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	<title>Anecdotario.net &#187; Sociedad</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>El servicio</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 14:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia]]></category>

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		<description><![CDATA[Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche del pastor, se integró al grupo. Habría un evento especial el sábado. El pastor dijo que los ingresos de la iglesia habían bajado y que era necesario hacer algo especial para llamar la atención, el nuevo templo lo requería. Cuando Alfonso se enteró de qué iba la cosa, se rió nerviosamente, pero después de ver la mirada seria del pastor, sintió una mezcla de temor y aberración.<span id="more-1206"></span></p>
<p>Alfonso era un hombre en sus cuarentas que había asistido a la iglesia durante los últimos cinco años. El pastor era un tipo agradable y carismático, y había hecho que gente rica donara mucho dinero. Lo que había atraído mucha gente eran las jornadas de sanación, en la cual gente que llegaba en silla de ruedas de repente echaba a correr. Habían cánceres y tumores desaparecidos, ciegos que volvían a ver. La mayoría de sanados eran gente que venía de otros pueblos. Se les instruía y pagaba para que dijeran una historia atractiva, algunas veces debían llorar, otras desmayarse y sobre todo dar gracias a Dios y al pastor. Nunca hubo un inválido, canceroso o ciego real.</p>
<p>Al principio a Alfonso le chocó la idea de las sanaciones. Pero al llegar a la iglesia ya tenía dos años desempleado, y pensó que el dinero que le ofrecía el pastor no era despreciable. Le pagaban bien por aprenderse de memoria  textos de la biblia, contratar a los que serían sanados y organizar algunos servicios a la semana. A veces iba a otros poblados a predicar, y las ofrendas no eran despreciables. Cuando miraba cosas que no parecían muy honradas dentro de la iglesia, pensaba que al fin y al cabo la gente necesita de la religión para creer en algo. El milagro era hacer que la gente se sintiera bien y que tuviera en qué ocuparse los fines de semana.</p>
<p>El pastor había citado a Alfonso y a los pastores auxiliares para un ensayo el jueves por la noche. El sábado iban a hacer un servicio especial y debían hablar y pulir detalles. Los ingresos de la iglesia debían subir un poco para el nuevo templo. Cuando Alfonso llegó al ensayo ya habían hecho la oración del inicio y el pastor se disponía a contarles el plan. Después de escuchar la explicación del pastor, algunos se miraron extrañados. No iba a ser como las otras veces, gente que camina, ciegos que ven. Iba a ser muy extraño.</p>
<p>En la primera parte del servicio el pastor pondría una biblia al centro del altar principal. La biblia iba a ser como una muralla: nadie podría pasar a través de ella, por la fuerza de Dios. Es decir, si Dios no quería, nadie podría pasar de la línea en donde estaba la biblia. Luego de explicar a los asistentes al servicio, el pastor invitaría uno a uno a los pastores auxiliares y a otros miembros de la iglesia a intentar cruzar la línea de la biblia. Nadie podría cruzarla.  Cada uno haría como que quería cruzar, pero unos antes y otros después, iban a caer antes de llegar a la línea imaginaria delimitada por la biblia. Al caer, debían fingir algo parecido a un ataque epiléptico. Los pastores se miraron extrañados, pero nadie dijo nada. Lo que vino después fue lo que le hizo pensar a Alfonso que el pastor se había vuelto loco.</p>
<p>Luego de que cayeran, algunos llevarían alkaseltzer en las manos y se lo llevarían a la boca, para fingir que les salía espuma por la boca. Debían gritar como si fueran endemoniados. Otros debían desnudarse totalmente. El pastor se había encargado de contratar a una mujer para que se desnudara y se dejara tocar por los pastores. Luego el encargado del sonido haría sonar por las bocinas un trueno a todo volumen. Cuando el pastor gritara ¡yo te rechazo Satanás!, los pastores debían reaccionar y hacerse los sorprendidos y avergonzados, y recogerían su ropa e irían hacia atrás del altar, para vestirse. Luego regresarían a dar testimonio.</p>
<p>Los pastores auxiliares no podían creerlo. Era demasiado. Hubo murmullos. Uno de ellos dijo que no lo haría, y que se iba en ese momento de la iglesia. Lo siguieron la mayoría, incluido Alfonso. Se quedaron cuatro de los pastores. Afuera de la iglesia, discutieron y compartieron indignación. Alfonso los vio irse uno por uno, pero no se movió. Pensó en lo que les dijo el pastor: si no estaban con él estaban en contra. ¿A dónde iba ir Alfonso si dejaba su única fuente de ingresos? ¿Cómo iba a alimentar a su familia?</p>
<p>Decidió regresar. El pastor lo recibió con un abrazo. Le explicó que quería ponerlos a prueba, a ver si hacían todo por él, si dejaban todo, incluso su pudor por él. Le agradeció el regreso. El ensayo se llevó a cabo y fue de las cosas más extrañas en las que Alfonso había tomado parte en su vida.</p>
<p>Cuando llegó la noche del sábado Alfonso estaba muy nervioso. El viernes había mandado a su familia a otro pueblo, él mismo se encargó de irlos a dejar personalmente. Hacía calor y la iglesia estaba llena. Alfonso, previendo lo peor, le había pedido adelantado su sueldo al pastor la misma noche del jueves. Se reprochaba el haber aceptado aquella aberración. Oró, llorando, oculto en el baño de la iglesia, para que sucediera algo y no se realizara el servicio. </p>
<p>Cuando ya se acercaba la hora, asomaron, temerosos, los otros pastores que habían aceptado participar. Llegó casi al mismo tiempo la mujer contratada para desnudarse. Sin embargo, el pastor no aparecía. Quizá Dios lo había escuchado, pensó Alfonso. No podía llevarse a cabo algo tan denigrante. </p>
<p>Se llegó la hora del servicio, pero el pastor no aparecía. Se decidió que Alfonso comenzara el servicio, en espera de que llegara el pastor. Fue como siempre, algunas sanaciones, alabanza y sermón. Esa noche Alfonso explicó que tenían necesidad de una ofrenda extraordinaria para la construcción del nuevo templo. Se recaudó mucho más de lo esperado. El pastor nunca apareció.</p>
<p>Al día siguiente se supo por el noticiero que el pastor había muerto en un allanamiento de la policía en un pueblo cercano. El sábado al mediodía había una fiesta en la casa de un contrabandista muy buscado. Se le acusaba de lavar dinero, de extorsiones y de contrabando de mercadería robada. Y por supuesto, como a casi todo el mundo que hace dinero de la noche a la mañana, se le acusaba de narcotráfico. El pastor había sido la única persona muerta. Al escuchar a la policía entrar a la casa, se puso nervioso y salió corriendo directamente hacia los policías, y éstos, interpretando que los iba a agredir, dispararon. La noticia consternó a la iglesia y los funerales fueron concurridos.</p>
<p>Dos semanas después, la asamblea de la iglesia decidió que el pastor Alfonso debía quedarse a cargo. </p>
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		<title>El mitin</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jun 2011 15:10:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[candidatos]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Temprano en la mañana un grupo de hombres monta la tarima donde será el mitin de la tarde. A media mañana llegan los del sonido con su equipo, su bocinas y micrófonos. Llegará al pueblo uno de los candidatos a la presidencia. Antes de él, estará una guapa cantante grupera, que se encargará de levantar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Temprano en la mañana un grupo de hombres monta la tarima donde será el mitin de la tarde. A media mañana llegan los del sonido con su equipo, su bocinas y micrófonos. Llegará al pueblo uno de los candidatos a la presidencia. Antes de él, estará una guapa cantante grupera, que se encargará de levantar el ambiente para que el candidato agarre al pueblo ya animado. En el camino hacia el pueblo, en la camioneta que traslada al candidato, está el asesor de marketing, puntualizando algunas cosas que debe decir el candidato en el mitin. El candidato lo escucha como si fuera un predicador, el mago que le ayudará a llegar al poder. Pero en el pueblo lo espera un grupo de vecinos que subversivamente tomará el micrófono.<span id="more-1161"></span></p>
<p>El asesor de marketing diagnosticó que el pueblo es de clase baja, así que el candidato no debe usar pantalón de tela ni corbata. Llevará un chaleco que a su vez es antibalas. Usará camisa de manga larga arremangada, que indica que es un hombre trabajador. Al subir a la tarima uno de los locales, miembro del partido, le alcanzará un sombrero fabricado en el pueblo. El candidato a alcalde del pueblo y el candidato a diputado hablarán antes que él. En ningún caso hablará más de quince minutos. Una de las asociaciones del pueblo le entregará un reconocimiento.</p>
<p>El candidato repasa mentalmente el nombre del pueblo y de los pueblos de alrededor. Cuando hable de sus promesas para el pueblo debe enseñar las palmas, lo que indica honestidad. Las veces que diga que va a ganar las elecciones debe levantar la mano derecha empuñada. Debe tener cuidado con la modulación de la voz, debe casi gritar cuando diga que combatirá la violencia, pero debe bajar un poco la voz cuando hable de los ciudadanos honrados del pueblo, con los que cuenta para la elección.</p>
<p>El candidato llega a media tarde al pueblo. La cantante grupera ya hizo su intervención, y ahora está hablando el candidato a diputado. Al bajarse de la camioneta, lo reciben unos niños a quienes acaricia la cabeza. Un par de ancianas se acerca a abrazarlo. A los hombres les estrecha la mano derecha y con la izquierda los toma del antebrazo. Un par de señoras con niños de brazos se acercan para que el candidato los abrace. El fotógrafo oficial del partido toma las fotos pertinentes. Un camarógrafo toma video de toda la situación. Es el mismo rito en todos los pueblos que visita el candidato.</p>
<p>El grupo de vecinos que tomará el micrófono de forma simbólica, boicoteando el mitin, está atento a todos los movimientos. Sus miembros están repartidos por la calle, se comunican por celular. En menos de un minuto los quince miembros del grupo están enterados de la ubicación exacta del candidato. El plan comienza. El grupo lo ha planeado todo durante un mes. El acto que piensan hacer será simbólico, tal vez inútil, piensan algunos. Pero hay que hacerlo.</p>
<p>Mientras tanto el candidato llega hasta la tarima. Recibido con aplausos, el candidato comienza a dar su discurso. Promete que todo se va a solucionar, que él logrará con su equipo sacar adelante a nuestro maltrecho país. Sabe que si no promete grandes cosas, nadie votará por él. Sigue todos los consejos del asesor de marketing, se muestra enérgico cuando se necesita y afable cuando el discurso lo requiere. Los del grupo de vecinos se han hecho con la plaqueta de reconocimiento que le iban a entregar al candidato, y uno de ellos tomará el lugar de la persona que iba a entregarla.</p>
<p>El candidato termina su discurso en medio de aplausos. El maestro de ceremonias anuncia entonces que el candidato recibirá un reconocimiento de parte de la Asociación de Amigos del Pueblo. Pide que pase la persona encargada. Entonces suben cinco de los del grupo de vecinos. Los del partido y el candidato no saben que no son los de la Asociación de Amigos del Pueblo. Los pocos miembros verdaderos de esa asociación, armada sólo para el mitin, están borrachos en la cantina de uno de los del grupo de vecinos. Sólo un par de personas se dan cuenta del cambio, pero como no les interesa demasiado, esperan a ver qué pasa.</p>
<p>El vecino toma el micrófono.</p>
<p><em>Estimados vecinos. He venido aquí en representación de un grupo de vecinos indignados. Todos sabemos que el gobierno ha tenido abandonado a este pueblo, y que cada vez que hay elecciones todos los candidatos vienen a ofrecer de todo y después se olvidan de nosotros. Todos sabemos que los gastos de este mitin los financia…</em></p>
<p>El audio del micrófono que utilizaba el vecino fue cortado. Los encargados de la seguridad del candidato intentan bajar a los vecinos de la tarima. Otro de los vecinos entrega un megáfono al vecino para continuar el discurso. El candidato, abochornado, baja de la tarima y se enfila a su vehículo, a paso rápido.</p>
<p>El vecino de la voz cantante toma el megáfono y continúa su discurso.</p>
<p><em>Los gastos de este mitin los financia B, el dueño de las bodegas donde se almacena contrabando de todo tipo. Financia también los gastos de los mitines de todos los demás partidos. Ante los miembros de la dirigencia de los partidos es un empresario exitoso que apoya la campaña. </em></p>
<p>Los encargados del sonido del mitín elevan el volumen de la música, pero otro de los vecinos corta los cables de energía eléctrica con su machete.</p>
<p>El discurso del vecino continúa.</p>
<p><em>Ningún candidato va a trabajar por el pueblo. Todos nos van a pisar. Nos mataron al candidato del grupo de vecinos, ustedes se enteraron. Pero estimados vecinos, esto no puede seguir así. No es posible que vayamos a votar cada cuatro años por candidatos que no se interesan más que en el pisto. No podemos tomar el poder, pero por lo menos protestemos, indignémonos. Mandémolos a la mierda aunque sea de palabra. Que sepan que los detestamos, que no los queremos. En la boleta de las elecciones todos van a escribir el nombre de A, nuestro candidato asesinado. El que no sepa leer, que venga con nosotros y le enseñamos cómo poner el nombre. Nos quitaron la opción de elegir, pero a ellos no los queremos.</em></p>
<p>El vecino baja de la tarima en silencio. Todo el pueblo está callado. Sólo se escucha al fondo el ladrido de un perro y el vehículo del candidato que va camino hacia el siguiente pueblo. Unos pocos aplausos tímidos siguen al retiro de los del grupo de vecinos, pero pronto todos los presentes aplauden al unísono. Por la noche, un carro pasa enfrente de la casa del vecino que dio el discurso. De una de las ventanillas sale una mano empuñando un revólver. Dispara tres balazos en la puerta de la casa del vecino. El grupo de vecinos está en otro lugar, planeando las acciones para el mitin del siguiente candidato que llegue al pueblo.</p>
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		<title>La entrevista</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jun 2011 15:30:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Empleo]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo]]></category>
		<category><![CDATA[desempleo]]></category>

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		<description><![CDATA[Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la revisión. En ocasiones lo llaman para hacer una segunda prueba. Quedan de llamarlo, pero igual, no llaman. Un día lee un anuncio y decide llamar. Lo atiende la señorita Lupita, y lo cita para una entrevista por la tarde. <span id="more-1145"></span></p>
<p>El anuncio dice que el trabajo es de media jornada y que es de trabajos de oficina. No piden más que sexto primaria, lo que a Juventino le va bien porque no terminó el bachillerato. El anuncio ya lo había visto en otras ocasiones, pero siempre le pareció que no era algo real, que debía haber trampa. Pero como nadie lo ha llamado para contratarlo, pues no tiene nada que perder, piensa, mientras se arregla para la entrevista. </p>
<p>Cuando no está buscando empleo, Juventino se las arregla como puede. Compra dulces en el supermercado y se sube a los buses a venderlos. Le hace mandados a sus familiares. Hace limpieza en la iglesia a donde va los domingos. Con esos y otros mil oficios consigue pagarse la comida y la habitación en donde vive. Muchas veces come en los comedores públicos porque la plata no le rinde.</p>
<p>Juventino vino de Patulul, su pueblo natal, a la capital al nomás cumplir los 18 años. Pensó que lograría dinero y fortuna. Siempre ha trabajado duro, pero aún así, apenas logra sustentarse. A los 23 años se puso a vivir con una muchacha que trabajaba en una maquila. Fue feliz. Pero a los dos años ella desapareció de un día para otro. La buscó por todos lados, y al fin, después de un mes de búsqueda, la halló en una morgue. Había sido violada y asesinada. Estaba embarazada. Fue un gran golpe para Juventino, que se deprimió y por algún tiempo se dio a la bebida. Unas compañeras de su mujer le contaron, tiempo después, que en el trabajo ella tenía un amante que había sido sicario. Juventino prefirió no creerles. Después de reponerse del golpe probó suerte con dos mujeres más, pero los celos no lo dejaban tranquilo y al poco tiempo de juntarse lo dejaron. </p>
<p>A pesar de su mala suerte, Juventino no dejó de ser un tipo agradable. Hacía de todo lo que le ofrecieran hacer desde albañilería y policía privada, hasta instalaciones eléctricas. Lo que le molestaba era estar siempre en la incertidumbre de no tener un empleo fijo, de tener un salario. Por eso irá a la entrevista con la señorita Lupita, que se escuchaba amable por el teléfono.</p>
<p>Al llegar al lugar indicado pregunta por la señorita Lupita. Una muchacha, que no es Lupita, pero que tampoco le dice su nombre, le pregunta si va a la entrevista y lo hace pasar. Es en el tercer nivel, le indica. Hace calor. En los descansos de las gradas hay mujeres sentadas en bancos de plástico. Le indican que debe seguir subiendo. Al llegar al tercer nivel un hombre gordo sudoroso, le indica que entre al salón. Juventino pregunta por Lupita, pero el hombre le dice que entre, que ahí será la entrevista, que no se preocupe por la señorita Lupita.</p>
<p>En el salón hay unas cincuenta personas sentadas. Un pizarrón verde muestra algunas anotaciones hechas con yeso blanco. Hace calor y se respira el vaho sudoroso de la gente, a pesar de los ventiladores que tienen funcionando. Juventino busca lugar y espera. Casi todos han llegado acompañados y aprovechan para platicar. Muchos se abanican con las hojas de la prensa. Casi toda la gente es de la clase de Juventino: sirvientas, conserjes, vendedoras de jugos, vendedores ambulantes. En las filas de adelante hay un tipo que mira extrañado a todo el mundo. Viste con un buen traje y parece universitario. Dos filas atrás de Juventino hay un par muchachas que tampoco se parecen a la gente que está en el salón. Delgadas, bien peinadas, con bonitos vestidos. Ellas también están desconcertadas, así como el tipo del traje.</p>
<p>Minutos después entra al salón un tipo joven que lleva un traje que le queda grande. </p>
<p>—¡Buenas tardes! —dice en voz alta.</p>
<p>La gente responde el saludo con un murmullo.</p>
<p>—¡No les escucho! ¡Dije buenas tardes! —dice el tipo alzando la voz.</p>
<p>—¡Buenas tardes! —responde al unísono toda la gente.</p>
<p>Juventino se da cuenta de que hay mucha gente que ya estuvo antes en esa entrevista. El tipo del traje grande dice que en la empresa todo mundo será bienvenido, no importa que no tengan dinero y no hayan estudiado. Porque las personas que tienen dinero y son muy estudiadas, dice el tipo del traje grande, son muy creídas y desprecian a todos los demás que no tienen dinero ni estudios. </p>
<p>—¿No es cierto que los ricos son creídos? —pregunta a la audiencia.</p>
<p>—¡Sí! —responde a coro la gente.</p>
<p>—Pero nosotros no somos creídos —dice el tipo—. En esta empresa todo mundo es bienvenido.</p>
<p>La gente que está en el salón aplaude. El tipo del traje grande sigue con su discurso alabando a la gente humilde y denostando a los ricos y a los estudiados. Dice que por eso es que no piden que se tenga estudios para lograr un puesto en la empresa, porque confían en la gente. La gente aplaude. Juventino también termina por aplaudir, emocionado.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que todavía no les va a indicar de qué se trata el trabajo, porque quiere conocerlos antes. Sin embargo, dice, les voy a adelantar algo. Escribe en el pizarrón lo siguiente, lo que se espera que las personas hagan:</p>
<p><em>Provocar el desplazamiento de 80 fragancias al mes.</em></p>
<p>Les indica que sólo eso les adelantará por el momento. Van a hacer una prueba, y van a quedar descartados los que saquen una nota menor a 60, pero también van a descartar a los que saquen más de 85, porque esos son los creídos. Y no queremos creídos en nuestra empresa, queremos gente normal, trabajadora, como ustedes. Mientras dice esto, mira de reojo al tipo del traje y a las muchachas bien vestidas. La gente aplaude. Juventino también.</p>
<p>—Los que no estén de acuerdo con esto, pueden salir en este momento —indica, haciendo una pausa.</p>
<p>Salen del salón el tipo del traje y las muchachas delgadas.</p>
<p>Al cerrar la puerta, el tipo de traje grande pregunta si hay alguien más que quiera irse. No hay nadie más. Le dice al grupo que seguro que esas personas que salieron eran creídas, y que a ese tipo de gente no las quiere la empresa. Les indica que deberán pasar una prueba de dos semanas, en las cuales se les dará una capacitación. Como es capacitación, el tiempo no será pagado. Esto no le convence a Juventino. La gente aplaude.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que ahora procederán a hacer la prueba. Sale del salón para ir por las pruebas. La gente murmura quejándose del calor y abanicándose con las manos o con el periódico. Unos dicen que esta vez esperan pasar la prueba. Entra el tipo del traje grande, cargado de cuadernillos de papel. La prueba consiste en una serie de preguntas de selección múltiple. Algunas sumas y restas, preguntas básicas sobre ciencias naturales o estudios sociales. Juventino sabe algunas respuestas, de lo que se acuerda de sus estudios de primaria. Los resultados estarán listos mañana por la mañana, los esperamos de nuevo aquí, dice el tipo del traje grande.</p>
<p>Juventino regresa al siguiente día. Obtuvo un 75, pasó la prueba, está feliz. Lo hacen pasar a un salón en donde están los que aprobaron. Ya no está el tipo del traje grande, ahora hay alguien que se presenta como instructor. El instructor les dice que les va a revelar qué harán para obtener el empleo. Les dice que recibirán capacitación sobre un gran producto, unos perfumes que la gente se muere por comprar. Sólo tienen que vender ochenta fragancias en un mes y el puesto es suyo. Deben hacer una inversión y comprar de su propia bolsa las fragancias. Una gran inversión, porque la gente se muere por comprarlas. Después de lograr las ventas que harán, podrán optar a un empleo de medio tiempo, así como ofrecía el anuncio, además de ganar dinero. Es una gran oportunidad. Juventino, entusiasmado, hace cálculos. Debe ahorrar para hacer la inversión y obtener el empleo, pero se decepciona, porque tardaría demasiado en obtener el dinero y no quiere prestarle a nadie. Respira profundo, otro empleo que no es para él. Mañana buscará de nuevo.</p>
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		<title>Gotas de chocolate</title>
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		<pubDate>Tue, 31 May 2011 14:14:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[escuela]]></category>
		<category><![CDATA[narcos]]></category>

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		<description><![CDATA[Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra a sus demás alumnos, que le dicen buenos días y la rodean, cada uno contando lo que hacen o hicieron. Laura, la más pequeña, está llorando. Juan, el más travieso, está subido en una silla queriendo alcanzar uno de los dibujos pegados a la pared. En un momento, todos los niños gritan. Marta los llama al silencio y les dice que hoy va a ser un día muy bonito, van a pintar, a cantar y a jugar. Todo parece normal, hasta que se escuchan unos disparos afuera de la escuela.<span id="more-1130"></span></p>
<p>Los disparos son de ametralladora. Provocan un silencio aterrador en el aula. Marta les dice, aguantando el susto, que se tiren al piso, que pongan su carita en el suelo. Los 15 alumnos hacen caso. Marta siente que le va a estallar el corazón, pero cada vez que les habla a los niños procura parecer serena. Ellos, al escucharla, mantienen la calma. Afuera suenan más disparos.</p>
<p>Por la mente de Marta pasan muchas cosas. Al observar su celular, se le ocurre grabar en video lo que sucede. Puede servir como evidencia, le dijeron alguna vez. Activa la grabación de video y continúa dando instrucciones.</p>
<p>—Todos en el piso, chiquitos. </p>
<p>Un niño pregunta si afuera están matando a alguien.</p>
<p>—No, no pasa nada corazón. Nada más pongan su carita en el piso.</p>
<p>Se escuchan ráfagas de ametralladora.</p>
<p>—No pasa nada, aquí no nos va a pasar nada. Nada más no me levanten la cabeza, por favor —dice con aplomo la maestra.</p>
<p>Otra ráfaga de ametralladora parece contestarle. Es posible que sí les pase algo. Laura cierra fuerte sus ojitos y se coloca boca abajo sobre sus brazos cruzados. Marta, asustada, respira profundo. Piensa que debe distraerlos, que debe mantener la calma a toda costa. Los niños dependen de ella.</p>
<p>—¡Vamos a cantar una canción! —les dice a los niños, alzando la voz con la esperanza de que se escuche más fuerte que las balas.</p>
<p>Laura la observa, recostando su cabeza en sus manitas. Sonríe cuando su maestra empieza a cantar la canción. Miguel, arrastrándose, se acerca con los demás niños hacia la maestra para escuchar y cantar la canción. </p>
<p><em>Si las gotas de lluvia<br />
fueran de chocolate<br />
me encantaría estar ahí</em></p>
<p>—¿Quién quiere chocolate? —pregunta la maestra.</p>
<p>—¡Yo! —responden a coro los niños.</p>
<p><em>Abriendo la boca para saborear</em></p>
<p>No todos los niños cantan la canción, pero la escuchan atentamente. La angustia de la maestra es mantener a los niños en el suelo. Se le ocurre que los niños se coloquen boca arriba y que se imaginen recibir con la boca las gotas de chocolate.</p>
<p>La idea funciona. Todos los niños están acostados en el piso, boca arriba. Tararean con la maestra la canción, y esperan en su imaginación saborear las gotas de chocolate que caen del cielo. Marta hace una toma de los niños con el celular.</p>
<p>—¿Están abriendo la boca? —pregunta.</p>
<p>—¡Sí! —responden a coro los niños.</p>
<p>—La boquita hacia arriba, para que caigan las gotitas de lluvia.</p>
<p>Marta apaga la cámara del celular. Afuera de la escuela, el grupo de sicarios ha terminado su labor. Han asesinado a cuatro rivales narcotraficantes que se movilizaban en taxis pirata. Se habían reunido en las cercanías de la escuela. Un hombre que pasaba por ahí también fue alcanzado por las balas y murió. Desde hace un par de años los narcos prácticamente han tomado la población en donde está la escuela de Marta.</p>
<p>Después de que termina la balacera, la calle queda desierta y sólo hay silencio. Marta sigue cantando con sus niños la canción de las gotas de chocolate. Sus compañeras en la escuela han hecho otro tanto con los demás niños. Los niños siguen tirados en el piso durante unos quince minutos más, cantando canciones con su maestra. </p>
<p>Marta llama a la directora de la escuela por el celular. La directora le indica que por precaución deben seguir en el suelo unos cuantos minutos. El vigilante de la escuela saldrá a la calle en algunos minutos más a ver si ya pasó el tiroteo. Los niños siguen cantando, rodeando a la maestra, asustados, pero confiados en que ella sabe más, que no los va a desproteger.</p>
<p>Finalmente, el conserje de la escuela pasa por el aula avisando que ya pasó el peligro. Los niños se incorporan y vuelven a sus pupitres. Marta les dice que como se portaron bien e hicieron caso, les va a dar chocolates a todos. Los niños sonríen.</p>
<p>Respira por fin aliviada, el peligro pasó. Por ahora. </p>
<blockquote><p><em>Este texto está basado en un suceso de la vida real, protagonizado por Martha Rivera y sus alumnos de kinder, en la escuela Alfonso Reyes, en Monterrey, México. Se puede leer la <a href="http://www.milenio.com/node/732267">noticia en Milenio</a>, y ver el <a href="http://youtu.be/I7vjig6UlFg">video en Youtube</a>.</em></p></blockquote>
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		<title>El examen final</title>
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		<pubDate>Tue, 24 May 2011 14:31:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Universidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Nora pasó toda la noche estudiando para su examen final de matemáticas. No ha obtenido buenas notas en los exámenes parciales. Nunca ha entendido bien todo eso del álgebra, las derivadas y las ecuaciones cuadráticas. Siempre han sido una pesadilla. Después de dos horas de sueño se levanta con pereza e invoca al espíritu santo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nora pasó toda la noche estudiando para su examen final de matemáticas. No ha obtenido buenas notas en los exámenes parciales. Nunca ha entendido bien todo eso del álgebra, las derivadas y las ecuaciones cuadráticas. Siempre han sido una pesadilla. Después de dos horas de sueño se levanta con pereza e invoca al espíritu santo para que le ilumine y pueda ganar el examen. En el camino a la universidad, sentada en el bus, repasa con cuaderno en mano los problemas que les dejó estudiar el catedrático. Al llegar al aula ya los pupitres están separados para evitar que los alumnos se copien. Se empiezan a repartir los cuadernillos con el examen impreso. Nora le da el primer vistazo y quiere llorar, porque de repente, ya no se acuerda de nada.<span id="more-1120"></span></p>
<p>Después del primer vistazo, intenta leer con más calma el examen. Se da cuenta de que puede hacer el problema número dos, una simple factorización de una ecuación cuadrática. Observa a su alrededor a sus compañeros, unos, muy concentrados en el trabajo, escribiendo y tecleando en la calculadora, otros, con la mirada perdida característica del que no sabe mucho. Nora sigue avanzando en la resolución de los problemas y en cuestión de media hora, ha logrado resolver un poco menos de la mitad del examen. No es que comprenda todo lo que está haciendo. Ella memorizó todos los problemas que pudo y sólo cambia números para alcanzar respuestas.</p>
<p>Después de resolver los problemas que pudo recordar llega a otros más complejos, los que tienen que ver con derivadas e identidades trigonométricas. ¡No se recuerda de nada! Revisa todos los problemas que le falta resolver y se da cuenta de que no los entiende y que los que memorizó no son exactamente iguales. Resuelve un par de problemas más, un poco adivinando porque no recuerda bien el procedimiento. </p>
<p>Es una mañana soleada y un poco calurosa. Se puede observar por las ventanas la ausencia total de nubes. Por un momento Nora se entretiene mirando una pareja de novios que están afuera, sentados en una banca. Cómo le gustaría que su novio fuera tan cariñoso como se ve el que está afuera. El catedrático camina y observa el examen de Nora. Al verlo, nota que los últimos problemas no están bien resueltos, alza las cejas, resopla y continúa su camino. Esto pone más nerviosa a Nora, que según sus cálculos, tiene que sacar una muy buena nota en el final para ganar la clase.</p>
<p>Una alumna de minifalda y tacones altos se levanta a buscar al catedrático. Al pasar deja en el aire el olor de su perfume. Sus pasos rítimicos resuenan en el aula, alertando a los alumnos. Todos los varones interrumpen su examen para ver las piernas bronceadas y perfectamente depiladas de la coqueta. La muchacha tutea al catedrático y le plantea sus dudas, pero lo que quiere es asegurarse de que ganará el examen. El catedrático mira el examen de la mujer y observa el bolígrafo que ella tiene entre sus labios. Todo mundo se da cuenta de que entre los dos se establece una alianza tácita, y que ella ganará el examen. ¡Gracias profe!, dice la muchacha con voz aguda y regresa a su pupitre. Vuelve a dejar el rastro de perfume a su paso y el ritmo de sus tacones vuelve a llenar el aula.</p>
<p>Avanza el tiempo y los primeros alumnos empiezan a entregar el examen. Los más aplicados han resuelto bien todos los problemas. Algunos se apresuraron a entregar el examen porque no sabían nada más. </p>
<p>Mientras tanto Nora invoca al espíritu santo para que le ayude a resolver los problemas que le faltan. Trata de concentrarse cerrando los ojos y tapándose la cara con las manos. Intenta visualizar las páginas de su libro y de su cuaderno de apuntes, pero se ven borrosas. Sabe que ahí están las respuestas, pero no logra alcanzarlas. Lee y relee los problemas, trata de planteárselos pero no logra concretar nada. Revisa los problemas que ya resolvió y encuentra un par de errores que corrige. Pero el tiempo sigue avanzando y algunos problemas se resisten a ser resueltos.</p>
<p>—Quince minutos para que se acabe el examen —anuncia en voz alta el catedrático.</p>
<p>Algunos alumnos exclaman preocupados. Nora trata de resolver los problemas que le faltan con lo que logra ver en sus recuerdos borrosos. Hay dos problemas que definitivamente no sabe cómo plantear y que decide dejar en blanco. Revisa rápidamente los problemas que resolvió y piensa que ya es tiempo de entregar el examen. </p>
<p>—Tienen diez minutos para terminar su examen, jóvenes —dice el catedrático.</p>
<p>Nora decide entregar el examen, pero cuando se va a levantar escucha alzar la voz al catedrático.</p>
<p>—¿Qué es esto? —pregunta a un alumno, al descubrir una hoja con todos los problemas del examen resueltos.</p>
<p>El alumno no responde. Resignado, espera sentencia. El catedrático toma el examen y le coloca una nota de cero, y le dice al alumno que se vaya. Todo mundo mira al alumno tomar su mochila, guardar su bolígrafo y calculadora, y marcharse sin protestar. Después de que el tramposo descubierto abandona el aula, el catedrático anuncia que quedan sólo cinco minutos más para terminar. Se escuchan expresiones de sorpresa y angustia.</p>
<p>Nora se levanta y entrega su examen. Al entregarlo, a pesar de no estar segura de que vaya a obtener la nota que necesita, siente un gran alivio. Toma su mochila y se va caminando hacia la parada de bus. No quiere esperar a ninguno de sus compañeros. Todo mundo comenta después cuáles eran las respuestas correctas y es frustrante escuchar que no son las que uno obtuvo. En la parada de bus encuentra a la pareja de novios que había visto cerca del aula. Sube a un bus que tiene pocas personas dentro. El piloto esperará que suban algunas más para arrancar. Sentada en el bus, observa lo tranquila que se mira la universidad y resopla aliviada. Irá a casa a dormir. Por la tarde tal vez aproveche el buen día que hace para pasear con su novio. Tendrá que esperar una semana y media para saber su nota final de matemáticas. Piensa en lo feliz que será si gana la clase y en cómo disfrutará de las vacaciones. Mientras el bus comienza a avanzar hacia la salida de la universidad, a Nora poco a poco la vence el sueño, y recostando la cabeza en la ventana, se queda dormida.</p>
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		<title>Día libre</title>
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		<pubDate>Tue, 17 May 2011 15:36:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Chat]]></category>
		<category><![CDATA[Facebook]]></category>
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		<description><![CDATA[A media mañana fui a un comercial a comprar tiempo de aire para mi celular. Me acerqué a un kiosco que tenía un rótulo de doble tiempo de aire. Atrás del mostrador iluminado, estaba una muchacha de no más de veinte años, con el rostro transfigurado por la luz del monitor de su computadora. Me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A media mañana fui a un comercial a comprar tiempo de aire para mi celular. Me acerqué a un kiosco que tenía un rótulo de doble tiempo de aire. Atrás del mostrador iluminado, estaba una muchacha de no más de veinte años, con el rostro transfigurado por la luz del monitor de su computadora. Me vio llegar, pero apenas levantó los ojos del monitor y volvió a teclear y a esperar respuesta. Luego sonó el clásico bip de respuesta del chat y la muchacha se rió de buena gana. Yo estuve allí un par de minutos, pero ella no volvió a verme, pese a que estaba situado enfrente de ella. Me sentí incómodo pero preferí no hablarle, porque cuando le interrumpís a una adolescente su chat, es ganarte una maldición. Así que me encaminé hacia otro kiosco, pero entonces la muchacha reaccionó y me preguntó, amable, que qué se me ofrecía.<span id="more-1111"></span></p>
<p>—Ah —le dije—, necesito cincuenta quetzales de tiempo para mi celular.</p>
<p>—Con mucho gusto —respondió—. </p>
<p>—Gracias señorita. </p>
<p>—Perdone, es que estaba platicando con mi novio.</p>
<p>Como hacía mucho calor, pasé a una heladería y pedí una nieve. Mientras la tomaba, vi a una adolescente sentada en una banca, en uniforme de colegio, con su cabeza agachada sobre un teléfono celular. Estaba enviando mensajes de texto a la velocidad de la luz. A veces, cuando la respuesta no parecía gustarle rechistaba frunciendo el ceño. Si le gustaba la respuesta, sonreía y respondía más rápido.<br />
Después de varios minutos de idas y venidas de mensajitos, levantó la cabeza del celular y resopló. Miró a su alrededor con una mirada aburrida, sacó unos audífonos de su mochila, se los colocó en el oído y volvió al celular. Empezó de nuevo a enviar mensajes.</p>
<p>Luego caminé hacia el supermercado a hacer unas compras que hacían falta. Ahí me encontré con mi amigo Fernando, un visitador médico exitoso. Siempre bien vestido y perfumado, me saludó con la ceremonia con que suelen saludar los vendedores profesionales. Gustazo de verte vos, cómo has estado, mirá que me alegra mucho saludarte. Después de la pequeña conversación cordial de rigor, recibió una llamada en su celular. Le dijo mi amor cómo está, la he extrañado, por qué no me había llamado. Y sin más ceremonia, se despidió de mí, aduciendo que la llamada era muy importante y que me llamaría para tomar una cerveza un día de éstos. </p>
<p>Después de pagar por lo que llevaba, pensé en revisar mi correo electrónico en un cibercafé del lugar. Atendía un muchacho flaco, con el pelo sobre la frente y un arete en la nariz. Estaba jugando fútbol en la computadora. A cada pase que tenía que hacer el jugador en la pantalla, al muchacho parecía torcérsele la boca, se balanceaba a los lados cuando el portero tenía que atajar y cuando al fin metió gol, lo gritó como si estuviera en el estadio, alzando el puño en señal de victoria. Hasta ese momento se dio cuenta de mi presencia. Le pedí una hora de tiempo y me senté a la par de una jovencita que actualizaba su Facebook. En el chat me encontré con una amiga, que me dijo que no podía hablarme mucho, porque salía en ese momento para una cita con sus amigas. La muchacha que actualizaba su Facebook llevaba una memoria usb de la cual escogía las fotos que publicaría en su perfil. Tenía cientos de fotos, pero no se decidía por ninguna. No era una muchacha muy bonita, pero me pareció atractiva. En un momento me pidió que opinara sobre dos fotos, para escoger una para su perfil. Le dije que en la foto donde estaba con la playera verde me parecía bien. Ella me agradeció pero escogió la otra, en donde tenía playera roja y tenía una sonrisa practicada en el espejo para lucir en Facebook. No volteó a verme nunca más.</p>
<p>En el trabajo yo había pedido el día libre, a cuenta de vacaciones, porque me sentía aturdido de tanto trabajo. Pensé que al tener tiempo podría relajarme y olvidarme un poco de la rutina. Pero lo cierto es que al regresar a casa para el almuerzo, extrañé no ir a la cafetería de siempre, con la mesera culona de sonrisa amable.</p>
<p>Por la tarde quedé con mi hermana para refaccionar. Ella es una ejecutiva importante, siempre nos hemos llevado bien. Llegó, unos quince minutos tarde, sofocada por el calor, disculpándose y anunciándome que no se podía quedar mucho tiempo, pero que le alegraba verme. Ella pidió un refresco y yo una cerveza. A los cinco minutos de conversación, sonó una alarma en su teléfono. Cuando lo sacó vi que era uno de esos muy modernos, a los que les llaman inteligentes. Ah, sí, me dijo entusiasmada, con este puedo enviar mis mensajes a Twitter y conectarme con gente importante. Es buenísimo eso del Twitter, me contó, mientras enviaba una respuesta a su amigo de México, según me dijo. Luego descubrió que uno de sus seguidores de Twitter le había enviado un video, que me mostró. Era un niño que no paraba de reírse, lo que a los dos nos provocó risa. Mi hermana escribió un tuit en el que contaba que estaba tomando una cerveza con su hermano favorito. Pero si sólo tenés uno, le dije, y además sólo yo tomo cerveza. Se rió de buena gana y se quedó más tiempo del que había anunciado. </p>
<p>Al salir de la cafetería empezaba a oscurecer. Mi hermana al entrar a su carro envió un <em>tuit</em>, seguro contando que había terminado su reunión conmigo. Yo me fui a casa, y encontré a mi mujer subiendo las fotos de la reunión a la que habíamos ido el domingo. Aunque me saludó cariñosa, siguió entretenida con su tarea. Yo, por mi parte, encendí la tele y me puse a ver el noticiero. A pesar de haber tenido el día libre, sentí alivio porque iría al trabajo de nuevo por la mañana. Como había comido algo con mi hermana ya no me preocupé por cenar, y me terminé quedando dormido en el sofá. Cuando desperté, ya en la madrugada, la tele estaba apagada y yo estaba a oscuras. Me levanté con pereza para ir a la cama, pero el movimiento me despabiló tanto que ya no pude volver a dormir, y entonces, para no esperar la luz del día con los ojos clavados en el techo, me fui a la computadora y abrí el chat. </p>
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		<title>El fin del mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Oct 2010 13:30:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Religión]]></category>
		<category><![CDATA[desastres]]></category>
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		<description><![CDATA[Nunca se me va a olvidar la noche en que el pastor dijo que el fin del mundo sería a la medianoche del 31 de diciembre del 2009. Era un viernes lluvioso de septiembre. Todos los que estábamos ahí exclamamos un ¡oh! de sorpresa y un amén de aceptación. Él dijo que eso le había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nunca se me va a olvidar la noche en que el pastor dijo que el fin del mundo sería a la medianoche del 31 de diciembre del 2009. Era un viernes lluvioso de septiembre. Todos los que estábamos ahí exclamamos un ¡oh! de sorpresa y un amén de aceptación. Él dijo que eso le había sido revelado por Dios, pero que no nos preocupáramos, que el Señor tendría piedad de nosotros si hacíamos lo que él nos decía.</p>
<p>Yo tuve una mezcla de miedo y alegría. <span id="more-980"></span></p>
<p>Miedo a lo que se venía y alegría por ser uno de los escogidos para saber la noticia antes de tiempo. El pastor siempre había sido un hombre santo. Recuerdo que cuando yo estuve desempleado me llegó a visitar a la casa y me dejó víveres y vales para el supermercado. Nunca se me va a olvidar. Por ese gesto yo fui uno de sus más fieles seguidores.</p>
<p>Al final del servicio la noche del anuncio, hicimos la oración de costumbre y pese a la mala noticia nos fuimos contentos a nuestras casas. Era el fin del mundo, pero el Señor no nos abandonaría. Nunca en la vida había estado tan feliz. Al mundo le quedaban un poco más de tres meses de existencia y nosotros lo sabíamos, lo esperaríamos e iríamos al cielo. Jesucristo bajaría del Paraíso y nos iríamos con él. Nuestras penas acabarían. Me olvidaría de mi matrimonio fracasado, de la muerte de mi hijo y de mi jefe explotador. Sin embargo, el pastor nos prohibió hablar del asunto con los amigos y familiares que no perteneceran a la iglesia. Esto me entristeció porque yo quería que mi hermano y su familia, mi papá y mi tío también estuvieran enterados y se prepararan. También mi exmujer, con la que al fin y al cabo tuvimos algunos momentos felices.</p>
<p>El día del anuncio el pastor no dijo nada más, sólo citó al Apocalipsis, y nos dijo que si queríamos dormir esa noche en la iglesia, para estar todos juntos, que lo hiciéramos. Muchos nos quedamos, algunos fueron a traer colchones y frazadas para pasar la noche, otros, simplemente nos quedamos tratando de digerir la noticia. Era algo totalmente extraordinario e increíble. El fin del mundo, el final de los tiempos. Era muy difícil entenderlo, por eso el pastor nos pidió que sólo lo aceptáramos.</p>
<p>Durante toda la noche el pastor se dedicó a recibir a cada uno de los que nos quedamos en su despacho personal. Cada uno tuvo una entrevista privada, le contamos sobre nuestra vida, sobre los sueños que teníamos, sobre lo que hacíamos para vivir, sobre nuestra fe en Dios. Yo le conté que trabajaba en una oficina contable y que todas las fechas de entrega de impuestos eran siempre muy cansadas, con clientes que no entregan sus datos a tiempo, errores de último momento en los formularios y colas interminables en los bancos. Y encima, mal pagado. Le conté de cuando conocí a la Susan, y de cuando nos casamos y tuvimos al Carlitos. El Carlitos era un niño muy dulce, no sé por qué designio de Dios un día se cruzó en el camino un endemoniado que lo violó y lo asesinó. Yo lloraba mucho cuando le contaba esto al pastor. Hacía ya ocho años de aquello, pero yo siempre lloraba al contarlo. El pastor me escuchó con paciencia y sus palabras me hicieron sentir bien. La gente, cuando uno le cuenta su historia, se asusta y puede que llore, pero no llora porque sienta solidaridad, sino porque le da miedo que le pueda suceder lo mismo. El pastor no era así.</p>
<p>Regresé a mi casa hasta el otro día, un sábado gris. Seguía lloviendo. Dormí hasta el mediodía y descansé muy bien; no tuve esos sueños raros de siempre, en donde mi hijo pedía auxilio, o en donde me perseguía aquel toro con los ojos encendidos en rojo. Me levanté de buen humor, y al recordar lo de la noche pasada me pareció como un sueño. El fin del mundo. ¿Habrá sido verdad que el pastor dijo que el fin de año sería el fin del mundo?</p>
<p>El domingo, el pastor habló sobre el asunto. Habrían desastres naturales muy catastróficos, muchas muertes por huracanes, tsunamis, terremotos. Una guerra nuclear entre China y Estados Unidos. Una rara mutación de un virus de la gripe arrasaría con Europa y África. Estas y muchas cosas más pasarían antes del día final. El pastor contó, con muchas citas de la Biblia, que todo estaba ya escrito, pero sólo los escogidos podían ver lo que Dios tenía planeado.  A nosotros, los que sabíamos del fin del mundo, nos esperaba la vida eterna. La gloria para siempre. Verdes praderas, la presencia divina, no más sufrimientos.</p>
<p>El pastor nos dijo que vendiéramos todo lo que teníamos y que colocáramos el dinero en una cuenta de la iglesia. Viviríamos como las primeras comunidades cristianas en la casa que había construido el año pasado. No nos haría falta nada. Eramos los escogidos, qué nos podía faltar. En este punto algunos abandonaron la iglesia. Se resistían al mensaje, no podían deshacerse de todo lo material. Morirían como los demás, nos dijo el pastor. Pero la mayoría nos quedamos. Familias enteras, parejas, niños huérfanos, solteros y solteras. El día que me pasé a vivir a la “Casa Final”, como le llamó el pastor, fue uno de los más felices que recuerdo. Todas las preocupaciones terminaban, y la seguridad de terminar en el Paraíso me provocaba una alegría enorme.</p>
<p>Hubo sin embargo algunas cosas que me parecieron extrañas. El pastor a veces se encerraba horas enteras por las tardes en un cuarto privado con una o dos de las mujeres de la iglesia. En ocasiones con jovencitas apenas adolescentes. Nadie decía nada, y las mujeres parecían felices al salir. Un par de hombres que protestaron por esto fueron expulsados de la Casa Final. También me pareció que algunos hermanos y hermanas de la comunidad parecían como zombies, como drogados. Creo que les daban diazepam o algo así, para ayudar a calmarles las ansias. Al menos eso me dijo uno de los hermanos que era enfermero.</p>
<p>Fuera de esto, no hubo mayor tensión entre los miembros. Eramos muy unidos, y cada uno cumplía su labor asignada. El pastor era estricto con la supervisión de las labores. En ocasiones le tocaba levantar la voz, pero era porque nosotros no cumplíamos. Una vez lo vi golpear a un muchacho en la cara: el joven había dicho que lo del fin del mundo le parecía una estupidez. También fue expulsado.</p>
<p>Así pasaron octubre y noviembre. En diciembre, el último mes del hombre en la tierra, aún no habían empezado todos los desastres, enfermedades y guerras que había predicho el pastor. Nos dijo que no desesperáramos, que todo se cumpliría. Así estaba escrito, tengan fe, decía con autoridad. Yo estaba convencido de que el mundo terminaría.  Pero en un instante de debilidad, una vez que fui a traer víveres para la comunidad al mercado, hice dos llamadas. La primera, a mi exmujer. Le conté lo del fin del mundo, y se rió sonoramente. Idiota, me dijo. Pero al final me deseó suerte, y me dijo algo que tampoco olvidaré: mirá Noé, yo ya no te quiero, pero cuánto te quise, de veras. Suerte, pero deberías salirte de esa iglesia. Y colgó.</p>
<p>La segunda llamada se la hice a mi hermano. A él sólo quise saludarlo y preguntarle por su mujer y mis sobrinos. Todos estaban bien, la nena había estado en el cuadro de honor en el colegio; el nene jugaba futsal en un equipo y era bueno; iba a irse de viaje a España son su equipo el año que viene. Me alegré por ellos, pero no le conté nada del fin del mundo. Adiós hermano, le dije al final. Hablamos otro día, dijo él, gracias por llamar.</p>
<p>Esa noche soñé con el último día. Soñé que estaba en un chalet del Puerto de San José a donde iba de niño y el mar estaba bravo y una gran ola arrasaba con todo. No se cómo yo en un momento estaba viendo la playa por la ventana de la sala y al siguiente estaba debajo del agua, aguantando la respiración. Pero cuando ya no pude entonces empecé a tragar agua y a ahogarme. Me desperté gritando.</p>
<p>Así que estábamos en diciembre sin ninguno de los desastres previstos por el pastor. En la primera semana se fueron varios de los hermanos, con sus familias, de la Casa Final. No dijeron que se iban, sólo salieron supuestamente a terminar de arreglar lo de su casa y propiedades, o al médico, o a visitar a algún familiar a manera de despedida, y no volvían. Quedamos 24 personas incluyendo al pastor. Los primeros en mostrar su enojo en diciembre porque no pasaba nada, fueron los dos gemelos Suárez, que tenían 16 años. Un día retaron al pastor burlándose del fin del mundo.</p>
<p>—No ha pasado nada de lo que dijo, pastor, ¿para qué quedarse aquí? —dijo uno de los gemelos una mañana soleada.</p>
<p>—Hay que tener fe, hijo —respondió el pastor.</p>
<p>—Si pues, pero no en usted, ¿verdad? —respondió el otro gemelo riéndose.</p>
<p>El pastor le dió una bofetada y les ordenó salir. Ellos se fueron contentos.</p>
<p>A mediados de diciembre fue que llegó un telenoticiero a hacer un reportaje. Alguno de los hermanos que habían abandonado la comunidad debió avisarles. Yo los atendí y simplemente les dije que no respondería nada. Me pidieron hablar con el pastor. El pastor salió, negó todo y regresó a su oficina. Los reporteros no tuvieron más que irse. A los dos días se fueron otras dos familias y quedamos sólo 15 personas. Eran la familia López, los Tórtola y los Díaz. Buena gente todos ellos. Hubo una decisión tácita de no hablar mucho del fin del mundo. Creo que a esas alturas tampoco nosotros pensábamos que fuera a suceder.</p>
<p>El mundo siguió afuera como siempre, son sus problemas de toda la vida, pero sin suceder nada extraordinario. Pasó la Navidad, y llegó el 30 de diciembre. El pastor nos reunió y dijo como de costumbre que debíamos tener fe y que seríamos los únicos salvos. Que éramos los escogidos. Fue tan convincente que volvimos a creer. Aunque ahora que lo vuelvo a pensar, tal vez no fue tan convincente; sólo decía lo que queríamos oír.</p>
<p>La noche del 31 bastantes de los que habían se habían ido de la comunidad llegaron. La alabanza comenzó a las seis de la tarde. ¡Ya viene el Señor, alabémosle! ¡Gracias Padre por darnos la oportunidad de redimirnos! Todos respondíamos amén. Pasaron las nueve, las diez. Llegaron las once de la noche. Seguíamos alabando con más fuerza; las mujeres y los niños lloraban. Llegaron las doce de la noche.</p>
<p>No pasó nada.</p>
<p>Seguimos alabando hasta las tres de la mañana, pero no hubo fin del mundo. A esa hora se empezaron a ir a casa los primeros. Yo esperé a las seis de la mañana para irme, me fui a un motel cercano a la colonia. Tuve que somatarle la puerta al encargado. Entré a la habitación y me dormí todo el día. Por la noche sólo salí a cenar y a pedirle dinero prestado a mi hermano. Empecé a considerarme un idiota por creer que el mundo se acabaría porque lo decía un tipo que parecía ser santo. Yo realmente deseaba con toda el alma que el mundo se acabara y así olvidarme de mis cosas. Quería encontrarme con mi hijo en el Cielo y olvidarme de la infidelidad de mi mujer. Olvidarme del desprecio de mi jefe, de mi existencia tan aburrida. Deseaba ser parte de algo grande, de la historia de la humanidad. De por fin, por una sola vez en la vida, estar en el momento y el lugar adecuados.</p>
<p>A pesar de todo, y de que mi hermano no me recibió con mucha alegría, me emocioné al saludarlo a él y a su familia. No quise quedarme mucho tiempo, pero me sentí aliviado de intercambiar bromas y tomar cáfe con su familia. A pesar de la distancia que siempre hubo entre nosotros, éramos familia. Pensé entonces que todo había sido nada más que una oportunidad para comenzar de nuevo, buscaría un nuevo empleo; con lo poco que tenía en el banco me alcanzaba para algunos meses. Si no, miraría qué me inventaba; hasta vender baratijas en los buses era una buena opción. Por la noche llamé a mi papá, estaba bien.</p>
<p>Volví a la iglesia la mañana del 2 de enero de 2010. Pensaba decirle al pastor que no se preocupara, que se había equivocado, pero que debía empezar de nuevo. Dios no lo desampararía. No había nadie en la iglesia. Grité, sin respuesta. No lo encontré en la oficina. Entré a la Casa Final, caminé a su dormitorio y abrí la puerta. Vi el cuerpo inerte del pastor, colgando por el cuello de un lazo que había atado a una de las vigas del techo. Unas molestas moscas verdes lo rodeaban.</p>
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		<title>La cena</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 15:15:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.</p>
<p>Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes.</p>
<p>—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera.<br />
<span id="more-967"></span><br />
—Pues&#8230;</p>
<p>—Bueno, entonces confírmeme algunos datos y dígame cuántas personas asistirán con usted.</p>
<p>Marvin sospecha que detrás de la invitación hay algún tipo de trampa. Pero piensa que una cena en un lugar agradable le puede gustar a su mujer, aunque a veces no se sabe lo que a ella le gusta. Siempre está de mal humor.</p>
<p>Confirma los datos que le pide la marketinera y reserva mesa para dos. No ha hecho ningún compromiso económico, así que no hay problema.</p>
<p>Va al dormitorio y encuentra a su mujer sentada frente al espejo, peinándose. Son las siete de la noche, ella saldrá en unos momentos a una fiesta a la que no irá él. Cuando ella escucha la oferta, le dice con desgano:</p>
<p>—Seguro nos quieren vender un paquete de vacaciones.  Andá vos si querés. Pero no vayás a pagar nada ni seas idiota. A vos siempre te miran la cara de pendejo.</p>
<p>Marvin no contesta nada. Se limita a encogerse de hombros. Su mujer se le queda mirando por algunos segundos a través del espejo y finalmente niega con la cabeza y se sigue peinando. Marvin sale del dormitorio en silencio, a pesar de que quisiera gritarle y exigirle que no lo trate siempre de idiota.</p>
<p>—No vayás a ir, pendejo —le advierte.</p>
<p>El viernes por la mañana su jefe lo llama a su despacho. Un cliente devolvió un producto que él empaquetó. El cliente es una mujer que está furiosa, aunque el error es mínimo y salvable. Su jefe le reclama y le dice que si vuelve a cometer otro error similar puede considerarse como despedido, que no sea tan irresponsable y descuidado. Marvin se encoge de hombros y sale del despacho de su jefe en silencio, con respiración agitada. Le gustaría somatar la puerta y no hacer nada el resto del día.</p>
<p>—Por favor reenvía el producto ahora mismo —sentencia su jefe justo antes de que Marvin cruce la puerta.</p>
<p>Para calmarse un poco ingresa al chat, pero no encuentra a nadie. En el facebook tampoco ha pasado nada; no hay ningún comentario o foto nueva. Enmienda el error del empaquetado y despacha el envío sin mucho trámite. Sigue pensando que el error es mínimo y que no había por qué hacer tanto escándalo. Pero <em>el cliente siempre tiene la razón</em>. Frase más idiota, piensa.</p>
<p>Cuando llama al cliente para anunciar el reenvío de mercadería, le toca ahora soportar los airados reclamos de una vieja de voz chillona. Ella le dice que nunca pensó que en esa empresa fueran tan irresponsables, que dejaría de recomendarlos, que era imperdonable que se cometieran errores de ese tipo. Marvin replica que le han atendido durante más de cinco años, y este es el primer reclamo. Además el error no es tan grave.</p>
<p>—Eso no importa —dice la vieja—, yo a usted le pago para hacer las cosas bien.</p>
<p>Marvin respira profundo y reitera las disculpas. La vieja cuelga.</p>
<p>A media tarde llama la marketinera para confirmar su llegada a la cena. Duda algunos instantes, pero piensa que tal vez la cosa no será tan mala, y al fin y al cabo, si su mujer está en casa, habría que aguantar su mal humor de siempre. Una cena gratis lo puede distraer al menos un rato. Avisa entonces que llegará solo.</p>
<p>Después del trabajo sale para el hotel donde lo citaron. Una amable señorita lo atiende, le pregunta su nombre y consulta un libro. Marvin ya tiene hambre. Después de verificar sus datos, la señorita lo conduce hacia un salón pequeño, con una mesa circular, dos personas y un asiento vacío. Un tipo gordo y sonriente y una mujer en sus cuarentas maquillada en exceso. Le dan la bienvenida.</p>
<p>—Antes de pasar a la cena —dice el gordo— le queremos mostrar algunas ofertas que usted no debería perderse.</p>
<p>Le cuentan todo lo que se ahorrará en pasajes de avión, hoteles y restaurantes y le hablan de todas las maravillas que se pueden encontrar en lugares como Cancún, Miami o la Isla Margarita. ¡Con los ahorros que tendrá puede costearse hasta tres viajes más!</p>
<p>Sin darle ningún respiro le lanzan oferta tras oferta. Marvin amablemente dice que no a cada una de las propuestas, pero el gordo insiste y la mujer saca más ofertas que consisten casi siempre en lo mismo, pero con diferente hotel. Por cada intento de Marvin por salir del pequeño salón, hay una nueva oferta que no debería perderse. Lo torturan de esa manera durante casi hora y media.</p>
<p>—Usted ya nos dijo que tiene tarjeta de crédito así que no entiendo por qué no quiere contratar al menos una oferta —insiste el gordo.</p>
<p>—Yo vine porque me ofrecieron una cena como premio.</p>
<p>—Ya tendrá su cena —dice seria la mujer—, firme ya un contrato y se va a comer tranquilo.</p>
<p>Al escuchar esto último, Marvin por fin estalla. Se levanta furibundo y golpea la mesa con un puño.</p>
<p>—¡No tengo dinero para gastar con ustedes! —grita—. Vine porque me dijeron que era un premio, y los escuché ya por una hora y media y no puedo pagar lo que piden, y no me interesa. No tengo por qué contratar nada que no me interese. ¡No quiero saber nada más de sus estúpidas ofertas!</p>
<p>El gordo y la mujer lo miran incrédulos e inmóviles; no atinan a decir palabra. Marvin está temblando de la cólera. El gordo tiene las manos levantadas como queriendo protegerse. La mujer tiene la mano sobre la boca.</p>
<p>—¡Hijos de puta! —exclama Marvin antes de salir del salón somatando la puerta.</p>
<p>Al llegar al parqueo y sentarse en el carro, empieza a reír a carcajadas. Hace mucho que no se sentía tan bien. ¡Había que verle las caras a los idiotas marketineros! Camino a casa se detiene a cenar en un restaurante. Se siente tan liberado que decide que al llegar a casa empacará sus cosas y se irá. Su mujer, que seguramente está revolcándose con su amante, extrañará la tele y el aparato de sonido más que a él. Por fortuna el contrato de alquiler vence en una semana, y Marvin llamará al dueño para decirle que no se renovará.</p>
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		<title>El celular</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Apr 2010 13:51:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Celulares]]></category>
		<category><![CDATA[Facebook]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia. Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares. Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá. Ambos se sientan en el sofá [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia.  Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares.  Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá.  Ambos se sientan en el sofá de la sala y sonríen cómplices al ver a la hija grande, que se ha puesto un zapato de uno y otro de otro.  En un instante el padre mira a Gustavo y lo siente extraño, hoy no regaña a sus hermanas por la tardanza, no se muestra ansioso y tiene un semblante tranquilo.  Recuerda entonces el porqué. <span id="more-930"></span> Hoy, después del servicio en la iglesia, Gustavo irá a comprar un celular nuevo.</p>
<p>La familia se encamina a la iglesia.  A través de los vidrios del carro se mira una mañana soleada.  La hija pequeña comienza a cantar una canción que le enseñaron en el colegio.</p>
<p><em>Cinco pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.<br />
cuatro pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.</em></p>
<p>Al oír a la niña, al padre le entra una extraña sensación de fatalidad.  Prefiere pensar en que en un día tan bonito nada puede pasar, quizás sea cuestión de leer menos periódicos o no ver el noticiero de la noche.  Tantas noticias malas le han de haber provocado esa sensación de fatalidad.  Gustavo en el asiento de atrás le hace cosquillas a la hija pequeña, que ríe contenta, mientras la grande intenta aprovechar algunos minutos más de sueño.  Tiene la boca bien abierta de lo dormida que está.</p>
<p> Ya en la iglesia, los padres de Gustavo saludan a las familias amigas y los niños juegan en el patio.  Gustavo espera a ver a Sandra, una de las jóvenes del grupo de los sábados.  Le contará a ella que hoy comprará un nuevo celular y le enviará un mensaje nomás lo tenga.  No será un iPhone o una Blackberry, pero tiene una pantalla touch y está chilero.  Ese celular es el fruto de su trabajo en las vacaciones, ahorros en su mesada, y regalos en efectivo para su cumpleaños.</p>
<p>Pero los minutos pasan y Sandra no llega.  El servicio va a comenzar y a Gustavo no le queda más que entrar a la iglesia, lamentándose no haberla visto.  La busca en las bancas, voltea a ver pero no la mira, quizás hoy no venga, piensa.  Pero por ahí, después de las canciones de introducción, Sandra llega a la iglesia.  Lleva puesto una blusa verde, un pantalón negro.  Su pelo suelto brilla puro comercial de la tele.  La busca con la mirada para saludar, y ella lo mira.  Le sonríe.</p>
<p>El pastor en su prédica le dice a sus feligreses que Dios quiere que seamos prósperos, que vivamos en abundancia, que seremos bendecidos si creemos y damos testimonio.  Dios quiere que seamos felices.  Pero debemos recordarnos de Él y ofrendar para tener una cuenta en el cielo, para cuando dejemos esta tierra.  Gustavo asiente, levanta la mano derecha diciendo amén y piensa en su celular touch y en el primer mensaje de texto que le enviará a Sandra la bella, como él la llama.</p>
<p>Después del servicio, en la puerta de la iglesia, Gustavo se encuentra con Sandra.  Le cuenta de la compra que hará por la tarde, un celular bien chilero con pantalla touch.  Sandra sonríe coqueta y le dice que está bueno, que le envíe el mensaje de texto, ella todavía tiene un poco de saldo para contestarle.  Al darle el beso y abrazo de despedida, Gustavo aprovecha para oler el aroma de su princesa.</p>
<p><em>Dos pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.<br />
Un pececito nadaba y nadaba,<br />
vino un tiburón y se lo comió. </em></p>
<p>La familia almuerza en un comercial.  La hija mayor quiere pizza, la menor quiere hamburguesa, mamá y papá comerán pollo frito.  Gustavo les dice que prefiere ir a comprar su celular a una de las tiendas, que luego comerá rápido o pedirá para llevar a la casa.  Camino a la tienda de celulares, piensa en que también actualizará ahora su estado de Facebook desde el celular.  A veces no entiende por qué a la gente le encanta contar que está comiendo en tal lado, o que se levantó de malas, o que hay frío o calor, buenos días, buenas noches.  Pero él no se quiere quedar afuera.  A la noche, justo antes de dormir, enviará un mensaje para actualizar su Facebook, diciendo <em>buenas nochesss</em>.  Con suerte Sandra esté conectada y le responda con un emoticon sonriente.</p>
<p>Gustavo entra en la tienda y pide directamente, sin ceremonias, el celular que quiere.  Un muchacho que se mira buena onda lo atiende, toma el celular que quiere su cliente, le ingresa saldo y se lo entrega al adolescente impaciente.  Prueba a llamar a su papá y le cuenta que ya tiene el celular nuevo.  Luego escribe un mensaje de texto para Sandra: <em>hola! ya tngo el nvo cel stoy n miraflrs</em>.  Para su sorpresa, al salir de la tienda, recibe respuesta de Sandra:<em> k bn! yo stoy n peri, pq no venis?</em>  Gustavo casi pega un brinco de alegría, ella está en un comercial cercano y quiere verlo.</p>
<p>Después de ponerse de acuerdo con sus papás, que harán unas compras, sale caminando al otro comercial, que está al otro lado de la carretera a algunas cuadras de distancia.  Va muy emocionado con su nuevo celular en la mano, tiene una cámara de un montón de pixeles y mp3 y una memoria de dos gigas.  Verá a Sandra además.  No se puede pedir mejor domingo.  Decide cruzar la carretera sin subir a la pasarela.  Cuando comienza la carrera para llegar al arriate central, de repente escucha que alguien grita ¡cuidado! y voltea ver confundido, mientras una camioneta agrícola lo golpea y lo envía varios metros por los aires.  Antes de caer en el asfalto, Gustavo escucha a su hermana cantar un <em>pececito nadaba y nadaba, vino un tiburón y se lo comió</em>.  El celular sale también volando.  Lo recoge un muchacho que se lo mete a la bolsa del pantalón y sigue caminando, como si no hubiera pasado nada.</p>
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		<title>La venta</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Jun 2009 13:01:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Computadoras]]></category>
		<category><![CDATA[Negocios]]></category>
		<category><![CDATA[Ventas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mauricio va a visitar un poco nervioso a un cliente nuevo que pidió la cotización de un lote de computadoras. El lote es muy voluminoso y por lo tanto importante para la empresa de Mauricio, que no ha tenido buenos resultados los últimos meses. Esta venta le representaría salvar el año. Siempre ha sido un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mauricio va a visitar un poco nervioso a un cliente nuevo que pidió la cotización de un lote de computadoras.  El lote es muy voluminoso y por lo tanto importante para la empresa de Mauricio, que no ha tenido buenos resultados los últimos meses.  Esta venta le representaría salvar el año.  Siempre ha sido un hombre muy sereno y buen vendedor, pero con la presión de cerrar un negocio que le implica poder pagar sus deudas y obligaciones, Mauricio no sabe si le saldrá bien la negociación, si los nervios lo traicionarán.  Acude a la cita con el nuevo cliente, un tipo gordo de traje gris y corbata azul, gerente financiero, que sonríe en su escritorio y lo invita a sentarse.<span id="more-396"></span></p>
<p>—Bueno Mauricio, dígame, ¿qué me trae? —interroga el cliente—. Acuérdese que yo tengo a cinco vendedores cotizándome este equipo, si me trata bien yo me olvido de ellos y hasta lo recomiendo para otras empresas amigas.</p>
<p>—Sí ingeniero, yo lo sé, no se preocupe, yo lo trataré bien —responde Mauricio, iniciando la ofensiva de venta.  De su portafolio saca un folder con la cotización y la coloca sobre el escritorio del cliente, pero éste ni se toma la molestia de verlo.</p>
<p>—Dígame cuánto es en total y cuánto de sus comisiones podemos negociar —propone el cliente, sonriendo—, si usted colabora, todos salimos ganando.</p>
<p>—Millón y medio de dólares, y mis comisiones son el uno por ciento —contesta Mauricio, seguro y mirando al cliente los ojos.</p>
<p>—Bien, me parece un poco alta la suma y no le creo que sea el uno por ciento su comisión.  Yo quiero un descuento del diez por ciento.  Pero además quiero para mí, porque soy quien decide si usted me cae mejor que los demás, la mitad de su comisión en efectivo.  Y no me venga con que usted sólo gana el uno por ciento.</p>
<p>Mauricio respira profundo y dice que verá qué puede hacer, necesita hacer una llamada.  Marca de su celular a un número y pide que le comuniquen al gerente de ventas.  Después de contar la situación logra una respuesta afirmativa y sonriendo termina la llamada.</p>
<p>—Le conseguí un doce por ciento de descuento y el dos por ciento en efectivo para usted —le anuncia al cliente.</p>
<p>—Ok, el porcentaje de descuento me parece bien, pero yo quiero para mí el cuatro por ciento.  </p>
<p>—Va a estar muy difícil ingeniero, ya estamos casi sobre el costo y así casi no ganamos nada.  Verá, a usted lo estoy tratando muy bien, no se puede quejar.  Usted sabe que mi puesto depende de esta venta y que si no la logro, podría quedarme sin empleo.  Tengo a dos niños en el colegio y a mi mujer enferma.  Ya no puedo hacer más, usted debe también comprender que me estoy jugando la vida.</p>
<p>El cliente sonríe burlón ante la cara un tanto angustiada de Mauricio.  Pero recuerda a sus hijos en el colegio y a su ahora ex mujer y sabe bien cómo es de difícil llegar a fin de mes, a veces.  Intenta una última propuesta.</p>
<p>—Bien Mauricio, no hablemos más.  Deme el doce que dijo y tres para mí y todos en paz.  </p>
<p>Mauricio no tiene ahora cara de muchos amigos y se le nota en la mirada su decepción.  El cliente siempre tiene la razón dice aquel dicho, pero no siempre es cierto, piensa.   Consulta de nuevo con el gerente de ventas y termina por acceder. El cliente entonces manda a imprimir el cheque del adelanto y lo firma en su escritorio, y acto seguido, se lo entrega a Mauricio para que lo firme de recibido.  Lo firma sin mucho convencimiento, da las gracias, sonríe, y sale de la oficina cabizbajo.</p>
<p>Cuando abre su carro en el estacionamiento, mira fatigadamente a la ventana de la oficina del cliente.  Ahí está el ingeniero, parado de brazos cruzados.  Mauricio luce derrotado y apenas hace un respetuoso saludo.  El cliente se lo devuelve con una leve inclinación de cabeza.</p>
<p>Ya afuera de la empresa Mauricio cambia su cara y ahora luce un semblante triunfal.  Todas sus predicciones se hicieron realidad, la estrategia funcionó.  Un uno por ciento más que la meta que se había propuesto.  En un semáforo le envía un mensaje de texto a su mujer, contándole que hubo negocio.  Se felicita de la decisión de haber ido él como vendedor a ofrecer el producto, porque si se hubiera presentado como el dueño de la empresa, no habría habido venta.</p>
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