Archivo de la categoría Amor
La pedida
En una aldea del interior de la república, Evaristo Penados se prepara para ir a pedir la mano de su novia, María Pirir. Llevan un año de noviazgo y Evaristo sabe que María, la Mari, es todo para él, y narcotizado por la locura del enamoramiento no puede esperar más a que sea su mujer. Todo será mejor con su compañía, piensa, fantasea con hacerle el amor de manera romántica y demás cosas como envejecer juntos, algo que parece tan fácil cuando se está enamorado. Sin embargo, tiene miedo de que el papá de ella, el cascarrabias de don Jacinto, ponga algún pero o que lo trate mal, y eso lo tiene un poco angustiado.
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La mujer del trailero
Estaba anocheciendo cuando entró ella y yo le dije al Nacho, ésa es la mujer del año. Era hermosa, blanca, rubiecita, cabello sobre los hombros, ojos celestes. Llevaba un vestido floreado azul que danzaba alegre con cada paso que daba. Unas sandalias casuales dejaban ver unos blancos y hermosos pies. Llegó con su hija, a quien al parecer había tenido muy joven, porque le calculamos 20 años a lo sumo. Se sentó en la mesa 7. Es mía le dije al Nacho y sin darle tiempo a reaccionar, le fui a dejar el menú con la mejor sonrisa que pude, pero ella apenas sonrió cortésmente. Con esa yo sí le soy infiel a la Estercita, le dije yo después al Nacho, que sólo me miró con gesto cómplice. Dos minutos más tarde, entró quien debía ser su marido, un gordo todo lleno de collares de oro, anillos y pulseras. Era el 23 de diciembre de año pasado, víspera de nochebuena.
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La consulta
En la sala de espera de un consultorio médico está sentada Eva, una guapa veinteañera que anda buscando marido. Es delgada, de pelo largo y de sonrisa pícara. Está pensando en la maldición que le echó su hermana menor al casarse antes que ella, ahora quién sabe si logrará marido antes de que la belleza la abandone y la gravedad tire para abajo lo que ahora está firme y en su lugar. La secretaria del consultorio le indica que puede pasar con el doctor Anleu, un médico joven y soltero al que viene a ver por segunda vez en el mes.
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Una visita
Ayer a eso de las cuatro de la tarde, iba yo caminando por el Parque Central frente al Palacio Nacional, pensando en qué bonito sería verte y platicar con vos. Estaba haciendo un calor de la gran diabla por culpa de un sol quemante que en algún momento, no sé cómo, me dio de lleno en los ojos y me obligó a cerrarlos. En un instante el clima cambió y empezó a llover muy fuerte y cuando abrí los ojos, ya no era el Parque ni el Palacio, sino la calle frente a tu casa y me estaba mojando, entonces abrí la puerta, así como la abren ustedes, y entré. No se miraba a nadie por ningún lado, yo recordaba que me habías dicho que los miércoles tenías clases por la tarde, así que no estarías en casa. Pero entré, mojado como estaba, me asomé a la puerta de tu cuarto y ahí estabas vos, bien cuajada, como la bella durmiente de los cuentos.
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Amor de lejos
Es una tarde gris en Barcelona. En su pequeño apartamento de soltero está Xavi, un ejecutivo de negocios en Internet que fue abandonado por la mujer de sus sueños, con una botella de whisky en una mano y en la otra el control remoto del estéreo donde suenan repetidamente los valses de Chopin. Se supone que hoy iba a trabajar temprano en el nuevo proyecto que le encomendaron, pero ya son las dos de la tarde y él sigue tirado en la cama. Lo llaman del trabajo insistentemente pero no contesta el móvil con la vana esperanza de que en la pantalla del aparato aparezca el nombre de ella en lugar del de su jefe.
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Amor eterno
El año pasado, en la entrada al Periférico por la Avenida Elena, apareció un día una ofrenda floral con la leyenda «Amor Eterno», al día siguiente una nueva, y al día siguiente otra. La gente que pasaba por el lugar se dio cuenta y se formaron dos bandos: los realistas, que esperaban que se acabara el amor eterno y los románticos, que esperaban ver nuevas flores todos los días.
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El solitario
Siempre me ha costado hacer entender a la gente que me gusta estar solo. Si algunos ya desde adolescentes buscan una mujer para casarse o juntarse, allá ellos, será porque no tienen otra cosa en qué pensar o qué hacer. Me busqué siempre empleos en los cuales ganaba poco pero trabajaba sólo mediodía. Para qué más, yo sólo necesitaba el dinero para comer, vestirme y pagar el alquiler, yo solo, nada más. Me puedo pasar leyendo o viendo tele toda la tarde, o simplemente caminando por el centro o a veces por la Antigua. Eso es todo, si tengo algún dinero de más me meto al cine o compro algún libro.
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El email
¿En qué estaría pensando esta desgraciada? ¿A qué venía ese email? ¿Por qué dejó pasar tanto tiempo para decirlo? Si no me quería lo debió haber dicho antes, ahora que la boda está cerca y ya la gente está invitada me lo viene a decir como si fuera un juego. Juan miró por la ventana la mañana gris y lluviosa que se asomaba desde la sexta avenida. Atendió de mala gana un par de llamadas de clientes y volvió a la computadora a leer el infame email.
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La camioneta de la bella durmiente
El martes de la semana pasada, fui a la agencia de SAT central y para el viaje decidí usar nuestra popular y democrática camioneta. Luego de hacer las diligencias que necesitaba hacer, tomé una camioneta número 82 que venía medio vacía para regresar a la oficina. Al nomás subir, vi una bella colegiala que estaba dormida en uno de los asientos, con la cabeza recostada en una de las ventanillas y el asiento que tenía a la par, vacío. Tez morena clara, pelo negro lacio y largo, puro de Head & Shoulders, una boquita apenas entreabierta, un maquillaje discreto y una naricita coqueta. Lo mismo podía pasar como guatemalteca o filipina. Vestía un uniforme azul de colegio, con la falda un poco más corta de lo normal. Parecía ser de los últimos años de secretariado o magisterio. Llevaba en sus piernas su mochila grande, repleta, que por lo menos tenía que pesar 25 libras.
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Morado
Muy temprano por las mañanas, se levanta la morenita de la esquina. Se asoma a la ventana y mira a la casa de enfrente, donde está su príncipe azul, a ver si ya se levantó y si está tomando el desayuno con periódico, como acostumbra. Siempre está lista para cuando él va a salir, pero no todas las veces sale al mismo tiempo para no darse color. Si salen al mismo tiempo, ella finge no verlo, sólo se acomoda los lentes y mira al suelo aparentando pensar en algo importante. El sólo la mira y piensa esta chava qué onda qué rollo y ambos caminan hacia su lugar de trabajo, en dirección contraria.
Ella no encuentra la manera de decirle, de abordarlo, de gritarle que está loca por él. Planea durante semanas la forma en que se lo va a decir, ensaya frente al espejo, habla con la Virgen de Fátima y le cuenta, pero cuando llega la hora y lo ve, le ataca una náusea maldita y le falta la respiración y empieza a sudar y se pone estúpidamente roja.
Un día de tantos, no lo ve desayunar. Debe estar enfermo, piensa. Se angustia a muerte cuando sale y ve al carro funerario arrancar frente a su casa, y corre detrás como poseída, con el corazón explotando en sus oídos, lo alcanza y lo hace detenerse. Y lo ve allí, a través de la ventanilla, con su rostro lloroso. Se acerca y él le cuenta que ha muerto su mamá, y ella al abrazarlo sin querer le da un cabezazo que le deja el ojo morado.
