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Cosas que pasan

Una vez me puse a correr como loco en la universidad. Me tiraba al pavimento y me levantaba como si nada, no me dolía, volvía a tirarme y no me dolía. Parecía que tenía suficiente energía para correr eternamente, yo era el maldito supermán. Me reía puro idiota y seguía corriendo. Salí de la ciudad universitaria y me fui para la casa por el periférico, y seguía corriendo a toda velocidad, sin cansarme. Y me ponía enfrente de los trailers y justo cuando me iban a pegar me tiraba a un lado y los esquivaba y me reía de ellos puro loco. Y después seguía corriendo a toda velocidad, y no podía detenerme, de pronto tenía toda esa energía acumulada de años de estar bien portado atendiendo y haciendo caso de todas las reglas de la sociedad. Llegué a mi casa y no abrí la puerta, de un brinco me salté la pared y estaba adentro y entré y no había nadie ni nada, era sólo una casa vacía y entonces me puse a caminar por las paredes y el techo y hacía triples saltos mortales y me tiraba de cabeza y rebotaba y caía parado. Cuando me aburrí salí otra vez a la calle y corrí y corrí y empecé a angustiarme porque no me sentía cansado y no podía parar, cuándo se va acabar esto, pensaba. Ya cuando iba llegando a Antigua Guatemala, decidí parar y sentarme en una banqueta al lado de la carretera, a esperar que se desacelerara mi corazón, porque en una de esas podía explotar. Tomé una camioneta para regresar a la casa, y cuando llegué todo estaba de nuevo en su lugar, para mi alivio. Entré a mi dormitorio y dormí por los siguientes tres días.

Cuidado con las rasuradoras

El viernes me corté groseramente con la rasuradora justo debajo de la fosa nasal izquierda. De la izquierda mía, no de la de ustedes. Me empezó a salir sangre roja, como la que me suele salir en estos casos. Después de algunos minutos de profusa hemorragia, dejó de salir. Luego me senté en la computadora a ver mis correos electrónicos y en un movimiento que no entiendo, me pasé trayendo la herida y cayó una gota de sangre en el teclado, sangre roja, otra vez. Esperé que coagulara y salí para el trabajo. En la camioneta me fui parado y otra vez me pasé trayendo la herida, comprobándome a mí mismo lo torpe que soy. Una gota de sangre roja para mi desgracia cayó en el generoso busto que llevaba semidescubierto una sensual señorita que iba sentada del lado del pasillo y que volteó a verme con gesto de desaprobación. Yo tuve la intención de sacar mi pañuelo y limpiarle el área, pero me pareció que no era buena idea. Ella con el dedo índice de la mano derecha limpió la gota de sangre y a continuación se lo chupó, me voltéo a ver con el dedo todavía en la boca, y luego de sacarlo lentamente, me hizo un guiño y sonrió dejando ver sus blanquísimos colmillos de vampiresa. Sonreí nervioso, me disculpé torpemente y de inmediato me bajé del bus.

Ley de las dos opciones

Resulta que a veces te topás con que tenés dos opciones: la primera y la segunda. La primera es generalmente la más lógica, la que te aconsejan tus papás, la que acepta la sociedad hipócrita (valga la redundancia), la que va más a la segura, la que te causa menos incertidumbre. La segunda, en cambio, te ofrece más aventura, es algo más arriesgada, es la que no le gusta a tus papás ni a la sociedad, es la que yo no tomaría si fuera vos. Si tomás la primera opción, te arrepentirás de no haber probado la segunda, aún cuando te vaya bien. Si tomás la segunda, lo más seguro es que te vaya mal, y si te va mal te la vas a pasar echándote pestes por ser tan mula y no haber tomado la primera opción desde el principio. O sea, en conclusión, vos nunca vas a estar conforme, salvo que te vaya bien con la segunda opción.

Cantantes en la radio

Cuando era pequeño pensaba que los cantantes cantaban en vivo en todas las radios. El problema era cuando escuchaba que el mismo cantaba al mismo tiempo en dos radios. Entonces, pensaba que había un imitador en una de las dos.

Los monos futbolistas

Una tarde estaban dos monos futbolistas platicando en una rama del árbol más grande de la selva. La plática era acerca de la falta de profesionalismo en la liga amateur de fútbol.

—Si los monos futbolistas de la liga amateur se entrenaran —decía el mono más viejo—, fueran al gimnasio, mejoraran su nivel técnico-táctico y empezaran a jugar como profesionales, entonces, sólo entonces, yo iría a ver los partidos de la liga amateur de fútbol. Por el momento, me conformo con jugar de vez en cuando con mi equipo e invitar a los profesionales a jugar en esta liga.

—Tenés razón —contesta el mono más joven, ambos eran del sur—, yo ya he perdido la fe en la liga amateur de fútbol. Me fastidian los que piensan que la liga amateur amenaza a la liga profesional y los que teorizan acerca del fenómeno de la liga amateur cuando ni siquiera pueden ejecutar bien un penal. Todos me parecen idiotas, deberían poner más carne en el asador a la hora de jugar.

—¿Ya viste cómo juegan los del norte? —pregunta el mono más viejo—. No hay nada bueno allá, todos son demasiado serios, deberían hacer driblings y caños más seguido porque uno se muere del aburrimiento cada vez que juegan.

Y así continuaron su plática los monos futbolistas, hasta que el sol se ocultó. Entonces se despidieron y se fueron a sus casas, felices de su coincidencia intelectual.

La chica del supermercado

Me gustaba ir al supermercado a ver a la flaquita que recibía los paquetes. Lo que me encantaba era su expresión solitaria y sin sonrisa, su caminar digno y erguido, su rostro sin maquillaje. Me aficioné a pasar todas las tardes por ahí para verla siempre que no tuviera trabajo urgente. Supe desde un principio que el encanto se arruinaría si yo le hablaba, que debía dejarla allí tal como estaba; que debía disfrutarla sin tocarla. Supongo que se habrá dado cuenta porque me empezó a lanzar reojos con aparente fastidio, como para hacerme saber que sabía que iba al supermercado sólo para verla. Todo estaba bien, hasta que un día ella decidió llegar con sonrisa y maquillaje.

El enano que quería ser cortesano

Había una vez un enano que quería estar en la corte del rey. Se aprendió el discurso que gustaba a la corte y lo repetía por donde iba. No le importaba que el discurso tuviera sentido o no, lo que importaba era caerle bien a la corte. El enano fue persistente hasta que logró la atención de la corte; entonces su posición mejoró. Pero conforme fueron pasando los años, se dio cuenta de que los de la corte lo hacían a un lado para los eventos y decisiones importantes. Comprendió entonces que para ser de la corte, tenía que haber sido hijo de cortesano; y que de simple criado enano que era, jamás pasaría.

Visita importante

El hombre se fue a ver al espejo, se peinó, se lavó la cara y se echó el perfume de costumbre. Arregló la oficina, escondió los papeles de más sobre el escritorio, sacudió la computadora. Se volvió a ver en el espejo para arreglarse la corbata.

Sonó la puerta. Abrió.

Una sonriente personita de un metro de estatura dijo: ¡hola papi!

Persecución

Cuando paré en el semáforo, allí estaba ella con su mazda negro a la par de mi auto. Esa linda morena de pelo largo que me sonrió. Y fue como esas veces que vos sabés que puede pasar algo, de esas miradas que son de conexión instantánea. Pues a la cuata esta le pesaba la pata y empezó a correr, y yo —que soy mero lento para manejar— me fui tras ella. La cosa parecía así como cuando un niño te dice ‘no me atrapas’ y vos tenés que salir corriendo tras él para seguir el juego. La alcancé en otro semáforo y volvimos a intercambiar sonrisas, pero esta vez con un poco de malicia. ‘Aunque llegue tarde al trabajo la voy a seguir’, pensé. Y como la vez anterior, al dar verde el semáforo, salió despetacada como si ya no hubiera mañana. Yo, a volverla a seguir. Esta vez si que corrió más, yo apenas lograba estar a dos carros de ella. En el siguiente semáforo, ella pasó todavía en el preventivo y yo me quedé en el rojo (¡suerte más mierda!). Al nomás dar verde salí disparado a alcanzarla, con la angustia de pensar que tal vez ya había cruzado en alguna parte y ya no la iba a encontrar. Después de unos minutos de incertidumbre, vi el mazda negro y aceleré para seguirla. Fue ahí cuando se me atravesó la vieja esa que después se murió en el hospital. Suerte más mierda.”, finalizó su historia el reo, ante la mirada pasiva de su compañero de celda.

Cariñosa

Mi hija Paola, de tres años de edad, es muy tierna y cariñosa. Un día, cuando yo recién había llegado del trabajo, ella se encontraba sentada en una silla y al momento de saludarla me dijo: “Papá, yo estoy muy alegre de que estés aquí”. Debilitado ante tal ternura en sus palabras, no pude más que abrazarla y darle un beso.
Ella apartándome me dijo (siempre muy amablemente): “…pero dejáme pues, porque estoy viendo televisión”.

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