de acumular suficientes puntos, ella me daba mi pago en especie.  Una relación profesional, o más o menos.  A veces yo le pedía algún adelanto porque había necesidad y ella nunca decía que no.  La llevamos así por un buen tiempo hasta que todo se empezó a complicar.  Cuando se involucra al corazón ya todo cambia, no es lo mismo.<span id="more-367"></span></p>
<p>Gaby vivía enfrente de mi apartamento y se dedicaba a la prostitución fina, con clientes caros, porque es una mujer muy hermosa.  Un par de ojitos verdes, pelo castaño largo y buen cuerpo.  Una vez que nos encontramos en el pasillo del edificio le pregunté, con un poco de pena, que cuánto cobraba.  Me dijo una cifra en dólares.  Ok, cuando sea millonario te llamo, dije.  Ella sólo sonrió y me dijo que si la podía llevar a una fiesta en mi carro, que se le había descompuesto el suyo.  Está bien le dije, pero al menos debo ganar algunos puntos para canjearlos después.  Seguro, me dijo, sonriendo de nuevo.</p>
<p>Nos hicimos amigos y supe que era de Costa Rica, que tenía unos papás que se habían divorciado, que por haber sido rebelde y haberse fugado con un su novio vagabundo la habían desconocido; que este novio se había ido con una vieja de dinero y que entonces ella, sin dinero y sin nada, le dio por aprovechar su belleza acostándose con hombres de dinero.  No le iba mal, y además trabajaba por su cuenta, aunque a veces había otras putas que molestaban y le quitaban clientela.  Regularmente los tipos la llamaban para llevársela a sitios turísticos, viajes al extranjero, etc.  Su apartamento tenía todos los lujos posibles y ahí también atendía clientes. </p>
<p>Después de algunos favores que le hice, llegó la hora de canjear mis puntos. Esa mujer cogía delicioso, la primera vez que entré a su apartamento fue esa, y de veras que me hizo un trabajo profesional.  Baile y estriptís, oral, vaginal.  Sus pechos firmes coronados con unos pezoncitos rosados y suavecitos, sus muslos atrapadores y potentes, su exquisito aroma de mujer, la piel tan suave, todo memorable.  Eso sí, al terminar me pidió cortésmente que me fuera, ella necesitaba descansar y yo también, al otro día teníamos que ir temprano al aeropuerto.  Yo me iba a quedar con las llaves de su apartamento por cualquier cosa, me dio instrucciones para encender y apagar luces y dejar entrar a la señora de la limpieza.</p>
<p>Así que de vez en cuando me salía canje y la pasaba bien.  Ella era amigable, pero mantenía su distancia, y mientras yo no me quejara de los clientes que llegaban, todo iba bien.  Una vez me recuerdo que tuve que entretener a un cliente mientras ella terminaba con otro en su apartamento.  Un tipo gordo y grandote, lleno de joyas y que fumaba un montón.  Lo entré a mi apartamento, pero me ponía nervioso ese cuate, sobre todo con esa pistolona que tenía al cinto.</p>
<p>Me dio problemas con un par de novias esta mi peculiar vecinita.  Yo las calmaba diciéndoles que ella estaba muy ocupada siempre y que yo también, que ni nos mirábamos.  Pero ni modo que yo no aprovechara la oportunidad, si estaba buenota la Gaby.  Ni de parte de ella ni mía había amor ni nada parecido, ni siquiera era tan seguido que me la cogía porque tenía que acumular suficientes puntos.  Aunque a veces había adelantos, eso sí.</p>
<p>Poco a poco nos hicimos más amigos y ella me tenía más confianza.  Me contaba de los problemas con sus clientes, de las esposas celosas que a veces la perseguían.  Había un cliente que pagaba muy pero muy bien, pero el loco quería que ella lo orinara después de la cogida.  Estaban los fetichistas de pies, los que la querían con uniforme de colegiala, los sadomasoquistas.  Había toda una fauna allí afuera de hombres que tenían dinero para pagar sus fantasías más raras.  </p>
<p>De mi trabajo como laboratorista en una farmacéutica regresaba a las cinco de la tarde, así que me quedaba bastante tiempo para atenderla cuando necesitaba, porque su trabajo era siempre de noche.  Para conseguir clientes iba a las discotecas y restaurantes más caros.  Se movía en otro mundo realmente, uno de clase media no se imagina mucho cómo es ese nivel de gente que tiene dinero para tirar.  Es otro rollo.</p>
<p>Todo estaba bajo control hasta que una noche ella vino a mi apartamento, llorando.  Me contó que se acababa de enterar que su mamá había muerto en Costa Rica por un accidente de tráfico.  Había cancelado el par de citas que tenía y me pidió que fuera con ella a San José para el funeral de su mamá, que no quería ir sola y no se le ocurría nadie más de confianza que yo.  Alvarito, me decía entre lágrimas, vos sos mi cuate, me tenés que acompañar.  Ok, le dije, pero vos pagás el pasaje que pisto yo no tengo.</p>
<p>Casi no paró de llorar en todo el camino.  Yo la consolaba entre mis brazos, la tranquilizaba.  Le di una pastilla para que no se pusiera muy intratable porque la miré bastante mal.  Justo eso era lo que yo no quería, involucrarme más con ella, yo no quería cargar con más problemas que los míos, y ya sabemos cómo es la cosa: las mujeres bellas se llevan todo y te dejan vacío si vos te dejás.</p>
<p>En Costa Rica, para todos los efectos, yo fui su novio.  Yo tenía buenos negocios en Guatemala, nos habíamos conocido en la universidad.  Una de sus tías no fue nada discreta y le dijo delante de mí, que siendo ella tan linda, cómo no se había conseguido un novio guapo y no un indio como éste.  Ella le sonrió y le dijo acercándose a su cara, pues este indio coge muy bien, algo que a vos como que te hace falta, tía.  La tía puso una cara tan chistosa que nos reímos con la Gaby un buen rato y hasta nos tuvimos que salir de la funeraria.  </p>
<p>La Gaby después de esa vez se puso muy cariñosa, y hasta se hizo una verdadera amiga.  Me llamaba seguido y me invitaba a veces a comer o al cine.  Gaby, le decía yo, a mi me encanta estar con vos y todo, pero ya no tenés que agradecerme más lo de mi papel de novio de mentiras, ya estamos a mano.  Recuerdo que ella me dijo entonces, es que yo descubrí que vos sos el único amigo que tengo, no lo hago por agradecerte, sino porque sin compañía de verdad, yo me muero.  </p>
<p>Entonces vine yo y de estúpido que soy, me terminé de enamorar de la mujer.  No me la podía sacar de la mente, al dormir y al despertar pensaba en ella y en sus grandes y sedosos pechos.  Hasta a la hora de coger, el encuentro era más emotivo y ya no me pedía que la dejara sola.  Qué error el mío, pensé más tarde, porque el cariño y el apego le duró apenas unos tres meses y después volvió a la normalidad, ya no quería que me quedara con ella por las noches, la relación era de nuevo por puntos.  Días después de que se enfriara todo, desapareció.</p>
<p>La busqué por todos lados, la llamé a los diferentes celulares que tenía, llamé a sus parientes de Costa Rica, averigüé con el dueño de su apartamento a dónde había ido pero él sólo dijo que había dejado el año pagado por adelantado y que a él no le interesaba saber nada más.  La busqué en hospitales y cárceles.  Lloré y pataleé, en su apartamento busqué pistas de a dónde habría podido ir y qué estaría haciendo.  Llamé a algunos de sus clientes.  Le escribí un montón de emails de amor que jamás contestó.  Pensando en que probablemente la habían matado la busqué en las morgues.  Todo eso me hizo muy mal.  Me llegué a sentir tan desesperado que una vez casi me maté con pastillas para dormir, si unos vecinos no se dan cuenta y no llaman ambulancia, yo no estaría aquí contando nada.  Tuve que ir a una terapia donde una sicóloga para calmarme.  Tomé antidepresivos por seis meses antes de sentirme nuevamente bien y con fuerzas para continuar la vida.  Pero entonces ella reapareció.</p>
<p>Saludó como si nada, y me dijo que se mudaría a mi apartamento porque ya iba a vencer el contrato del suyo.  ¿Por qué me hiciste esto? le grité yo al verla entrar.  Ella no contestó, sólo me abrazó y me dijo que no me podía contar en ese momento, pero que yo era al único que podía acudir, que ella procuraría colaborar en la casa, y que ya había dejado de ser puta.</p>
<p>A veces deseás tanto que suceda algo que cuando sucede no sabés si es bueno que haya sucedido.  Yo tenía a mi amor ahí, pero por alguna razón algo faltaba.  </p>
<p>Fuimos en ese tiempo como una pareja de recién casados, ella se miraba contenta, y yo poco a poco me fui acomodando.  Nunca creí que ella dejara de ser puta, de ahí que los celos no me dejaban estar tranquilo.  Ella lo comprendía y entonces decidió contarme todo, pero me pidió que prometiera no dejarla al saberlo.  Ella se había ido de viaje a México, con un ricachón, pero se había puesto de acuerdo con la mujer de él antes.  Se irían de viaje con el señor y luego la esposa llegaría a encontrarlos infraganti para luego entablar una demanda formal de divorcio.  Así sucedió, pero como el pobre hombre padecía del corazón le dio un ataque cardiaco al ver a su mujer y en pleno acto sexual, el viejo se quedó bien muerto.  Como era un hombre importante, se tuvo que armar una escena en la que todo pareciera como una muerte natural.  Sus hijos se encargaron de arreglar todo.</p>
<p>La idea original de la esposa traicionada era matar al marido, aunque la Gaby no lo sabía al principio.  Así que las cosas salieron mucho mejor de lo que la esposa pensó.  Y de la millonaria cifra que cobraron por el seguro de vida, a la Gaby le habían tocado, para comprar su silencio, un par de millones de jugosos y encantadores dólares.  Así que si ella los administraba bien, sus días de trabajar de puta habían terminado para siempre.  Y con quien quería compartir la vida era conmigo, que si yo la aceptaba a pesar de su pasado, ella se quedaría.  Ya no quería seguir en ese mundo falso en donde vivía, quería una familia, amor y comprensión.  Antes de llegar conmigo hasta se había hecho una prueba de sida, que salió negativa.</p>
<p>Sonaba increíble toda esa historia.  El hombre enamorado no debe pensar mucho, sólo debe actuar, porque después puede arrepentirse no por lo que pasó, sino por lo que no pasó, y eso es más terrible.  Así que decidí creérmela y ser feliz el tiempo que fuera, total, lo más que iba a pasar es que en algún tiempo ella se aburriera de mí y se fuera.  Pero lo bailado nadie me lo iba a quitar.</p>
<p>De esto que les estoy contando, ya hace cinco años y dos niños.  Con la Gaby pusimos una importadora de artículos de computación y nos ha ido muy bien.  Ella está aquí a la par y me dice que quedó lindo el relato, hasta parecés escritor Alvarito.  Yo le digo que todavía me parece increíble tenerla aquí a mi lado y que escuché al nene llorar, de plano quiere pacha.  Ella me abraza y me mira con esos sus grandes ojos verdes, y me da un gran beso.  Me dice, mi amor, el nene puede esperar un poco más, sólo dejáme decirte que te amo.  ¿Querés que ponga eso en el relato Gaby?  Sí, responde.  ¿Lo puedo publicar en el blog?  Dale mi amor, quedó lindo.</p>
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		<title>Aunque sólo uno fuera</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Dec 2008 08:21:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Música]]></category>

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		<description><![CDATA[En el bar La Luna, en el pasaje Aycinena, dos amigos cervecean al filo de la medianoche de un viernes. El Peluca canta canciones rockeras de los 80s y la gente ya con una buena cantidad de alcohol en sus cuerpos canta y pide más música, algunos bailan. La mujer y la familia política del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el bar La Luna, en el pasaje Aycinena, dos amigos cervecean al filo de la medianoche de un viernes.  El <em>Peluca</em> canta canciones rockeras de los 80s y la gente ya con una buena cantidad de alcohol en sus cuerpos canta y pide más música, algunos bailan.  La mujer y la familia política del Peluca atiende a los clientes, que desde hace buen tiempo siempre llenan el lugar.  También sus bolsillos, que es lo más importante.  Suena una canción y uno de los dos amigos interrumpe la plática para prestarle atención a la letra.<span id="more-365"></span></p>
<p><em>En la vida conocí mujer igual a la Flaca<br />
coral negro de la Habana, tremendísima mulata.<br />
Cien libras de piel y hueso, cuarenta kilos de Salsa,<br />
y en la cara dos soles que sin palabras hablan.</em></p>
<p>Qué rolona esa vos.  Vos de plano te acordás de quién es mi flaca, ¿no?  Claro Manolo, yo me acuerdo, pero la verdad, esa chava mucho culo para vos, te lo digo como cuate.  Jajaja, sí, tal vez tenés razón.  Pero igual, a veces me vengo aquí no tanto porque necesite cerveza y parranda, sino porque sé que si me quedo en la casa voy a pasar toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir pensando en ella.  Vos y tus rollos románticos, si mujeres habrán siempre hombre, y dispuestas, no como ella.  Sí, claro, pero ninguna es como mi flaquita, y no quiero nada con nadie más.  Ok, pero es ella la que no quiere, ya te lo dijo, no olvida a aquél su novio y vos ahí no tocás tierra, serás el consuelo, el cuate que escucha, pero nada más, aceptálo.  Tan fácil que se oye cuando vos lo decís, pero es que uno es necio pues, y quien sabe, de repente algún se le cae algún tornillo de la cabeza y me resulta queriendo&#8230;</p>
<p><em>Por un beso de la Flaca daría lo que fuera<br />
por un beso de ella, aunque solo uno fuera.</em></p>
<p>Traumado estás vos, pero ya vas a ver que en algunos meses ya la olvidaste y todo tranquilo.  No creo que la olvide, pero tenés razón en lo de traumado, es que el amor no sólo es sentimiento, es también obsesión, por eso es que no se te sale de la mente, por eso es que no te deja dormir.  Es difícil ver que cuando vos estás dispuesto a todo, a enfrentar cualquier cosa, la otra parte no, la otra parte duda, prefiere voltear a otro lado.  Ya, parale, que parecés puro tráido de telenovela mexicana, sólo que sin el físico, jajaja.  Mejor pidamos otro cubetazo de chela.</p>
<p>En otro bar, a algunos kilómetros de distancia, está la Flaca.  Toma cerveza con su grupo de amigos y sonríe coqueta cuando alguno le tira alguna mirada atraído por su belleza.  A uno de ellos le cuenta, después de dos cervezas, que hay un tipo que la anda rondando, pero que la hace sentir incómoda.  Mirá, la verdad es que me gusta el cuate y todo, pero meterme con él me puede traer problemas.  Ah, las mujeres, dicen siempre que todos los hombres son iguales, ¡entonces para qué escogen tanto!  No te burlés de mí, pensé que me escucharías.  No seás sentida pues, qué querés que te diga, a mí nunca me gustaron los hombres.  Seguíte burlando, malo, mejor venite y bailemos un poco, abrazáme.</p>
<p><em>Y bailar y bailar, y tomar y tomar,<br />
una cerveza tras otra pero ella nunca engorda. </em></p>
<p>Es que a veces es como si te dejaran sentir un poco de cielo, y entonces vos querés más.  Bueno sí, pero ella sólo quería probarte a ver si dabas la talla y parece que no la diste vos.  Sí, parece que no, uno es el que a veces se cree especial, pero nada que ver.  Ya vas entendiendo.  Claro, yo con la mente lo entiendo todo bien, pero el corazón dice otra cosa y ahí va uno de necio.  Volvemos a lo mismo, hacé lo que querás pues, desangráte por la flaca.</p>
<p>Vos flaca, mirá, ya la July está muy borracha, llevémosla a su casa porque va a empezar a hacer clavos.  No, sigamos bailando, se siente rico que me abracés.  Ya, pero yo me voy a calentar y ya te conozco que después no soltás nada, porque vos te imaginás que abrazás a otro y no me gusta ese rollo.  Ok pues, saquemos a la July de aquí.  Pero vos hablále porque vos sos su cuata, se supone.  Es lo que me cae mal vos, supuestamente aquella sabe tomar y mirá pues.</p>
<p>Eso de desangrarse si ya parece pura poesía cursi.  Mirá quién habla de cursi, el que le envía cartitas a su amada.  Sucede que a mí no me interesa sacármela de la mente, si sale será porque ya era hora, pero lo que soy yo, no haré intento de nada.  Vos sos mero masoquista también.  La esperanza es la última que muere manito, y de verdad, como decía la canción yo por un beso de la flaca daría lo que fuera.  Allá vos y tu rollo pues, yo con la Lucy estoy calidad ahora, tal vez por eso no te entiendo bien.</p>
<p>Salgamos pues con la July y vamos a dejarla.  Ojalá y no vaya a güaquear en mi carro.  No flaca, no te preocupés yo calculo que no.  Vamos pues.  Así que ese tu tráido te gusta pero no tanto, porque no te olvidás de tu ex.  Sí, más o menos.  Pero a vos te caen hombres por todos lados, así que no tardarás en encontrar a alguien.  Así como lo decís vos parece fácil.  Primero vamos a dejar a la July y luego te voy a dejar a vos.  Ok.</p>
<p>Bueno chavo, ya van a cerrar aquí, así que mejor vámonos ya.  Está bien, gracias por la chela y la plática mano.  No hay de qué, ya sabés, ¿estás bien para manejar?  Claro, me extraña.  Mejor me hubiera traído mi carro, vos estás muy bolo.  No hombre, tranquilo.  Vamos pues.</p>
<p>Vos también estás algo cabezona flaca, ¿o no?  Sí, pero no te hagás ilusiones de que te va a salir algo.  Jajaja, no hombre, tranquila, somos cuates.  Vos, ese cuate de adelante va bolo, mirá cómo se le hace el carro.  No puede ser.  No puede ser qué.  Es el cuate del que te estaba hablando, Manolo.  Ah, el enamorado de las cartitas cursis.  Sí, alcancémoslo, voy a hacer que pare.  Está bien.</p>
<p>Qué onda flaca, qué andás haciendo.  Aquí regresando de parrandear.  ¡Qué casualidad, yo también flaquita chula!  Quitáte del volante, yo te voy a dejar a tu apartamento, estás muy bolo.  Gracias vos por el jalón, pero a este lo tengo que ir a dejar a su casa, lleváte vos al otro, que también está medio bolo, yo lo conozco, es tranquilo, además vive por tu casa.  Bueno pues flaca y qué otra, suerte con tu tráido pues.</p>
<p>No lo creo vos flaca, vos manejando mi carro.  Calláte, mejor dormíte.  ¿Te vas a quedar conmigo en el apartamento flaquis?  No, mañana te devuelvo tu carro.  Qué calidad se siente que vos te preocupés por mí.  Vos estabas muy bolo para manejar.  Sí, pero ya he manejado así y no ha pasado nada, vos lo que pasa es que me querés, jajaja.  En tus sueños Manolo, en tus sueños.  Hace unas horas quería que aparecieras, y mirá pues, apareciste.  No te podía dejar así Manolo, entendé.  Quedáte conmigo en el apartamento, y luego mañana te vas para siempre si querés.  Quedáte flaquita, quedáte.</p>
<p>Manolo se queda dormido en el asiento del copiloto, y al llegar a la flaca le cuesta entrarlo a su apartamento.  Lo deja en su cama.  Gracias flaquita linda, buenas noches.  La flaca lo mira sonreír dormido.  Espera un momento.  Ya cuando Manolo está dormido profundamente, le da un beso en los labios y se marcha.</p>
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		<title>El amor en las redes sociales</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Oct 2008 02:36:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con estas cosas de las redes sociales a veces los conflictos de pareja se pueden volver morbosamente públicos. Está por ejemplo el clásico caso de los novios que en el hi5 cambian de estado y pasan de &#8220;en una relación&#8221; a &#8220;Soltero (a)&#8221; justo después de una gran pelea de fin de semana. Automáticamente todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con estas cosas de las redes sociales a veces los conflictos de pareja se pueden volver morbosamente públicos.  Está por ejemplo el clásico caso de los novios que en el <strong><a href="http://www.hi5.com">hi5</a></strong> cambian de estado y pasan de &#8220;en una relación&#8221; a &#8220;Soltero (a)&#8221; justo después de una gran pelea de fin de semana.  Automáticamente todos los comentarios de amor del novio y la novia desaparecen del perfil de ambos.  Todos los <em>teamos</em> y los <em>tequieros</em> se esfuman, como si nunca hubieran existido.  Empieza una guerra de comentarios picantes en otros perfiles y de fotos con otras supuestas parejas, porque ninguno quiere quedar como perdedor.  La intención es que la otra parte lea y se muera de celos, se arrepienta, vuelva pidiendo perdón de rodillas y confiese que su amor será eterno.  Esto es, digamos, un ejemplo clásico que más de alguno ha visto por ahí.  Pero lo que vi el otro día en un par de estos perfiles, no fue algo usual.<span id="more-362"></span></p>
<p>Pongámonos en contexto.  Hay un tipo, al que llamaremos Alex, que tiene una novia, a la que llamaremos Ale.  Hasta aquí, todo normal, todo bien.  Salvo porque él tiene 45 años y ella 15.  Son 30 años de diferencia, que no son pocos.  Está bien, el amor no tiene edad, estamos en eso de acuerdo, pero hay algo más.  Ambos están casados con otra persona.  Ambos tienen un hijo, y el hijo de él, además, fue el enlace entre ellos.  Esto es de lo que me enteré viendo los perfiles de ellos y de sus amigos.  No siempre se ven comentarios de amor entre personas de tal diferencia de edad en los perfiles del hi5, así que fue notorio al encontrarme con el perfil de Ale, quien de la nada me solicitó como amigo, quizá sea que ella lee este blog o algo así.  Qué se yo.  El asunto es que descubrí la historia entre ellos, y por los comentarios -que no borraron- la relación empezó en enero de este 2008 y finalizó recién en septiembre. El primer comentario de Ale para Alex, fue el siguiente:</p>
<blockquote><p>10/01/2008 03:22 PM<br />
<strong>Ale</strong> dice:</p>
<p>ola mi amor! ke tarde la de ayer! tqm!!!!!!1</p></blockquote>
<p>Nótese el entusiasmo expresado en los signos de admiración.  Vinieron algunos comentarios un tanto extraños luego de este, como por ejemplo:</p>
<blockquote><p>17/01/2008 04:21 PM<br />
<strong>Bronco</strong> dice:</p>
<p>Hola tío, por ahí andan unos rumores meros raros, llamame pues.  Saludos!</p></blockquote>
<blockquote><p>21/01/2008 07:59 AM<br />
<strong>Chente</strong> dice:</p>
<p>Mano, vos sí que no le atinás!  Dejá de ponerle a las güiras, asaltacunas&#8230;!  jejeje  A ver cuándo unas chelitas pues.</p></blockquote>
<p>Alex, por su parte, respondió con un comentario a Ale:</p>
<blockquote><p>11/01/2008 02:27 AM<br />
<strong>Alex</strong> dice:</p>
<p>Hola belleza, gracias por quererme, te dejo un beso enorme.  La luna hoy brillaba por vos.</p></blockquote>
<p>Luego de esos mensajes vienen una serie de comentarios con dibujitos de te quieros y te amos varios, de poemas ridículos dedicados y de comentarios en las fotos.  De lo del hijo me enteré porque se asomó a los comentarios un día, en febrero:</p>
<blockquote><p>03/02/2008 02:45 PM<br />
<strong>Junior</strong> dice:</p>
<p>Tené verguenza viejo, a la Ale te la presenté como cuata, mala onda vos.</p></blockquote>
<p>A Ale, por otra parte, sus amigas trataban de hacerla regresar a la cordura, las más insistentes eran la Moniq y la Beba:</p>
<blockquote><p>04/02/2008 09:37 AM<br />
<strong>Moniq</strong> dice:</p>
<p>Loka!!! Tanto tiempo sin verte! cuidate mucho no te metás a babosadas mija!  Pensá en tu wiro, hablame a mi cel plis</p></blockquote>
<blockquote><p>04/02/2008 09:37 AM<br />
<strong>La Beba</strong> dice:</p>
<p>Nena, vos sabes que te quiero miles, pero no andés loqueando sí? te quise llamar a tu cel pero no contestaste.</p></blockquote>
<p>Y así continuaron los mensajes, si no fuera por la gran diferencia de edades y la situación civil de ambos, todo sería como en los demás perfiles. Ale tenía un bebé de 10 meses que aparecía en las fotos y que tenía un álbum especial, junto a ella aparecía en todas las fotos.  Era lindo el nene, aunque las fotos con él no eran tan nítidas que digamos.  En otro álbum, titulado &#8220;mi amor&#8221; estaban Alex y Ale, que más parecían padre e hija en esas fotos.  Una foto en el lago de Atitlán, otra en el zoológico, una más frente al Palacio Nacional, alguna otra en Antigua Guatemala.  En todas sonriendo, en todas felices.</p>
<p>Desde enero hasta ahora, me mantuve más o menos atento a esta singular pareja.  Era como si no tuvieran en cuenta que cualquiera puede entrar a ver todo lo que se escribían y publicaban.  Me enteré de que el hombre era casado porque lo ví en el banco una vez, y le pregunté a la cajera que lo atendió si el tipo venía mucho al banco, sí dijo ella, aunque la mayoría de veces viene con su esposa, una vieja amargada.  Uno se entera de mucho sólo con hacer una pregunta inocente.</p>
<p>De Ale no me imaginaba que fuera casada, hasta que una vez en el album de recortes dijo: &#8220;mi marido me aburre, por eso kiero a mi amor&#8221;, y Alex hizo un comentario con un emoticon de sonrisa.  Sí, está bien, no se sabe si realmente lo dijo en serio la chava, pero todo lo que había leído en los comentarios parecía tan irreal que una cosa más ya no me extrañaba.</p>
<p>Por ahí por mayo y junio, preocupado por mis cosas, no volví a buscar a los tórtolos.  Me costó encontrarlos de nuevo en julio.  Habían peleado un par de veces, pero habían regresado.  Los comentarios de los amigos tratando de hacerlos entrar en razón ya habían cesado, parecía que sólo él y ella estaban, nadie más comentaba en el perfil de cada uno.  Hasta algunos comentarios de corte erótico habían por ahí, canciones dedicadas, y más fotos.  Creo que por ese tiempo, aunque no lo dijeron abiertamente, vivían juntos.</p>
<p>Yo estaba esperando que algún día tronaran la cosas, esa relación no podía durar tanto.  Les fui siguiendo la pista de todos modos, y en agosto no hubo comentarios ni nuevas fotos, por lo que mi suposición de que vivían juntos era bastante posible.  Sin embargo todo lo que empieza tiene un fin, como todo en la vida.  Y la relación de estos tórtolos tan dispares en edad tenía que terminar, o al menos eso pensaba yo.</p>
<p>Luego de agosto en silencio en ambos perfiles, el 7 de septiembre, un comentario en el álbum de recortes de Ale: &#8220;con el corazón roto&#8221;.  Luego el 8, ella hace un comentario en el perfil de Alex:</p>
<blockquote><p>08/09/2008 10:43 PM<br />
<strong>Ale</strong> dice:</p>
<p>porqué no das la cara!</p></blockquote>
<p>Un par de días más tarde, la despechada Ale comentaba en el perfil de un su amigo, Javier:</p>
<blockquote><p>10/09/2008 11:55 PM<br />
<strong>Ale</strong> dice:</p>
<p>ola Javito! komo estás? llamame sí? necesito de calor de hombre!!  tqm</p></blockquote>
<p>Javito no respondió -al menos públicamente por el hi5- pero el 17 ya Ale aparecía con un nuevo estado en álbum de recortes: &#8220;de nuevo el amor!&#8221;.  Quién sabe si era el Javito u otro, o un mensaje para encender a su perdido Alex, que respondió a ese comentario diciendo: &#8220;buena suerte pues belleza, te quise mucho, sabelo&#8221;.  Y hasta ahí la historia de amor entre los dos tórtolos cibernéticos.  Justo acabo de chequear de nuevo sus perfiles y no encontré nada nuevo.  Quién sabe si volverán o si ya están juntos de nuevo y por eso nada de comentarios.  Quién sabe si el marido de la Ale apareció de repente y la reclamó.  O si la esposa de Alex se lo llevó de nuevo a casa.  En fin, de todo esto no me hubiera enterado si no fuera por estos juguetes tecnológicos y la manera en que los utiliza la gente, como si nadie los estuviera viendo.  Sí, lo admito, el morbo por saber más de esta peculiar pareja me mantuvo atento, y sé que no debo perder el tiempo husmeando en vidas ajenas, pero qué quieren que haga.</p>
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		<title>La fuga</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Sep 2008 13:23:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Panajachel]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Fernanda Botrán-Aycinena había desaparecido.  Y yo, un simple estudiante de derecho, era el encargado de buscarla y encontrarla.  Cuando acepté el empleo, no me imaginé que me pusieran a investigar en serio, pero como la necesidad manda tenía que hacerlo, o por lo menos, hacer como que hacía.  Me ayudaba el hecho de que cuatro años atrás yo había trabajado de jardinero en casa de los Botrán-Aycinena y la había conocido.  Era una muchacha muy guapa y consentida, que tenía una larga fila de pretendientes con los que jugaba y se divertía.  <span id="more-358"></span></p>
<p>Fernanda Botrán-Aycinena era delgada, morena de pelo largo y lacio, muy elegante y refinada en sus maneras.  Era muy linda, como ya apunté, y lo sabía.  Recuerdo que cuando trabajaba en su casa una vez la escuché decir a una amiga &quot;las mujeres somos poderosas&quot;, en una mesa del jardín.  Hablaban de sus conquistas y de cómo ese poder de las mujeres bellas sobre los hombres trae tantas ventajas y diversión.  Por eso es que al principio me costó un poco pensar que la muchacha se había enamorado y que además se había fugado con su novio.</p>
<p>Yo jamás había hecho ninguna investigación, ni trabajado de policía, ni en el ministerio público, ni nada que ver.  Un tío me había conectado con otro tipo y me habían dado el empleo, lo acepté por necesidad.  Fue uno de los tantos trabajos que he tenido.  Antes de ese caso, lo único que había hecho era ir a contar inventarios de mercaderías, hacer algunos interrogatorios en casos de empleados que robaban, localizar a una persona que hacía años que no la veían.  Pero un supuesto caso de secuestro ya es otra cosa y la verdad a mí no me gustaba meterme en el asunto y peor con una familia famosa.  Pero mi jefe era muy amigo de los Botrán-Aycinena y no quedaba de otra.</p>
<p>Así que esa mañana, después de que habían pasado 24 horas desde que se supo lo último de Fernanda Botrán-Aycinena, estaba yo en la sala de la mansión.  Su padre me atendió bastante preocupado, y no me reconoció como exjardinero de su casa.  Yo tomé nota de todo lo que me decía.  Ella había salido el día anterior supuestamente rumbo a la universidad, pero no había permitido que la llevara el chofer de la familia en la camioneta en que acostumbraba.  Después de eso, ya no contestó el celular para nada, y una de sus amigas dijo más tarde que nunca llegó a la universidad.</p>
<p>El padre de la señorita quería que juntáramos evidencia para enjuiciar al tipo por secuestro.  Pero el caso es que Fernanda había pasado de sostener una relación romántica inofensiva a fugarse con el tipo, y eso, siendo ella ya grandecita y por su voluntad, no podía tomarse como secuestro.  Al principio imaginé que el tipo era una especie de hippie vividor y bohemio, pobretón, de esos tipos que se enamoran a las patojas con su casaca intelectoide y les sacan billete.  Pero resultó que el tipo era de otra familia acaudalada, pero enemiga de los Botrán-Aycinena.</p>
<p>El enamorado ladrón era Roberto García-Granados, con una licenciatura en filosofía y letras, un renegado de su familia pero que disfrutaba del dinero que tenían.  Bien parecido y algo deportista, hizo caer rendida a la bella Fernanda.  Así que yo tenía ante mí una historia de amor de esas de película y un papá ogro que quería destruirla, por su odio a la otra familia.  Como Romeo y Julieta.  Eso no puede existir en la realidad, pensé, algo debe fallar.</p>
<p>Con la autorización del padre entré al dormitorio de la raptada y busqué indicios que hablaran de su paradero.  Encontré su celular en la gaveta de su mesa de noche, busqué las llamadas y los mensajes de texto, el último mensaje decía:</p>
<p>Roberto<br />
31-Ago-06   06:30 a.m.<br />
Ya estoy en el punto de reunión, te espero con ansias.</p>
<p>Habían muchos mensajes de Roberto con poesía cursi, saludos, disculpas por no atender.  La última llamada, también de Roberto, había sido la noche anterior, y por los registros del celular, habían hablado durante 45 minutos, entre las 9 y 10 de la noche.  Miré alrededor del cuarto, amplio y con detalles de lujo.  En su escritorio, junto a la ventana, estaba su computadora portátil conectada al cable de internet.  La encendí, pero estaba bloqueada con una clave y no pude ingresar.  Al sentarme en la silla del escritorio, observé un detalle interesante: una rosa marchita pegada a la pared con cinta adhesiva, y el nombre Fernanda en letra cursiva, también pegado con cinta adhesiva, a la par.  Al voltear el nombre Fernanda estaba el nombre Roberto, también en cursiva.</p>
<p>Así que eran los dos una linda pareja enamorada.  Y había que encontrarlos, había que buscar su nidito de amor.  Me tocaba hacer el trabajo sucio.  O por lo menos, hacer como que lo hacía.  Así que me inventé que había encontrado evidencia de que probablemente se habían ido al lago de Atitlán a alguna de las aldeas de alrededor.  Me llevé a mi novia para pasarla bien, y me inventaba reportes diarios de que los habían visto y todo el rollo.  Al tercer día, cuando ya venía de regreso sin haberlos buscado ni encontrado, me los encontré a los tortolitos ricachones.  Qué suerte, pensé, les tomé una foto.  Estaban en el restaurante Nick&#8217;s en San Pedro La Laguna, felices y ajenos a la preocupación de su familia.  Bueno, me dije, me quedo otra semanita más con mi novia, qué rico.</p>
<p>Envié las fotos y mi reporte.  El padre me pidió que le hablara a Fernanda, para que por favor volviera y que se la comunicara por celular.  Como no se separaba de Roberto, le dije que me iba a costar.  Yo ni tenía intención de hacerlo, la verdad.  Pero una vez andaba la guapa mujer caminando sola en el muelle y me le acerqué.  Me reconoció.  Le dije el recado de su padre e inmediatamente, los comuniqué por celular.  Fernanda se puso a llorar diciéndole a su papá que no iba a volver a casa.  Luego me tiró el teléfono a mi cara y se fue corriendo.  Hablé de nuevo con su padre y le dije entonces que mi misión había concluido y que me regresaba.  No señor, me dijo, muy serio don Álvaro, que así se llamaba el padre, usted continúa, yo le daré instrucciones mañana.  Bueno, pensé, seguiremos de vacaciones y me fui a echar un baño al lago, con mi nena.</p>
<p>Al día siguiente preguntaba por mí en el hotel una morena espectacular, de pelo largo, piernas bronceadas, ojos verdes y una mirada inocentemente provocadora.  Dijo llamarse Susy.  El plan de don Álvaro era meterle a esa muchacha al Roberto y deshacer la luna de miel.  Un poco de marihuana y esa mujer espectacular deberían ser suficientes para hacer caer al hombre y decepcionar a su hija, y así volvería.</p>
<p>La verdad, me dio un poco de pena llevar a cabo el maquiavélico plan.  Pura telenovela parecía todo esto, y a mí me tocaba estar de lado de los malos.  Preferí no contarle a mi novia de eso, porque ya se sabe cómo son las mujeres con las historias románticas, a todas les gusta el final feliz y los cuentos de hadas.  Pero con la ficha que ganaba en ese caso, nos la estábamos pasando bien, y si al fin esa pareja era para quedarse junta, pues nada los separaría.</p>
<p>Así que Susy y yo planeamos cómo hacer caer al Romeo hippie.  Intentamos de muchas maneras, pero como los tórtolos no se separaban para nada, no lo logramos.  Y como la carne es débil, fui yo el que terminé en la cama con la Susy (¡qué buena que estaba!), y mi novia me dejó por eso al descubrirme in fraganti.  Me salió el tiro por la culata.  Susy y yo regresamos a la capital unos días después y nunca más nos volvimos a ver.  Lo bueno fue que los tortolitos siguieron su romance y yo cobré buena plata.</p>
<p>Pero cuatro meses después la señorita Botrán-Aycinena estaba de regreso en su casa, y volvía a sus estudios.  No supe mayor detalle, pero parece que el cuate le empezó a poner mucho a la coca y la marihuana y eso no le gustó a nuestra Julieta ricachona.  Y ahí se terminó la historia de amor.  El tipo llegó a hacer escándalo un par de veces a la casa de ella, pero ahí quedó, ella permaneció inmutable, y su papá, feliz.</p>
<p>Recién vi la foto de Fernanda en el diario.  Se graduó de administradora de empresas, a la par de ella había un rubio de ojos azules, que tenía un apellido impronunciable y era algo de alguna empresa fuerte europea.  En el pie de foto decían que era su prometido.  En otra de las fotos aparecía muy sonriente y satisfecho don Álvaro, con un vaso de whisky en la mano.</p>
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