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Habitantes de la Tierra
Hace algún tiempo José era un hermoso niño de cinco vivarachos años. Una noche antes de dormir, su papá se sienta en la cama de él a platicar. José no parecía tener sueño. De repente, le pregunta a su papá: “papa, ¿cuántos habitantes tiene la Tierra?”. Papá se sorprende de la pregunta, y como no sabía el dato, le contesta que no sabe.
Después de dejarlo dormido, papá le comenta a mamá la curiosa pregunta del patojo. Papá pensaba que para un chirís que apenas cuenta hasta diez, el dato no iba a tener sentido. Mamá se la toma en serio, y recomienda a papá buscar la respuesta para satisfacer la curiosidad del niño. En ese entonces la cosa no estaba tan fácil como ahora que sólo tenés que ir a Google.
A los dos días, papá trajo la respuesta: 3,000 millones de habitantes.
José Joaquín escuchó sin inmutarse y respondió serio:
—Esos son los vivos, ¿y los muertos?
[Para los que vienen de Google: la Tierra tiene 6,500 millones de habitantes. Mas información aquí.]
Si me muero, ¿vos llorás?
Esa frase se la he repetido desde siempre a mi mamá. Ella, según su estado de ánimo, puede contestar con frases como “por supuesto mijo”, “poquito nomás” (leve carcajada incluida), “tal vez”, “a lo mejor”. A algunos amigos les digo cuando estoy enfermo (como ahora que tengo laringitis) que me voy a morir y que los invito a mi entierro, porque mientras más gente llegue —les digo—, será más alegre. Algunos me dicen que van si va a haber cafecito y si me muero viernes o sábado, a lo que contesto que con mucho gusto.
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De por qué estoy aquí
Me la paso bien leyendo los comentarios que pone la gente aquí, aún los que se burlan con mala leche. Supongo que no he dejado de ser el patojo de cuatro años que se ponía a hablar una extraña gerigonza delante de los adultos en las reuniones, diciendo que hablaba inglés (más de alguna doña se la creía). Desde el principio le puse una meta de permanencia a este sitio, que está medida en años y que no voy a revelar hoy.
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Lluvia
Cuando era niño y era invierno y llovía casi todas las tardes, así como sucede ahora que estamos en julio de 2005, me sentaba en el bumper trasero de un gris escarabajo Volkswagen (que pasó largas temporadas estacionado en el garage de mi casa) a ver llover. Había algo hipnótico en aquellos aguaceros vespertinos. Al finalizar la función, quedaba tan fresco y renovado como queda el ambiente después de la lluvia, y ya podía sacar mi pelota plástica y decirle a mi hermano que se apurara a salir.
Comunicado importante
Estoy transmitiendo en directo desde un cibercafé, haciendo tiempo para que se aparezca una burócrata y arreglar algún pequeño clavo por ahí. Y como ví que todavía no hay comentarios al post anterior (a pesar de que tiene una creatividad increíble y por momentos casi alcanza un éxtasis orgásmico) he decidido echar a andar el plan que tenía hace algún tiempo: contratar a tres comentaristas profesionales para que alaben los posts y yo sienta que soy leído y hasta aclamado. Les he escrito justo antes de escribir este post, confirmándoles la contratación y explicándoles qué es lo que espero de ellos.
Las circunstancias me han obligado, un blog sin comentarios corre el peligro de ser ignorado, o peor aún, tomado en serio. Los demás pueden pensar que hasta soy inteligente.
Por ello anuncio la contratación de Jorge, Luis y Borges. Tres comentaristas profesionales que se encargarán de hacer que esta página parezca dinámica y creativa.
El ejercicio y yo
A finales del año pasado, compré una versión barata del Orbitrek. Es una especie de bicicleta estacionaria, con la diferencia de que el pedaleo se hace de pie y es de forma elíptica, no circular. Lo compré porque no soy amigo de salir a correr por las mañanas y con este artefacto puedo hacer ejercicio cardiovascular sin salir de casa. Llevo ya tres semanas continuas de ejercicio y estoy contento, tanto como lo pueda estar el hamster que corre incansable en su rueda estacionaria.
Ilusión óptica
El sábado mi tío Arnoldo celebró junto a su esposa sus primeros 50 años de casados. La recepción fue en el Centro Español, lugar donde yo aprendí a nadar y mi hermano aprendió a tiritar sentado a la orilla de la piscina con los pies dentro del agua. El salón en donde fue la fiesta tiene ventanales con vista a la piscina; desde allí la observamos con mi hermano y coincidimos en que se había reducido de tamaño.
Sin embargo, ambos sabíamos que sigue teniendo las mismas medidas que tenía a mediados de los 80.
Otro más
Mañana nuevamente, después de un año, tendré el primero de 364 días de no cumpleaños. A veces es peor, y entonces son 365, como sucedió en el período 2003-2004.
Recuerdos de infancia
Ayer por la tarde pasé por la Plaza Central de la ciudad de Guatemala. Me dirigía de la séptima avenida hacia mi oficina —ubicada en la cuarta avenida—, después de hacer una diligencia de trabajo. A la par de la fuente estaba un grupo de limpiabotas adolescentes echándose una chamusca (partido informal de fútbol). De repente, a consecuencia de un disparo desviado, la pelota vino hacia mí acompañada del grito de costumbre: ¡bola porfa! La recibí, la levanté con el pie derecho, hice dos toques sin dejarla caer y le pegué hacia donde estaban los limpiabotas, como en mis mejores tiempos. Y cuando di aquella patada, retrocedí 18 años, a octubre de 1986.
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De apellidos
Llamo a una empresa cliente, y me contesta la secretaria. Aquí le habla José, le digo. Ella no me reconoce, y aprovecho para joder un poco: sí, José de Arimatea. Y ella empieza a buscar ese apellido en su base de datos mental: Arimatea, Arimatea, Arimatea… hasta que yo la interrumpo diciéndole quién soy.
Me quedé con la duda, tal vez sí existe ese apellido.
