La viuda negra y otros relatos José Joaquín López www.anecdotario.net Más libros de este autor en: http://www.anecdotario.net/descargas Contacto: josejoaking@gmail.com Nota preliminar Gracias por leer, soy José Joaquín López (Guatemala, 1974) y soy el autor de estas historias. Este documento contiene los relatos publicados en el 2010 en www.anecdotario.net, mi página web. Puedes copiarlos y distribuirlos por cualquier medio, venderlos o hacer obras derivadas, siempre y cuando indiques mi autoría y mi sitio web, de la siguiente forma: José Joaquín López – www.anecdotario.net Índice NOTA PRELIMINAR 2 LA FE MUEVE MONTAÑAS 4 A FINAL DE MES 7 UNA TARDE EN EL PARQUE 9 EL CELULAR 12 CECILIA 14 ASESINOS 16 LA CENA 18 EL FIN DEL MUNDO 21 UN PADRE DE FAMILIA 25 LA VIUDA NEGRA 28 La fe mueve montañas En el carrusel del parque Xetulul Amelia da vueltas junto a su padre. Es una tarde soleada y agradable, ya casi dan las cinco y la gente empieza a salir del parque para regresar a su casa o al hotel. El parque está lleno pero para Amelia sólo existe el carrusel, papá y el vals que suena de fondo. Montada en un caballito ríe con toda la despreocupación de sus cinco años y una infancia segura. Dieciséis años después, en ese mismo carrusel ya deteriorado y con poca gente, ella escucharía con gran llanto ese vals, y recordaría aquella tarde. Amelia volvió hoy a ese parque para encontrar un poco de consuelo. Una semana atrás se enteró de que está embarazada. El padre es un tipo casado, y lo primero que dijo cuando le contó sobre su embarazo fue que se fuera a la mierda. Ella sabía que el hombre era así, sin embargo se dejó llevar por las palabras bonitas, los buenos regalos, los buenos hoteles y restaurantes, y unos ojos negros un tanto misteriosos. Ahora está ahí frente al carrusel, escuchando el vals, pensando en que sería bueno poder platicar con su papá. Acababa de cumplir doce cuando su padre se durmió al volante y se fue a embarrancar junto a su madre, muriendo los dos. Una tragedia. El carrusel luce deteriorado y contrasta con las remodelaciones que ha tenido el parque. Quizás algún gerente nostálgico lo conserva como recuerdo. Hay un par de niños en el carrusel mientras Amelia es un mar de lágrimas en la banca que está al lado. Al terminar su turno los niños bajan y el carrusel queda solo. El operario es un tipo en sus cincuentas, algo gordo, canoso e inexpresivo. Sin embargo es amable con Amelia y le ofrece una vuelta gratis. Ella se limpia las lágrimas y acepta. Al arrancar el juego Amelia vuelve a sentir el aire fresco de hace dieciséis años. Hace una tarde como entonces. Al ritmo del vals los caballitos suben y bajan, y ella vuelve a recordar la sonrisa de su papá. —Ame, ¡agarráte bien hombre, te vas a caer! Si no te agarrás bien, ya no te vuelvo a traer. —Vaya papi. —Eso, así mero. Le parece como si volviera a vivir aquella tarde. A pesar del calor de siempre en la costa sur de Guatemala, hace una pequeña primavera en el ambiente, como esa vez. Es ella, el carrusel y sus recuerdos. Es increíble cómo el juego todavía está ahí con la misma música. Como si hubiera estado esperando por ella todo este tiempo. Ahora piensa que un día habrá de ir con su hijo a algún carrusel con caballitos y quizá cuando crezca su hijo él también la recuerde con cariño. El operario pacientemente accede a darle varias vueltas más de gratis. Sobre esos caballitos ya no se siente sola y le parece que al voltear a ver ahí está su papá de nuevo. —Nena, ya te dije que te agarraras bien. Hacé caso. —Sí papi. —Yo te lo digo porque te quiero mucho, no por molestar. Traer a un ser humano al mundo. Tan lejos que le parecía a Amelia todo esto hace un año. Ahora tendrá que enfrentarse a la responsabilidad y aún no sabe bien cómo. La fe mueve montañas, dicen, si ella cree, todo saldrá bien, piensa. Hay que confiar en que Dios no la dejará sola. ¿Qué diría su hermano y sus tías? ¿Cómo pudo caer con semejante tipo? A veces con las decepciones amorosas se bajan las defensas y cae uno, piensa Amelia. ¿Dónde estará Rodrigo ahora? Rodrigo era su novio hace dos años. Un día se pelearon porque él fue solo a una fiesta donde se vería con una muchacha que le gustaba. Amelia rompió con él, no oyó explicaciones, ni ruegos, ni serenatas, ni nada. Después tuvo varios novios pero ninguno la llenó, ninguno era tan detallista ni tan amable ni tan divertido como Rodrigo. Pensó entonces en hablarle y volver, pero nunca tuvo valor para hacerlo. Anduvo dando tumbos de aquí para allá, empezó a ir a discotecas y a fiestas hasta toparse con el padre de su bebé. Tres meses anduvo con él para todos lados. La embarazó y la rechazó. El embarazo le había hecho caer en la cuenta de que su locura ya no podría seguir. Bajó del carrusel más aliviada, su angustia había cedido. Agradeció al operario y caminó por el parque sin rumbo. Pensó entonces en enviarle un mensaje de texto a Rodrigo, saludando, tal vez no era mala idea. Con suerte podría pedirle perdón. No volvería con ella y menos embarazada, pero al menos lo saludaría y sabría de él. O tal vez mejor no, para qué. Al final le envía el mensaje: hola, llamame porfa. Amelia regresa a su casa, que queda a un kilómetro del parque. En el camino ve salir a familias felices, novios de la mano y viejitos caminando con dificultad. Ya es de noche cuando recibe la llamada de Rodrigo, casi temblando contesta el celular. Él la saluda amable -para su sorpresa- y entonces ella lo cita para el día siguiente en el parque Xetulul. Quiero verte de nuevo, saludarte y saber cómo estás, le dice. Y ése es mi lugar favorito. Al siguiente día hace una tarde estupenda. Amelia está linda, su pelo largo perfumado y su vestido blanco flameando al viento reciben a un sonriente Rodrigo. Se abrazan como se abrazan las parejas que se han extrañado mucho, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera existido el tiempo en que no se vieron. —Estás un poco gordo, Rodri —observa Amelia. —No, sólo estuve yendo al gimnasio. —En ese gimnasio como que venderán carnitas porque estás gordito —responde Amelia poniendo su dedo índice en la barriga de Rodrigo—. Pero no importa, estás lindo. —Vos estás preciosa. Se suben como niños a todos los juegos del parque y al final Amelia le pide ir al carrusel. Ahí está el operario de ayer y sonríe al verla contenta y resplandeciente. Un leve viento refresca el caluroso ambiente. —¿Sabes una cosa vos Rodri? —interroga Amelia—. Me gusta cuando en medio del calor de la costa pasa un vientecito fresco, es como una pequeña primavera. Demos una vuelta en el carrousel. Mientras dan vueltas montados en los caballitos, todo parece bueno, todo está genial. El operario los mira un poco celoso, pero no está molesto. Amelia sonríe y prefiere olvidar todo y a todos esa tarde. No le contará a Rodrigo sobre su embarazo. ¿Para qué arruinar una tarde tan bonita contando una verdad inútil en ese momento? No siempre es buena idea decir la verdad. Y ahí mismo traza un plan para quedarse con Rodrigo para siempre. Al finalizar la tarde deciden irse del parque y dan un paseo en el carro por la carretera. Amelia asoma su rostro sonriente al viento, un sol anaranjado en el horizonte la ilumina. No hay nada mejor que el rostro de una mujer bella y feliz en una tarde primaveral. Al entrar la noche cenan hamburguesas en un restaurante de comida rápida. —No quiero ir a mi casa —dice Amelia—. Quiero ser tuya toda la noche. Tres semanas después de andar por todos lados como locos enamorados, Amelia le dice a Rodrigo que está embarazada. No hay duda. —Vamos a ser padres Rodrigo. ¿Te casarías conmigo? Un mes después llegaría el casamiento. Decidieron no hacer fiesta y en lugar de ello pasearon un mes entero por todo el país, solos. Todos los días después del encuentro en el Xetulul fueron felices, los mejores. Pero ya la panza le crece y Amelia duda sobre si decir o no la verdad. Ella le pide a Dios todos los días que la ayude y la ilumine, que no permita que Rodrigo la deje. Y Dios parece hacerle caso, porque un tiempo después, antes de que ella cumpliera los siete meses de embarazo, Rodrigo tuvo que irse del país para trabajar en Costa Rica. Ella dijo que se quedaría para que el niño fuera guatemalteco y que después irán los dos a su encuentro. Rodrigo aceptó. Quién sabe si de veras existen los milagros, pero el niño increíblemente se parece a Rodrigo. Sólo Amelia y el padre del niño saben la verdad. A veces, cuando el padre del niño toma licor, cuenta la verdadera historia, para deleite de sus amigos. Sobrio niega todo. Amelia está segura de que su fe la salvó, porque la fe, según dicen, mueve montañas. Pedid y se os dará. El niño se llamará Rodrigo, como su padre. A final de mes El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes. No puede creer que hayan tantos descuentos. Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores. Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de la tarjeta de crédito y hace cuentas en una hoja de excel. Ingresa datos, hace sumas totales y mira la triste realidad: otro mes que pagará el mínimo en la tarjeta de crédito. Una creciente desesperación lo envuelve y somata su escritorio con un puño. ¡Pero si este mes no gasté nada!, piensa. ¡Hice economías por todos lados, no salí en la noche, no comí nada afuera, no fui al cine con mi mujer, no saqué a los niños a pasear! ¡No es posible! Víctor hace de nuevo las sumas de su excel, pero los números siguen fríos y ajenos a sus penas. Se han acumulado dos mil quetzales sólo de intereses. Empieza a rememorar cómo fue que acumuló toda esa deuda. Todo empezó con las vacaciones en el puerto cuando terminó el año escolar. Durante todo el año escolar Víctor se la pasó ofreciéndoles a los niños unas vacaciones en el mar si ganaban todas sus clases. Llegó el final de año, los niños sacaron muy buenas calificaciones y él quedaría como un mentiroso si no cumplía. Entonces utilizó la tarjeta de crédito y empezó el martirio. Las vacaciones fueron geniales, el mar, las piscinas, los juegos. Unas tardes soleadas y la brisa del viento al anochecer eran recuerdos que quedarían para siempre en las mentes de los niños. Pero había que pagarlas, la buena vida también tiene un costo. La tarjeta de crédito fue el espejismo que hizo posible lo que hubiera quedado en sueños. Víctor piensa que debió haber hablado con sus hijos, quizás comprenderían que era mejor no ir para no caer en deudas. Pero recuerda también cómo muchas veces de niño él se quedó sin vacaciones, sin bicicleta y sin el carrito a control remoto que tanto le pidió a papá. Por eso no quiso negarle el gusto a sus hijos. Si como decía el pastor de la iglesia los domingos, que la verdadera cuenta está en el cielo, con ese viajecito la cuenta del cielo debería estar alta. El jefe de Víctor se acerca al escritorio y le pide que se calme, que no quiere volver a escuchar que somate su escritorio de nuevo. Que se puede ir a su casa a somatar lo que quiera, si quiere, pero aquí está en el trabajo. Le deja un leitz con documentos para procesar, deben estar ingresados al sistema antes de la hora de salida. Mejor que se vaya apurando y dejando sus problemas para más tarde. Víctor resopla malhumorado, y pide disculpas entre dientes. Toma el leitz y revisa los documentos. Facturas, recibos, detalles de cobro, a quién le interesan. Vuelve a su hoja de Excel. Hace una proyección de varios meses, suma intereses y moras y descubre que no podrá pagar si no obtiene ingresos extras. Piensa en que mejor ya no gastará nada en la tienda de la empresa. Intenta conservar la calma. Recibe una llamada de su mujer recordándole el libro de la nena, que debe entregar tareas en el colegio y todavía no lo tiene. Víctor responde de mal humor y al despedirse no dice el yo también con que siempre se despide de su esposa. Al colgar se lleva las manos a la cara y no se explica en qué estaba pensando cuando puso a sus hijos en colegios tan caros. Deberá aceptar el empleo como catedrático de computación por las noches y las clases de contabilidad los fines de semana. No pagan mucho, pero no hay otra forma. O tal vez entrarle al negocio de Amway, pero, ¿a quién le va a vender? Nadie que él conociera compraba ese tipo de cosas. Además se trataba de vender membresías en lugar de producto. Comprar aquel kit fue un error. Pero es que se miraban tan contentos los presentadores en las reuniones, todo parecía tan real. Con los ingresos extras por las clases, Víctor rehace su excel. Ahora parece que sí logrará pagar sus deudas. Recuerda que también le debe a su hermano, a su mamá y a una prima. ¿Por qué es tan difícil tratar de vivir más o menos bien? Cierra los ojos y piensa en la pequeña Dani, y sonríe. Todo por ella, no hay que darse por vencido. Hay que pensar positivo. Llama a su primo, el que le ofreció el empleo por las noches. Acuerdan empezar la próxima semana. Luego llama al colegio en donde trabajó el año pasado de interino dando clases de contabilidad los fines de semana, y pregunta si sigue existiendo la oportunidad. No, ya no hay oportunidad, pero tal vez exista la posibilidad de una cátedra de historia y literatura o de estadística, llame la próxima semana. Como no puede resolver nada más, toma el leitz, hace una oración y empieza su trabajo. Las teclas de la computadora vuelan, mientras sus pensamientos están con la Dani. A cada tanto mira la foto de su familia en su escritorio. Todo por ellos. Finaliza su día de trabajo con mejor humor. Aunque cansado, ya no siente la angustia de la mañana, cuando hacía cuentas. En el camino de regreso a casa recibe una llamada del banco, el operador le ofrece una nueva tarjeta de crédito. Duda un momento, pero acepta dar sus datos y piensa en que con dos tarjetas quizá pueda hacer malabares para pagar menos intereses. Al entrar a casa la Dani lo recibe con un gran abrazo y con un beso, y con la noticia de que el dvd de la película de Alvin y las ardillas se arruinó. Durante la cena Víctor mira a sus hijos y a su mujer, y piensa en que si llegara a fallarles no se lo podría perdonar. De nuevo le entra la angustia poco a poco y se vuelve a poner de mal humor. Ya no pronuncia palabra en lo que resta de la cena. Al terminar de comer, en silencio, se sienta en el sofá de la sala a ver la tele. La Dani se acerca y se sienta en sus piernas. Mientras Víctor ve las noticias y piensa en todo el trabajo duro que tendrá que hacer durante el año, la Dani se queda dormida. Cinco minutos después, él también. Una tarde en el parque En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta. —¿Vos te volverías a casar conmigo? —Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta. —Yo tampoco —dice el marido. Los dos sonríen después del breve diálogo. Se acerca uno de los niños a la banca y agitado les dice que necesita agua. La mujer saca un recipiente con agua y le da de beber. El niño vuelve a los columpios. —Tal vez si viviéramos juntos por un tiempo antes de casarnos —dice ella. —Sí, así tal vez sí. En el parque hay una buena cantidad de gente. Niños y adolescentes jugando, algunos adultos también. Unos jóvenes están jugando un partido de fútbol en la cancha grande. Unas muchachas juegan basquetbol. El marido propone a los niños jugar fútbol mostrándoles una pelota plástica. La mujer los mira con cariño, se siente bien. En la semana que acaba de pasar, su jefe le prometió un aumento. Su hermana le anunció que espera a su segundo hijo. De su bolsa saca un libro cristiano de autoayuda que le recomendaron en la iglesia. Un viento suave levanta algunos de sus cabellos. Cruza la pierna y lee, sosteniendo el libro con su mano derecha. El marido juega fútbol con los niños y cae al césped en una jugada. Los niños se abalanzan sobre él y ríen y le hacen cosquillas. La mujer los observa y sonríe también. En un fugaz momento, marido y mujer se miran fijamente. Durante la semana al marido no le fue bien. La empresa en donde trabaja no consigue muchos contratos, y posiblemente lo despidan en un par de meses. Ya han despedido a algunos de sus compañeros. En un mercado laboral lleno de jóvenes universitarios baratos, piensa mientras patea la pelota, no hay oportunidades. Una hora después de iniciar el juego el marido ya está cansado. Los niños quieren seguir jugando, pero él les advierte que ya no puede. Sofocado, se acerca para sentarse en la banca en la que su mujer sostiene todavía el libro de autoayuda. —Al principio, cuando empezamos a vivir juntos, pensé que no duraríamos mucho —dice el marido, aún sofocado. —Yo también pensé lo mismo. Casi me fui de la casa cuando vos andabas con aquella tipa salvadoreña. —Sí, yo pensé que lo harías, yo la verdad no la quería. La tarde soleada pega de lleno en los autos que están estacionados alrededor del parque. Uno de ellos lanza un destello que pega por un momento en el rostro de la mujer. El marido la mira detenidamente, es como si ella se transfigurara. Los niños regresan por un momento a donde están sus padres para pedir agua. Luego se retiran a seguir jugando. —Durante los primeros dos años —dice la mujer, suspirando—, pensé en que nos habíamos apurado a casarnos. Nunca estuvimos realmente enamorados siendo novios. Éramos novios por despecho, creo que los dos esperábamos ser rescatados el día de la boda. —No Marcia, yo no esperaba ser rescatado. Es cierto, no estábamos enamorados, pero los dos ya teníamos más de 30 y el tiempo pasa… —En días como hoy, pienso que nos hemos llegado a querer. —Sí, no es como estar locamente enamorados, pero algo hay. ¿Es raro no? Ver todas esas películas románticas y vernos a nosotros, unidos al principio sólo por no quedarnos solos. —Igual, después de 8 años juntos, algo tuvo que haber funcionado bien. Vos sos un buen hombre y has sido trabajador y buen padre. Sólo te ponés pesado cuando te agarra la chiripiorca y no querés hablar con nadie. O cuando te metés con guanacas de mala vida. —Ja. ¿Y qué me decís cuando vos te enojás por todo? Yo a veces me acomido y limpio la cocina, pero vos lo único que ves es la olla mal puesta. Todo nítido, pero vos sólo ves la olla. Y hay que ver cómo te ponés de coqueta con el pastor Pablo, toda cusca te ponés, no creás que no me doy cuenta. —¿Pensás a veces en la Paula? —A veces, pero ya no es lo mismo. La vi hace tres meses en la calle. No sentí nada, yo mismo me sorprendí. La tarde muestra unos celajes anaranjados, y empieza a oscurecer. El clima se pone un poco más fresco y la gente empieza a abandonar el parque. Los niños ahora están entretenidos en los columpios y no parece que se quieran ir. Una pareja de novios adolescentes se esconde detrás de unos arbustos para besarse y tocarse a placer. El matrimonio los mira un poco con envidia. —Y vos, ¿pensás en el Fabio? —Siempre me llamaba para mi cumpleaños, o mandaba un email, hasta hace como cuatro años. Yo nunca respondí, ya sabía que sólo quería saber si había oportunidad de un acostón. Así siempre fue él. —Pero, ¿pensás en él? —A veces lo recuerdo, sí. Pero no sé, no es igual. La noche por fin está a punto de caer, y la pareja decide regresar a casa. Llaman a los niños, les ponen suéter y pasan por una tienda a comprar gaseosas. La familia camina despacio hacia la casa y después de refrescarse con las gaseosas, ven una película en el cable durante la cena. Después de la cena y un baño, los niños dicen buenas noches y se van a dormir. El matrimonio recoge los vasos y platos y los lavan juntos. —Tal vez al fin y al cabo, nos enamoramos o algo parecido. Nunca habíamos hablado así, sinceramente y sin pelear, ¿te das cuenta? —dice la mujer. —Sí, tal vez. Ese botón de tu blusa me hace pensar que sí —responde el marido, atisbando los pechos de la mujer. Ella medio sonríe, pero después se pone seria. —Vos nunca podés decir algo en serio, Víctor. Me caés mal. Así nunca llegaremos a algo. —A lo único que quiero llegar hoy es a la cama y no a dormir —replica el marido—. Si tengo que decir que te quiero, lo digo y ya. La mujer esboza una leve sonrisa. Termina de enjuagar el plato que tiene en las manos, se las seca, y toma a su marido de la mano. Los dos se enfilan al dormitorio. Él pide no apagar las luces. El celular Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia. Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares. Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá. Ambos se sientan en el sofá de la sala y sonríen cómplices al ver a la hija grande, que se ha puesto un zapato de uno y otro de otro. En un instante el padre mira a Gustavo y lo siente extraño, hoy no regaña a sus hermanas por la tardanza, no se muestra ansioso y tiene un semblante tranquilo. Recuerda entonces el porqué. Hoy, después del servicio en la iglesia, Gustavo irá a comprar un celular nuevo. La familia se encamina a la iglesia. A través de los vidrios del carro se mira una mañana soleada. La hija pequeña comienza a cantar una canción que le enseñaron en el colegio. Cinco pececitos nadaban y nadaban, vino un tiburón y a uno se comió. cuatro pececitos nadaban y nadaban, vino un tiburón y a uno se comió. Al oír a la niña, al padre le entra una extraña sensación de fatalidad. Prefiere pensar en que en un día tan bonito nada puede pasar, quizás sea cuestión de leer menos periódicos o no ver el noticiero de la noche. Tantas noticias malas le han de haber provocado esa sensación de fatalidad. Gustavo en el asiento de atrás le hace cosquillas a la hija pequeña, que ríe contenta, mientras la grande intenta aprovechar algunos minutos más de sueño. Tiene la boca bien abierta de lo dormida que está. Ya en la iglesia, los padres de Gustavo saludan a las familias amigas y los niños juegan en el patio. Gustavo espera a ver a Sandra, una de las jóvenes del grupo de los sábados. Le contará a ella que hoy comprará un nuevo celular y le enviará un mensaje nomás lo tenga. No será un iPhone o una Blackberry, pero tiene una pantalla touch y está chilero. Ese celular es el fruto de su trabajo en las vacaciones, ahorros en su mesada, y regalos en efectivo para su cumpleaños. Pero los minutos pasan y Sandra no llega. El servicio va a comenzar y a Gustavo no le queda más que entrar a la iglesia, lamentándose no haberla visto. La busca en las bancas, voltea a ver pero no la mira, quizás hoy no venga, piensa. Pero por ahí, después de las canciones de introducción, Sandra llega a la iglesia. Lleva puesto una blusa verde, un pantalón negro. Su pelo suelto brilla puro comercial de la tele. La busca con la mirada para saludar, y ella lo mira. Le sonríe. El pastor en su prédica le dice a sus feligreses que Dios quiere que seamos prósperos, que vivamos en abundancia, que seremos bendecidos si creemos y damos testimonio. Dios quiere que seamos felices. Pero debemos recordarnos de Él y ofrendar para tener una cuenta en el cielo, para cuando dejemos esta tierra. Gustavo asiente, levanta la mano derecha diciendo amén y piensa en su celular touch y en el primer mensaje de texto que le enviará a Sandra la bella, como él la llama. Después del servicio, en la puerta de la iglesia, Gustavo se encuentra con Sandra. Le cuenta de la compra que hará por la tarde, un celular bien chilero con pantalla touch. Sandra sonríe coqueta y le dice que está bueno, que le envíe el mensaje de texto, ella todavía tiene un poco de saldo para contestarle. Al darle el beso y abrazo de despedida, Gustavo aprovecha para oler el aroma de su princesa. Dos pececitos nadaban y nadaban, vino un tiburón y a uno se comió. Un pececito nadaba y nadaba, vino un tiburón y se lo comió. La familia almuerza en un comercial. La hija mayor quiere pizza, la menor quiere hamburguesa, mamá y papá comerán pollo frito. Gustavo les dice que prefiere ir a comprar su celular a una de las tiendas, que luego comerá rápido o pedirá para llevar a la casa. Camino a la tienda de celulares, piensa en que también actualizará ahora su estado de Facebook desde el celular. A veces no entiende por qué a la gente le encanta contar que está comiendo en tal lado, o que se levantó de malas, o que hay frío o calor, buenos días, buenas noches. Pero él no se quiere quedar afuera. A la noche, justo antes de dormir, enviará un mensaje para actualizar su Facebook, diciendo buenas nochesss. Con suerte Sandra esté conectada y le responda con un emoticon sonriente. Gustavo entra en la tienda y pide directamente, sin ceremonias, el celular que quiere. Un muchacho que se mira buena onda lo atiende, toma el celular que quiere su cliente, le ingresa saldo y se lo entrega al adolescente impaciente. Prueba a llamar a su papá y le cuenta que ya tiene el celular nuevo. Luego escribe un mensaje de texto para Sandra: hola! ya tngo el nvo cel stoy n miraflrs. Para su sorpresa, al salir de la tienda, recibe respuesta de Sandra: k bn! yo stoy n peri, pq no venis? Gustavo casi pega un brinco de alegría, ella está en un comercial cercano y quiere verlo. Después de ponerse de acuerdo con sus papás, que harán unas compras, sale caminando al otro comercial, que está al otro lado de la carretera a algunas cuadras de distancia. Va muy emocionado con su nuevo celular en la mano, tiene una cámara de un montón de pixeles y mp3 y una memoria de dos gigas. Verá a Sandra además. No se puede pedir mejor domingo. Decide cruzar la carretera sin subir a la pasarela. Cuando comienza la carrera para llegar al arriate central, de repente escucha que alguien grita ¡cuidado! y voltea ver confundido, mientras una camioneta agrícola lo golpea y lo envía varios metros por los aires. Antes de caer en el asfalto, Gustavo escucha a su hermana cantar un pececito nadaba y nadaba, vino un tiburón y se lo comió. El celular sale también volando. Lo recoge un muchacho que se lo mete a la bolsa del pantalón y sigue caminando, como si no hubiera pasado nada. Cecilia Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia. La combinación perfecta de belleza e inteligencia. Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política. En su adolescencia estuvo en el equipo nacional de gimnasia. Era extraordinario ver a una mujer tan bella y grácil hablar con propiedad sobre cualquier tema. Y todo esto sin dejar de tener una vida sentimental aventurera, a veces dramática. De eso puedo dar testimonio porque la conocí una noche en un bar, cuando seducía a un tipo que más bien parecía narco. Cecilia era una guapa morena clara, de cabello liso a altura de los hombros, ojos verdes y un cuerpo hermoso moldeado por algunos años de gimnasia. Era imposible que esa mujer no llamara la atención. Lo sorprendente era entrar en contacto con ella y observar que no solamente era inteligente, sino además culta. Hay mujeres bellas y tontas o bellas e inteligentes, pero casi siempre sin mucha cultura. En general la gente se ocupa de su profesión u oficio, pero no mucho más. Una abogada exitosa puede ser fascinante hablando de sus casos, pero fuera de ahí, no tiene nada que decir. El día que la conocí yo andaba en un bar de la zona viva tomando con unos cuates. Ella estaba en una mesa con un tipo con planta de narco, tomando whisky caro. Se divertía, pero no porque se sintiera atraída por el tipo, sino porque el hombre estaba literalmente a sus pies. Podría haberle dicho que se pegara un tiro y él lo hubiera hecho. Yo los observé y lo supe. Por un instante ella me miró complacida, como cuando un pintor muestra una obra maestra. Sin embargo el tipo ya con una buena cantidad de licor, se hizo insoportable. Con la prepotencia de los que se sienten importantes sin serlo, empezó a hacer desplantes a los meseros y a los hombres de la mesa contigua. Ella entonces le dijo que se iba y caminó decidida hacia la puerta. El la quiso seguir, pero entonces la mujer hizo una de sus tantas movidas maestras: fingió conocerme, y me pidió que la acompañara al parqueo. El tipo no supo qué hacer, se quedó con los brazos extendidos, los ojos entrecerrados y la quijada un poco caída. Así que iba yo con esa belleza camino al parqueo, cual perro guardián. En la puerta del parqueo me dijo sin mucha ceremonia que gracias, que había sido muy amable. Me dio la mano, se volteó y fue directo hacia su carro. Por casualidad yo estaba también en el mismo parqueo así que entré por el mío y me fui también. Ni loco regresaba al bar con ese narco adentro. No sucedió como en las películas en donde la doncella rescatada le da un beso y una sonrisa al héroe. Nada que ver. Simplemente había sido útil y nada más. Cuando al mes siguiente se presentó en la oficina como auditora y asesora financiera, la miré y no pude menos que sonreír. Ella por supuesto se acordó de mí, pero como toda una profesional no se inmutó y me extendió la mano, dándome los buenos días y diciendo mucho gusto de conocerlo. Mucho gusto licenciada, respondí. Cuando le tocó llegar a auditar mi sección tuve ocasión de recordarle el incidente. Me pidió disculpas y me dijo que desde que me había visto sabía que yo era un tipo tranquilo y cuando el otro se puso pesado, pues no lo pensó mucho y me buscó para hacerle el favor. Le dije que no diría nada en la oficina. Lo sé, me contestó, por eso no te lo pedí, pero te lo agradezco. Durante el tiempo que hizo la auditoría, llegaba por ella un tipo alto y atractivo, en un Volvo del año. Tenía los dientes más blancos que he visto. Si a mí me hubiera dado en esta vida por ser gay, ahora que está de moda, pues me le lanzo al tipo. A ella sin duda le gustaba, pero me dijo que no estaba enamorada, y el tipo sí de ella, lo que era algo incómodo. Un día de estos me aburro de él y termina todo. Mientras tanto, me dijo muy seria mirándome a los ojos y sonriendo, están buenas las cogidas. Me hizo sentir como el amigo gay del que se espera que celebre con chillidos cada gracia de las mujeres bonitas. Por supuesto que no le celebré nada. Fue la única vez que me habló de esa manera. La mayoría de veces la plática con ella era interesante. Había leído el Quijote entero. Había leído a Borges y lo entendía. Dos hazañas que es raro ver en cualquier persona. Pero la Ceci no era cualquiera, como ya les conté. Le gustaba el bossa nova y le encantaba la música de piano. Ella siempre tenía sonando algún mp3 raro, pero bueno. Nunca repetía música. El día anterior a la entrega de su informe, no llegó el tipo del volvo nuevo. Ella estaba seria. Me quedé con ella en el salón de reuniones preparando la presentación del día siguiente, y al finalizar el trabajo, como a las diez de la noche, me dijo que me invitaba a un trago, que me lo debía de la vez anterior. Fuimos a un bar cercano al edificio en donde trabajo y bromeamos muy a gusto. No sé si fue que esa vez ella andaba con las defensas bajas o estaba ovulando o qué se yo, pero terminamos en un motel. Esa mujer sabía trucos señores, vaya si no. Yo sólo tuve que seguir la corriente. Nunca había tenido a una mujer así. Eso sí, una vez terminado el trabajo, cada quien a su casa. Nada de que me mandás un mensajito para ver si llegaste bien. Al día siguiente, como era de esperarse, se presentó impecable y profesional. La felicitaron por la presentación, y a su firma de auditores la contrataron por dos años más. Intenté abordarla al final de la reunión, pero sólo se limitó a sonreír cortésmente y a despedirse. La busqué en Google y en el Facebook, pero no estaba. Lo que encontré, después de un tiempo de andar buscando, fue su perfil en LinkedIn. Creé mi perfil en esa cosa y le mandé una solicitud para ser contacto de ella, pero nunca respondió. Ya hace algún tiempo de todo aquello. Recién me enteré de que en estos días comenzará la auditoría de este año. Pregunté si ella vendría a hacer la auditoría, pero el que está a cargo es un tal licenciado Ponce. Lo más probable es que ella haya ascendido o esté en otra empresa más grande. Que se junte siempre con tipos de volvos nuevos y que se acueste a veces, como por despecho o aburrimiento, con otros perdedores como yo, en otra parte, en otro lugar, en otra dimensión. Asesinos Ser asesino en serie en un país de tercer mundo tiene sus claras ventajas. De eso nos aprovechamos con el Paul cuando desaparecimos a aquella mosquita muerta igualada. Esa fue la primera vez. David —me dijo Paul temblando aquella tarde—, qué bien se siente todo esto, tenemos que repetirlo. Tenía las manos llenas de sangre y una sonrisa estúpida que nunca le había visto. El cuerpo de la Mary estaba en el suelo; ella todavía con los ojos abiertos y el grito en la boca. Sí, le contesté, esto apenas empieza. Desde el principio supe que al final tenía que desaparecer Paul. Sabía que tarde o temprano él sería una carga, que no era tan calculador ni precavido como yo. Sin embargo en ese momento era el compañero ideal; los dos teníamos ese instinto que nos hacía cómplices. Mary, la primera que cayó, era alumna del colegio en donde estudiábamos; pero no era de acá de la capital, ella había venido del interior y vivía de huésped en una casa, con otras estudiantes. No era especialmente atractiva, pero tampoco dejaba de tener lo suyo. Paul fue el primero que le cayó en un recreo, ella estaba en cuarto bachillerato mientras nosotros estábamos en quinto. Era tímida y solitaria, y a veces en los recreos se iba a la biblioteca a leer. Por eso también era la víctima ideal. Paul se propuso ser amigo de ella, pero la Mary no le daba mayor oportunidad de acercarse. Pensamos que con un poco de atención se sentiría halagada y eso podía hacer que cediera un poco. Todos tenemos debilidad por las personas que nos admiran. Y así sucedió, ella le tomó confianza. Entonces no perdimos el tiempo y Paul la citó en el parque que quedaba a algunas cuadras del colegio, y allí los dos la esperamos. Él le dijo que yo iba para enseñarles un lugar muy bonito y poco visitado: una cascada al fondo del barranco.  Sería una pequeña aventura que recordaríamos siempre. Ella se tragó todo y gustosa iba de la mano de Paul. Era tan pendeja que se miraba estúpidamente feliz. Al llegar al fondo del barranco, lo único que había era un río de aguas negras. Nos hicimos los extrañados con el Paul, y nos sentamos en unas rocas de por ahí. Saqué una botella de ron que llevaba en la mochila y tomamos los dos un buen sorbo, ante la mirada desconfiada de la Mary. Cinco minutos después, la golpeé en la cara tratando de que se desmayara, pero la idiota salió corriendo. Fue Paul el que la detuvo sacando el cuchillo de cazador que había tomado de la casa de su tío. Le metió la primera cuchillada en la barriga y giró el cuchillo adentro. La sangre, escandalosa, empapó el uniforme de la Mary. Nos miraba asustada y llorando. Yo tomé el suéter de ella y le tapé la boca y la nariz, hasta que dejó de respirar. Aunque nos asustamos, estábamos acelerados por la adrenalina. Era una sensación extraña, de poder, de euforia. Saber que podés decidir quién se va y cuándo. Se me ocurrió dejar una bolsita de mariguana en la mochila de la Mary; así al otro día la policía diría que era una drogadicta o narcotraficante, y toda la gente se olvidaría del asunto. La gente en Guatemala protesta en Facebook si en el zoológico le van a dar menos comida a los animales, pero no le importa mucho si se muere otra drogadicta, aunque no lo sea. Y así sucedió. En un diario de nota roja salió a los dos días “Drogadicta es hallada  muerta en un barranco”. El texto de la nota decía que era posible que debiera dinero o cosas así. Nadie en el colegio preguntó nada, la Mary no era de muchos amigos. Era un poco la rechazada de su clase, así que nadie lamentó demasiado la noticia. Eso sí, impactó. Las patojas miraban para todos lados a la salida del colegio, y durante un par de semanas todo mundo fue más cuidadoso. Después todo mundo se olvidó, como pasa siempre. Como nadie nos vio ese día, nunca sospecharon de nosotros. Además, éramos buenos en las clases. Memorizar nunca me costó, lo que aturde es tanta tarea inútil que le dejan a uno en el colegio. ¿Para qué chingados sirve saber que el río Rin está en Europa? Pero bueno, hay que adaptarse si uno quiere pasar a otra cosa. Mientras no se inventen algo mejor hay que hacerle huevos. A pesar de que nos despachamos con el Paul a otras cuatro en el año, nunca volví a sentir lo de la primera vez. Lo que hicimos siempre bien fue escoger a la muchacha. Bueno, en realidad yo escogía. Buscábamos que no tuvieran familia, que fueran del interior, que fueran putas o tuvieran trabajos de menor categoría. Nadie extraña a los insignificantes. Yo era el que ponía especial cuidado en esos detalles. El Paul era muy impulsivo, descuidado. Me tocaba detenerlo porque no es que la policía te persiga, pero de repente sale algún investigador que sí hace su trabajo y te empiezan a chingar. Lo malo de ser asesino en serie en un país de tercer mundo es que no tenés reconocimiento. En los países desarrollados la policía y la prensa hacen alboroto, e incluso persiguen por años a los asesinos. A los gringos les encanta hacer películas y series de televisión de los asesinos. Los adoran. Son reconocidos. Eso no sucede acá. Antes de empezar con todo, éramos buenos cuates con el Paul. Compartíamos varias rarezas, como que nos gustaba encerrarnos en mi cuarto a gritar puros locos hasta que nos quedábamos afónicos. O que aquel coleccionaba ratas muertas y yo patas de gatos. Pero cuando nos despachamos a la segunda -una putía de la dieciocho calle- de un solo disparo en la cabeza, se empezó a poner mula. El imbécil quería “salir de caza” todas las lunas llenas, y ver qué salía. No seás idiota, le decía siempre, hay que escoger, no vaya a ser que matés a la hija de un narco o de un policía. Así que poco a poco me fui aburriendo de tener que controlarlo. Después de que dejamos en el barranco a la quinta mosca muerta, le dije que ya no iba a cazar con él. Que si quería seguir en el rollo que fuera por su cuenta, pero conmigo ya nada. Se puso al brinco entonces. Me empezó a gritar que yo nunca hubiera tenidos los huevos de hacer todo solo, que le debía mucho, que me iba a chillar a la policía. Hablaba y hablaba el maldito, no se callaba, gritaba y escupía al gritar, me decía todos los insultos que podía. Por más que yo intentaba callarlo y calmarlo, el hijo de puta seguía puro energúmeno descontrolado diciendo cualquier cosa. Hasta que me aburrió y le dije, está bien Paul, busquemos otra mañana, tranquilo. Lo que pasa es que vos sos muy descuidado, no todos los días se puede hacer esto hombre, agarrá la onda. Se fue calmando pero igual seguía puteándome y hablando estupideces. Cuando por fin se calmó, agarré su cuchillo de cazador y le corté toda la garganta agarrándolo por atrás, para no mancharme. La cena —Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa. Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes. —¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera. —Pues… —Bueno, entonces confírmeme algunos datos y dígame cuántas personas asistirán con usted. Marvin sospecha que detrás de la invitación hay algún tipo de trampa. Pero piensa que una cena en un lugar agradable le puede gustar a su mujer, aunque a veces no se sabe lo que a ella le gusta. Siempre está de mal humor. Confirma los datos que le pide la marketinera y reserva mesa para dos. No ha hecho ningún compromiso económico, así que no hay problema. Va al dormitorio y encuentra a su mujer sentada frente al espejo, peinándose. Son las siete de la noche, ella saldrá en unos momentos a una fiesta a la que no irá él. Cuando ella escucha la oferta, le dice con desgano: —Seguro nos quieren vender un paquete de vacaciones.  Andá vos si querés. Pero no vayás a pagar nada ni seas idiota. A vos siempre te miran la cara de pendejo. Marvin no contesta nada. Se limita a encogerse de hombros. Su mujer se le queda mirando por algunos segundos a través del espejo y finalmente niega con la cabeza y se sigue peinando. Marvin sale del dormitorio en silencio, a pesar de que quisiera gritarle y exigirle que no lo trate siempre de idiota. —No vayás a ir, pendejo —le advierte. El viernes por la mañana su jefe lo llama a su despacho. Un cliente devolvió un producto que él empaquetó. El cliente es una mujer que está furiosa, aunque el error es mínimo y salvable. Su jefe le reclama y le dice que si vuelve a cometer otro error similar puede considerarse como despedido, que no sea tan irresponsable y descuidado. Marvin se encoge de hombros y sale del despacho de su jefe en silencio, con respiración agitada. Le gustaría somatar la puerta y no hacer nada el resto del día. —Por favor reenvía el producto ahora mismo —sentencia su jefe justo antes de que Marvin cruce la puerta. Para calmarse un poco ingresa al chat, pero no encuentra a nadie. En el facebook tampoco ha pasado nada; no hay ningún comentario o foto nueva. Enmienda el error del empaquetado y despacha el envío sin mucho trámite. Sigue pensando que el error es mínimo y que no había por qué hacer tanto escándalo. Pero el cliente siempre tiene la razón. Frase más idiota, piensa. Cuando llama al cliente para anunciar el reenvío de mercadería, le toca ahora soportar los airados reclamos de una vieja de voz chillona. Ella le dice que nunca pensó que en esa empresa fueran tan irresponsables, que dejaría de recomendarlos, que era imperdonable que se cometieran errores de ese tipo. Marvin replica que le han atendido durante más de cinco años, y este es el primer reclamo. Además el error no es tan grave. —Eso no importa —dice la vieja—, yo a usted le pago para hacer las cosas bien. Marvin respira profundo y reitera las disculpas. La vieja cuelga. A media tarde llama la marketinera para confirmar su llegada a la cena. Duda algunos instantes, pero piensa que tal vez la cosa no será tan mala, y al fin y al cabo, si su mujer está en casa, habría que aguantar su mal humor de siempre. Una cena gratis lo puede distraer al menos un rato. Avisa entonces que llegará solo. Después del trabajo sale para el hotel donde lo citaron. Una amable señorita lo atiende, le pregunta su nombre y consulta un libro. Marvin ya tiene hambre. Después de verificar sus datos, la señorita lo conduce hacia un salón pequeño, con una mesa circular, dos personas y un asiento vacío. Un tipo gordo y sonriente y una mujer en sus cuarentas maquillada en exceso. Le dan la bienvenida. —Antes de pasar a la cena —dice el gordo— le queremos mostrar algunas ofertas que usted no debería perderse. Le cuentan todo lo que se ahorrará en pasajes de avión, hoteles y restaurantes y le hablan de todas las maravillas que se pueden encontrar en lugares como Cancún, Miami o la Isla Margarita. ¡Con los ahorros que tendrá puede costearse hasta tres viajes más! Sin darle ningún respiro le lanzan oferta tras oferta. Marvin amablemente dice que no a cada una de las propuestas, pero el gordo insiste y la mujer saca más ofertas que consisten casi siempre en lo mismo, pero con diferente hotel. Por cada intento de Marvin por salir del pequeño salón, hay una nueva oferta que no debería perderse. Lo torturan de esa manera durante casi hora y media. —Usted ya nos dijo que tiene tarjeta de crédito así que no entiendo por qué no quiere contratar al menos una oferta —insiste el gordo. —Yo vine porque me ofrecieron una cena como premio. —Ya tendrá su cena —dice seria la mujer—, firme ya un contrato y se va a comer tranquilo. Al escuchar esto último, Marvin por fin estalla. Se levanta furibundo y golpea la mesa con un puño. —¡No tengo dinero para gastar con ustedes! —grita—. Vine porque me dijeron que era un premio, y los escuché ya por una hora y media y no puedo pagar lo que piden, y no me interesa. No tengo por qué contratar nada que no me interese. ¡No quiero saber nada más de sus estúpidas ofertas! El gordo y la mujer lo miran incrédulos e inmóviles; no atinan a decir palabra. Marvin está temblando de la cólera. El gordo tiene las manos levantadas como queriendo protegerse. La mujer tiene la mano sobre la boca. —¡Hijos de puta! —exclama Marvin antes de salir del salón somatando la puerta. Al llegar al parqueo y sentarse en el carro, empieza a reír a carcajadas. Hace mucho que no se sentía tan bien. ¡Había que verle las caras a los idiotas marketineros! Camino a casa se detiene a cenar en un restaurante. Se siente tan liberado que decide que al llegar a casa empacará sus cosas y se irá. Su mujer, que seguramente está revolcándose con su amante, extrañará la tele y el aparato de sonido más que a él. Por fortuna el contrato de alquiler vence en una semana, y Marvin llamará al dueño para decirle que no se renovará. El fin del mundo Nunca se me va a olvidar la noche en que el pastor dijo que el fin del mundo sería a la medianoche del 31 de diciembre del 2009. Era un viernes lluvioso de septiembre. Todos los que estábamos ahí exclamamos un ¡oh! de sorpresa y un amén de aceptación. Él dijo que eso le había sido revelado por Dios, pero que no nos preocupáramos, que el Señor tendría piedad de nosotros si hacíamos lo que él nos decía. Yo tuve una mezcla de miedo y alegría. Miedo a lo que se venía y alegría por ser uno de los escogidos para saber la noticia antes de tiempo. El pastor siempre había sido un hombre santo. Recuerdo que cuando yo estuve desempleado me llegó a visitar a la casa y me dejó víveres y vales para el supermercado. Nunca se me va a olvidar. Por ese gesto yo fui uno de sus más fieles seguidores. Al final del servicio la noche del anuncio, hicimos la oración de costumbre y pese a la mala noticia nos fuimos contentos a nuestras casas. Era el fin del mundo, pero el Señor no nos abandonaría. Nunca en la vida había estado tan feliz. Al mundo le quedaban un poco más de tres meses de existencia y nosotros lo sabíamos, lo esperaríamos e iríamos al cielo. Jesucristo bajaría del Paraíso y nos iríamos con él. Nuestras penas acabarían. Me olvidaría de mi matrimonio fracasado, de la muerte de mi hijo y de mi jefe explotador. Sin embargo, el pastor nos prohibió hablar del asunto con los amigos y familiares que no pertenecieran a la iglesia. Esto me entristeció porque yo quería que mi hermano y su familia, mi papá y mi tío también estuvieran enterados y se prepararan. También mi exmujer, con la que al fin y al cabo tuvimos algunos momentos felices. El día del anuncio el pastor no dijo nada más, sólo citó al Apocalipsis, y nos dijo que si queríamos dormir esa noche en la iglesia, para estar todos juntos, que lo hiciéramos. Muchos nos quedamos, algunos fueron a traer colchones y frazadas para pasar la noche, otros, simplemente nos quedamos tratando de digerir la noticia. Era algo totalmente extraordinario e increíble. El fin del mundo, el final de los tiempos. Era muy difícil entenderlo, por eso el pastor nos pidió que sólo lo aceptáramos. Durante toda la noche el pastor se dedicó a recibir a cada uno de los que nos quedamos en su despacho personal. Cada uno tuvo una entrevista privada, le contamos sobre nuestra vida, sobre los sueños que teníamos, sobre lo que hacíamos para vivir, sobre nuestra fe en Dios. Yo le conté que trabajaba en una oficina contable y que todas las fechas de entrega de impuestos eran siempre muy cansadas, con clientes que no entregan sus datos a tiempo, errores de último momento en los formularios y colas interminables en los bancos. Y encima, mal pagado. Le conté de cuando conocí a la Susan, y de cuando nos casamos y tuvimos al Carlitos. El Carlitos era un niño muy dulce, no sé por qué designio de Dios un día se cruzó en el camino un endemoniado que lo violó y lo asesinó. Yo lloraba mucho cuando le contaba esto al pastor. Hacía ya ocho años de aquello, pero yo siempre lloraba al contarlo. El pastor me escuchó con paciencia y sus palabras me hicieron sentir bien. La gente, cuando uno le cuenta su historia, se asusta y puede que llore, pero no llora porque sienta solidaridad, sino porque le da miedo que le pueda suceder lo mismo. El pastor no era así. Regresé a mi casa hasta el otro día, un sábado gris. Seguía lloviendo. Dormí hasta el mediodía y descansé muy bien; no tuve esos sueños raros de siempre, en donde mi hijo pedía auxilio, o en donde me perseguía aquel toro con los ojos encendidos en rojo. Me levanté de buen humor, y al recordar lo de la noche pasada me pareció como un sueño. El fin del mundo. ¿Habrá sido verdad que el pastor dijo que el fin de año sería el fin del mundo? El domingo, el pastor habló sobre el asunto. Habrían desastres naturales muy catastróficos, muchas muertes por huracanes, tsunamis, terremotos. Una guerra nuclear entre China y Estados Unidos. Una rara mutación de un virus de la gripe arrasaría con Europa y África. Estas y muchas cosas más pasarían antes del día final. El pastor contó, con muchas citas de la Biblia, que todo estaba ya escrito, pero sólo los escogidos podían ver lo que Dios tenía planeado. A nosotros, los que sabíamos del fin del mundo, nos esperaba la vida eterna. La gloria para siempre. Verdes praderas, la presencia divina, no más sufrimientos. El pastor nos dijo que vendiéramos todo lo que teníamos y que colocáramos el dinero en una cuenta de la iglesia. Viviríamos como las primeras comunidades cristianas en la casa que había construido el año pasado. No nos haría falta nada. Éramos los escogidos, qué nos podía faltar. En este punto algunos abandonaron la iglesia. Se resistían al mensaje, no podían deshacerse de todo lo material. Morirían como los demás, nos dijo el pastor. Pero la mayoría nos quedamos. Familias enteras, parejas, niños huérfanos, solteros y solteras. El día que me pasé a vivir a la “Casa Final”, como le llamó el pastor, fue uno de los más felices que recuerdo. Todas las preocupaciones terminaban, y la seguridad de terminar en el Paraíso me provocaba una alegría enorme. Hubo sin embargo algunas cosas que me parecieron extrañas. El pastor a veces se encerraba horas enteras por las tardes en un cuarto privado con una o dos de las mujeres de la iglesia. En ocasiones con jovencitas apenas adolescentes. Nadie decía nada, y las mujeres parecían felices al salir. Un par de hombres que protestaron por esto fueron expulsados de la Casa Final. También me pareció que algunos hermanos y hermanas de la comunidad parecían como zombies, como drogados. Creo que les daban diazepam o algo así, para ayudar a calmarles las ansias. Al menos eso me dijo uno de los hermanos que era enfermero. Fuera de esto, no hubo mayor tensión entre los miembros. Éramos muy unidos, y cada uno cumplía su labor asignada. El pastor era estricto con la supervisión de las labores. En ocasiones le tocaba levantar la voz, pero era porque nosotros no cumplíamos. Una vez lo vi golpear a un muchacho en la cara: el joven había dicho que lo del fin del mundo le parecía una estupidez. También fue expulsado. Así pasaron octubre y noviembre. En diciembre, el último mes del hombre en la tierra, aún no habían empezado todos los desastres, enfermedades y guerras que había predicho el pastor. Nos dijo que no desesperáramos, que todo se cumpliría. Así estaba escrito, tengan fe, decía con autoridad. Yo estaba convencido de que el mundo terminaría. Pero en un instante de debilidad, una vez que fui a traer víveres para la comunidad al mercado, hice dos llamadas. La primera, a mi exmujer. Le conté lo del fin del mundo, y se rió sonoramente. Idiota, me dijo. Pero al final me deseó suerte, y me dijo algo que tampoco olvidaré: mirá Noé, yo ya no te quiero, pero cuánto te quise, de veras. Suerte, pero deberías salirte de esa iglesia. Y colgó. La segunda llamada se la hice a mi hermano. A él sólo quise saludarlo y preguntarle por su mujer y mis sobrinos. Todos estaban bien, la nena había estado en el cuadro de honor en el colegio; el nene jugaba futsal en un equipo y era bueno; iba a irse de viaje a España son su equipo el año que viene. Me alegré por ellos, pero no le conté nada del fin del mundo. Adiós hermano, le dije al final. Hablamos otro día, dijo él, gracias por llamar. Esa noche soñé con el último día. Soñé que estaba en un chalet del Puerto de San José a donde iba de niño y el mar estaba bravo y una gran ola arrasaba con todo. No sé cómo yo en un momento estaba viendo la playa por la ventana de la sala y al siguiente estaba debajo del agua, aguantando la respiración. Pero cuando ya no pude entonces empecé a tragar agua y a ahogarme. Me desperté gritando. Así que estábamos en diciembre sin ninguno de los desastres previstos por el pastor. En la primera semana se fueron varios de los hermanos, con sus familias, de la Casa Final. No dijeron que se iban, sólo salieron supuestamente a terminar de arreglar lo de su casa y propiedades, o al médico, o a visitar a algún familiar a manera de despedida, y no volvían. Quedamos 24 personas incluyendo al pastor. Los primeros en mostrar su enojo en diciembre porque no pasaba nada, fueron los dos gemelos Suárez, que tenían 16 años. Un día retaron al pastor burlándose del fin del mundo. —No ha pasado nada de lo que dijo, pastor, ¿para qué quedarse aquí? —dijo uno de los gemelos una mañana soleada. —Hay que tener fe, hijo —respondió el pastor. —Si pues, pero no en usted, ¿verdad? —respondió el otro gemelo riéndose. El pastor le dió una bofetada y les ordenó salir. Ellos se fueron contentos. A mediados de diciembre fue que llegó un telenoticiero a hacer un reportaje. Alguno de los hermanos que habían abandonado la comunidad debió avisarles. Yo los atendí y simplemente les dije que no respondería nada. Me pidieron hablar con el pastor. El pastor salió, negó todo y regresó a su oficina. Los reporteros no tuvieron más que irse. A los dos días se fueron otras dos familias y quedamos sólo 15 personas. Eran la familia López, los Tórtola y los Díaz. Buena gente todos ellos. Hubo una decisión tácita de no hablar mucho del fin del mundo. Creo que a esas alturas tampoco nosotros pensábamos que fuera a suceder. El mundo siguió afuera como siempre, son sus problemas de toda la vida, pero sin suceder nada extraordinario. Pasó la Navidad, y llegó el 30 de diciembre. El pastor nos reunió y dijo como de costumbre que debíamos tener fe y que seríamos los únicos salvos. Que éramos los escogidos. Fue tan convincente que volvimos a creer. Aunque ahora que lo vuelvo a pensar, tal vez no fue tan convincente; sólo decía lo que queríamos oír. La noche del 31 bastantes de los que habían se habían ido de la comunidad llegaron. La alabanza comenzó a las seis de la tarde. ¡Ya viene el Señor, alabémosle! ¡Gracias Padre por darnos la oportunidad de redimirnos! Todos respondíamos amén. Pasaron las nueve, las diez. Llegaron las once de la noche. Seguíamos alabando con más fuerza; las mujeres y los niños lloraban. Llegaron las doce de la noche. No pasó nada. Seguimos alabando hasta las tres de la mañana, pero no hubo fin del mundo. A esa hora se empezaron a ir a casa los primeros. Yo esperé a las seis de la mañana para irme, me fui a un motel cercano a la colonia. Tuve que somatarle la puerta al encargado. Entré a la habitación y me dormí todo el día. Por la noche sólo salí a cenar y a pedirle dinero prestado a mi hermano. Empecé a considerarme un idiota por creer que el mundo se acabaría porque lo decía un tipo que parecía ser santo. Yo realmente deseaba con toda el alma que el mundo se acabara y así olvidarme de mis cosas. Quería encontrarme con mi hijo en el Cielo y olvidarme de la infidelidad de mi mujer. Olvidarme del desprecio de mi jefe, de mi existencia tan aburrida. Deseaba ser parte de algo grande, de la historia de la humanidad. De por fin, por una sola vez en la vida, estar en el momento y el lugar adecuados. A pesar de todo, y de que mi hermano no me recibió con mucha alegría, me emocioné al saludarlo a él y a su familia. No quise quedarme mucho tiempo, pero me sentí aliviado de intercambiar bromas y tomar café con su familia. A pesar de la distancia que siempre hubo entre nosotros, éramos familia. Pensé entonces que todo había sido nada más que una oportunidad para comenzar de nuevo, buscaría un nuevo empleo; con lo poco que tenía en el banco me alcanzaba para algunos meses. Si no, miraría qué me inventaba; hasta vender baratijas en los buses era una buena opción. Por la noche llamé a mi papá, estaba bien. Volví a la iglesia la mañana del 2 de enero de 2010. Pensaba decirle al pastor que no se preocupara, que se había equivocado, pero que debía empezar de nuevo. Dios no lo desampararía. No había nadie en la iglesia. Grité, sin respuesta. No lo encontré en la oficina. Entré a la Casa Final, caminé a su dormitorio y abrí la puerta. Vi el cuerpo inerte del pastor, colgando por el cuello de un lazo que había atado a una de las vigas del techo. Unas molestas moscas verdes lo rodeaban. Un padre de familia Cuando nació el Carlitos yo fui el hombre más feliz. Un hijo, una pequeña persona de la cual cuidar, a la cual mimar, a quien enseñarle el mundo, a quien sonreírle diciendo tonteras. Un niño del que me tenía que hacer cargo. Sin duda he cometido muchos errores, pero el Carlitos no es una mala persona, es un muchacho noble. Pero ahora que ya cumplió 15 años todo es muy diferente. Descubrió que hay un mundo afuera y que yo no siempre encajo bien ahí. Después de años de ser recibido con alegría al llegar a casa, ahora me topo con que apenas me voltea a ver porque lo que dicen sus amigos de los mensajitos de celular, de Facebook, Twitter, chat o cuanta mierda esté de moda. Se emociona con cada comentario y celebra cada ocurrencia que lee en un español inentendible. Los muchachos creen que con cambiar letras u omitirlas lo que dicen será más ocurrente. Y ahí está el Carlitos siendo parte de eso escribiendo cosas como Ola kmo staz?, o escribiendo estados de Facebook tipo xando la weva. Cuando no está en el Facebook o en el chat, sale a la calle a vagabundear con sus amigos de la cuadra. Van de comercial en comercial viendo vitrinas y comprándose unas papas fritas y un agua y viéndole el culo o las tetas a las mujeres. Van con la intención de encontrarse con alguna chavita bonita y hablarle y enamorarse y tener aventuras así como en las películas. Vuelven siempre igual como se fueron, sin haber vivido grandes aventuras ni conquistas amorosas. Eso sí, cansados y con hambre. Yo le he dicho a veces, mirá Carlitos, leé algo, desburráte un poco siquiera. Qué hueva, me contesta. A la edad tuya yo estaba descubriendo a Edgar Allan Poe, a Cortázar, a Emily Brontë. Vos no pasás de la Lady Gaga, esa tipa que más parece un travesti, le digo. Asienta del mal humor y rápido se va a su cuarto y se encierra. Creo que hice mal en ponerle el internet en su cuarto; pasa horas ahí, y yo sé bien lo que está haciendo, pero ¿qué hago? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No le gusta tocar ningún instrumento musical, ni el dibujo o las artes, apenas juega un poco de fútbol los sábados. Ni siquiera sintoniza de perdida al Discovery Channel. La mitad de las materias que recibe en el colegio no le gustan; la otra mitad le aburren. No quiere ir a trabajar de vacacionista a ningún lugar. Su estado en el chat es generalmente “aburrido”. No quiere ayudar en las tareas de la casa. Es un buen muchacho, ya se los conté, pero me preocupa que no tenga ni talento, ni espíritu emprendedor, ni metas, ni ganas de aprender cosas nuevas. ¿Qué pasa si mañana me muero y se queda solo con su mamá? Lo peor es que ya quiere empezar a salir por la noche. Hasta que cumpla los 18 tengo la excusa de su edad, así que tengo aún tiempo para pensar en cómo cuido a este patojo. Qué bueno que no es mujer, porque ahí sí que ya habría comprado mi escopeta y ay de aquel que se acercara mucho. Pobres los papás que tienen sólo hijas mujeres, los compadezco. El otro día estaba de nuevo frente a la computadora. Lo abordé seriamente y le hablé: —Carlitos vení para acá —le dije. —¿Y ahora qué querés? —me contestó sin despegar la vista del monitor de la computadora, sosteniéndose la barbilla con la mano izquierda. —Vos vení. Perezosamente se levantó de su silla y caminamos juntos a la sala. —¿Qué querés? —dijo al sentarnos en el sofá. —No me hablés así, que soy tu padre —contesté serio—, más respeto. —Ok, perdón, decime pues. —Mirá Carlitos… —Ya no me digás Carlitos. En eso entró la mamá de la calle y le pidió que la ayudara con las cosas del super. Lo había salvado la campana. Sonrió cuando su mamá le gritó desde el garage. Después de que terminó de ayudar a su madre, seguimos la plática. —Mirá, tus notas están un poco bajas, si seguís así, vas a salir raspado. —¿Y? —respondió, con gesto insolente. —¿Cómo que “Y”? Mirá cerote, —le dije molesto— vos ya te estás pasando, un día te echo de la casa, a ver si servís de algo en la calle. Idiota. Estaba muy molesto. La mamá nos oyó y se armó un gran relajo. —¿Y vos qué te creés, Víctor? —me grita—. El nene sólo necesita un poco de tiempo para concentrarse, no todos pueden seguir el ritmo con tanta tarea y tanto examen. Me tuve que ir con toda mi cólera a encerrarme a mi dormitorio. Yo tengo un solo hijo, ¿qué harán los que tienen 2, 3, 4? Otra cosa que no sé cómo entrarle es al sexo. ¿Lo llevo donde las putas? ¿Y si de pura mala suerte se contagia de algo por mi culpa? El condón se puede romper y… Además la mamá es muy de la iglesia, así que si se entera me manda a la mierda. Pero no sé, debe haber alguna forma de enseñarle, tal vez si hago como ese mi cuate que le habló a una edecán que iba al gimnasio para que se cogiera a su hijo. Pero igual no sé. Si algo me da miedo, en especial en esta violenta Guatemala, es pensar que un día cualquiera me balean al Carlitos. Porque acá no sabés si en la tienda de la esquina llega alguien y mata al de a la par y a vos también de perdida. Peor aún es pensar que se meta a cosas como el narcotráfico, maras o bandas de asaltantes. La gente que se aburre hace cualquier idiotez para distraerse. Capaz que se junta con unos tipos y se mete a hacer estupideces. Por eso sí está bueno que vaya a la iglesia, ahí le dicen que se tiene que portar bien porque si no se va al infierno. Igual no sé si eso lo asuste mucho. A veces lo miro ahí tirado en el sofá viendo tele, bostezando, despeinado, con una cocacola en una mano y un cheeto en la otra. Es tan coche que se mete un dedo en la nariz y se saca un moco y lo pone debajo del sillón. Luego se lleva otro cheeto a la boca, como que si nada. Y pienso, ¿y este vago se podrá mantener él solito algún día? Me da que lo voy a tener que mantener durante un buen tiempo. Ese es el futuro del país. El día que más me asusté en la vida fue cuando el Carlitos se me perdió en el comercial.  Tenía cinco años. Lo dejé en la sección de juguetes del super y seguí comprando. Su mamá no había ido con nosotros. Y yo de mula me olvidé del patojo, pagué en la caja y salí. En el parqueo me di cuenta. ¡Puta! ¿Y el Carlitos?, me dije asustado. Regresé corriendo como un loco, casi chillando, puro maricón. El Carlitos todavía estaba jugando con los carritos, tranquilo, hasta cantando. En realidad no fue que se me perdiera, ahora que lo recuerdo bien. Cuando lo ví tan sereno esa vez en la tienda pensé, ese patojo bien se las va a poder sin mí. Va a ser cabrón. El domingo pasado fuimos al estadio, a ver a los rojos. Como suele suceder acá, el estadio vacío y un mal partido. A la salida nos comimos unas tortillas con carne y un par de cervezas. Platicamos de lo malo del partido. En eso es lo único que coincidimos, en que nos encanta el fútbol. Es en ese punto en donde nos encontramos, en donde somos cuates. Si le pregunto ¿cómo quedó el Barça en la Champions?, él me contesta, 2 a 0 papa, los dos goles de Messi. Si está de buen humor me da detalles: hubieras visto, el Messi se llevó a cinco, dio un pase, se la regresaron de pared y de globito la metió. Golazo. Si no está de buen humor, sólo me da el resultado. Otras veces él me pregunta por el resultado y yo contesto. Siempre que hablamos de fútbol me siento bien, pienso que no todo lo hice mal, que el patojo este va a ser de alguna manera un buen hombre. Sí, eso es. Siempre que al ver un balón de nuestro equipo rozar la portería nos levantemos y gritemos monosílabos, siempre que suceda eso, yo sabré que hay un nexo con el Carlitos, una conexión, una manera de saber que si hay gol nos vamos a sonreír cómplices, una manera de saber que siempre vamos a estar del mismo lado, juntos. La viuda negra La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de Jorge murió ahogada en el mar en un viaje de vacaciones de semana santa, hace dos años. Esta es la primera visita al cementerio que Jorge hace con cierta serenidad. Antes de llegar al sitio donde había parqueado el carro, se topa con una solitaria mujer vestida de negro, llorando, casi aullando, frente a una tumba. Jorge se acerca, preocupado por el estado lamentable de la mujer. La mujer está postrada en el suelo, llorando desconsolada. La toca tres veces en el hombro antes de que ella voltee. Es una mujer bonita, joven, de pelo corto negro y ojos grises. Jorge le pregunta por quién llora. Ella le cuenta que llora por su marido, que murió hace dos meses al quedar en medio de una balacera entre narcos. Jorge le responde que lo siente, que él también perdió a su esposa, pero hace dos años. Ella lo mira interesada. Él le dice que sabe por lo que ella está pasando pero que después, aunque no lo parezca, vendrá la calma. La invita a levantarse del suelo y respirar hondo. La mujer hace caso y se calma. Juntos toman un refresco en una caseta del cementerio. Platican y se sienten consolados, comprendidos, acompañados en el dolor. Jorge se sorprende cuando le mira las tetas y piensa esta mujer está buena y es bonita y si no fuera porque recién enviudó, seguro la invitaba a salir. Por momentos ella luce resplandeciente, como una colegiala coqueta. Pero vuelve siempre el gesto de dolor, la angustia de la separación por la muerte. Y el llanto. Jorge puso gustoso su hombro para las lágrimas de la dama. Quién no lo hubiera hecho. Pensaba en su mujer fallecida, pero ya no tanto. Había llegado al cementerio triste pero esta viuda llorona lo hacía sentirse bien. Los dos eran viudos sin hijos. Siguieron platicando un buen rato y llegó la hora del almuerzo. Un atento y caballeroso Jorge la invitó, pero ella dijo que tenía que irse. Registró su bolso y sorprendida vio que no tenía mucho dinero. Le pidió prestado a Jorge para el taxi. Antes de despedirse intercambiaron números telefónicos. Hasta ahí Jorge supo que la bella viuda se llamaba Lucrecia. Por la noche la llamó. Ella estaba cansada y tenía sueño. Le dijo que no quería hablar, y ante la insistencia de Jorge, aceptó tomar un café al día siguiente. Ahí terminaron de saber todo uno del otro; Lucrecia había estado casada tres años, Jorge dos; el difunto marido de ella era un catedrático universitario de leyes y buen abogado, la mujer de Jorge era psicóloga. La pregunta que quedaba siempre en el aire era ¿por qué a nosotros? Ninguno de los dos se explicaba cómo al estar en una situación económica relajada y con un matrimonio feliz que apenas comenzaba, el destino les había separado de sus parejas. No era justo. Lucrecia trabajaba como gerente en un restaurante. Jorge era vendedor de maquinaria para restaurantes. Los dos consideraron simpática la coincidencia. Empezaron a frecuentarse y a ser muy buenos amigos. Iban al cine, a comer a restaurantes y a tomar cafés todas las semanas. Finalmente una noche, ya con algunos tragos de más, ella lo invitó a pasar a su casa, en donde vivía sola, y ambos se quitaron las ganas reprimidas en el tiempo de cortejo. Pasaron a categoría de amantes. Así fue como los viudos tristes se transformaron en viudos alegres. Parecían adolescentes enamorados, mensajito de texto por aquí, llamada por allá, chats románticos y calientes a cualquier hora, fines de semana juntos, discotecas y fiestas. Y justo antes de cumplir un año de haberse conocido, Lucrecia, la viuda bella, se fue a vivir con Jorge. La visita tradicional al cementerio el uno de noviembre la hicieron juntos. A ambos la tristeza les duró lo que estuvieron frente a las tumbas de sus cónyuges difuntos. Sin embargo, ese día los dos estuvieron casi sin hablarse, como si hubiera pasado algo, como sintiéndose culpables por estar juntos. Esa noche ella le propuso matrimonio. Y él aceptó. Se casaron al siguiente día, como si no hubiera mañana, como si al dejarlo para más tarde no se fuera a realizar. Sólo ahí Jorge se dio cuenta de que no conocía a la familia de Lucrecia, en cambio ella había conocido a sus dos hermanos y algunos de sus amigos. Decidió organizar una cena con la excusa de las fiestas de fin de año, y Lucrecia aceptó no de muy buena gana. A la cena llegaron los dos padres de ella y su hermana menor. Por parte de Jorge, su padre y sus dos hermanos y sus mujeres. Su madre no quiso asistir porque no aprobaba la relación. Fue en esa cena que Jorge se enteró de que el marido de Lucrecia no había muerto en una balacera de narcos. Había muerto por una rara intoxicación con mariscos. Habían comido mariscos en el Puerto de San José y él tuvo una mala reacción a los alimentos. Lucrecia había sido hospitalizada por síntomas similares, pero ella logró sobrevivir. La historia real fue revelada por un aparente descuido de la hermana menor de Lucrecia. Al mostrarse Jorge sorprendido, Lucrecia le dijo que había mentido porque no quería recordar los detalles de la muerte de su marido, que el cuadro había sido tan lamentable y doloroso que ella hubiera preferido que hubiera muerto efectivamente en una balacera de narcos. El nuevo matrimonio tuvo una crisis por la pelea que surgió después de la revelación. Jorge no le habló durante dos semanas, pero al final, viendo la paciencia y el cariño de ella, decidió olvidar el incidente. La navidad y el año nuevo de esa ocasión fue particularmente feliz para la pareja. En febrero del año siguiente, sin embargo, una noche después de regresar de un viaje a la playa, Jorge se sintió mal. Al parecer la comida no le había caído bien. Tenía náuseas y vómitos, se sentía muy cansado y su respiración era dificultosa. Tuvieron que ir de emergencia al hospital, y después de dos días internado, y de pasar por una crisis severa, le dieron de alta. Jorge sospechó lo peor. En secreto, estando en el hospital, pidió que analizaran muestras suyas para saber si había envenenamiento. Los resultados, entregados a Jorge de forma confidencial, dieron positivo para arsénico. Estaba confirmado: la bella Lucrecia no era más que una viuda negra, y con un marido ya a cuestas. Él no iba a ser el siguiente, de ninguna manera. Ya se había salvado de milagro. No regresó a su casa. Decidió ir a la casa de sus papás para terminar de recuperarse. Dudó al principio, pero la cólera por la mala mujer que se había conseguido pudo más. Registró en su agenda de teléfonos y encontró el del narco al que le había acondicionado una pizzería que en realidad era una fachada de una enorme bodega de drogas. Jorge le contó su desgracia y el narco le dio dos números de teléfono de gente que podía resolver el asunto a un buen precio. Semana y media después, él asistía al funeral de su segunda esposa. A Lucrecia la encontraron muerta por heridas de bala en una casa de un narcotraficante de poca monta, junto a otros cuatro cuerpos. Según la policía, había habido una balacera entre bandas narcotraficantes enemigas. Los sobrevivientes habían huido. 27