Persecución
Cuando paré en el semáforo, allí estaba ella con su mazda negro a la par de mi auto. Esa linda morena de pelo largo que me sonrió. Y fue como esas veces que vos sabés que puede pasar algo, de esas miradas que son de conexión instantánea. Pues a la cuata esta le pesaba la pata y empezó a correr, y yo —que soy mero lento para manejar— me fui tras ella. La cosa parecía así como cuando un niño te dice ‘no me atrapas’ y vos tenés que salir corriendo tras él para seguir el juego. La alcancé en otro semáforo y volvimos a intercambiar sonrisas, pero esta vez con un poco de malicia. ‘Aunque llegue tarde al trabajo la voy a seguir’, pensé. Y como la vez anterior, al dar verde el semáforo, salió despetacada como si ya no hubiera mañana. Yo, a volverla a seguir. Esta vez si que corrió más, yo apenas lograba estar a dos carros de ella. En el siguiente semáforo, ella pasó todavía en el preventivo y yo me quedé en el rojo (¡suerte más mierda!). Al nomás dar verde salí disparado a alcanzarla, con la angustia de pensar que tal vez ya había cruzado en alguna parte y ya no la iba a encontrar. Después de unos minutos de incertidumbre, vi el mazda negro y aceleré para seguirla. Fue ahí cuando se me atravesó la vieja esa que después se murió en el hospital. Suerte más mierda.”, finalizó su historia el reo, ante la mirada pasiva de su compañero de celda.



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