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	<title>Anecdotario.net &#187; Gente</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>Los campeones</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 07:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>

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		<description><![CDATA[La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los uniformes y las pelotas para entrenar. Todos teníamos menos de veinte años y empezábamos la universidad, pocos trabajaban. Entrenábamos casi todos los días, aunque no éramos tan buenos que digamos. Jugamos tres torneos, en el primero empezamos ganando, contra todo pronóstico. Pero después todo cambió.<span id="more-1209"></span></p>
<p>Al comenzar la primera temporada armamos un equipo a duras penas. No teníamos entrenador. Yo jugaba de lateral derecho. Siempre corría mucho, nunca me cansaba, me decían que tenía tres pulmones. En la portería estaba Nixon, uno de los peores porteros con los que he jugado. De defensas centrales estaban los dos hermanos, el Lito y el Cacho. De lateral izquierdo estaba el Tablas, otro chavo que cómo corría. En la media estaban el Marcelino, el Juan, el Domitilo y el Vladi. De delanteros el Moisés y el Momos, a quien llamábamos así porque era de Momostenango.</p>
<p>Éramos un desastre jugando, pero ganamos los tres primeros partidos. En la primera jornada porque el otro equipo iba sólo con siete jugadores; les ganamos dos a cero. En la segunda, porque yo metí un gol al primer minuto y después nos dedicamos a defender ese golito con todas nuestras fuerzas. También porque les expulsaron a dos y nos perdonaron un penal. El tercer partido ganamos porque el otro equipo no se presentó. Al entrenador se la había olvidado que el partido era en sábado y no en domingo. Les avisó a sus jugadores a última hora, pero apenas llegaron cinco y el árbitro dijo que no eran suficientes para un partido. Íbamos de líderes, era increíble.</p>
<p>Luego, en las siguientes quince jornadas, perdimos todos los partidos, generalmente por goleada. A los últimos tres nos presentamos sólo siete jugadores, los demás se habían ido a chupar el día anterior o no les importaba. Con el Tablas nos cansamos de correr por las bandas y meter centros, pero nunca había nadie. En fin, fue un desastre el primer torneo. Quedamos en último lugar. Sin embargo, yo disfrutaba jugar, no eran tan importantes los resultados. Era el viento en la cara y la lucha eterna por la pelota lo que me motivaba. Y la cerveceada después de los juegos con el Lito y el Cacho. El Barsa, como le llamábamos al equipo, había sido un desastre en la primera temporada. Sin embargo, acompañados de las cervezas de la última jornada, nos propusimos que eso cambiaría para el siguiente torneo.</p>
<p>Fua así que para la segunda temporada yo convencí a don Polo para que nos entrenara. Don Polo era un tipo que vivía cerca de mi casa y que había sido jugador profesional. El Lito y el Cacho convencieron a un par de primos para que integraran el equipo. Yo llevé también a un par de amigos de la universidad. Hicimos pretemporada, con ejercicio físico y trato de balón. Al iniciar el torneo estábamos en forma. El Tablas y yo corríamos más que nunca.</p>
<p>Los primos del Lito y el Cacho eran mediocampistas: Andrés y Javier. Muy buenos, algo callados, pero buenos. Mis cuates de la universidad, el Víctor y el David. Un buen portero y un delantero correlón. En la media completaban el Domitilo y el Vladi. En la delantera seguía el Momos. A todos los demás los habíamos despachado o ya no se asomaron. Le habíamos cambiado la cara al Barsa y teníamos la esperanza de quedar entre los tres o cuatro primeros lugares.</p>
<p>Antes de comenzar el torneo tuvimos cuatro partidos amistosos, ganamos dos, empatamos uno y perdimos uno. Era un buen balance. El sistema que había ideado el profe Polo nos hacía las cosas más fáciles al Tablas y a mí. Al Lito y al Cacho, que no eran tan buenos que digamos, les enseñó a quitar la bola y a darla a los medios o a los laterales. Se pasó varias tardes con ellos para que también aprendieran a cabecear. Al Domitilo y al Vladi los presionó para que corrieran más y ayudaran en la defensiva. Al Momos le enseñó a pivotear. Al Tablas y a mí nos dijo que no corriéramos tan a lo loco y que tapáramos bien las del rival.</p>
<p>Sin embargo, a pesar de que todo pintaba bien, perdimos los primeros dos partidos de la temporada por uno a cero. Cuando íbamos a jugar el tercer partido de la temporada, el profe Polo llevó a su sobrino, Leonel, un chavito de 17 años, para la banca. Nos propusimos ganar el primer partido a como de lugar, pero al medio tiempo íbamos perdiendo cinco a cero, dos autogoles y un penal incluidos. Casi dando el partido por perdido, al segundo tiempo entró Leonel por el Momos y subió como falso delantero Andrés. El profe nos dijo que no pensáramos en el marcador, sino en meter el primer gol. Si metíamos el primero, que nos enfocáramos en meter el segundo. Pero que nos olvidáramos del marcador.</p>
<p>Al nomás iniciar el segundo tiempo, yo corrí la banda y tiré un centro que Andrés bajó con la cabeza y Leonel, el chavito recién entrado, marcó el primer gol de zurda. Los defensas del otro equipo se quedaron un poco sorprendidos. El entrenador de ellos cambió de inmediato a uno de los defensas. Pensando en un gol a la vez, así como nos había dicho el profe al mediotiempo, logramos empatar el partido, cinco minutos antes del final. Yo anoté uno, David otro y Leonel tres. Leonel, además había dado el pase de mi gol. El entrenador del otro equipo exclamó, medio en broma, medio enojado: ¡Polo, sacá a ese número 19, pordios!</p>
<p>En el último minuto nos dieron un tiro libre en la media luna del área rival.<br />
El encargado, por supuesto, era Leonel, el nuevo. Con un disparo que hizo un chafle que yo nunca había visto, anotó el 6 a 5. Era increíble. El entrenador del otro equipo puteaba a todos sus jugadores y brincaba de la cólera. Habíamos ganado nuestro primer partido metiendo seis goles en un sólo tiempo. Terminamos emborrachándonos en una cevichería que queda enfrente de los campos de Montserrat.</p>
<p>Después de ese partido decidimos darle el número 10 a Leo, como le llamábamos. Tuvimos una racha de seis partidos ganados, todos por goleada. Nadie creía que en el torneo anterior habíamos quedado de últimos. Así llegamos a la novena jornada, contra el campeón, el Real Mazate.<br />
Había sido tan buena la racha, que por ese entonces convencí a la Gaby para que fuera mi novia. La había perseguido por meses. Ella siempre había sido futbolera y nosotros éramos el equipo de moda.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p>Los del Real Mazate tenían un delantero, el Rony, que era de los más veloces que yo había visto. No voy a negar que teníamos miedo. Era un buen equipo. Sin embargo el profe dijo que nos olvidáramos de que era el campeón, porque ganando el partido quedábamos en primer lugar. Recuerden el primer partido que ganamos, la cosa es meter un gol a la vez.</p>
<p>Cuando nos estábamos cambiando, antes de empezar el partido, el Rony se me acercó y me dijo que si yo lo marcaba y lo golpeaba lo iba a lamentar. Riéndose, escupió al suelo y regresó a calentar con su equipo. En la primera oportunidad que tuve le metí una su buena patada, que protestó como niña y me significó una tarjeta amarilla.</p>
<p>Ya en el partido, el Real Mazate pegó primero. Un gol del Rony de cabeza, donde nadie le ganaba, ya casi para finalizar el primer tiempo. Ese gol nos cayó como balde de agua fría. Al medio tiempo el profe Polo nos pegó una gran puteada, pero nos dijo que nosotros debíamos ganar ese partido, que debíamos enfocarnos en meter el primer gol y luego el segundo y ganar el partido. Este partido era decisivo para terminar campeones.</p>
<p>Así que para el segundo tiempo salimos decididos. En la primera jugada, yo corrí lo más que pude toda la banda y centré. No sé bien como le hizo el Leo, pero la bajó de pecho, se quitó dos defensas y de derecha anotó el gol. Seguimos luchando, pero realmente eran buenos los otros. Nos estrellaron dos pelotas en los palos. Como al minuto 25 el profe decidió que yo me convirtiera en un delantero más, por izquierda, a pierna cambiada. Como los rivales me esperaban por derecha, corriendo desde más atrás, era posible sorprenderlos. La Gaby me miraba y gritaba ¡vamos Dani, vos podés, corré, corré! ¡Ese es mi Dani!</p>
<p>La estrategia dio resultado. El lateral derecho de ellos ya estaba cansado y no me podía alcanzar. Tuve una como al minuto 35, pero el portero me la quitó. El gol llegaría al minuto 40. Ellos adelantaron líneas y en una de esas Leo me sirvió un pase en profundidad, quedando yo solito frente al portero. Anoté tirando lo más fuerte que pude, en el ángulo superior derecho. La gente que miraba el partido gritó el gol y yo me fui abrazar con la Gaby. Lo habíamos logrado, éramos líderes y habíamos vencido al campeón. Nos fuimos a la casa del Lito y celebramos con una gran fiesta.</p>
<p>Ganamos los siguientes cinco partidos, todos con tres goles o más. Sin embargo, en la jornada 14 se nos lesionó Leo y tuvimos tres empates seguidos. Uno de ellos con gol de último minuto, contra el Real Mazate. Para la última jornada, estábamos empatados en puntos con el Real Mazate y Leo estaba sólo para jugar medio tiempo.</p>
<p>Ese último partido lo jugábamos contra un equipo llamado Flamengo. Eran buenos, pero ganaban partido y perdían dos. No sé que pasó, pero casi al principio el Lito se desconcentró y cometió penal, que aprovecharon los del Flamengo. Luego yo perdí un balón en salida y en menos de veinte minutos ya íbamos perdiendo 2 a 0.</p>
<p>El Real, que jugaba al mismo tiempo en la cancha de a la par, iba ganando. Al medio tiempo, nosotros íbamos perdiendo ya 3 a 0 y el Real iba ganando por dos. El profe Polo nos pegó la más grande puteada que yo tenga memoria. Nos dijo de todo. Pero al final nos dijo que nosotros éramos el mejor equipo que había entrenado, que éramos los mejores del torneo, que debíamos meter los cuatro goles que se necesitaban para ser campeones. Que corriéramos más que nunca, que no diéramos una pelota por perdida, que si queríamos llegar a lo más alto debíamos correr el triple que el rival.</p>
<p>Envalentonados con la charla, y ya con Leo en el campo, emprendimos la remontada. El Momos metió el primer gol, entrando como una tromba en el área y casi estrellando la pelota contra la cara del portero, que no tuvo más que hacerse a un lado para conservar la cabeza en su lugar. El mismo Momos fue a la red a traer la pelota y la puso en el mediocampo. El 3 a 2 fue una jugada de Leo que se llevó a cinco jugadores rivales partiendo del mediocampo y driblando al portero metió la pelota en la portería solitaria. Apenas llevábamos quince minutos del segundo tiempo y el campeonato empezaba a ser posible. En el campo de a la par, el Real Mazate goleaba ya 5 a 0 al otro equipo, sin piedad.</p>
<p>El empate llegó por medio de Javier, con tiro libre impecable, al minuto 25. Teníamos veinte minutos para lograr el campeonato, sin embargo no tuvimos otra oportunidad de gol sino hasta dos minutos del final, cuando inexplicablemente Leo falló un penal. En tiempo de reposición, yo salí casi a la desesperada corriendo por la banda derecha, no miré a nadie, corrí con el balón lo más rápido que pude, llegué a línea final y a partir de allí todo fue como en cámara lenta. El centro, que pareció caer eternamente, iba dirigido, como me había enseñado el profe, a la altura del punto penal. Lito había subido desde la defensa viendo mi carrera y no tenía marca. Saltó. Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó al balón. La pelota siguió viajando a cámara lenta hacia la portería. El portero la rozó con los dedos, pero al final, agónicamente, pegó en la red. Éramos campeones.</p>
<p>Luego del partido fuimos a la casa del Lito y estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Con la Gaby nos escapamos a un motel de la calzada Mateo Flores como a las diez, y creo que esa vez fue que la embaracé. Yo volví para seguir la celebración como a la una de la mañana. Vimos el amanecer en la terraza con una cerveza en mano. Hacía un poco de frío, pero todos seguíamos con el uniforme del Barsa. Leo, que era de los más callados, viendo las primeras luces del día, dijo que nunca había estado tan feliz, y que éramos los mejores cuates del mundo. El profe Polo nos agradeció con lágrimas por volverlo a meter al fútbol y así volver a creer en sí mismo.</p>
<p>A la siguiente temporada, sin embargo, el equipo se desarmó. El profe se fue a entrenar a un equipo de segunda división, Leo se fue a estudiar con una beca a México, y yo, con la Gaby embarazada, me casé. Seguimos con el equipo, ganamos algunos partidos, pero quedamos penúltimos. Cuando llegó el último partido de la temporada, nos visitó el profe Polo. Con las indicaciones que nos dio ganamos tres a cero. Como siempre, terminamos en la terraza de la casa del Lito, pero ya no me quedé hasta el amanecer porque al otro día tenía que trabajar.</p>
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		<title>El sicario</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 12:35:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Dinero]]></category>
		<category><![CDATA[asesinatos]]></category>
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		<description><![CDATA[Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la calle, nadie me tendría miedo. Soy bajito y flaco y tengo cara de imbécil. La cara de imbécil me la inventé yo mismo, como un disfraz para pasar inadvertido. Hay que ser un desalmado para hacer este trabajo, sí, pero hay veces que mis trabajos hacen verdadera justicia. Como la vez que maté al idiota de mi vecino.<span id="more-1187"></span></p>
<p>En general no siento ninguna simpatía por la gente. Todo mundo te predica cómo has de vivir o pensar o intenta sacarte dinero. Desde <em>pare de sufrir</em> hasta el último celular inútil con acceso a las redes sociales de vanidad. Le llaman religión o negocios, pero de lo que se trata es de sacarte el dinero a como de lugar. No tengo ni celular ni correo electrónico. Eso sí, tuve un perfil de facebook falso que usé para rastrear a un par de encargos. Puse fotos falsas e información falsa, por supuesto. Luego de terminado el trabajo, borré el perfil. En internet soy invisible, como si no existiera. No le encuentro la gracia a andar por ahí exhibiéndose y publicando todas las estupideces que se te pasan por la mente. </p>
<p>Desde pequeño fui antisocial. No tengo ninguna actividad favorita más que ver películas en la tele y dormir. A veces también leo libros. Me encanta dormir. Más de algún lector se preguntará cómo puedo dormir teniendo el trabajo que tengo, pero a los que no tenemos conciencia, los que estamos libres de remordimientos, en realidad no nos importa nada. O casi nada. </p>
<p>El que se encarga de pasarme los trabajos es un tipo que se hace llamar Néstor. La manera en que me contacta para los encargos es que llama a mi tía Marta y se hace pasar por un amigo mío de la infancia. Le pregunta por mí y le dice que me vio el otro día en tal comercial. Yo ya sé que entonces espera que yo llegue a almorzar a ese comercial. Mi tía Marta vive a unas cuantas cuadras de mi casa, y yo paso regularmente a cenar con ella. Creo que la única persona por la cual siento un cariño sincero. Cuando llama Néstor, siempre queda de visitarnos, pero por supuesto nunca lo hace. El amigo de la infancia por quien se hace pasar fue uno de mis primeros trabajos, encargado por él mismo. En donde tía Marta es donde tengo mis armas y donde guardo el dinero de los pagos, que poco a poco voy depositando en las cuentas de la tía en donde tengo firma. Ella no sabe nada, sólo me guarda mi baúl con mis cosas.</p>
<p>Aparte de tía Marta, con las únicas personas que tengo contacto es con las putas. A veces llamo para que lleguen a mi casa, otras veces voy a los prostíbulos. Siempre pido dos, para un día entero. En una ocasión hasta pedí que me alquilaran un cuarto en un prostíbulo. Me pasé dos semanas sin salir. Fue divertido. </p>
<p>Los trabajos generalmente son personas que obstaculizan negocios de otros o parejas infieles. En una ocasión me tocó un viejo al que los nietos querían muerto para cobrar herencia. En otra ocasión era una mujer de la alta sociedad que quería deshacerse de su amante lesbiana para apropiarse de sus negocios. En ambas ocasiones me pagaron bien. Los clientes ven a mi trabajo como una inversión a la que esperan sacarle rendimiento. Es cuestión de negocios y ganancias. </p>
<p>Por el último trabajo que hice no cobré. Fue para una mujer, vecina mía, a la que su marido amenazó con matar delante de sus dos hijas. La verdad, la mujer, su marido y sus hijas me resultaban totalmente indiferentes. La mujer, sin embargo, es una treintañera atractiva. Un día coincidimos en la tienda con la mujer y una de las niñas y vi que a la mujer se le había olvidado el dinero para pagar los huevos y el pan que llevaba. La niña, de unos cinco años, iba con ella y le pedía dulces. Como vi a la mujer buscando desesperadamente entre su bolsa y yo no soy paciente, le dije que le prestaba el dinero y que se fuera. También le compré un dulce a la niña. Yo esperaba deshacerme de la señora y la niña, pero cuando la niña recibió el dulce, me lanzó una sonrisa tan especial que me dejó desarmado. Yo no estaba siendo amable, sólo quería que se fueran. Pero la niña decidió lo contrario, y que en recompensa, yo, un infame asesino a sueldo, merecía una sonrisa. Desde entonces saludaba cordialmente a la señora y a las niñas, cosa que no hacía con mis demás vecinos. </p>
<p>Una noche que regresaba a casa, escuché gritos en la casa de la vecina. Marido y mujer se peleaban. Yo al marido nunca lo traté y poco me recordaba de su cara. Como una de las ventanas daba a la calle, me acerqué a observar. El imbécil amenazaba a la mujer con una pistola, mientras las dos niñas lloraban. Yo sé qué cara tiene la gente que puede matar, y el tipo tenía esa determinación, pero todavía no daba el paso final. Para distraerlo, toqué a la puerta. El tipo maldijo a gritos desde adentro. Le dije que dejara de gritar y que no se atreviera a disparar el arma. Enfurecido, salió a la puerta. Yo lo esperé y en dos segundos lo sometí y le quité el arma. Siempre he tenido una fuerza que no me explico, dada lo chaparro y flaco que soy. Le quité la tolva a la pistola. Le di el arma a la mujer, diciéndole que la escondiera y que preparara un té para el tipo. Luego me fui a casa.</p>
<p>Al día siguiente robé una moto y lo seguí hasta donde trabajaba. Esperé a que saliera de su trabajo por la tarde y lo volví a seguir. Llovía fuerte. Esperé a que el tipo saliera de la ciudad y lo alcancé en un semáforo en el que yo sabía que  no había cámara y donde no circulaban mucho tráfico. Me puse a la par de su carro, le mostré mi arma, le indiqué que bajara el vidrio y le pedí el celular y la billetera. Me los entregó mansamente. No me reconoció, o por lo menos eso pensé. Luego apunté con mi arma a su frente y disparé. Luego al pecho, en el tercer botón de la camisa, y volví a disparar. El último disparo a la sien. Quedó bien muerto. Abrí la puerta de su carro, lo apagué y puse el freno de mano. Luego me di la vuelta y me fui lo más lejos que pude a tirar la moto y deshacerme del celular y la billtera y de la ropa que llevaba puesta.</p>
<p>Me sentí realmente satisfecho, había librado a las niñas de un padre asesino. La mujer, por su parte, sufriría el impacto de la muerte, pero dadas la circunstancias, se sentiría aliviada. Esa noche volví algo tarde, y no fue sino hasta el otro día que por la mujer de la tienda me di por enterado del suceso. Ay, ya no se puede vivir en paz aquí, me dijo. Yo pensaba justamente lo contrario, pero le dije que tenía razón.</p>
<p>Fui hasta la casa de la vecina y toqué a su puerta. La niña del dulce salió a abrirme y me sonrió, pero tenía sus ojitos hinchados. Mi mamá está triste, me dijo. Decile que venga, le pedí. La mujer salió. Tenía su cara descompuesta, pero se miraba linda. Le di un sobre con dinero. Le dije que era para los gastos del entierro, que lo sentía mucho. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla. Regresé a casa. Me sentí feliz.</p>
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		<title>La casa redonda</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Jun 2011 20:02:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[niñez]]></category>
		<category><![CDATA[padre]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa que da vueltas. A los pocos días me mostró en la cena los primeros bosquejos de la casa. La terminó de construir dos años después. Cuando nos pasamos a vivir ahí, mi papá y yo, nos dimos cuenta que la gente que nos visitaba cambiaba, como si el giro de la casa también provocara un giro en la vida de las personas.<span id="more-1139"></span></p>
<p>Mi papá era un tipo con gran sentido del humor. Creo que es la persona más feliz que he conocido. Cuando yo era pequeño jugábamos tardes enteras al fútbol, o salíamos a la calle a pasear, o me llevaba a conocer sus obras. Como mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años, fuimos muy unidos. Por eso, aunque yo no entendiera muy bien al principio lo de la casa circular que daba vueltas, me ilusioné tanto como se puede ilusionar un niño de siete años. No había nadie en la colonia que tuviera una casa como la que yo iba a tener. </p>
<p>Durante el tiempo en que se construyó la casa, mi papá me llevaba a verla al menos una vez a la semana. Me decía en dónde iba a estar mi cuarto, en dónde el baño, dónde la cocina, dónde su cuarto. La casa era como su juguete. El principal problema que costó resolver era el del agua de la cocina y el baño y las conexiones eléctricas. Mi papá se inventó un sistema central, en el cual el eje rotatorio de la casa contenía todo, tuberías y cables eléctricos. Cuando estuvo lista la casa, con una simple palanca se accionaba el motor que hacía girar la casa. La casa giraba completamente en hora y media. </p>
<p>No se me olvida el día en que nos trasladamos. Mientras subíamos todo, la casa daba vueltas. Mi papá pensó que al menos ese día la casa iba a rotar un poco más rápido y calibró el motor para el efecto. Yo terminé esa noche mareado, y estrené el baño con un vómito. Ni él ni yo dormimos de la emoción de tener una casa particular. </p>
<p>Una de las intenciones de mi papá era siempre tener la luz del sol de la mañana en su dormitorio, y para ello giraba la casa según la estación del año. Cuando yo estaba solo en la casa solía mover la palanca a cada rato para girarla, hasta que me troné el motor. Mi papá me dio una buena regañada y le puso candado a la palanquita. </p>
<p>Sin embargo, a mi papá le gustaba jugar con la casa. Cuando llegaban mis tíos de visita, accionaba el motor, que era tan silencioso y giraba tan despacio que generalmente la gente no se daba cuenta. Un día mi tío Carlos se despidió de la casa y salió. Cuando vio que no estaba su carro, pegó un grito del susto, ¡me robaron, me robaron! Mi papá salió de la casa muerto de la risa, porque el carro estaba en la parte de atrás. La casa era la que había girado sin que el tío Carlos se diera cuenta.</p>
<p>La primera persona que cambió al salir de la casa giratoria fue don Alberto, uno de los amigos de mi papá. Era un tipo deprimido y borracho, que había caído en eso por la muerte de su mujer y el fracaso en su empresa. Estaba quebrado. El día que llegó de visita a la casa, mi papá lo recibió con un gran abrazo y lo pasó adelante. Lo escuchó pacientemente toda la tarde. Cuando salió de casa, la broma de siempre, la casa había girado. Pero como don Alberto no tenía carro y además no vivía tan lejos de la casa, no se dio cuenta. Así que caminó en dirección contraria a su casa por unas cinco cuadras, hasta que se dio cuenta de la broma. Pero no se molestó, tocó la casa sonriendo. Cuando se dio cuenta de que iba en la dirección equivocada, nos contó, se sintió perdido y al darse cuenta de lo que había pasado, no tuvo más que reírse. Después de ese día, dejó la bebida y poco a poco reconstruyó su negocio quebrado y un año más tarde, se volvió a casar.</p>
<p>A veces mi papá no giraba totalmente la casa, pero casi siempre desconcertaba a sus visitantes. Yo mismo le hice la broma a algunos de mis amigos. Uno de ellos casi se desmaya cuando fue a hacer la tarea conmigo y al salir no vio su bicicleta nueva. Muchos de mis compañeros del colegio me regalaban dulces en el recreo con tal de que los invitara a mi casa rotatoria. Una maestra casi me obligó a que invitara a toda la clase a una visita guiada, en donde les explicara cómo funcionaba la casa y cuál era la idea. </p>
<p>Otra de las personas que cambió después de la visita a la casa fue la tía Refugio. Mi papá tenía mucho tiempo de no verla cuando la invitó a pasar un domingo. Ella llegó y lo primero que hizo fue buscarle defecto a todo. ¿Para qué querés una casa que gire?, fue su primera pregunta. Mi papá simplemente respondió “para jugar”. La tía y él siempre habían sido distantes, pero esa vez mi papá la trató con tal cariño, a pesar de sus desplantes, que yo casi lo compadecí, porque la tía era de verdad insoportable. La tía Refugio también sufrió la broma del giro, y al no encontrar su carro a la salida, empezó a regañar a mi papá por no tener un garage cerrado, por tener estúpida casa redonda y por haberla invitado. Hermanita, dijo paciente mi papá, tu carro está al otro lado, la casa giró. Mi tía sintió vergüenza y fue a comprobar que efectivamente, su carro estaba del lado de atrás. Y por primera vez tuvo un gesto amable con mi papá, se disculpó sinceramente, y al despedirse hasta lo abrazó.</p>
<p>—¿Viste cómo cambia la casa a la gente? —me dijo mi papá cuando la tía Refugio se había ido. </p>
<p>Fueron varios los amigos y familiares de mi papá los que cambiaron después de visitar la casa redonda. Él siempre prefirió darle el crédito a la casa, pero no era así. Él los llamaba, los invitaba, los trataba bien y los escuchaba. A algunos hasta les prestó dinero que nunca devolvieron. Quizás mi papá fue siempre así y no fue sino hasta vivir en la casa redonda que yo me di cuenta.</p>
<p>Todos estos recuerdos vienen a mi mente cuando paso enfrente del terreno en donde estaba la casa redonda. Después de la muerte de mi papá, tuve que vender la casa porque con el paso del tiempo se arruinó el motor, las tuberías, los cableados. Cuando estaba reciente su fallecimiento era muy doloroso visitar la casa redonda en donde él vivió hasta su muerte. Después, cuando reaccioné, ya todo estaba muy arruinado y yo no tenía tiempo ni dinero para arreglarlo. Vendí la casa con el terreno tal cual estaba, y el nuevo dueño la demolió. Ahora hay un terreno en el cual están empezando a hacer movimiento de tierra para hacer alguna construcción. Hoy que pasé por ahí se me hizo un gran nudo en la garganta. Intenté desatarlo escribiendo este texto, pero ahí sigue, bien anudado.</p>
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		<title>Día de la Madre</title>
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		<pubDate>Tue, 10 May 2011 13:46:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[embarazo]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Madre e hija se citan en un restaurante para celebrar el día de la madre con un almuerzo. Es un día nublado, gris, con amenaza de lluvia. Aura, la madre, llega a la cita en punto y le toca esperar. Gabriela, la hija, está por salir de una reunión de trabajo, que se ha alargado porque el cliente pide muchos detalles y quiere descuento. El cliente no sabe que Gabriela tiene tres meses de embarazo y que la espera para almorzar su madre, que no sabe que será abuela. Es probable que aunque lo supiera no le importe.<span id="more-1104"></span></p>
<p>Aura llama insistentemente a su hija, molesta por la espera. Cuando el cliente al fin la deja ir, Gabriela la llama. Ahora es su madre la que no quiere responder. Aura es una mujer con mal carácter. Gabriela, su única hija, toda su vida la ha intentado complacer pero nada de lo que hace parece ser suficiente. Tuvo que ser madre soltera porque ella misma echó al padre de Gabriela de casa, porque un día llegó con olor a licor. Nunca lo volvió a recibir, a pesar de sus ruegos.</p>
<p>—Mama, ya voy con vos, tuve un cliente muy difícil.</p>
<p>—Siempre supe que tu trabajo es más importante. Cuando no es tu trabajo es tu marido el más importante.</p>
<p>—Bueno, ya voy para allá. Esperáme.</p>
<p>Cuando Gabriela lee en los diarios o las historias que las madres representan el amor y la abnegación, le resulta difícil asociar la idea con su madre. No es que esperara que su madre fuera extraordinaria, sólo esperaba de vez en cuando una palabra de aliento, una palmada en la espalda, un beso en la mejilla. Un comentario positivo. Pero Aura era incapaz de ver a las demás personas sin pensar en su propio interés. Le buscaba defecto a todo, a todos.</p>
<p>Por eso Gabriela siente miedo de decirle que tendrá un hijo. Para otras madres eso sería una gran noticia, una alegría. Pero para Aura probablemente será otra noticia más, hasta molesta, inclusive. Eso es lo que la angustia en el camino hacia el restaurante, y lo que la pone tan tensa que por poco pasa trayendo con el carro a un motorista a pocas cuadras del restaurante.</p>
<p>—¡Feliz día de la Madre! —dice Gabriela, sonriendo y abrazando a Aura.</p>
<p>—Gracias nena, pero llegás tarde. Otra vez.</p>
<p>—Mama, ya estoy acá, disculpe ya hombre. Sonría por lo menos hoy —dice Gabriela, intentando hacer olvidar un detalle sin importancia.</p>
<p>Aura le pone al día a Gabriela de todas sus quejas. Los vecinos, siempre impertinentes, siguen estacionando los carros enfrente de su casa. La vecina de enfrente ahora le voltea la cara para no saludar. Su hermana Angela, tía de Gabriela, no supera la muerte de su marido, la pendeja.</p>
<p>—Madre, pero a la tía se le murió el marido hace sólo dos meses.</p>
<p>—Pero el tipo no era la gran cosa. Mejor que se haya muerto.</p>
<p>Así siguió Aura detallando la vida de las personas que no le interesaban pero de las que tenía noticias. Para ninguna de ellas había ninguna palabra buena. A medida que avanzaba el almuerzo Gabriela pensaba en la manera de decirle lo del embarazo. En cómo decirle que iba a ser abuela. Lo difícil no era decírselo, lo difícil sería aceptar la reacción que ella tuviera. Seguro que le diría que apenas tenía un año de casada, que un niño es tremenda responsabilidad, que la iban a despedir del trabajo así como hacen las empresas con las embarazadas, que con la situación económica no es buena idea traer más gente al mundo. Afuera, mientras tanto, comenzaba a llover.</p>
<p>Y así, el tiempo avanzó hasta el postre. Madre e hija hablando de cualquier cosa, coincidiendo en pocas. Era el momento de dar la noticia, darla después, o peor aún, que su madre se enterara por otra persona, sería muy malo. Al probar el primer bocado del pastel de queso, Gabriela respiró profundo, para agarrar valor.</p>
<p>—Madre, estoy embarazada. De tres meses.</p>
<p>A la revelación siguó un momento incómodo de silencio. Después del silencio Aura apenas balbuceó una felicitación casi inaudible y no quiso hablar mucho, tal vez porque sabía que al decir algo iba a arruinar el día para su hija. Pagaron la cuenta y salieron del restaurante. Llovía. Al despedirse, antes de subirse a sus carros, Aura le dijo algo a Gabriela al oído, muy bajo, mientras la abrazaba.</p>
<p>—Gaby, vas a ser una gran madre.</p>
<p>Gabriela se subió al carro y vio cómo su madre se subía al suyo, arrancaba, y se despedía con la mano. Gabriela arrancó su carro y salió del parqueo del restaurante. En el camino,  mientras en las calles caía un gran aguacero, lloró. Lloró a mares. Al llegar al parqueo del cliente que iba a atender, se calmó, se limpió la cara con un pañuelo de papel y se maquilló. Respiró profundo y entró a la oficina del cliente, dispuesta a convencerlo de que su producto era el mejor que el cliente podía comprar.</p>
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		<title>Las muñecas de don Rigoberto</title>
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		<pubDate>Tue, 03 May 2011 14:54:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[locos]]></category>
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		<description><![CDATA[Durante el tiempo en que trabajé para una telefónica instalando cable conocí a don Rigoberto, el tipo más raro que he visto en la vida. Por ese entonces este señor habrá tenido unos cincuenta años. Era alto, medio barbado, flacucho y muy platicador, nerviosamente platicador. Como por esos días apenas empezaba la compañía a dar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante el tiempo en que trabajé para una telefónica instalando cable conocí a don Rigoberto, el tipo más raro que he visto en la vida. Por ese entonces este señor habrá tenido unos cincuenta años. Era alto, medio barbado, flacucho y muy platicador, nerviosamente platicador. Como por esos días apenas empezaba la compañía a dar el servicio, tuve que llegar varias veces a la casa de don Rigoberto porque no terminaba de quedar bien el cableado, o porque la señal era débil, o porque no había servicio. La segunda vez que llegué a su casa era de mañana, y vi sentada a la mesa del comedor a una mujer muy bella. Me la presentó como su mujer. La saludé pero ella no contestó. Hasta ahí me di cuenta de que era una muñeca.<span id="more-1100"></span></p>
<p>Viejo más loco, pensé yo, mientras él le acariciaba el pelo a la muñeca inmóvil. La muñeca era blanca, de pelo largo lacio, largas pestañas y buenas piernas. Era muy real, parecía que fuera a hablar en cualquier momento. Estaba vestida elegantemente. Era una muñeca bonita, pero verla ahí con el tipo loco a la par me pareció desagradable. Sólo atiné a responderle que me indicara cuál era el problema con el cable, y que se lo resolvería en el momento. Mientras yo trabajaba el tipo loco platicaba con su muñeca-mujer como si fuera una persona real. Le decía que la quería y que se miraba bella y radiante el día de hoy.</p>
<p>La casa de don Rigoberto era de un lujo discreto. Se notaba la mano de algún decorador profesional y el buen gusto del dueño. Terminé lo más rápido que pude el trabajo y quise salir de ahí corriendo, pero en la puerta me detuvo don Rigoberto, tomándome del brazo. Me dijo, por favor no piense que estoy loco, yo sé que sólo es una muñeca, pero tengo más motivos para estar enamorado de ella que de una mujer normal. Se dio cuenta de que yo lo seguía mirando como a un bicho repugnante, y me dijo que si se necesitaba que fuera otra vez, procuraría que Hortensia no estuviera presente. Yo le dije que estaba bien, le di los buenos días y me fui lo más rápido posible. </p>
<p>Yo esperaba no tener que visitar nuevamente al viejo loco, pero a la semana siguiente tuve que volver, porque ahora quería que le instalaran una conexión para una segunda televisión. Intenté que le asignaran a otro técnico, pero no me hicieron caso. Así que fui a instalarle el cable para una segunda televisión.</p>
<p>El día que llegué me abrió don Rigoberto, me saludó por mi nombre y me invitó a pasar. Era un día de lluvia. Entré de inmediato en la sala, a la espera de las indicaciones de mi particular cliente. Al entrar, para mi alivio, no había ninguna muñeca en el comedor o en la sala. Me pidió que me sentara en uno de los sofás de la sala y me dijo que antes de que hiciera la instalación, él quería ofrecerme una disculpa y explicarme un par de cosas. A pesar de que le dije que no había necesidad, el tipo fue tan insistente que tuve que oírlo.</p>
<p>—Mi estimado Juan José —me dijo—, la última vez que usted vino vio a mi muñeca Hortensia sentada en la mesa del comedor. Supongo que al decirle que era mi mujer usted me creyó un loco, y no lo voy a culpar. Pero todo tiene una explicación.</p>
<p>—No tenga pena don Rigoberto —contesté—. Yo no encuentro ningún problema en que usted haga lo que mejor le parezca.</p>
<p>—Yo sé que diga usted lo que diga, me sigue creyendo un loco. Pero como quiero que usted sea discreto, le voy a contar la historia, para que tenga un poco más de sentido lo que hago. No voy a tardar más de diez minutos y después puede ir usted a instalarme el cableado de la segunda tele. </p>
<p>Don Rigoberto entonces sacó un cigarrillo, me ofreció uno a mí, y empezó su explicación.</p>
<p>—Usted sabe, estimado Juan José, que de todo lo animado e inanimado que hay en la Tierra, lo más peligroso es el mismo hombre. No hay ningún animal que mate tan eficazmente a otros de su misma especie. No hay un depredador tan voraz como el ser humano. Todo lo que el hombre mira lo termina destruyendo. </p>
<p>Yo le voy a contar un poco de mi historia, Juan José.</p>
<p>Hace tiempo yo estaba casado y era un hombre feliz. Mi mujer era muy cariñosa y discreta, además de que era una profesional exitosa. Yo, por mi parte, nunca he tenido problemas de dinero, porque aparte de mi trabajo profesional como arquitecto de grandes proyectos, heredé alguna fortuna familiar. Pero todo el cariño se acabó cuando mi mujer se puso de amante con un colega suyo. Se transformó prácticamente en mi enemiga. Se burlaba de mí, de mi delgadez, de mis manías, de mi forma de estornudar, de mi forma de hablar, de mis malos chistes. Me hacía sentir muy mal. Así que no aguantando más, le pedí el divorcio y estuvimos peleando durante un par de años, hasta que le cedí un par de casas y uno de mis carros para que el asunto caminara. </p>
<p>Ese divorcio me dejó muy afectado. Por ese tiempo conocí a Diego, que se volvió gran amigo mío. El era fabricante de maniquíes para boutiques y tiendas de ropa en general. Lo conocí en una reunión con unos clientes. Me invitó a conocer su taller, que quedaba cerca de mi oficina. Como me pareció un buen tipo, una tarde decidí visitarlo y ver qué había en ese taller de maniquíes. Nunca había conocido a alguien que fabricara esas cosas. Pensé en que tal vez también podía ser escultor y comprarle algo para adornar mi casa.</p>
<p>Cuando llegué, y todavía lo recuerdo como si fuera ayer, estaba en el centro del taller una mujer muy bella, como posando para una pintura.  Tenía un rostro hermoso, estaba vestida con un vestido rojo largo. Era blanca, de pelo negro largo y lacio, de pestañas largas. Quise saludar por cortesía, pero entonces noté que no respiraba, y al acercarme, vi que era una muñeca. Me sorprendí de la destreza de mi nuevo amigo y le pregunté que cómo hacía esas figuras. Me dijo que era su proyecto personal y que las hacía de una combinación de resinas especial y mucho tiempo de dedicación en las noches de insomnio. Lo que él hacia pertenecía a una nueva corriente artística, el hiperrealismo.</p>
<p>Te la compro, le dije en el acto. Decíme cuánto es y yo te lo pago. Me miró sonriente y me dijo que no la pensaba vender porque era su primer figura de ese tipo, y por lo tanto la quería conservar. Me ofreció fabricarme una para mí, pero me pidió tiempo. Como no lo conocía mucho, decidí aceptar el trato y le pedí que me indicara el costo para hacerle un cheque por la cantidad que necesitara para empezar con el trabajo. Quería comprometerlo para no quedarme sin muñeca.</p>
<p>Después de esa visita yo no hacía más que pensar en esa condenada muñeca y en poseerla. Conociendo cómo es la gente en este país, principié a presionarlo para que me hiciera mi muñeca hiperreal. Lo que yo quería, sin embargo, era a esa muñeca que vi la primera vez, y la idea era hacer que empezara a hacer otra, pero quedarme con la original. Ese proceso de insistirle a Diego en la fabricación de una segunda muñeca y esperar a conseguir la que yo quería, me rehabilitó de mi depresión por el fracaso matrimonial. Me sentía nuevamente alegre, jovial. Me acostumbré a visitar el taller de mi amigo con la excusa de verificar que trabajara en mi encargo, pero lo que yo quería era ver a Hortensia, el nombre que Diego le había puesto a la muñeca que vi la primera vez. Ahí fue donde me enamoré de ella.</p>
<p>Creo que me enamoré porque sabía que al comprarla, esa muñeca sería sólo para mí, que nunca me dejaría ni me haría daño. Eso era mejor que buscar prostitutas para comprar un poco de cariño y sexo a cambio de dinero. Era la absoluta y total posesión del objeto lo que me excitaba. </p>
<p>Don Rigoberto se miraba muy emocionado al contarme todo esto. Yo no sabía qué pensar porque el tipo razonaba bastante bien, pero ¡el loco estaba enamorado de una muñeca! Quise interrumpirlo para decirle que tenía que terminar el trabajo en su casa para atender a otros clientes, pero me fue imposible persuadirlo. Así que me siguió contando la historia hasta el final.</p>
<p>—Le voy a ser sincero Juan José  —prosiguió don Rigoberto—, yo nunca tuve suerte con las mujeres. A mi exesposa la enamoré a duras penas. Esa timidez que al principio le pareció encantadora, al final del matrimonio le parecía ridícula, y gozaba burlándose se eso. </p>
<p>Yo sé que no es normal enamorarse de un objeto, que el amor es algo que debe darse entre dos personas. Pero como he sido inútil para conseguirlo, y no quiero valerme de mi dinero para conseguirlo, no lo miro reprochable. No quiero ser parte de la trata de blancas al contratar prostitutas para pasarme el rato, por ejemplo. Tampoco quiero que venga ninguna mujer a hacerme sirviente de sus caprichos. En los pocos intentos de acercarme a alguna mujer que veo interesante no he terminado más que decepciónadome más de toda esa hipocresía que rodea a las relaciones de pareja. De lo que hay que aceptar para cargar a cuestas con una relación. Porque en un matrimonio siempre hay que negociar el espacio personal, las visitas de amigos, la dosis de alcohol, los ingresos económicos, las aficiones. Y yo, teniendo la experiencia de haber dado todo y aún así ser rechazado, no estaba dispuesto a ceder en nada.</p>
<p>Luego de un par de meses de ir varias veces a la semana al taller, después de grandes ruegos y de una buena suma de dinero, logré hacerme con Hortensia, la muñeca de mis amores. El día que la llevé por primera vez a la casa fui muy feliz. Puse mi música favorita y bailamos con Hortensia hasta que quedé exhausto, y no fue sino hasta el otro día que desperté y vi a Hortensia a la par mía y desayunamos por primera vez juntos. Es decir, yo con la compañía de Hortensia.</p>
<p>Yo nunca he creído en cosas sobrenaturales, ni siquiera en Dios. Pero pienso que poco a poco Hortensia como que toma un poquito de mí, de mi alma, de mi energía. A veces, es como si reaccionara a mis emociones. Un día, cuando regresé de la oficina muy molesto por un altercado con un cliente, al cerrar la puerta de la calle escuché un ruido escandaloso. Había sido Hortensia que había caído de la silla donde la había dejado, y a su paso había botado un florero. Otras veces, cuando estoy de buen humor y cariñoso, puedo sentir que se recuesta apaciblemente en mi hombro. A veces, cuando hay total silencio, creo escuchar su respiración. Sé que nadie podrá entenderme pero soy feliz así. </p>
<p>Don Rigoberto pareció haber terminado su relato y yo le dije que sería discreto, y me levanté a hacer la instalación que me había requerido. Pero me detuvo, tomándome del brazo, obligándome a sentarme de nuevo.</p>
<p>—Sólo una última cosa, Juan José. Le voy a confesar algo más. Es posible que necesite de su ayuda y estoy dispuesto a reconocerle su colaboración en efectivo. Sólo escuche un momento más. </p>
<p>Acepté escucharlo con algo de desgano, pero ahora interesado en la supuesta colaboración de la cual podría sacar renta.</p>
<p>Al entrar Hortensia en mi vida logré superar mi depresión. Pero como la emoción de lo novedoso suele pasar, me vi nuevamente en el taller de mi amigo, insistiéndole para que me vendiera otra muñeca. Esta vez tenía en su taller a una mulata de caderas anchas y ojos claros. Me excité al nomás verla, y por supuesto quise poseerla y al momento la compré. La nombré Cinderella y me acompaña ahora los días lunes. Con el tiempo me hice de siete muñecas, una para cada día de la semana. Y aquí entra usted, Juan José, a ayudarme. Necesito que asee a mis muñecas para que estén siempre limpias. Hasta ahora lo he hecho yo, pero ya estoy cansado, y como da la casualidad de que usted se apareció el día que desayunaba con Hortensia, y confiando en su honestidad y discreción pues estoy dispuesto a ofrecerle el doble de lo que gana en su actual empleo para que me ayude con esa tarea. ¿Qué piensa?</p>
<p>Maldito loco, pensé para mis adentros. Pero tiene dinero.</p>
<p>—Don Rigoberto —le dije—, me siento honrado con su ofrecimiento, pero no puedo aceptar porque espero hacer carrera en la empresa y estoy estudiando en la universidad para ascender y lograr mejores posiciones. Además me gusta mi trabajo.</p>
<p>—Entiendo —contestó, tomándose la barbilla con la mano—, pero ya que usted sabe mi secreto, quiero que colabore conmigo en esa tarea al menos un par de horas a la semana, el día que usted disponga. Luego, si consigo a alguien más, lo libero de la ocupación. Le pagaré bien.</p>
<p>Como pensé que no sería mucho tiempo, acepté trabajar con él tres meses. Cuando por fin instalé el cable en la segunda televisión, como había solicitado a la empresa originalmente, me despedí de don Rigoberto. El me extendió la mano, y me entregó un sobre y me pidió que lo abriera hasta que llegara a casa. Cuando llegué a casa y conté el dinero, habían mil dólares.</p>
<p>Así que trabajé por algún tiempo para don Rigoberto. Nunca lo volví a ver hablándole a ninguna muñeca. Procuraba limpiar las muñecas tratando de no imaginar qué había hecho el viejo con ellas. Tenía dos mulatas, una rubia, la Hortensia original, una asiática y una peliroja. Todas muy bonitas y bastante reales, hasta en sus genitales. Qué tipo más pervertido, pensé.  A veces me daban un poco de miedo. Como aparte de esa su peculiar rareza don Rigoberto no tenía otra manía especial, me llevé bastante bien con él. Luego, al cabo de unos seis meses de llegar a su casa para el aseo de las muñecas, me dijo que había conseguido una persona fija para hacer el trabajo y que me daba las gracias por haber sido un buen y discreto colaborador. Me pagó una buena suma de dinero y me deseó mucha suerte. </p>
<p>Luego de un año, me llamó de nuevo. Me saludó muy cordialmente y me dijo que necesitaba nuevamente de mí, que por favor llegara lo más pronto posible. Al llegar a su casa me topé con un tipo que no era ni la sombra de lo que había sido don Rigoberto. Con una delgadez extrema y tosiendo a cada rato como si fuera a echar los pulmones por la boca. Como no se había portado mal conmigo y además siempre me pagó bien, me dio mucha pena verlo en ese estado. </p>
<p>—Estoy muy enfermo, Juan José —me dijo, con una voz muy carrasposa.</p>
<p>Me contó que tenía cáncer de pulmón y que no le quedaba mucho tiempo de vida. Como yo era de los pocos que sabía lo de su amor por las muñecas, y en especial por Hortensia, me pidió que me las llevara a otra casa, que quedaba a algunos kilómetros. Él le pediría a su abogado dejarme alguna cantidad de dinero para que yo me hiciera cargo de ellas cuando él muriera.</p>
<p>—Yo espero que el tratamiento de resultado y viva usted mucho tiempo. Pero no sé si aceptar —le respondí.</p>
<p>—Por favor, Juan José, acepte —me dijo, casi suplicando—. Es más, quiero que se lleve las muñecas, menos a Hortensia, ahora mismo. No quiero que mi familia se entere de ellas. Por favor.</p>
<p>Tuve que aceptar. Me llevé a las muñecas a una casa sin muebles, y las dejé ahí. Iba a visitar a don Rigoberto tres veces a la semana y le contaba cómo estaban sus muñecas, como si fuesen seres humanos. Se deterioraba rápidamente. No vi más que a dos sobrinos y a un hermano visitarlo, aunque él me había dicho que tenía cuatro hermanos. El día que murió, sin embargo, había muchos familiares fingiendo tristeza. La mujer que hacía la limpieza me entregó una maleta grande, en donde estaba Hortensia. Me dijo que don Rigoberto había muerto abrazado a ella, y que su última voluntad era que yo la cuidara. Me la llevé a la casa que don Rigoberto me había encargado. </p>
<p>Días después me llamó el abogado. Toda la familia estaba ahí, queriendo que les cediera la casa que me había dejado. Yo no me dejé intimidar y recibí los papeles de la casa y una buena suma de dinero. Ahora me encargo de las muñecas, arreglé y amueblé la casa. Por las mañanas, a veces, recuerdo a don Rigoberto y siento a Hortensia en una de las sillas del comedor. Y desayunamos juntos.</p>
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		<title>Un padre de familia</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Oct 2010 15:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Humor]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando nació el Carlitos yo fui el hombre más feliz. Un hijo, una pequeña persona de la cual cuidar, a la cual mimar, a quien enseñarle el mundo, a quien sonreírle diciendo tonteras. Un niño del que me tenía que hacer cargo. Sin duda he cometido muchos errores, pero el Carlitos no es una mala [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando nació el Carlitos yo fui el hombre más feliz. Un hijo, una pequeña persona de la cual cuidar, a la cual mimar, a quien enseñarle el mundo, a quien sonreírle diciendo tonteras. Un niño del que me tenía que hacer cargo. Sin duda he cometido muchos errores, pero el Carlitos no es una mala persona, es un muchacho noble. Pero ahora que ya cumplió 15 años todo es muy diferente. Descubrió que hay un mundo afuera y que yo no siempre encajo bien ahí. <span id="more-996"></span></p>
<p>Después de años de ser recibido con alegría al llegar a casa, ahora me topo con que apenas me voltea a ver porque lo que dicen sus amigos de los mensajitos de celular, de Facebook, Twitter, chat o cuanta mierda esté de moda. Se emociona con cada comentario y celebra cada ocurrencia que lee en un español inentendible. Los muchachos creen que con cambiar letras u omitirlas lo que dicen será más ocurrente. Y ahí está el Carlitos siendo parte de eso escribiendo cosas como <em>Ola kmo staz?</em>, o escribiendo estados de Facebook tipo <em>xando la weva</em>. Cuando no está en el Facebook o en el chat, sale a la calle a vagabundear con sus amigos de la cuadra. Van de comercial en comercial viendo vitrinas y comprándose unas papas fritas y un agua y viéndole el culo o las tetas a las mujeres. Van con la intención de encontrarse con alguna chavita bonita y hablarle y enamorarse y tener aventuras así como en las películas. Vuelven siempre igual como se fueron, sin haber vivido grandes aventuras ni conquistas amorosas. Eso sí, cansados y con hambre.</p>
<p>Yo le he dicho a veces, mirá Carlitos, leé algo, desburráte un poco siquiera. Qué hueva, me contesta. A la edad tuya yo estaba descubriendo a Edgar Allan Poe, a Cortázar, a Emily Brontë. Vos no pasás de la Lady Gaga, esa tipa que más parece un travesti, le digo. Asienta del mal humor y rápido se va a su cuarto y se encierra. Creo que hice mal en ponerle el internet en su cuarto; pasa horas ahí, y yo sé bien lo que está haciendo, pero ¿qué hago? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.</p>
<p>No le gusta tocar ningún instrumento musical, ni el dibujo o las artes, apenas juega un poco de fútbol los sábados. Ni siquiera sintoniza de perdida al Discovery Channel. La mitad de las materias que recibe en el colegio no le gustan; la otra mitad le aburren. No quiere ir a trabajar de vacacionista a ningún lugar. Su estado en el chat es generalmente “aburrido”. No quiere ayudar en las tareas de la casa. Es un buen muchacho, ya se los conté, pero me preocupa que no tenga ni talento, ni espíritu emprendedor, ni metas, ni ganas de aprender cosas nuevas. ¿Qué pasa si mañana me muero y se queda solo con su mamá?</p>
<p>Lo peor es que ya quiere empezar a salir por la noche. Hasta que cumpla los 18 tengo la excusa de su edad, así que tengo aún tiempo para pensar en cómo cuido a este patojo. Qué bueno que no es mujer, porque ahí sí que ya habría comprado mi escopeta y ay de aquel que se acercara mucho. Pobres los papás que tienen sólo hijas mujeres, los compadezco.</p>
<p>El otro día estaba de nuevo frente a la computadora. Lo abordé seriamente y le hablé:</p>
<p>—Carlitos vení para acá —le dije.</p>
<p>—¿Y ahora qué querés? —me contestó sin despegar la vista del monitor de la computadora, sosteniéndose la barbilla con la mano izquierda.</p>
<p>—Vos vení.</p>
<p>Perezosamente se levantó de su silla y caminamos juntos a la sala.</p>
<p>—¿Qué querés? —dijo al sentarnos en el sofá.</p>
<p>—No me hablés así, que soy tu padre —contesté serio—, más respeto.</p>
<p>—Ok, perdón, decime pues.</p>
<p>—Mirá Carlitos&#8230;</p>
<p>—Ya no me digás Carlitos.</p>
<p>En eso entró la mamá de la calle y le pidió que la ayudara con las cosas del super. Lo había salvado la campana. Sonrió cuando su mamá le gritó desde el garage. Después de que terminó de ayudar a su madre, seguimos la plática.</p>
<p>—Mirá, tus notas están un poco bajas, si seguís así, vas a salir raspado.</p>
<p>—¿Y? —respondió, con gesto insolente.</p>
<p>—¿Cómo que “Y”? Mirá cerote, —le dije molesto— vos ya te estás pasando, un día te echo de la casa, a ver si servís de algo en la calle. Idiota.</p>
<p>Estaba muy molesto. La mamá nos oyó y se armó un gran relajo.</p>
<p>—¿Y vos qué te creés, Víctor? —me grita—. El nene sólo necesita un poco de tiempo para concentrarse, no todos pueden seguir el ritmo con tanta tarea y tanto examen.</p>
<p>Me tuve que ir con toda mi cólera a encerrarme a mi dormitorio. Yo tengo un solo hijo, ¿qué harán los que tienen 2, 3, 4?</p>
<p>Otra cosa que no sé cómo entrarle es al sexo. ¿Lo llevo donde las putas? ¿Y si de pura mala suerte se contagia de algo por mi culpa? El condón se puede romper y&#8230;  Además la mamá es muy de la iglesia, así que si se entera me manda a la mierda. Pero no sé, debe haber alguna forma de enseñarle, tal vez si hago como ese mi cuate que le habló a una edecán que iba al gimnasio para que se cogiera a su hijo. Pero igual no sé.</p>
<p>Si algo me da miedo, en especial en esta violenta Guatemala, es pensar que un día cualquiera me balean al Carlitos. Porque acá no sabés si en la tienda de la esquina llega alguien y mata al de a la par y a vos también de perdida. Peor aún es pensar que se meta a cosas como el narcotráfico, maras o bandas de asaltantes. La gente que se aburre hace cualquier idiotez para distraerse. Capaz que se junta con unos tipos y se mete a hacer estupideces. Por eso sí está bueno que vaya a la iglesia, ahí le dicen que se tiene que portar bien porque si no se va al infierno. Igual no se si eso lo asuste mucho.</p>
<p>A veces lo miro ahí tirado en el sofá viendo tele, bostezando, despeinado, con una cocacola en una mano y un cheeto en la otra. Es tan coche que se mete un dedo en la nariz y se saca un moco y lo pone debajo del sillón. Luego se lleva otro cheeto a la boca, como que si nada. Y pienso, ¿y este vago se podrá mantener él solito algún día? Me da que lo voy a tener que mantener durante un buen tiempo. Ese es el futuro del país.</p>
<p>El día que más me asusté en la vida fue cuando el Carlitos se me perdió en el comercial.  Tenía cinco años. Lo dejé en la sección de juguetes del super y seguí comprando. Su mamá no había ido con nosotros. Y yo de mula me olvidé del patojo, pagué en la caja y salí. En el parqueo me di cuenta. ¡Puta! ¿Y el Carlitos?, me dije asustado.</p>
<p>Regresé corriendo como un loco, casi chillando, puro maricón. El Carlitos todavía estaba jugando con los carritos, tranquilo, hasta cantando. En realidad no fue que se me perdiera, ahora que lo recuerdo bien. Cuando lo ví tan sereno esa vez en la tienda pensé, ese patojo bien se las va a poder sin mí. Va a ser cabrón.</p>
<p>El domingo pasado fuimos al estadio, a ver a los rojos. Como suele suceder acá, el estadio vacío y un mal partido. A la salida nos comimos unas tortillas con carne y un par de cervezas. Platicamos de lo malo del partido.  En eso es lo único que coincidimos, en que nos encanta el fútbol. Es en ese punto en donde nos encontramos, en donde somos cuates. Si le pregunto ¿cómo quedó el Barça en la Champions?, él me contesta, 2 a 0 papa, los dos goles de Messi. Si está de buen humor me da detalles: hubieras visto, el Messi se llevó a cinco, dio un pase, se la regresaron de pared y de globito la metió. Golazo. Si no está de buen humor, sólo me da el resultado. Otras veces él me pregunta por el resultado y yo contesto.</p>
<p>Siempre que hablamos de fútbol me siento bien, pienso que no todo lo hice mal, que el patojo este va a ser de alguna manera un buen hombre. Sí, eso es. Siempre que al ver un balón de nuestro equipo rozar la portería nos levantemos y gritemos monosílabos, siempre que suceda eso, yo sabré que hay un nexo con el Carlitos, una conexión, una manera de saber que si hay gol nos vamos a sonreír cómplices, una manera de saber que siempre vamos a estar del mismo lado, juntos.</p>
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		<title>La cena</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 15:15:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
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		<description><![CDATA[—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa. Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.</p>
<p>Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes.</p>
<p>—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera.<br />
<span id="more-967"></span><br />
—Pues&#8230;</p>
<p>—Bueno, entonces confírmeme algunos datos y dígame cuántas personas asistirán con usted.</p>
<p>Marvin sospecha que detrás de la invitación hay algún tipo de trampa. Pero piensa que una cena en un lugar agradable le puede gustar a su mujer, aunque a veces no se sabe lo que a ella le gusta. Siempre está de mal humor.</p>
<p>Confirma los datos que le pide la marketinera y reserva mesa para dos. No ha hecho ningún compromiso económico, así que no hay problema.</p>
<p>Va al dormitorio y encuentra a su mujer sentada frente al espejo, peinándose. Son las siete de la noche, ella saldrá en unos momentos a una fiesta a la que no irá él. Cuando ella escucha la oferta, le dice con desgano:</p>
<p>—Seguro nos quieren vender un paquete de vacaciones.  Andá vos si querés. Pero no vayás a pagar nada ni seas idiota. A vos siempre te miran la cara de pendejo.</p>
<p>Marvin no contesta nada. Se limita a encogerse de hombros. Su mujer se le queda mirando por algunos segundos a través del espejo y finalmente niega con la cabeza y se sigue peinando. Marvin sale del dormitorio en silencio, a pesar de que quisiera gritarle y exigirle que no lo trate siempre de idiota.</p>
<p>—No vayás a ir, pendejo —le advierte.</p>
<p>El viernes por la mañana su jefe lo llama a su despacho. Un cliente devolvió un producto que él empaquetó. El cliente es una mujer que está furiosa, aunque el error es mínimo y salvable. Su jefe le reclama y le dice que si vuelve a cometer otro error similar puede considerarse como despedido, que no sea tan irresponsable y descuidado. Marvin se encoge de hombros y sale del despacho de su jefe en silencio, con respiración agitada. Le gustaría somatar la puerta y no hacer nada el resto del día.</p>
<p>—Por favor reenvía el producto ahora mismo —sentencia su jefe justo antes de que Marvin cruce la puerta.</p>
<p>Para calmarse un poco ingresa al chat, pero no encuentra a nadie. En el facebook tampoco ha pasado nada; no hay ningún comentario o foto nueva. Enmienda el error del empaquetado y despacha el envío sin mucho trámite. Sigue pensando que el error es mínimo y que no había por qué hacer tanto escándalo. Pero <em>el cliente siempre tiene la razón</em>. Frase más idiota, piensa.</p>
<p>Cuando llama al cliente para anunciar el reenvío de mercadería, le toca ahora soportar los airados reclamos de una vieja de voz chillona. Ella le dice que nunca pensó que en esa empresa fueran tan irresponsables, que dejaría de recomendarlos, que era imperdonable que se cometieran errores de ese tipo. Marvin replica que le han atendido durante más de cinco años, y este es el primer reclamo. Además el error no es tan grave.</p>
<p>—Eso no importa —dice la vieja—, yo a usted le pago para hacer las cosas bien.</p>
<p>Marvin respira profundo y reitera las disculpas. La vieja cuelga.</p>
<p>A media tarde llama la marketinera para confirmar su llegada a la cena. Duda algunos instantes, pero piensa que tal vez la cosa no será tan mala, y al fin y al cabo, si su mujer está en casa, habría que aguantar su mal humor de siempre. Una cena gratis lo puede distraer al menos un rato. Avisa entonces que llegará solo.</p>
<p>Después del trabajo sale para el hotel donde lo citaron. Una amable señorita lo atiende, le pregunta su nombre y consulta un libro. Marvin ya tiene hambre. Después de verificar sus datos, la señorita lo conduce hacia un salón pequeño, con una mesa circular, dos personas y un asiento vacío. Un tipo gordo y sonriente y una mujer en sus cuarentas maquillada en exceso. Le dan la bienvenida.</p>
<p>—Antes de pasar a la cena —dice el gordo— le queremos mostrar algunas ofertas que usted no debería perderse.</p>
<p>Le cuentan todo lo que se ahorrará en pasajes de avión, hoteles y restaurantes y le hablan de todas las maravillas que se pueden encontrar en lugares como Cancún, Miami o la Isla Margarita. ¡Con los ahorros que tendrá puede costearse hasta tres viajes más!</p>
<p>Sin darle ningún respiro le lanzan oferta tras oferta. Marvin amablemente dice que no a cada una de las propuestas, pero el gordo insiste y la mujer saca más ofertas que consisten casi siempre en lo mismo, pero con diferente hotel. Por cada intento de Marvin por salir del pequeño salón, hay una nueva oferta que no debería perderse. Lo torturan de esa manera durante casi hora y media.</p>
<p>—Usted ya nos dijo que tiene tarjeta de crédito así que no entiendo por qué no quiere contratar al menos una oferta —insiste el gordo.</p>
<p>—Yo vine porque me ofrecieron una cena como premio.</p>
<p>—Ya tendrá su cena —dice seria la mujer—, firme ya un contrato y se va a comer tranquilo.</p>
<p>Al escuchar esto último, Marvin por fin estalla. Se levanta furibundo y golpea la mesa con un puño.</p>
<p>—¡No tengo dinero para gastar con ustedes! —grita—. Vine porque me dijeron que era un premio, y los escuché ya por una hora y media y no puedo pagar lo que piden, y no me interesa. No tengo por qué contratar nada que no me interese. ¡No quiero saber nada más de sus estúpidas ofertas!</p>
<p>El gordo y la mujer lo miran incrédulos e inmóviles; no atinan a decir palabra. Marvin está temblando de la cólera. El gordo tiene las manos levantadas como queriendo protegerse. La mujer tiene la mano sobre la boca.</p>
<p>—¡Hijos de puta! —exclama Marvin antes de salir del salón somatando la puerta.</p>
<p>Al llegar al parqueo y sentarse en el carro, empieza a reír a carcajadas. Hace mucho que no se sentía tan bien. ¡Había que verle las caras a los idiotas marketineros! Camino a casa se detiene a cenar en un restaurante. Se siente tan liberado que decide que al llegar a casa empacará sus cosas y se irá. Su mujer, que seguramente está revolcándose con su amante, extrañará la tele y el aparato de sonido más que a él. Por fortuna el contrato de alquiler vence en una semana, y Marvin llamará al dueño para decirle que no se renovará.</p>
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		<title>Cecilia</title>
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		<pubDate>Tue, 11 May 2010 13:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Trabajo]]></category>
		<category><![CDATA[auditoría]]></category>
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		<description><![CDATA[Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia. La combinación perfecta de belleza e inteligencia. Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política. En su adolescencia estuvo en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia.  La combinación perfecta de belleza e inteligencia.  Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política.  En su adolescencia estuvo en el equipo nacional de gimnasia.  Era extraordinario ver a una mujer tan bella y grácil hablar con propiedad sobre cualquier tema.  Y todo esto sin dejar de tener una vida sentimental aventurera, a veces dramática.  De eso puedo dar testimonio porque la conocí una noche en un bar, cuando seducía a un tipo que más bien parecía narco.<span id="more-957"></span></p>
<p>Cecilia era una guapa morena clara, de cabello liso a altura de los hombros, ojos verdes y un cuerpo hermoso moldeado por algunos años de gimnasia.  Era imposible que esa mujer no llamara la atención.  Lo sorprendente era entrar en contacto con ella y observar que no solamente era inteligente, sino además culta.  Hay mujeres bellas y tontas o bellas e inteligentes, pero casi siempre sin mucha cultura.  En general la gente se ocupa de su profesión u oficio, pero no mucho más.  Una abogada exitosa puede ser fascinante hablando de sus casos, pero fuera de ahí, no tiene nada que decir.</p>
<p>El día que la conocí yo andaba en un bar de la zona viva tomando con unos cuates.  Ella estaba en una mesa con un tipo con planta de narco, tomando whisky caro.  Se divertía, pero no porque se sintiera atraída por el tipo, sino porque el hombre estaba literalmente a sus pies.  Podría haberle dicho que se pegara un tiro y él lo hubiera hecho.  Yo los observé y lo supe.  Por un instante ella me miró complacida, como cuando un pintor muestra una obra maestra.</p>
<p>Sin embargo el tipo ya con una buena cantidad de licor, se hizo insoportable.  Con la prepotencia de los que se sienten importantes sin serlo, empezó a hacer desplantes a los meseros y a los hombres de la mesa contigua.  Ella entonces le dijo que se iba y caminó decidida hacia la puerta.  El la quiso seguir, pero entonces la mujer hizo una de sus tantas movidas maestras: fingió conocerme, y me pidió que la acompañara al parqueo.  El tipo no supo qué hacer,  se quedó con los brazos extendidos, los ojos entrecerrados y la quijada un poco caída.</p>
<p>Así que iba yo con esa belleza camino al parqueo, cual perro guardián.  En la puerta del parqueo me dijo sin mucha ceremonia que gracias, que había sido muy amable.  Me dio la mano, se volteó y fue directo hacia su carro.  Por casualidad yo estaba también en el mismo parqueo así que entré por el mío y me fui también.  Ni loco regresaba al bar con ese narco adentro.  No sucedió como en las películas en donde la doncella rescatada le da un beso y una sonrisa al héroe.  Nada que ver.  Simplemente había sido útil y nada más.</p>
<p>Cuando al mes siguiente se presentó en la oficina como auditora y asesora financiera, la miré y no pude menos que sonreír.  Ella por supuesto se acordó de mí, pero como toda una profesional no se inmutó y me extendió la mano, dándome los buenos días y diciendo mucho gusto de conocerlo.  Mucho gusto licenciada, respondí.  Cuando le tocó llegar a auditar mi sección tuve ocasión de recordarle el incidente.  Me pidió disculpas y me dijo que desde que me había visto sabía que yo era un tipo tranquilo y cuando el otro se puso pesado, pues no lo pensó mucho y me buscó para hacerle el favor.  Le dije que no diría nada en la oficina.  Lo sé, me contestó, por eso no te lo pedí, pero te lo agradezco.</p>
<p>Durante el tiempo que hizo la auditoría, llegaba por ella un tipo alto y atractivo, en un Volvo del año.  Tenía los dientes más blancos que he visto.  Si a mí me hubiera dado en esta vida por ser gay, ahora que está de moda, pues me le lanzo al tipo.  A ella sin duda le gustaba, pero me dijo que no estaba enamorada, y el tipo sí de ella, lo que era algo incómodo.  Un día de estos me aburro de él y termina todo.  Mientras tanto, me dijo muy seria mirándome a los ojos y sonriendo, están buenas las cogidas.  Me hizo sentir como el amigo gay del que se espera que celebre con chillidos cada gracia de las mujeres bonitas.  Por supuesto que no le celebré nada.</p>
<p>Fue la única vez que me habló de esa manera.  La mayoría de veces la plática con ella era interesante.  Había leído el Quijote entero.  Había leído a Borges y lo entendía.  Dos hazañas que es raro ver en cualquier persona.  Pero la Ceci no era cualquiera, como ya les conté.  Le gustaba el bossa nova y le encantaba la música de piano.  Ella siempre tenía sonando algún mp3 raro, pero bueno.  Nunca repetía música.</p>
<p>El día anterior a la entrega de su informe, no llegó el tipo del volvo nuevo.  Ella estaba seria.  Me quedé con ella en el salón de reuniones preparando la presentación del día siguiente, y al finalizar el trabajo, como a las diez de la noche, me dijo que me invitaba a un trago, que me lo debía de la vez anterior.  Fuimos a un bar cercano al edificio en donde trabajo y bromeamos muy a gusto.  No sé si fue que esa vez ella andaba con las defensas bajas o estaba ovulando o qué se yo, pero terminamos en un motel.  Esa mujer sabía trucos señores, vaya si no.  Yo sólo tuve que seguir la corriente.  Nunca había tenido a una mujer así.  Eso sí, una vez terminado el trabajo, cada quien a su casa.  Nada de que me mandás un mensajito para ver si llegaste bien.</p>
<p>Al día siguiente, como era de esperarse, se presentó impecable y profesional.  La felicitaron por la presentación, y a su firma de auditores la contrataron por dos años más.  Intenté abordarla al final de la reunión, pero sólo se limitó a sonreír cortésmente y a despedirse.  La busqué en Google y en el Facebook, pero no estaba.  Lo que encontré, después de un tiempo de andar buscando, fue su perfil en LinkedIn.  Creé mi perfil en esa cosa y le mandé una solicitud para ser contacto de ella, pero nunca respondió.  </p>
<p>Ya hace algún tiempo de todo aquello.  Recién me enteré de que en estos días comenzará la auditoría de este año.  Pregunté si ella vendría a hacer la auditoría, pero el que está a cargo es un tal licenciado Ponce.  Lo más probable es que ella haya ascendido o esté en otra empresa más grande.  Que se junte siempre con tipos de volvos nuevos y que se acueste a veces, como por despecho o aburrimiento, con otros perdedores como yo, en otra parte, en otro lugar, en otra dimensión.</p>
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		<title>A final de mes</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Feb 2010 13:32:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes. No puede creer que hayan tantos descuentos. Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores. Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de la tarjeta de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes.  No puede creer que hayan tantos descuentos.  Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores.  Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de la tarjeta de crédito y hace cuentas en una hoja de excel.  Ingresa datos, hace sumas totales y mira la triste realidad: otro mes que pagará el mínimo en la tarjeta de crédito.  Una creciente desesperación lo envuelve y somata su escritorio con un puño.<span id="more-859"></span></p>
<p>¡Pero si este mes no gasté nada!, piensa.  ¡Hice economías por todos lados, no salí en la noche, no comí nada afuera, no fui al cine con mi mujer, no saqué a los niños a pasear!  ¡No es posible!  Víctor hace de nuevo las sumas de su excel, pero los números siguen fríos y ajenos a sus penas. Se han acumulado dos mil quetzales sólo de intereses.  Empieza a rememorar cómo fue que acumuló toda esa deuda.  Todo empezó con las vacaciones en el puerto cuando terminó el año escolar.</p>
<p>Durante todo el año escolar Víctor se la pasó ofreciéndoles a los niños unas vacaciones en el mar si ganaban todas sus clases.  Llegó el final de año, los niños sacaron muy buenas calificaciones y él quedaría como un mentiroso si no cumplía.  Entonces utilizó la tarjeta de crédito y empezó el martirio.  Las vacaciones fueron geniales, el mar, las piscinas, los juegos.  Unas tardes soleadas y la brisa del viento al anochecer eran recuerdos que quedarían para siempre en las mentes de los niños.  Pero había que pagarlas, la buena vida también tiene un costo.</p>
<p>La tarjeta de crédito fue el espejismo que hizo posible lo que hubiera quedado en sueños.  Víctor piensa que debió haber hablado con sus hijos, quizás comprenderían que era mejor no ir para no caer en deudas.  Pero recuerda también cómo muchas veces de niño él se quedó sin vacaciones, sin bicicleta y sin el carrito a contro remoto que tanto le pidió a papá.  Por eso no quiso negarle el gusto a sus hijos.  Si como decía el pastor de la iglesia los domingos, que la verdadera cuenta está en el cielo, con ese viajecito la cuenta del cielo debería estar alta.</p>
<p>El jefe de Víctor se acerca al escritorio y le pide que se calme, que no quiere volver a escuchar que somate su escritorio de nuevo.  Que se puede ir a su casa a somatar lo que quiera, si quiere, pero aquí está en el trabajo.  Le deja un leitz con documentos para procesar, deben estar ingresados al sistema antes de la hora de salida.  Mejor que se vaya apurando y dejando sus problemas para más tarde.  Víctor resopla malhumorado, y pide disculpas entre dientes.  Toma el leitz y revisa los documentos.  Facturas, recibos, detalles de cobro, a quién le interesan.  Vuelve a su hoja de Excel.</p>
<p>Hace una proyección de varios meses, suma intereses y moras y descubre que no podrá pagar si no obtiene ingresos extras.  Piensa en que mejor ya no gastará nada en la tienda de la empresa.  Intenta conservar la calma.  Recibe una llamada de su mujer recordándole el libro de la nena, que debe entregar tareas en el colegio y todavía no lo tiene.  Víctor responde de mal humor y al despedirse no dice el <em>yo también</em> con que siempre se despide de su esposa.  Al colgar se lleva las manos a la cara y no se explica en qué estaba pensando cuando puso a sus hijos en colegios tan caros.</p>
<p>Deberá aceptar el empleo como catedrático de computación por las noches y las clases de contabilidad los fines de semana.  No pagan mucho, pero no hay otra forma.  O tal vez entrarle al negocio de Amway, pero, ¿a quién le va a vender?  Nadie que él conociera compraba ese tipo de cosas.  Además se trataba de vender membresías en lugar de producto.  Comprar aquel kit fue un error. Pero es que se miraban tan contentos los presentadores en las reuniones, todo parecía tan real.</p>
<p>Con los ingresos extras por las clases, Víctor rehace su excel.  Ahora parece que sí logrará pagar sus deudas.  Recuerda que también le debe a su hermano, a su mamá y a una prima.  ¿Por qué es tan difícil tratar de vivir más o menos bien?  Cierra los ojos y piensa en la pequeña Dani, y sonríe.  Todo por ella, no hay que darse por vencido.  Hay que pensar positivo.</p>
<p>Llama a su primo, el que le ofreció el empleo por las noches.  Acuerdan empezar la próxima semana.  Luego llama al colegio en donde trabajó el año pasado de interino dando clases de contabilidad los fines de semana, y pregunta si sigue existiendo la oportunidad.  No, ya no hay oportunidad, pero tal vez exista la posibilidad de una cátedra de historia y literatura o de estadística, llame la próxima semana.</p>
<p>Como no puede resolver nada más, toma el leitz, hace una oración y empieza su trabajo.  Las teclas de la computadora vuelan, mientras sus pensamientos están con la Dani.  A cada tanto mira la foto de su familia en su escritorio.  Todo por ellos.  Finaliza su día de trabajo con mejor humor.  Aunque cansado, ya no siente la angustia de la mañana, cuando hacía cuentas.</p>
<p>En el camino de regreso a casa recibe una llamada del banco, el operador le ofrece una nueva tarjeta de crédito.  Duda un momento, pero acepta dar sus datos y piensa en que con dos tarjetas quizá pueda hacer malabares para pagar menos intereses.  Al entrar a casa la Dani lo recibe con un gran abrazo y con un beso, y con la noticia de que el dvd de la película de Alvin y las ardillas se arruinó.  Durante la cena Víctor mira a sus hijos y a su mujer, y piensa en que si llegara a fallarles no se lo podría perdonar.  De nuevo le entra la angustia poco a poco y se vuelve a poner de mal humor.  Ya no pronuncia palabra en lo que resta de la cena.</p>
<p>Al terminar de comer, en silencio, se sienta en el sofá de la sala a ver la tele.  La Dani se acerca y se sienta en sus piernas.  Mientras Víctor ve las noticias y piensa en todo el trabajo duro que tendrá que hacer durante el año, la Dani se queda dormida.  Cinco minutos después, él también.</p>
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		<title>La cita</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 12:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Gloria está enamorada. Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella y en buena posición económica. Un buen partido. No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica. El marido de Gloria no sabe nada. Ella todas las tardes se conecta por horas al chat [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Gloria está enamorada.  Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella  y en buena posición económica.  Un buen partido.  No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica.  El marido de Gloria no sabe nada.  Ella todas las tardes se conecta por horas al chat para hablar con Gilberto.  Aún no se conocen en persona, a pesar de la insistencia de él.  Pero todo le dice a Gloria que él es el indicado para vivir ese sueño romántico que con su marido no tiene ni tendrá.<span id="more-522"></span></p>
<p>Gloria lleva 10 años de matrimonio con Juan José, con quien se casó para no estar sola.  Ella tenía 27 cuando lo conoció y pensó que ya no vendría nadie más.  Juan José era amable, caballero, con un buen empleo.  No la hacía suspirar ni soñar, pero parecía buen hombre.  Aceptó la propuesta de matrimonio sin demasiado entusiasmo.  Quizás con el tiempo aparecería el amor, pensó al principio.  Nunca se asomó el amor.  De tenerse un cariño amistoso no han pasado.</p>
<p>No tuvieron hijos porque ella es estéril.  Si tan sólo hubieran podido tener uno, pensaba muchas veces, sus noches no serían tan largas y sus desvelos tendrían motivo real.  Por esta y por otras razones, el mismo Juan José se había alejado de ella y dormían en cuartos separados.  Gloria le descubrió una amante, pero en lugar de molestarse se alegró por él, aunque lo envidió un poco.  Muchas veces sin motivo aparente, ella lloraba en la cocina o en la sala, mientras escuchaba música romántica.</p>
<p>Gloria lleva un año sin tener trabajo.  Ha enviado su hoja de vida a muchas empresas, pero no ha salido ningún empleo real.  Cuando se quedó sin empleo, se convirtió en una vagabunda de internet, saltando de enlace en enlace, aburriéndose cada vez más.  No había usado mucho el chat hasta ahora, y si no fuera por su sobrina que se fue becada a México, no habría abierto su perfil de facebook y no hubiera puesto su foto y no hubiera conocido a Gilberto.</p>
<p>Todavía recuerda cuando una tarde, como a las tres, miró una solicitud de amistad de un tal Gilberto, vio su foto, le pareció simpático y aceptó la solicitud.  Gilberto siempre dejaba enlaces con videos musicales que a ella le gustaban y empezó a comentar en su perfil.  Gilberto después le pidió su dirección de messenger y ahí empezó todo.  Gloria sonríe al recordarlo.</p>
<p>Gilberto está separado de su mujer.  Ha viajado y conocido gente, y le dice a ella que siente que ella es especial y diferente, que le gustaría conocerla.  Llevan así tres meses, pero ella no quiere arriesgarse todavía.  Además del chat, él la llama por teléfono, le pregunta cómo está, cómo le fue en la última entrevista de trabajo, cómo siguió de su catarro.  La anima, le desea suerte, la hace sentirse importante y querida.</p>
<p>Gloria en realidad no tiene demasiada necesidad de trabajar.  De su padre heredó una buena cantidad de dinero que genera todos los meses una buena cantidad en intereses.  Pero estar desocupada no le gusta.  Nunca le interesó el arte o la ciencia, nunca tuvo un grupo de amigas con quienes practicar el chisme.  Toda la gente en realidad terminaba por aburrirla.  Intentó ir con un sicólogo, pero éste quiso seducirla.</p>
<p>Gilberto, por otra parte, ha tenido las palabras precisas y la actitud necesaria.  Ella se siente enamorada, siente que por fin experimentará qué es el amor verdadero.  Aún no se ha atrevido a conocerlo, pero siente que ya es tiempo.  Todavía tiene un buen cuerpo y la elegancia que le dejaron las clases de ballet en la niñez y adolescencia.  Quizá Gilberto es el último tren en camino a la felicidad.</p>
<p>Una tarde aparece Gilberto en el chat y le dice que hoy es el día.  Deben conocerse.  Le dice que si no es así, que mejor se olviden uno del otro, que no vale la pena seguir así, sin conocerse, sin verse cara a cara.  La cita en un centro comercial, a las cinco en punto.  Es ahora o nunca, si hay algo real entre los dos, hoy se sabrá, mañana será demasiado tarde.  Debe ser hoy.</p>
<p>Ante el ultimátum de Gilberto, Gloria no tiene más remedio que asistir a la cita.  La conversación la emocionó, hasta la hizo sonreír.  Por momentos su corazón se aceleró y sintió otra vez la alegría adolescente del enamoramiento.  Se pone bonita y ensaya su mejor sonrisa al espejo.  Conocerá a su enamorado del chat, habrán chispas de amor por todos lados y se sentirá caminando en las nubes.</p>
<p>Ella llega puntual a la cita.  Gilberto no ha llegado.  No le gusta eso, ella será la que espera.  ¿Y si la deja plantada?  Será la ridícula enamorada del tipo del chat.  Qué patético.  Pero bueno, aún no ha pasado mucho tiempo, no hay que pensar en fatalidades que no han pasado.  Mejor respirar profundo y esperar un tiempo prudencial, no hay que ser tan exigentes.</p>
<p>Quince minutos después de la hora pactada aparece por fin Gilberto.  Viste un elegante traje y unas relucientes mocasinas.  No se mira mal.  Al saludarlo ella no atina a decir palabra y Gilberto sonríe.  Un torpe beso en la mejilla empieza la cita de la tarde.  El se disculpa, tuvo que hacer un trámite de trabajo a última hora y por eso no estuvo puntual.  Ella se lo perdona y ya con más confianza le toma el brazo y caminan juntos a la cafetería del comercial.</p>
<p>Durante la plática, al calor de un café expreso, Gloria nota que Gilberto tiene un tic en la ceja izquierda.  Esta se levanta cada dos o tres minutos, a veces con un espasmo repetitivo que dura unos cuantos segundos.  Gilberto es muy amable con ella, pero trata mal al mesero, con cierto desprecio propio de la clase social alta, prepotente e inculta.  Ella empieza a sentirse incómoda.</p>
<p>El le dice que recién viene de tratar con un cliente que invertirá 200.000 dólares en un proyecto inmobiliario nuevo, del que está a cargo.  En su empresa aceptan inversiones de 100.000 dólares para arriba, pero si ella está interesada, por la amistad y confianza que le tiene, podría ver si se puede entrar con menos.  Es una buena oportunidad, el proyecto es magnífico, y seguro generará buenas ganancias a los inversores.  Es de aprovechar.</p>
<p>A Gloria le parece vulgar la manera en que Gilberto habla de negocios y de dinero.  Recuerda ahora que le mencionó la herencia de sus padres y que él nunca había hablado de dinero en sus conversaciones de chat y celular.  El tic en la ceja izquierda la empieza a desesperar.  Toda la ilusión de conocer a alguien genial se desvanece y ella comienza a buscar alguna excusa para irse temprano.  Gilberto después de un tiempo de plática se levanta para ir al baño y Gloria aprovecha para pagar la cuenta e irse.</p>
<p>En el camino de regreso a casa Gloria se pregunta cómo puede haber caído de tonta, cómo pudo haber contado toda su vida a un extraño y creerse enamorada.  Recuerda las frases cariñosas, las palabras de aliento, los chistes y ocurrencias.  Todo parecía tan real.  ¿Y si el tipo realmente tenía esas inversiones? Pero ese tic, ese molesto tic de la ceja izquierda, y esa rudeza con el mesero.  Ese tic que no se le olvida.  Es como si el tipo del chat fuera diferente al de la cita.  A mitad del camino a casa Gloria comienza a llorar mientras en la calle llueve en pleno noviembre.  Al llegar a casa, busca la botella de vino y bebe un vaso tras otro hasta acabársela.</p>
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