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	<title>Anecdotario.net &#187; Fantasticos</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>El viejo del barranco</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Jun 2011 15:25:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[volar]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar.<span id="more-1149"></span></p>
<p>El que había descubierto al viejo era el Carlos, un día que se fue solito al barranco. La gente decía que estaba loco y que era brujo. Otros decían que era un pervertido mañoso. La cosa es que un día llegó el Carlos con la noticia de que había aprendido a volar. A volar barrilete, le dijo el Chejo. No, a volar en serio, a andar por el aire, dijo Carlos. Nos explicó que había ido con el viejo del barranco y que lo recibió amable y que platicaron y el viejo le preguntó si quería volar. Yo le dije que ese viejo no me daba confianza, pero el Carlos dijo que fuéramos los tres, que ya le había hablado de nosotros, que no había nada que temer.</p>
<p>Le preguntamos al Carlos que cómo era eso de volar. Nos dijo que mejor probáramos, que no se podía explicar. Era un día lunes, a la salida del colegio. A la tarde le pedí permiso a mi mamá para ir donde el Chejo, con la excusa de estudiar, pero no me dio permiso. Vos vas a jugar nintendo, no a estudiar, me dijo, como si no te conociera. El viernes, podés ir si querés, pero antes tenés que hacer las tareas. Cuando les conté al Chejo y al Carlos, quedamos en que el viernes era buen día y que nos juntábamos a las cinco de la tarde, ya con las tareas terminadas.</p>
<p>Toda esa semana fue eterna. ¿Cómo sería eso de volar? Yo lo imaginaba muchas maneras. También pensé que a saber con qué cosa nos saldría el Carlos. Como cuando en los anuncios te pintan la gran hamburguesa y vas y la pedís y es una cosa pequeña y descolorida apenas. En los recreos nos juntábamos a comer la refacción, pero no le logramos sacar más al Carlos. Tienen que probarlo, contestaba siempre. Así nos tuvo toda la semana.</p>
<p>Cuando por fin llegó el viernes, yo salí volado del colegio a la casa, almorcé a la carrera e hice las tareas. A las cuatro de la tarde ya estaba listo. Me puse a ver tele para esperar un poco e ir a la casa del Chejo. Cuando llegué Carlos ya estaba allí y nos fuimos rápido al barranco. Yo nunca había bajado el barranco. Había árboles y monte, pocas casas. Llegamos rápido a la casa del viejo, que nos invitó a pasar. Le reclamó a Carlos que no llevábamos nada de lo que había pedido. Carlos respondió que se le había olvidado, pero que a la próxima no íbamos a fallar. Meciéndose con el cigarro en la mano, el viejo dijo que por esta vez no había problema, que si estábamos listos para volar.</p>
<p>Los tres dijimos entusiasmados que sí, que estábamos listos para volar. El viejo se levantó de la mecedora y nos llevó al fondo del barranco, en donde pasaba un río de aguas negras. Nos pidió que nos tomáramos de las manos y dijo que debíamos concentrarnos. Nos explicó que para volar debíamos volvernos tan ligeros como nuestro espíritu, de tal manera que el cuerpo se sujetase a las leyes del espíritu y no al revés como sucede siempre. Para ello debíamos cerrar los ojos y poner nuestra mente en blanco, sin pensar en nada. Luego de eso debíamos pensar en las personas que más queríamos, pues sólo la fuerza del amor es la que eleva el espíritu. Yo pensé en mi mamá y en mi hermanita de un año.</p>
<p>Después de unos cinco minutos, para mi gran susto, el que se empezó a elevar fue Carlos. Yo lo tenía tomado de la mano, sentí que temblaba un poco y de repente, se empezó a elevar. Yo abrí los ojos y vi que sus pies estaban a medio metro del suelo. Grité del susto y Carlos cayó. El viejo me dijo que debía estar callado y concentrado, que así no iríamos a ningun lado. Nos dijo que nos fuéramos y que la próxima vez volviéramos con frutas: sandía, melón, papaya, duraznos y piña. Que si no lográbamos volar la próxima vez, que mejor ya no llegáramos.</p>
<p>En el camino de regreso bombardeamos al Carlos con un motón de preguntas, ¿qué se siente? ¿cómo le hiciste? ¿por qué a nosotros no nos salió? Nos dijo que nos teníamos que concentrar, que el viejo es buena onda, pero si no le hacés caso, ya no te recibe. Le preguntamos de nuevo qué se siente, pero nos contestó como las otras veces: lo tienen que probar por ustedes mismos.</p>
<p>Esa fue otra semana eterna. Ese viernes teníamos que lograr volar a como de lugar. Yo me encerraba en mi cuarto y trataba de concentrarme, pero era difícil. Con el Chejo y el Carlos nos juntamos un par de tardes a hacer ejercicios de respiración y practicar para cuando fuéramos con el viejo. Cuando llegó el viernes, otra vez me fui volado del colegio a la casa, y tuve suerte porque no tenía tareas del colegio. Nos juntamos de nuevo en la casa del Chejo y fuimos a comprar las frutas del viejo. Nos propusimos que ese viernes teníamos que volar, teníamos que lograrlo.</p>
<p>El viejo nos recibió como la vez anterior y se alegró cuando vio lo que le llevamos.  Fuimos otra vez hasta el río de aguas negras y nos tomamos de la mano. Todos respiramos profundo. Esta vez, yo sólo pensaba en mi hermanita. Sientan como su cuerpo es ahora su espíritu. Sientan cómo son más livianos que el aire. Yo sentí que Carlos y el viejo se elevaban. Después de concentrarme lo suficiente, yo también flotaba. El último que lo logró fue el Chejo. Nos soltamos de las manos y el viejo dio un grito y nos asustó. Caímos al suelo. Nos dijo que eso era todo. Salimos corriendo emocionados, casi que ni nos despedimos del viejo.</p>
<p>Regresé emocionado a la casa, brincando de felicidad. Mi mamá me preguntó que por qué tanta alegría y yo le dije que por nada. Fui a ver a mi hermanita a su cuna y me sonrió. No podía esperar hasta el otro viernes.</p>
<p>Se convirtió en costumbre de todos los viernes ir a volar con el viejo. La sesión de vuelo duraba media hora y se nos iba rápido. Nos prohibió hablar con nadie del asunto. Con el tiempo yo volaba a un metro de altura encima del río de aguas negras. Podía durar un minuto volando. Se sentía bien, como si no pesara, como si no tuviera cuerpo. Para dirigir el vuelo, teníamos que pensar antes hacia dónde queríamos ir, como planificando el vuelo. Si no lo hacíamos, nos caíamos. El viento en la cara a la hora del vuelo era increíble. El Chejo cayó una vez en una piedra y casi se quiebra el pie. Yo me di con la cabeza contra un árbol. El viejo se reía de nosotros cuando nos pasaba algo así. Carlos nunca se caía, siempre era el que mejor se concentraba.</p>
<p>Intentamos muchas veces volar en nuestras casas, cada uno en la suya, pero no lo logramos. Nos juntamos muchas veces en la casa del Chejo para intentarlo juntos, pero no podíamos. Sólo con el viejo podíamos volar.</p>
<p>Cuando nos fuimos haciendo mejores voladores, nos inventamos algunos juegos con el Chejo y el Carlos. Jugamos flotafútbol, voleyfly, airbasquet. Nombres así les poníamos. Era genial. En el flotafútbol, mi favorito, podíamos hacer chilenas de vuelta entera. El viejo hacía que la pelota también flotara. Era como estar en sueños. La canasta del airbasquet la pusimos en un árbol bien alto. Todos hacíamos clavadas como los basquetbolistas de la NBA. El viejo también se divertía. En el aire no parecía que fuera viejo, jugaba igual que nosotros.</p>
<p>El que volaba más alto era el Carlos. Llegaba, yo calculo, a unos diez metros de altura. Era también el que podía durar más tiempo en el vuelo, podía tardar hasta cinco minutos. Con el Chejo le preguntábamos que cómo le hacía, y él sólo contestaba que se concentraba más. En el colegio el único tema del Carlos en los recreos era qué nuevos juegos podríamos inventarnos para el vuelo de los viernes. Nos dijo que de grande iba a ser piloto aviador. Pero si vos vas a volar más alto que los aviones, le dijo el Chejo. Algún día se terminará lo del vuelo con el viejo, respondió. Nosotros no podemos volar solos.</p>
<p>Al Chejo y a mí nos pareció que el Carlos sabía algo más. O por lo menos que lo presentía.</p>
<p>Después de cinco meses de vuelos todos los viernes, llegaron las vacaciones. Quisimos ir ya no sólo un día, sino toda la semana. Eso no le pareció al viejo. Dijo que igual, que sólo nos recibiría los viernes. A pesar de que llegamos otros días diferentes al viernes, el viejo nunca nos salió a abrir. Sólo nos recibía el viernes. Hasta las vacaciones no nos habíamos dado cuenta de varias cosas. La primera era que nadie nos había visto volar, y la segunda era que no habíamos visto a nadie más visitar al viejo. Tampoco sabíamos su nombre, a pesar de haberle preguntado varias veces. Siempre cambiaba conversación.</p>
<p>Según el viejo nos había contado, había sido piloto aviador y había tenido una mujer y una hija. Las dos habían muerto en un accidente en una avioneta, y cuando sucedió eso, el viejo dejó de trabajar y decidió vivir el resto de su vida con los ahorros que había logrado. Como los ahorros no eran muchos, se había ido a vivir al barranco. El Carlos nos contó que una vez se le salió decir que visitaba ricos a los cuales hacía volar por dinero. Seguro le pagaban bien.</p>
<p>La casa del viejo eran cuatro paredes de madera vieja y unas láminas de metal también viejas. Una conexión eléctrica clandestina le daba electricidad para una vieja percoladora, una televisión y una estufa eléctrica. El viejo tenía salud de hierro, nunca se enfermó de nada, según él mismo nos dijo.</p>
<p>Para ese entonces ya los tres éramos expertos voladores. Hacíamos piruetas en el aire y durábamos más tiempo suspendidos. El más veloz era siempre Carlos. Hacíamos carreras en el aire. Volar te da sensación de libertad, de que todo es posible. Éramos únicos, nadie en el colegio ni en la colonia ni en el país, podía volar. Sin embargo el viejo nos advirtió desde el principio que no nos saliéramos de los límites que él nos estableció. Volábamos en un espacio del tamaño de un campo de fútbol. Varias veces intentamos cruzar el límite y volar más allá, pero  nos caíamos. Las sesiones tampoco duraban más de la media hora establecida al principio. El más temerario era el Chejo. Subía lo más alto que podía y se dejaba caer en picada gritando en el camino. Justo antes de pegar en el suelo, elevaba el vuelo de nuevo. La pasábamos bien siempre, y creo que nunca he sido más feliz.</p>
<p>Pero como todo, los vuelos en el barranco llegaron a su fin. El tercer viernes de ese diciembre, como siempre, bajamos a la misma hora, pero no encontramos al viejo. Sus cosas tampoco estaban. No era que tuviera mucho, pero no estaban. Lo buscamos como locos hasta que oscureció. No lo hallamos. Volvimos al día siguiente, y al siguiente. Bajamos los siguientes viernes de diciembre y de enero, pero no volvió. Desapareció del barranco. Intentamos volar solos pero nunca lo logramos.</p>
<p>La teoría del Chejo era que se había ido a la casa de uno de sus clientes ricos. Yo pensaba que a lo mejor se había cansado del olor del río de aguas negras y se había ido. Carlos, en cambio, pensaba que se había ido a otro barranco, y que ahora todos los viernes, otros niños en ese barranco volaban junto al viejo.</p>
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		<title>En la juguetería</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 13:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Juguetes]]></category>
		<category><![CDATA[Navidad]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[Transformers]]></category>

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		<description><![CDATA[Pablito acaba de cumplir seis años y su papá prometió comprarle un Transformer. Hoy es el día y juntos van a la juguetería a ver qué pueden encontrar a buen precio. Cuando Pablito entra a la tienda, sus grandes ojos negros buscan los estantes en donde están los Tansformers. Pablito sonríe, sabe que no le [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pablito acaba de cumplir seis años y su papá prometió comprarle un <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Transformers_(pel%C3%ADcula)" target="_blank">Transformer</a>.  Hoy es el día y juntos van a la juguetería a ver qué pueden encontrar a buen precio.  Cuando Pablito entra a la tienda, sus grandes ojos negros buscan los estantes en donde están los Tansformers.  Pablito sonríe, sabe que no le comprarán el autobot más caro, pero verlo en la tienda es gratis.  Empieza a imaginar cómo será en la noche, cuando los juguetes cobran vida.<span id="more-555"></span></p>
<p>Se imagina a <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/optimus.jpg" target="_blank">Optimus Prime</a> comandando a los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Autobots" target="_blank">autobots</a> en una guerra  en contra de los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Decepticons" target="_blank">decepticons</a>.  Los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/G.I._Joe" target="_blank">GI Joe</a>, que están a la par, no se quedarán afuera y también defenderán a la Tierra.  Los dinosaurios al escuchar el ruido se acercarán y Optimus y sus amigos los tendrán que defender de los decepticons.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/megatron.jpg" target="_blank">Megatron</a>, el líder de los decepticons, quiere destruirlo todo, pero los autobots lucharán para mantener la paz de los demás juguetes.</p>
<p>Los más tontos son los peluches y las <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/muneca_hannah_montana.jpg" target="_blank">muñecas de Hannah Montana</a> porque no le atinan a nada.  Se esconden detrás de los estantes y mueren del miedo.  La guerra poco a poco se pone más emocionante, disparos y luchas, todos los transformers cambiando a autos y aviones.  A <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/bumblebee.jpg" target="_blank">Bumblebee</a> le pegan un disparo y cae, pero viene el autobot de ambulancia y lo cura.  Los decepticons amenazan con tomar toda la juguetería, después el comercial, y después el mundo.</p>
<p>—Pablito, vení pues, vamos a ver el juguete de tu hermana Dani  —dice el papá, al ver a Pablito callado e inmóvil frente a los estantes con los transformers.</p>
<p>—No papi, yo me quedo aquí, andá vos y después venís por mí.  Quiero ver todos los transformers.</p>
<p>Cuando su papá deja el corredor, empieza de nuevo la guerra en contra de los decepticons.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/starscream.jpg" target="_blank">Starscream</a> ha herido a varios autobots y al tiranosaurio rex.  Es una lástima que Starscream sea un decepticon, porque es un robot bien chilero.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/ironhide.jpg" target="_blank">Ironhide</a> es el que se encarga de sacar de combate a Starscream, pero no por mucho tiempo, porque pronto será reparado.</p>
<p>Mientras tanto, en el estante de las barbies, todo es un relajo con griterío.  Las muñecas no pueden creer lo que pasa y discuten entre ellas sobre qué van a hacer si los decepticos toman la juguetería.  Uno de los Ken les dice que seguro ganarán los autobots, que siempre ganan los buenos.  Las barbies lo abrazan para sentirse protegidas.</p>
<p>Optimus Prime les dice a los autobots que deben respetar a las instalaciones y creaciones de los humanos, que a los peluches no deben herirlos aunque se pongan del lado de los decepticos, porque seguro lo hacen por miedo.  Uno de los GI Joe propone a los autobots que le tiendan una emboscada a Megatron.  Para eso necesitan que un minibot con explosivos llegue hasta el cuartel decepticon y vuele todo y se deshaga de esos robots malignos.</p>
<p>Los decepticons en su invasión han logrado tomar los estantes con los muñecos de bebé y el área de las barbies.  Están a punto de tomar también el área de los legos y los juegos de mesa.  Pronto tendrán también bajo su dominio el área de deportes y los carritos.  Avanzan rápidamente en su conquista.</p>
<p>Sentado en la orilla del estante Optimus planea el ataque definitivo.  Está de acuerdo con el muñeco de GI Joe en que deben mandar a un minibot con los explosivos, pero también deben recuperar el control de los estantes que han tomado los decepticons.  Para ello se envía a Ironhide, Bumblebee y <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/ratchet.jpg" target="_blank">Ratchet</a>, que junto a los soldaditos de plástico recuperarán el control de los estantes de las barbies y los legos, en primer lugar.</p>
<p>—Bueno Pablito, y al fin ¿qué transformer te vas a llevar? —pregunta el papá al regresar de escoger el juguete de la Dani.</p>
<p>—Bumblebee papa.  Ese quiero —responde Pablito, contento.</p>
<p>—Miremos uno barato.  Este no, muy caro.</p>
<p>—Pero ése si se transforma papa, comprámelo.</p>
<p>—No, debe haber otro que se transforme y sea más barato.  No tengo mucho dinero.</p>
<p>Mientras papá sigue mirando los precios, Pablito se imagina la escena final.  El minibot llegará hasta el cuartel de los decepticons con la carga de dinamita que le pusieron los GI Joe y estallará y volará todo en mil pedazos.  Ratchet distraerá a los centinelas de los decepticons.  Mientras tanto, ya con el control de los estantes de las barbies y los legos, Ironhide y Bumblebee cubrirán terreno para que no escapen los autobots.</p>
<p>Pero sin que nadie lo pueda prever, el minibot es interceptado por un decepticon.  Optimus al enterarse ordena que todos los autobots ataquen el cuartel general de los decepticons, es hora de ganar la guerra.  Después de varios minutos, y una fuerte lucha contra Megatron, Optimus Prime sale triunfante.  Todos los juguetes celebran y se arma una gran fiesta.  Pablito aplaude contento.</p>
<p>—Bueno, ¿y vos por qué aplaudís?</p>
<p>—Por nada papi, sólo porque me vas a comprar mi Bumblebee.</p>
<p>Papá toma de la mano a Pablito y se alejan del estante.  Pablito voltea a ver desde la caja de la tienda y le parece ver que Optimus Prime se mueve.</p>
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		<title>Ángel de la guarda</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Aug 2009 07:10:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Misterio]]></category>
		<category><![CDATA[Traición]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Al principio es un poco difícil acostumbrarse a estar muerto. Hay un instante casi imperceptible en el que tu alma deja para siempre tu cuerpo, pero vos seguís consciente de lo que sucede, sólo que lo empezás a sentir de otra manera. Es como si todo se volviera gaseoso y sin peso, vos flotás y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al principio es un poco difícil acostumbrarse a estar muerto.  Hay un instante casi imperceptible en el que tu alma deja para siempre tu cuerpo, pero vos seguís consciente de lo que sucede, sólo que lo empezás a sentir de otra manera.  Es como si todo se volviera gaseoso y sin peso, vos flotás y mirás a la gente y ellos no te ven y ya no te duele nada y eso te alivia.  Pero conforme pasan los minutos te das cuenta de que ya no podrás volver a hablar con nadie que esté vivo y eso te hace sentir angustia.  Y ahí empiezan a aparecer los otros muertos, y es como cuando vos entrás  a la universidad y te bautizan, te empiezan a hacer bromas y a burlarse de vos, te hacen preguntas que cómo te llamás, de qué te moriste y en qué trabajabas.<span id="more-418"></span></p>
<p>Siempre está el muerto  bueno que te dice con qué tener cuidado, al que le caés bien por alguna razón desconocida.  Está también el muerto que se cree jefe de todo y anda desfiando a todo mundo.  Uno piensa que esas cosas se acaban con la muerte, pero depende de qué muertos anden por ahí, así te va a ir.  Lo bueno, me decía uno de ellos, es que ya no te pueden matar.</p>
<p>Mi problema es que dejé cosas sin resolver al morirme, como le sucede a todos, creo.  Pero yo no puedo dejar de pensar todo el tiempo en que debí haber sido un poco más buena gente.  Es decir, sí, yo hice el bien estando vivo, pero con esa idea de hacer mucho dinero pues me la pasé ocupado.  Me casé y fui un tiempo feliz, pero en verdad creo que me casé más para salir del paso, para que estuviera completa la foto y así poder seguir, como para poner un chequecito en la lista de cosas pendientes.  Yo quería a mi mujer claro, pero no con ese amor de las películas.  Ella me quería, había que ver lo triste que la pasó en el funeral, pero también ahí descubrí que me engañaba con mi primo Alberto.  </p>
<p>Cuando me recuerdo del accidente siento que pude haber maniobrado mejor el timón y haberme salvado.  Pero no se pudo, así que estoy ahora bien muerto y con asuntos pendientes.  Los muertos con los que he hablado no me han dicho si uno pasa a otro estado o si se va al fin al cielo o al infierno como dice la religión.  Yo siempre pensé que era un castigo o un premio demasiado exagerados para lo que hacemos en una vida.  Es decir, un premio eterno por haberte portado más o menos bien en 35 años en mi caso.  O un castigo eterno por haberte portado muy mal en ese mismo tiempo, quitando el período de la niñez, en donde parece que tenemos licencia para ser un poco crueles sin que merezcamos el infierno.</p>
<p>Pero bueno, ya estoy muerto, no tengo opciones de escoger nada, y no sé a dónde iré ni qué haré.  Ahora me la paso el día viendo al Estuardito y me gustaría abrazarlo y ponerlo sobre mis hombros y decirle que a pesar de que tiene cara de mono yo lo quiero mucho.  ¡Ah, cuánto se extraña a los seres vivos!  Lo que no me parece es que ya le está empezando a decir &#8220;papa Alberto&#8221; a mi primo.  Todavía no se termina de enfriar mi cuerpo en la tumba y ya la viuda al gozo.  Eso no se vale.</p>
<p>Cómo me gustaría poder dormir.  Es algo que hace falta cuando te morís, porque entonces te la pasás aburrido en la noche, todo mundo durmiendo.  A veces cuando estoy en la cocina en la noche y oigo algún ruido me sigo asustando.  A mí lo que siempre me dio miedo es que se entraran los ladrones a la casa y pasara algo.  A veces me despertaba algún ruidito y me pasaba el resto de la noche prendiendo luces para que el supuesto ladrón que yo pensaba quería entrar a la casa, se diera cuenta de que alguien estaba alerta para que no molestara.</p>
<p>No puedo describir la angustia que sentí cuando efectivamente era un ladrón el que acechaba mi casa, una noche de lluvia.  Yo pensaba que los ladrones no trabajaban en días de lluvia, así que me sorprendí al ver a aquel tipo entrando a mi casa mojado, con una linterna tapada con un papel negro para que no reflejara mucho.  Sentí algo helado en todo mi espiritual cuerpo cuando ví que se dirigía al dormitorio de mi Estuardito.  Pensé, este hijueputa lo va a secuestrar y quise con todas mis fuerzas estar vivo otra vez y defender a mi hijo.  El maldito, que usaba un pasamontañas negro, entró a su cuarto.  Yo pensé en por qué habrá escogido una noche de lluvia y no el día, cuando Estuardito iba al colegio o salía.  </p>
<p>Empecé a desear con todas mis fuerzas estar vivo de nuevo y volver a morir si era necesario para evitar que le hicieran daño a mi hijo.  Lo deseé con tal fuerza, con tal furia, que volví a la vida;  volví a tener huesos y músculos y aparecí a la par de aquel maleante que se llevaba a Estuardito en brazos.  No tuve tiempo para pensar en nada, sólo quería en arrebatarle a mi hijo al secuestrador.  Tomé con todas mis fuerzas su cuello y no lo solté a pesar de las cuchilladas que me metía, su cara se puso roja y sus ojos un poco saltones y al fin dejó de respirar.  Estuardito me reconoció y me dijo ¡gracias papi!, y me abrazó, llorando.  Fue el abrazo más dulce de toda mi existencia, antes o después de muerto.</p>
<p>Nadie se explicó después cómo fue que el pequeño Estuardo venció al maleante, nadie le creyó que fue su papi quien lo defendió.<br />
Desde esa vez nunca me he apartado de Estuardo.  Lo veré crecer sin que él me vea, sin que nadie me vea.  Todavía no entiendo bien cómo funciona este mundo de los muertos, pero me reconforta saber que estaré con él cuando me necesite, siempre.  </p>
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		<title>El último día</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Mar 2009 15:29:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Familia]]></category>
		<category><![CDATA[Misterio]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Don Alberto Galindo supo una noche antes que iba a morir. Durante ese día en la mañana hizo algunas visitas a sus amigos y por la tarde se sentó en la sala de su casa pensando en si sería cierta la visión que había tenido la noche anterior y si realmente su muerte estaba cerca. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Don Alberto Galindo supo una noche antes que iba a morir.  Durante ese día en la mañana hizo algunas visitas a sus amigos y por la tarde se sentó en la sala de su casa pensando en si sería cierta la visión que había tenido la noche anterior y si realmente su muerte estaba cerca.  Le contó su visión a su hijo menor, Cristóbal.  Extrañado por no ver venir a la muerte por ningún lado, dada su salud de roble, don Alberto salió a la puerta de su casa a observar la calle y decidió dar un paseo por su barrio.  Cuando dobló la esquina, una camioneta agrícola manejada por un borracho lo atropelló.<span id="more-377"></span></p>
<p>Un golpe en la cabeza fue el mortal.  Su hijo Cristóbal fue el único que escuchó el ruido y salió presuroso sólo para encontrarse con la trágica escena.  El borracho se había fugado, pero fue a chocar varias cuadras después y fue arrestado.  Don Alberto, que tenía 58 años, murió ahí mismo.</p>
<p>Don Alberto tenía tres hijos: Arturo, el mayor; David, el mediano; y Cristóbal, el menor.  Todos le profesaban respeto a su padre, aunque Cristóbal era el más rebelde.  Arturo ya tenía varios años viviendo en Estados Unidos, donde había hecho vida y familia.  Regresó de Los Ángeles justo a tiempo para el sepelio.  David era un médico más o menos exitoso y se lamentó no haber estado en el momento del accidente.</p>
<p>Cristóbal les contó en el velorio lo que le había dicho su padre sobre la visión.  Arturo recordó que el abuelo Ramón, padre de don Alberto, también había tenido una visión de su propia muerte, o sea que era muy probable que a ellos también les sucediera, tener la visión de la propia muerte una noche antes.</p>
<p>Luego de pasado el velorio y el entierro, los hermanos no volvieron a hablar del tema.  Ninguno de ellos creía en los sueños ni en cosas del espíritu.  Sólo bastan algunos años de estudio para saber que las supersticiones son cosas de gente de pueblo, y que andar creyendo en el destino no tiene sentido.  </p>
<p>No obstante, varios años después, David tuvo la visión.  Espantado ante la posibilidad de morir llamó de madrugada a la casa en donde ahora sólo vivían Cristóbal y su madre.  Cristóbal atendió la llamada y comprendió lo grave que era la noticia, de inmediato llamó a Arturo y lo puso en alerta, y en pocas horas, viajando desde Los Angeles, estaba en Guatemala.  David estaba aterrado y sin saber qué hacer.  Con casi 40 años tenía mucho porvenir en el campo médico y le empezaba a ir bien, y ahora esto.  Tanto esfuerzo para terminar de todos modos muerto y peor aún, con aviso.</p>
<p>Los hermanos decidieron que iban a enfrentar a la muerte y que estarían con David todo el día, que nadie entraría ni saldría de su casa.  Despacharon a su mujer y a sus dos hijos, diciéndoles que  hablarían de cosas de hermanos.  David sólo iba a tomar agua e ir al baño, no haría nada más, no podían permitir que muriera.  Cristóbal recordó una película en donde los protagonistas luchaban contra la muerte, pero que ésta de todos modos ganaba al final.  Ya se sabe: todos moriremos algún día, incluyéndonos a usted y a mí, amigo lector.  Diariamente desafiamos a la muerte por 24 horas más.  Celebramos nuestros cumpleaños sabiendo cuánto tiempo acumulamos en este mundo, pero no siempre caemos en la cuenta de que cada cumpleaños también es un año menos de vida.</p>
<p>Cada uno entretenido en sus propias filosofías esperaba salir triunfante, al menos ese día, sobre la muerte de David.  Por momentos parecía que podría ser posible evadirla, ganarle, burlarse de ella una vez más, un día más.  Llegaron los tres a las seis de la tarde sin indicios de muerte.  Pero entonces ocurrió.  </p>
<p>Un niño en la casa de enfrente jugaba con el revólver 38 de su padre.  Estaba parado en el techo de la casa, y en un infortunio se le disparó y la bala fue a alojarse en el cráneo de David, que estaba en la sala bebiendo un vaso de agua.  La muerta los había derrotado, el cuerpo sin vida de David cayó al suelo sin que nada ni nadie pudiera evitar el fatal destino.</p>
<p>Empeñados como estaban en evadir la muerte, Arturo y Cristóbal cayeron en la cuenta de que no habían tenido tiempo de decirse entre ellos y a David lo mucho que se querían.  No había habido tiempo de recordar las bromas infantiles, las anécdotas, los buenos tiempos.  Quizá habría sido oportunidad de ser más amables.  Acordaron estar atentos para cuando le llegara la visión al primero de ellos no intentar luchar contra el destino, sino procurar hacerse las últimas horas más agradables, despedirse bien, terminar de buenas.</p>
<p>Sin embargo los buenos propósitos que siguen después de las tragedias se olvidan con el tiempo.  La rutina y la vida con sus buenos y malos tiempos hacen olvidarse de la inminencia constante de la muerte. </p>
<p>Pasaron varios años.  Cristóbal y Arturo, cada uno por su parte, habían planeado varias veces su último día.  Se habían cuidado de no contarlo a nadie más, porque no le veían utilidad: todo mundo empezaría a llorar antes de tiempo.  Arturo tuvo durante un tiempo el dinero en efectivo para comprar un boleto de avión a Guatemala.  Pero después pensó que la mayoría de su gente estaba en Los Angeles y le pidió a Cristóbal que estuviera atento para viajar con su mamá, cuando llegara el día.</p>
<p>A Cristóbal a veces se le venían ideas divertidas al respecto de su último día.  Pensaba que podría emborracharse a lo grande y así ni sentiría la muerte, o que invitaría a un montón de prostutitas y hacer una gran fiesta con sus amigos, o que escribiría una larga carta de despedida a sus amigos y amores, o que al fin ese día iría de nuevo a la iglesia, como su madre rogaba tantas veces.</p>
<p>Un día Cristóbal vio en el internet un video de un tipo muy respetado en el campo de la informática, que decía ante un grupo de estudiantes graduandos que había que vivir todos los días como si fuera el último.  Lo aplaudían. La gente por lo general aplaude todo lo que a primera vista parece lindo.  Pero, pensaba Cristóbal, este tipo siguió trabajando y nadie en su sano juicio, sabiendo que va a morir, va a la oficina a trabajar.  Es una estupidez, porque lo que te hace ir a trabajar es que habrá un mañana, o un conjunto de mañanas que te motiva a ir a ganarte la vida. </p>
<p>Cristóbal decidió que su último día lo utilizaría para dar las gracias a todas las personas importantes en su vida.  Sin discursos largos, sin apelar a compasiones de compromiso.  Sin  embargo, lo empezó a hacer cuando murió Arturo.  A su madre le había dicho, mama, sos una gran mujer y me siento contento de haberte tenido como madre.  Su mamá no pudo reaccionar mucho, debido a su borrachera, sólo dijo un inaudible gracias, y se tomó un sorbo de su whisky.  A su mujer, días después, le dijo que ella había sido lo mejor que le había sucedido y que eso no lo podría olvidar nunca.  Ella le dijo, sí claro, pero acordáte de traer el papel higiénico y el jabón a la casa.</p>
<p>La llamada de Arturo llegó en una fría madrugada de enero.  Madre e hijo partieron hacia Los Angeles, y al llegar al hospital Arturo los recibió con una gran sonrisa.  Lloraron los tres en un sólido abrazo, entre la confusión de la alegría de verse y la inminencia de la muerte.  Arturo padecía un cáncer terminal y justo abandonaba el hospital en medio de agudos dolores para ir a su casa y morir.  Cristóbal sabía que ahora él era el último.  Su madre murió un par de años después de Arturo, sin aviso previo, sin mucho escándalo, dignamente.</p>
<p>La visión le llegó a Cristóbal cuando tenía casi 64 años.  Se levantó de inmediato, preparó el desayuno para su mujer y para él, cortó una rosa del jardín y la colocó en el florero de la sala.  Su mujer no estaba de buenas y no se explicaba la sonrisa idiota de Cristóbal cuando le dijo que estaba linda.  Vamos a ver a la nena hoy, le sugirió.  Andá vos, yo estoy cansada, viajar 100 kilómetros cuando ella de todos modos vendrá el fin de semana no me parece.  Cristóbal partió solo entonces.  Su carro fue a estrellarse en una curva a unos tres kiómetros de la casa de su hija.  No sobrevivió.</p>
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		<title>Insecto interdimensional</title>
		<link>http://www.anecdotario.net/insecto-interdimensional/</link>
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		<pubDate>Mon, 13 Aug 2007 18:07:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Últimamente, cuando me descuido y dejo de mirar mi mano izquierda, siento como si un insecto estuviera parado en la falange del dedo meñique. Vuelvo a ver y la sensación está ahí, pero no se mira nada, no hay ninguna hormiga, mosquito o mosca que justifique la sensación. Tal vez sea como los cuentos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Últimamente, cuando me descuido y dejo de mirar mi mano izquierda, siento como si un insecto estuviera parado en la falange del dedo meñique.  Vuelvo a ver y la sensación está ahí, pero no se mira nada, no hay ninguna hormiga, mosquito o mosca que justifique la sensación.  Tal vez sea como los cuentos de ciencia ficción y exista efectivamente el insecto, aunque no en esta dimensión sino en otra, y que por algún motivo ambas dimensiones se traslapan levemente en la falange del dedo meñique de mi mano izquierda cuando no la estoy mirando. <span id="more-318"></span> Puede ser que en la otra dimensión se visualice al insecto parado en el aire, sintiendo que hay una falange humana con vellos que lo sostiene.  Es como si el insecto y yo estuviéramos juntos pero separados dimensionalmente, aunque ambos conscientes de la existencia del otro.</p>
<p>Un psicólogo tal vez lograría explicar esa sensación si yo le contara mis problemas y me diría que la sensación de un insecto que no está tiene que ver con mis traumas de niñez o con aquellos amores fallidos que todo mundo tiene.  En este punto el lector tendiente a la empatía quizá empiece a preocuparse por mi condición mental o emocional.  El lector que necesita cierta estructura en los textos quizá ya esté decepcionado y una vez más diga que está bueno pero que no lo entendió y que el final no lo convence.</p>
<p>Pero volvamos al insecto.  A medida que escribo esto, la sensación ahí está, nítida, volteo a ver de tanto en tanto y nada.  Una tercera explicación que se me ocurre es que debo tener algunas terminales nerviosas que están funcionando mal y de ahí que sienta algo que no está ni estuvo ni estará.  Esto me parece más lógico y menos rebuscado, pero no por eso hay que descartar las explicaciones anteriores que tienen su lógica de acuerdo a la circunstancia en que están planteadas.</p>
<p>El asunto es que la sensación sigue, y que me gustaría que hubiera insecto para matarlo de una vez y terminar con todo esto.  Una vez más volteo a ver y no hay insecto.  Creo que tendré que acostumbrarme a su presencia ausente.  Tendré que esperar que así como vino se vaya y ambos quedemos liberados de este traslape dimensional, porque debo admitir me gusta más la idea de pensar que existe y que él se está acostumbrando a que siente estar apoyado en la falange del dedo meñique de la mano izquierda de un humano al que no ve y que al contárselo a sus amigos insectos éstos lo miran desconfiado y piensan que está loco o se droga.</p>
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		<title>Las hormigas</title>
		<link>http://www.anecdotario.net/las-hormigas/</link>
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		<pubDate>Mon, 26 Feb 2007 15:38:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Al principio en la casa teníamos hormigas normales como toda la gente. Hormigas que de vez en cuando se aparecían para llevarse a alguna araña o cucaracha muerta, y claro, las dejábamos hacer su trabajo porque no se metían con nosotros. Después ya no les bastaba con las migas de pan que a veces caían [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al principio en la casa teníamos hormigas normales como toda la gente.  Hormigas que de vez en cuando se aparecían para llevarse a alguna araña o cucaracha muerta, y claro, las dejábamos hacer su trabajo porque no se metían con nosotros.  Después ya no les bastaba con las migas de pan que a veces caían en el patio, ni con los bichos que matábamos.  Se entraban a la cocina y al comedor si algo dulce se caía al suelo y nadie miraba por él.  Hasta aquí no les pusimos mucha atención, porque no sabíamos lo que nos esperaba.  <span id="more-301"></span></p>
<p>Las hormigas comenzaron a cruzar la línea cuando se empezaron a subir a la mesa del comedor para hurgar en nuestras tazas de té con residuos de azúcar, o para aprovecharse de las migas de pan y los panes de manteca a medio comer.  Era cuestión de tener más cuidado y de dejar todo limpio inmediatamente, porque no pasaba más de un par de horas sin que se enteraran de que habían sobras para hacer festín.  Para entonces la basura que íbamos generando tenía que estar herméticamente cerrada, en bolsas de plástico anudadas porque los bichos estos armaban romería para bucear entre el desperdicio.</p>
<p>Poco a poco nuestras medidas se tuvieron que extremar más, tanto, que cuando comíamos sentíamos como que estábamos siendo vigilados por si dejábamos caer comida al suelo o algún plato de comida descuidado.  A pesar de la insistencia de papá, a mamá no le gustaban las fumigaciones y decía que con sólo que colaboráramos más en el oficio nada iba a pasar.  Con lo que no contaba mamá era que al hacernos extremadamente asépticos, las hormigas iban a cambiar de estrategia.</p>
<p>Las hormigas empezaron a oler cuando comíamos, y caminaban hacia nuestra comida y bebida aún antes de que las termináramos.  Papá empezó a hacer un cerco de gamexán alrededor de la mesa para que pudiéramos comer tranquilos, pero las hormigas seguían jodiendo y al parecer evolucionaron hasta hacerse inmunes al gamexán y pasar la barrera que les habíamos puesto.  Con una mano comíamos y con otra teníamos que estar matando a las hormigas.  Me acuerdo que una vez llegué tarde de parrandear y me dormí de inmediato pero me desperté luego porque las hormigas se estaban aprovechando de mis manos mielosas con residuos de agua gaseosa.</p>
<p>Como ya conté, la fumigación no era opción porque mamá siempre iba a estar en sus trece, aunque nunca nos quiso decir por qué no le gustaba la idea.  Con papá pensábamos al principio que bastaba con contratar a una buena empresa fumigadora y asunto resuelto.  Cuando a las hormigas ya no les bastó con acecharnos a la hora de de la comida, empezaron a comer papel, tela y lo peor, a mordernos, a pesar de que la especie que habitaba nuestra casa no era de esas que salen en la tele y que se comen todo a su paso.  El cerco de gamexán también llegó hasta nuestras camas.  Aguantamos un tiempo, hasta que las hormigas fueron demasiadas.</p>
<p>No tuvimos más alternativa que abandonar la casa porque mamá nunca quiso la fumigación.  Algo me dice que aunque hubiésemos fumigado, las hormigas no hubieran parado de joder.  Nos venimos a una casa más pequeña y más lejana de nuestros trabajos, con los problemas de agua que no teníamos en la anterior y con un vecindario de gente algo rara, como esa señora de la tienda que tiene risa de bruja y el señor ese del predio de carros que sonríe cuando nos mira pasar, con sus cuatro dientes y sus ojos de buitre.  Aunque no recordamos el tema para no pelear entre nosotros, papá siempre sigue echando el gamexán alrededor de la mesa cuando comemos.</p>
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		<title>La máquina de la nostalgia</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Oct 2006 06:30:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Nostalgia]]></category>

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		<description><![CDATA[Mariano Varsavsky, un científico guatemalteco de origen judío, inventó hace algunos años una máquina del tiempo. A pesar de sus muchos intentos sólo logró viajar cinco minutos en el tiempo. Cinco minutos para atrás o cinco para adelante, algo que no era muy útil que digamos. Después de desvelos y esfuerzos inútiles, decidió abandonar la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mariano Varsavsky, un científico guatemalteco de origen judío, inventó hace algunos años una máquina del tiempo.  A pesar de sus muchos intentos sólo logró viajar cinco minutos en el tiempo.  Cinco minutos para atrás o cinco para adelante, algo que no era muy útil que digamos.  Después de desvelos y esfuerzos inútiles, decidió abandonar la empresa de hacer una máquina  que viajara más tiempo e inventó entonces una máquina para eliminar la nostalgia.  <span id="more-288"></span></p>
<p>Varsavsky pensó que era mejor eliminar la nostalgia para no tener que viajar al pasado.  Varios de los que participaron en sus experimentos del tiempo querían regresar a la niñez, o volver a estar con aquella su tráida que tenían en bachillerato y más de alguno por ahí quería regresar a su primer año de matrimonio.   Así que los escasos cinco minutos nunca fueron suficientes para nadie.</p>
<p>Se puso manos a la obra, y todas las noches del 2003 dedicaba cuatro horas al proyecto.  El principio elemental de la máquina era bombardear con rayos catatónicos a la parte del cerebro que guarda los recuerdos.  Los rayos catatónicos, un reciente invento de un premio nobel palestino, tienen la facultad de disminuir la frecuencia de las ondas electrónicas de un campo magnético cerebral determinado.  El efecto final en el caso de los humanos, era un apaciguamiento del dolor nostálgico, sin eliminar los recuerdos.  Es decir, recordaríamos todo sin dolor, sin ansias de regresar al pasado, con una mirada serena y racional.  Podríamos entonces continuar nuestra vida y seguir hacia el futuro, sin añorar dichas ni tiempos pasados.</p>
<p>Puedo decir esto con autoridad por haber participado en los experimentos de Varsavsky durante el 2004, experimentos en los cuales eliminé toda la nostalgia que tenía del año 1986, cuando Argentina fue campeón mundial de fútbol y Maradona brilló como ninguno desde entonces.  Al recordar ese año, ya no me entra la tenue desesperación que padecía antes, al recordar un buen año que nunca volverá.</p>
<p>Después de documentar exhaustivamente todos y cada uno de sus experimentos durante el 2004, Varsavsky pensó que era tiempo de ir a Estados Unidos o Alemania y presentar la máquina y por fin entrar a la historia como el gran inventor que era.  Los que participamos en sus experimentos estábamos seguros de que triunfaría y nosotros también pasaríamos a la historia como participantes de tan célebres experimentos.</p>
<p>Pero la desdicha cayó sobre la vida de Varsavsky antes de que terminara de arreglar sus pasajes de avión, durante enero del 2005.  Por un error de cálculo, Varsavsky borró la nostalgia por su madre, muerta cuando él tenía siete años.  El quería eliminar una nostalgia diferente, aquella en que recordaba a la relación sentimental que tuvo con su prima Lucía estando en secundaria.  Por más que hizo no pudo reinstalarse la nostalgia por su madre, y cayó en una profunda depresión.  Recordaba a su madre así como recordaba a la bicicleta que le regaló su padre a los nueve años, sin sentimiento.  La imagen, la voz y la sonrisa podía recordarlas bien, pero no causaban el menor efecto.  Esa era su nostalgia más preciada, ahora perdida por error.</p>
<p>Empezó a beber y a endeudarse hasta la quiebra por la bebida y un día enfurecido prendió fuego a su archivo de investigaciones.  Luego arremetió con un bate de béisbol contra la infortunada máquina, hasta dejarla en calidad de chatarra.  Renunció a su trabajo y se fue a vivir a Zacapa, donde se sostiene colaborando en los laboratorios clandestinos de cocaína.  Dicen que a veces recuerda con nostalgia la febril pasión con que emprendía sus investigaciones.</p>
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		<title>Regreso a casa</title>
		<link>http://www.anecdotario.net/regreso-a-casa/</link>
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		<pubDate>Mon, 25 Sep 2006 10:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>

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		<description><![CDATA[El señor no pudo estacionarse frente a la panadería porque ya estaba ocupado el espacio, así que se quedó media cuadra atrás. La señora bajó y fue por el pan, mientras el señor junto a los dos niños del matrimonio la esperaban. Al salir de la panadería, la señora vio que el señor amablemente había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El señor no pudo estacionarse frente a la panadería porque ya estaba ocupado el espacio, así que se quedó media cuadra atrás.  La señora bajó y fue por el pan, mientras el señor junto a los dos niños del matrimonio la esperaban.  Al salir de la panadería, la señora vio que el señor amablemente había adelantado el carro y se subió, le puso seguro a la puerta, se colocó el cinturón y se quedó viendo por la ventana a esa viejita que por distraída había botado al suelo los huevos que llevaba.  Luego de cinco cuadras de andar en el carro se dio cuenta que la ruta no era la que dirigía a su casa.  Volteó a ver a su esposo y a sus hijos, pero no eran los suyos, se había subido a un carro equivocado.   <span id="more-287"></span></p>
<p>Al parecer no habían notado que se había subido una persona ajena a ellos y entonces decidió no decir nada y seguir hasta el destino final con ellos.  Un cambio de ambiente quizás le vendría bien, su nueva familia se miraba afable, aunque todos muy serios.  Cuando llegaron a la casa, el niño más pequeño la tomó de la mano y le enseñó todos los ambientes, le preguntó su nombre y le dijo que hacía mucho la esperaban.  La casa era lujosa y había suficiente servidumbre para atender a tres familias al mismo tiempo.  Los pisos relucientes, las habitaciones amplias, el jardín precioso, obras de arte de buen gusto en las paredes y corredores.  </p>
<p>A las siete de la noche, la cena estaba servida.  El señor de la casa se puso de pie y le dio la bienvenida a la familia y alzó una copa de vino para celebrar.  Los dos niños la miraban alegres y le empezaron a decir mamá.  “Mamá, pasáme la sal porfa”, “cómo te fue hoy en el trabajo”.  El señor parecía un discreto y elegante ejecutivo, con aristocráticas canas en las sienes y voz de bajo, y a la señora le pareció muy guapo.  ¡Quién va a extrañar al vulgar de su marido y a los relajeros de sus hijos!  Aquí se está muy bien.</p>
<p>Al terminar la cena los niños se fueron a dormir y quedaron solos el señor y la señora.  El señor pidió música para bailar y bailaron valses, tangos y jazz.  La noche se terminó a las doce en punto, y el señor le mostró a la señora el dormitorio en donde iba a dormir.  Ella bien se hubiera ido a dormir con él, para asumir de una vez por todas su nuevo papel, pero pensó que era mejor hacerle caso.</p>
<p>Al día siguiente ella no sabía qué hacer.  Esperó que todos se fueran y llamó por teléfono a su casa, pero nadie contestó, ellos también se habían ido.  Llamó entonces a su marido al celular y éste respondió un poco apurado, pues dijo estar en una reunión, que por favor llamara después.  Ella entonces salió a dar un paseo por los jardines de la mansión y se bañó en la piscina.  Luego llamó de nuevo a su marido y ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería que ella se quedara por un tiempo.  Los niños y él estaban bien.</p>
<p>Sin saber exactamente por qué, y aunque la nueva vida estaba muy bien, ella esperaba que su marido le dijera que la extrañaba.  Por la tarde llamó a sus hijos a la casa, pero atendió una voz femenina de apariencia muy educada que le dijo que todo estaba bien, que ella se encargaría de llamarla la semana próxima.  </p>
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		<title>No siempre soy el mismo</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Sep 2006 23:07:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[Redes Sociales]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy en la mañana salí para el trabajo, tomé la camioneta de siempre, llena como siempre, y llegué tarde como siempre. Por alguna razón, a pesar de haber llegado tarde, no había nadie en la oficina. Y no, hoy no es domingo, ni había compromiso de ninguno afuera de la oficina. La oficina estaba totalmente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy en la mañana salí para el trabajo, tomé la camioneta de siempre, llena como siempre, y llegué tarde como siempre.  Por alguna razón, a pesar de haber llegado tarde, no había nadie en la oficina.  Y no, hoy no es domingo, ni había compromiso de ninguno afuera de la oficina.  La oficina estaba totalmente sola, y afuera en la calle todo igual, como las 8:30 de la mañana de cualquier día laboral.  Viéndola detenidamente, ví que la oficina estaba algo sucia, como si la señora de la limpieza no hubiera pasado en varias semanas.  <span id="more-285"></span>Me siento entonces a la computadora, bajo el email del día y me pongo a ver blogs.  Nada nuevo, aquel chavo con su guerrita tontuelina de siempre contra Microsoft (hay que seguirle la corriente para que no se sienta), el otro con sus ondas político-catárticas, el otro con su poesía, está aquel que compra lunas, aquella otra repitiendo pura lorita lo que enseñan en la <acronym title="Universidad Francisco Marroquín">UFM</acronym> (y más de algún incauto comentándole), aquel otro con sus muladas por un lado y sus crípticas poesías por el otro.  En fin, la fauna bloguera de siempre.  Pero nadie en la oficina, todo muerto, sin nadie a quien chingar. Ni siquiera la secre que todos los lunes llega con su minifaldita sexy y a la que ya casi me trincaba el otro día, cuando entonces se apareció el Jorge y me troceó todo.  Al Jorge también le llega la secre, pero nunca le dice nada y ni modo que yo voy a estársela cuidando si la cabrona está ganosa.</p>
<p>Son las nueve de la mañana y nadie.  Las diez y tampoco.  Salgo entonces ya un cacho nervioso a comprar la prensa, a ver que dicen de los rojos mulas que perdieron ayer por goleada.  Y al regresar todo normal, la gente está allí, saludo de buenos días, como si estuviera llegando y me miran raro, como si ya hubiera entrado antes.  Me siento en la computadora y resulta que de pronto ya no es la mía, tiene un montón de mp3 de música rara, en los favoritos del Explorer están otras ondas, tengo una página en Hi5 y un blog en Msn y el Messenger que nunca uso con sopotocientos contactos que a saber de dónde salieron y un par de chavas que me saludan en el Chat diciéndome una “ke pex, toy chando la weba” y la otra “tqm”, seguido de un montón de emoticons.  Me llevo la mano a la barbilla y noto que tengo un piercing, y muevo la lengua y noto que tengo otro piercing allí también.  Preocupado voy al baño a verme al espejo y cuando me levanto miro que tengo tenis verdes tipo chapulín, pantalón de cuero negro y una t-shirt, pero eso sí, con mi corbata de siempre.  En el baño me miro y tengo el pelo liso liso y teñido de azul, parezco puro punk.</p>
<p>Miro este blog y me parece todo raro, como sin gracia.  Debería tener color negro y letras blancas y algún jpg del <a href="http://www.deviantart.com/">debiantART</a>.  Aunque lo que más lo chinga es el contenido, no está nada cool y a veces ni se entiende, como si alguien diferente (algo pretensioso y lleno de mierdas) lo hubiera escrito.  En fin, lo voy a tener que borrar porque a saber qué gente rara visitará este rollo.</p>
<p>Por lo demás, creo que fue un lunes normal.  Mañana será otro día.</p>
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		<title>Blogfans</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2005 06:15:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs]]></category>
		<category><![CDATA[Miedo / Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Una amiga mexicana me contaba el caso de un blogger demasiado exitoso, que quiso abandonar el blog agobiado por los fans. Era su amigo y vivía enfrente de la casa de ella, en un suburbio del DF. Como cualquier otro ejecutivo de mediana tabla, con conexión a internet y un poco de tiempo de ocio, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una amiga mexicana me contaba el caso de un blogger demasiado exitoso, que quiso abandonar el blog agobiado por los fans.  Era su amigo y vivía enfrente de la casa de ella, en un suburbio del DF.  Como cualquier otro ejecutivo de mediana tabla, con conexión a internet y un poco de tiempo de ocio, <em>badboy</em> (ese era su nick) descubrió el mundo de los blogs y decidió poner el suyo.  Lo único que quería era escribir ficción fácil para relajarse.  “El blog al menos tendrá un lector que se divierta: yo mismo”, decía en uno de sus primeros posts.</p>
<p>El blog pasó sin pena ni gloria durante un año, pero luego del primer aniversario el número de visitantes empezó a crecer demencialmente.  <span id="more-245"></span>Al principio badboy se alegró y colocó un banercito de publicidad, que en menos de un mes ya estaba generando en dinero lo que él ganaba con su puesto gerencial.  La parte que no estaba bien o por lo menos no era normal, era la de los comentarios.  Cada post tenía más de 300 comentarios, con 250 comentaristas diferentes de promedio.  Y todos, sin excepción, felicitaban de forma casi enferma cualquier cosa que él escribía.  “Hasta yo me contagiaba de esa emoción, y comentaba casi entre lágrimas”, me confesaba mi cuata.</p>
<p>Al terminar el primer mes después del aniversario, badboy ya contaba 500 comentarios por post.  Todos seguían en el mismo tono, con palabras exageradas de admiración hacia su escritura, poemas y acrósticos dedicados a badboy, mujeres y hombres proponiendo sexo, a pesar de que la foto que aparecía en su perfil era la de un cuate terriblemente feo.  Badboy empezó entonces a escribir más light, lo más cursi que se le ocurría, con faltas de ortografía y mala redacción, pero la gente seguía igual.  “Gracias maestro”, “me hiciste emocionar”, “te quiero”, “genial”, “eres lo máximo wey”, “sos un capo, ídolo”, escribían los alucinados comentaristas, aunque el post tuviera una sola línea, y mala.</p>
<p>Los comentarios seguían aumentando de forma anormal, para el segundo mes ya eran varios miles por cada post publicado.  Si él decidía no escribir, empezaban las reclamaciones furibundas, los insultos, los mails amenazando de muerte e incluso intimidantes llamadas de teléfono a su casa, porque hasta eso habían logrado averiguar.  Badboy estaba secuestrado por su propio público, al que ya no le importaba nada más que él siguiera escribiendo para satisfacer su enferma adicción.  Cuando un día no publicó por la tarde, como solía hacerlo, por la noche tenía en su casa a una docena de fans somatando la puerta y exigiendo un nuevo post. Badboy notó que muchos de ellos rieron dementes y babeaban como idiotas cuando les anunció que ya había escrito un nuevo tema.</p>
<p>Badboy decidió entonces escapar a Guatemala, donde tenía parientes cercanos viviendo.  Un día viernes publicó el que sería su último post, arregló sus maletas y empezó a cargar el carro, pero uno de los fans babeantes de la otra noche lo vio y fue a llamar a sus compañeros idiotas.  En menos de cinco minutos estaban ya unos veinte fanáticos rodeándolo y reclamándole su huída.  Lo hicieron entrar en su casa a la fuerza, y mi amiga —que vió todo esto desde la ventana de su casa, estupefacta—, sólo alcanzó a escuchar algunos gritos de terror y luego la policía.</p>
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