El sicario y otros cuentos José Joaquín López www.anecdotario.net Más libros de este autor en: http://www.anecdotario.net/descargas Contacto: josejoaking@gmail.com Nota preliminar Gracias por leer, soy José Joaquín López (Guatemala, 1974) y soy el autor de estas historias. Este documento contiene los relatos publicados en el 2011 en www.anecdotario.net, mi página web. Puedes copiarlos y distribuirlos por cualquier medio, venderlos o hacer obras derivadas, siempre y cuando indiques mi autoría y mi sitio web. Sugiero la siguiente forma: José Joaquín López – www.anecdotario.net Índice NOTA PRELIMINAR 2 LA MESERA Y EL OFICINISTA 4 EL PRIMER DÍA DE CLASES 8 UNA ESTRELLA 9 LAS MUÑECAS DE DON RIGOBERTO 10 DÍA DE LA MADRE 15 DÍA LIBRE 17 EL EXAMEN FINAL 19 GOTAS DE CHOCOLATE 21 LA CASA REDONDA 23 LA ENTREVISTA 25 EL VIEJO DEL BARRANCO 28 EL MITIN 32 EL SICARIO 34 La mesera y el oficinista Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado al Café París hacía seis meses y su belleza, su inagotable energía y su destacado culo, habían hecho que se duplicara la clientela, mayormente masculina. En contraste, el pobre César no era más que un flacucho de veintidós años sin mucha gracia, de lentes de culo de botella y mortalmente torpe con las mujeres. Todos en la oficina soltaron la carcajada cuando César dijo que ella terminaría casándose con él. César no había ido a comer al París hasta ese lunes. Así que para él fue amor a primera vista; para ella no, por supuesto. Pasó toda la tarde ensoñado y al nomás dar las cinco, se fue a una óptica a hacerse unos lentes de contacto. Al siguiente día se cortó el pelo y se compró ropa nueva. Por fin su vida tenía un objetivo definido, una meta que alcanzaría sin importar los sacrificios y desventuras que le ocasionara. César empezó a ir todos los días, religiosamente, a almorzar al París. Antes de su visita al café ejecutaba un ritual diseñado, según él, para el éxito. Primero iba al baño a lavarse la cara, peinarse y arreglarse la corbata y luego se echaba un perfume caro. Mas de alguna vez lo vi haciendo muecas frente al espejo; era enternecedor y cómico a la vez. Mary, la secretaria del gerente financiero, solía decir al verlo salir: ¡pobre mi gordo! Después del acicalamiento César enfilaba hacia el Santuario de Guadalupe a rezarle a la Virgen para que le concediera el milagro. Después caminaba hacia el mercado central a comprar una rosa, para ir finalmente a los dominios de Anabel. Llegaba casi siempre de primero a la cafetería para tener la oportunidad de entregar la rosa y decirle a la mujer de sus sueños que hoy, como siempre, estaba hermosa. Ella respondía con una sonrisa cortés, recibía la rosa y le preguntaba qué quería para almorzar. Un par de veces me fui temprano al almuerzo para ver al romeo en plena acción. Él se quedaba como idiota viendo a la grácil mujer viajar en medio de las mesas, las miradas lujuriosas, los vasos de refresco, los platos y cubiertos. ¿Por qué una mujer tan guapa tenía que trabajar tan duro? César cumplía su rutina diaria de forma meticulosa. Durante semanas enteras la mesera se limitó a recibir con una sonrisa sin emoción las rosas y las atenciones de su enamorado. Siempre que César quería entablar conversación, ella fingía que tenía que ir a hacer a la cocina, o que tenía que terminar de limpiar o atender pedidos a domicilio, que más bien eran raros. En la oficina todos lo molestábamos e íbamos a la cafetería sólo para ver los intentos infructuosos del enamorado. Mano, le decía Edwin, el de costos, la Anabel es mucho culo para vos. César se limitaba a mirarlo fijamente y decía qué te importa. Después de casi dos meses de rosa y piropo diario, un día que llegué al París, la mesera me preguntó que cómo era César. Bueno, le dije, parece un buen tipo, yo lo conozco sólo de la oficina y aparte de ser su enamorado más insistente, no le conozco ninguna otra rareza. Ella me sonrió y me contó, como en confidencia, bajando la voz un poco: ¿sabe qué hizo ayer? Me pidió en una carta larguísima que saliera con él a tomar un café un día a la salida de mi trabajo. Cuando vine acá esa carta ya estaba en la cocina junto a un arreglo grandote de flores. Todos ya la habían leído. Me dio ternura. ¿Y qué le respondió usted?, le pregunté. Que la otra semana, pero sólo para ganar tiempo, porque no estoy segura. Mejor salga usted conmigo, le propuse entonces. Ella me miró extrañada y se avergonzó un poco; no lo esperaba. Claro que no, me dijo algunos segundos después. Yo sólo le preguntaba porque usted es su amigo y no sé si César es loco o algo así porque yo no quiero problemas, me aseguró. Entonces tendré que empezar a traer mi rosa diaria, dije sonriendo. Ella se alejó fingiendo indignación, aunque antes de entrar a la cocina volteó a verme, con una cara seria que en el fondo reflejaba el brillo inequívoco de la vanidad femenina halagada. Desde esa vez yo también me empecé a obsesionar con Anabel, la adorable mesera del Café París. Por aquel entonces yo tenía una novia con la que todo iba bastante bien. Ella estudiaba conmigo en la universidad el último año de administración de empresas. Yo la quería, no hay duda, pero no estaba tan enamorado que digamos. Ella y su cariño me hacían sentir cómodo, la compañía era buena, ella era bonita, pero tenía una risa nerviosa muy rara que a veces me hacía desesperar. No tardé en olvidarme de ella y soñar con la infatigable mesera del prominente trasero. Ahora éramos dos los enamorados obsesos. Competíamos con César por ser los primeros clientes en llegar. Yo todos los días la invitaba a salir, y él todos lo días le daba sus flores y una carta, con un poema de Ruben Darío, de Amado Nervo o de Pablo Neruda. Yo de vez en cuando le llevaba una rosa. A Anabel le divertía un poco nuestra competencia, unas veces saludaba de besito a César y otras a mí, como para provocar más la rivalidad. César me dejó de hablar, y cuando teníamos que hacerlo por trabajo se limitaba casi a monosílabos. Mientras seguía con su ritual religioso: acicalamiento, compra de flores e ida a la iglesia. A veces yo le decía por molestar que a mí me iba a hacer caso la Anabelita porque yo le pedía al diablo, que es el príncipe de este mundo. César me contestaba con una mirada de odio profundo y sincero. Así fuimos por un par de meses, hasta que un día, cansada del cortejo, Anabel decidió darnos una cita a cada uno. Chicos, dijo, me gusta que me halaguen, pero ya es hora de terminar con esto. Mañana saldré con César y pasado mañana con Carlos, a ver quién se pone más las pilas y me sorprende mejor. Yo sonreí y volteé a ver a César, que estaba serio y altivo. Los dos creímos que le íbamos a ganar al otro. El con su romanticismo soñador y yo con mi mejor trato con las mujeres. Yo estaba seguro que me había puesto de último para quedarse conmigo. Con César saldría el jueves y conmigo el viernes, algo tenía que significar. * * * El jueves, cuando los vi salir de la cafetería París, como a las cinco de la tarde, yo moría de celos. Los vi desde la ventana de la oficina hasta que se subieron al carro de César. El volteó a mirar hacia la ventana de la oficina, con una sonrisa burlona. Sabía que yo iba a estar ahí, observando como el romeo se llevaba a la mesera. Era una tarde soleada, bonita, y yo apenas resisití a la tentación de llamarla al celular. Casi no dormí pensando en qué le diría, en cómo podría romper su resistencia, en cómo venderme como mejor opción. También pensé en que para qué me metía a luchar por una mujer que ya tenía hijos, que no iba a tener tiempo para mí, que ya estaba muy vivida como para ilusionarse. Hasta que se pasó la noche y llegó el siguiente día, la hora del almuerzo en el París, y por fin, la hora de salida, las cinco de la tarde tan ansiadas. Cuando llegó César ese viernes, me miró con sonrisa triunfante y despectiva. Yo no sabía lo que habían hablado, pero era evidente que me habría mirado de esa manera cualquiera que fuera el resultado de la cita del día anterior. Sin embargo me intimidó un poco. Al fin y al cabo él era más metódico en su cortejo y sus acercamientos con Anabel tenían más tiempo y más trabajo. El había trabajado en la planificación de esa cita mucho tiempo más que yo, y era muy probable también que su devoción a la mesera fuera más grande que la mía. Toda hora se llega, así que me tocó al fin ir a traer a la dama. Para no estar tan nervioso, me tomé un par de tragos después del almuerzo, repasé mentalmente mis frases matadoras y mi sonrisa de galán frente al espejo y salí decidido a ganarme el corazón de la bella mesera. ¡Hola!, me dijo al verme. Vestía una blusa celeste, un pantalón de lona algo flojo, y unos zapatos tenis. Se había maquillado con buen gusto. Me tomó del brazo y dijo que caminara con ella. Me sentí el ganador de la contienda. Me dijo que iríamos a caminar un poco a la sexta avenida, y que después podríamos ir a donde yo hubiera planificado. Hoy es un día importante, apuntó. Me contó entonces que era el cumpleaños de su mamá y que desde que había muerto, hace tres años, siempre visitaba algún lugar que se la recordara. Pasaríamos frente al restaurante Fu Lu Sho, en donde había trabajado su mamá por años. Al contrario que el día anterior, estaba nublado, gris. Caminamos hasta llegar a la puerta del restaurante y ella señaló el bar desde donde atendía a la clientela. Había tenido una infancia feliz, y pasar frente a ese restaurante le hacía recordar. Por un momento se le aguaron sus ojos. Se miraba hermosa. Bueno Carlitos, y entonces, ¿a dónde me vas a llevar?, me dijo después de un nostálgico y profundo suspiro. Le di el nombre del restaurante en donde quería cenar con ella, pero ella no lo conocía. Yo no me acuerdo del nombre, porque lo había escogido al azar en la guía telefónica, pero resultó ser un bonito lugar. Anabel era una mujer divertida, así que nos pasamos riendo la mayor parte del tiempo. Como me sentí a gusto, olvidé todas las palabras que había preparado para hacerla caer. Me la estaba pasando bien, así que decidí ser espontáneo. Entre risas y comida, me dijo que había aceptado la propuesta de matrimonio de César. Yo me ahogué con la cocacola que estaba tomado y se me salió un ¡puta! ¿cómo? La damisela se echo a reír con carcajada limpia. Sólo quería verte la cara, me dijo, somatándome la espalda (porque yo tosía del ahogo), riéndose todavía. No acepté nada. Lo que quiero es que me llevés a un motel porque hace rato que no me cojo. Al punto pagué la cuenta y nos fuimos al más cercano. No voy a dar detalles, pero nos la pasamos muy bien. La fui a dejar a su casa como a las cuatro de la mañana, porque ella quería que sus hijos la vieran cuando despertaran. Se había quedado su tía cuidándolos. Me dijo al despedirse que por favor no la llamara, que nos viéramos hasta el lunes. Yo no hice caso y la llamé al día siguiente. Le envié mensajes de texto como loco, le dejé grabados mensajes de amor después de tono, pero no contestó. Desesperado, la fui a buscar a su casa por la noche. Me atendió su tía, y me dijo que no estaba, que había salido con sus hijos, pero yo sabía que mentía. Creí ver que atrás de la vieja se abría una cortina, pero no vi a nadie. Le insistí a la vieja, le dije que estaba loco por su sobrina, que sólo quería verla. Ella sólo los vuelve locos y después se hace la loca ella, olvídela mijo, me dijo, casi tirándome la puerta en la cara. Volví a la casa derrotado, llamé a unos amigos y me fui a emborrachar en el Paseo Aycinena. Salí de ahí cargado por dos de mis mejores cuates, chillando, diciendo que me quería matar, y maldiciendo a la puta de la Anabel. Pasé mal el domingo, con resaca y depresión. Pero cuando me levanté el lunes, decidí hacerme el fuerte e ir a decir a la oficina que me había cogido a la mesera del París. Gritando, para que oyera el César. Cuando llegué a la oficina, sin embargo, todo mundo rodeaba al flacucho que les mostraba el anillo de compromiso que le iba a entregar a Anabel ese mismo día. Todos estarían invitados a la boda. Al verlo ahí, tan ufano y sonriente, no supe qué decir. Yo dije que me la había ido a coger el viernes, pero nadie me creyó. Todos fueron al París a almorzar ese lunes, nadie se quiso perder la entrega del anillo. Yo me escapé de la oficina después y llegué a confrontarla, a pedirle explicaciones. ¿Cómo es eso que cogés conmigo después de comprometerte en matrimonio? Soltame, me dijo, y te explico. Un poco temblando la voz, pero bien claro, le escuché que ella estaba segura de que el César iba a quedarse con ella, ella lo que quería era estabilidad y no sólo alguien que cogiera a la primera oportunidad. Que lo del viernes había cumplido dos propósitos: probar qué era lo que quería yo y pasar el rato. Pero nada más. Ahí me descontrolé y empecé a insultarla de tal modo que me tuvieron que sacar a la fuerza del restaurante el cocinero y el dueño. Fue la última vez que fui al París. La boda se celebró tres meses después. Yo no estaba invitado, pero fui a la boda religiosa, que por supuesto fue en el Santuario de Guadalupe; el lugar donde el romeo rogaba a Dios y a la Virgen que se le hiciera el milagro. Tenía que verlo con mis propios ojos. No digo que no sentí el orgullo de macho herido, pero incluso me alegré del suceso. No sé bien por qué. Salí de la iglesia antes de que terminara la misa, mientras una soprano cantaba el Ave María. El primer día de clases Durante toda la semana de lo único que habla la pequeña María es de que va a ir al colegio. Mira sus crayones de cera, sus libros de pintar y se le encienden sus ojos traviesos. Sus papás, preocupados de que no se adapte, la sondean de vez en cuando: nena, ¿verdad que no vas a llorar? La nena contesta que no, mientras sigue mirando sus crayones de cera y las acuarelas de colores. Su mamá la mira e intenta adivinar qué podrá sentir una niña de cuatro años que irá por primera vez al colegio. La mamá de la pequeña María se recuerda que en su primer día de clases ella lloró toda la mañana. Al regresar a casa, ese día, no le habló el resto de la tarde a su mamá, que la había abandonado en el colegio a su suerte. La estrategia de su maestra fue enseñarle una muñeca con la que jugaría ella si entraba al aula. En ese descuido, su mamá se fue a casa. Al siguiente día, ella no quería saber nada del colegio. Pero fue entonces que su papá se acercó, se la sentó en las piernas y le dijo que todas las niñas bonitas siempre iban al colegio, y que si se iba al colegio de buena gana, la invitaba a comer a Pollo Campero el domingo. Ahora le toca a ella la tarea de ir a dejar la pequeña María. Piensa en todas las historias que se cuentan de niños golpeados por otros, abusados por profesores, castigos exagerados, tareas agotadoras. Será la primera vez que María se las tendrá que arreglar solita, pero también será la primera vez que ella se quedará sola en la casa. Es increíble cómo llena la casa un niño. No sólo a María le puede hacer falta la casa, también la casa la extrañará a ella. Llega entonces el primer día de clases. María ya está peinada, con dos colitas de pelo, su uniforme azul y blanco, su lonchera y su mochila de princesas. Lleva puesta su sonrisa de siempre, pero unas cuadras antes de llegar al colegio la sonrisa desaparece. La maestra saluda a la mamá, se presenta a la niña, e inclinándose, le dice que es una niña muy bonita y que su mochila está linda. La niña está seria, su sonrisa sigue desaparecida. La maestra entonces trae a otra niña que ya ha estado antes en el colegio y les propone que jueguen. La niña le dice que jueguen de “la lleva” y la pequeña María, dudosa, acepta, y las dos salen corriendo a encontrarse con otro grupo de niños. La mamá, aguantando el llanto, se va del colegio. Al regresar, la casa en completo silencio le recuerda que la pequeña María ha empezado a aprender a hacer vida independiente. La ausencia de ruidos la pone un poco triste. Pero ocupada por los quehaceres se le pasa la mañana y llega la hora de ir por María. La pequeña María está muy animada cuando llega su mamá al colegio, y al verla, sale corriendo a abrazarla y le dice que hizo dibujos, pintó y jugó con las otras niñas. Otro niño se pasó llorando toda la mañana y a ella no le gustó eso. Está chilero el colegio mama, dice. Su mamá respira aliviada y la felicita por haber superado el primer día de clases. ¿Ya viste?, es bonito estudiar, le dice. Sí mami, dice la niña, sonriendo. En el camino de regreso a casa, la nena brinca y canta una canción que aprendió hoy. Su mamá sonríe al verle sus ojitos hinchados. Una estrella A Fernando Omar, in memoriam Suena el teléfono en un barrio del interior de la república. Una anciana de hablar pausado contesta. Alguien al otro lado del teléfono, desde la capital, hace un reclamo: —Qué tal vos Juanita, estoy enojado con vos. —¿Por qué m’hijito, qué hice? Vos sabés que te quiero mucho —contesta la abuelita. —Estoy enojado con vos porque no me bajaste mi estrella —responde sonriendo Fernando, su nieto. Fernando es uno de los nietos más cariñosos de Juanita. La llama siempre y cuando la visita o cuando ella llega a la capital, él suele aparecer con un ramo de rosas. Con cariño para mi mamá Juanita, dice. El reclamo de la estrella no bajada se remonta a 25 años atrás, en una gasolinera de la capital de Guatemala, una tarde-noche de principios de abril. Juanita y Fernando esperan a Margarita, hija de Juanita y tía de Fernando. La esperan en una gasolinera a la orilla de la carretera, cuando empieza a oscurecer. Por alguna razón desconocida, en esa gasolinera, casi a orilla de un barranco, las estrellas se miran como si estuvieran cerca. El pequeño Fernando lo nota. —Abuelita, yo me voy a quedar aquí, y vos caminás para allá y me bajás una estrella —pidió Fernando, señalando el horizonte. —No se puede m’hijo, porque cuando camine las estrellas estarán cada vez más lejos y nunca las alcanzaré. Mejor nos quedamos aquí, ya tu tía no debe tardar y seguro nos traerá galletas de las que te gustan. —¡Sí! ¡Me gustan las galletas! Abuela y nieto esperan entonces la llegada de la tía. Los carros pasan por la carretera uno tras otro. Pasan también buses llenos de gente. De uno de ellos bajará la tía con las galletas. Mientras ella llega, abuela y nieto continúan observando cómo se miran de cerca las estrellas. Pero cómo están de lejos. Las muñecas de don Rigoberto Durante el tiempo en que trabajé para una telefónica instalando cable conocí a don Rigoberto, el tipo más raro que he visto en la vida. Por ese entonces este señor habrá tenido unos cincuenta años. Era alto, medio barbado, flacucho y muy platicador, nerviosamente platicador. Como por esos días apenas empezaba la compañía a dar el servicio, tuve que llegar varias veces a la casa de don Rigoberto porque no terminaba de quedar bien el cableado, o porque la señal era débil, o porque no había servicio. La segunda vez que llegué a su casa era de mañana, y vi sentada a la mesa del comedor a una mujer muy bella. Me la presentó como su mujer. La saludé pero ella no contestó. Hasta ahí me di cuenta de que era una muñeca. Viejo más loco, pensé yo, mientras él le acariciaba el pelo a la muñeca inmóvil. La muñeca era blanca, de pelo largo lacio, largas pestañas y buenas piernas. Era muy real, parecía que fuera a hablar en cualquier momento. Estaba vestida elegantemente. Era una muñeca bonita, pero verla ahí con el tipo loco a la par me pareció desagradable. Sólo atiné a responderle que me indicara cuál era el problema con el cable, y que se lo resolvería en el momento. Mientras yo trabajaba el tipo loco platicaba con su muñeca-mujer como si fuera una persona real. Le decía que la quería y que se miraba bella y radiante el día de hoy. La casa de don Rigoberto era de un lujo discreto. Se notaba la mano de algún decorador profesional y el buen gusto del dueño. Terminé lo más rápido que pude el trabajo y quise salir de ahí corriendo, pero en la puerta me detuvo don Rigoberto, tomándome del brazo. Me dijo, por favor no piense que estoy loco, yo sé que sólo es una muñeca, pero tengo más motivos para estar enamorado de ella que de una mujer normal. Se dio cuenta de que yo lo seguía mirando como a un bicho repugnante, y me dijo que si se necesitaba que fuera otra vez, procuraría que Hortensia no estuviera presente. Yo le dije que estaba bien, le di los buenos días y me fui lo más rápido posible. Yo esperaba no tener que visitar nuevamente al viejo loco, pero a la semana siguiente tuve que volver, porque ahora quería que le instalaran una conexión para una segunda televisión. Intenté que le asignaran a otro técnico, pero no me hicieron caso. Así que fui a instalarle el cable para una segunda televisión. El día que llegué me abrió don Rigoberto, me saludó por mi nombre y me invitó a pasar. Era un día de lluvia. Entré de inmediato en la sala, a la espera de las indicaciones de mi particular cliente. Al entrar, para mi alivio, no había ninguna muñeca en el comedor o en la sala. Me pidió que me sentara en uno de los sofás de la sala y me dijo que antes de que hiciera la instalación, él quería ofrecerme una disculpa y explicarme un par de cosas. A pesar de que le dije que no había necesidad, el tipo fue tan insistente que tuve que oírlo. —Mi estimado Juan José —me dijo—, la última vez que usted vino vio a mi muñeca Hortensia sentada en la mesa del comedor. Supongo que al decirle que era mi mujer usted me creyó un loco, y no lo voy a culpar. Pero todo tiene una explicación. —No tenga pena don Rigoberto —contesté—. Yo no encuentro ningún problema en que usted haga lo que mejor le parezca. —Yo sé que diga usted lo que diga, me sigue creyendo un loco. Pero como quiero que usted sea discreto, le voy a contar la historia, para que tenga un poco más de sentido lo que hago. No voy a tardar más de diez minutos y después puede ir usted a instalarme el cableado de la segunda tele. Don Rigoberto entonces sacó un cigarrillo, me ofreció uno a mí, y empezó su explicación. —Usted sabe, estimado Juan José, que de todo lo animado e inanimado que hay en la Tierra, lo más peligroso es el mismo hombre. No hay ningún animal que mate tan eficazmente a otros de su misma especie. No hay un depredador tan voraz como el ser humano. Todo lo que el hombre mira lo termina destruyendo. Yo le voy a contar un poco de mi historia, Juan José. Hace tiempo yo estaba casado y era un hombre feliz. Mi mujer era muy cariñosa y discreta, además de que era una profesional exitosa. Yo, por mi parte, nunca he tenido problemas de dinero, porque aparte de mi trabajo profesional como arquitecto de grandes proyectos, heredé alguna fortuna familiar. Pero todo el cariño se acabó cuando mi mujer se puso de amante con un colega suyo. Se transformó prácticamente en mi enemiga. Se burlaba de mí, de mi delgadez, de mis manías, de mi forma de estornudar, de mi forma de hablar, de mis malos chistes. Me hacía sentir muy mal. Así que no aguantando más, le pedí el divorcio y estuvimos peleando durante un par de años, hasta que le cedí un par de casas y uno de mis carros para que el asunto caminara. Ese divorcio me dejó muy afectado. Por ese tiempo conocí a Diego, que se volvió gran amigo mío. El era fabricante de maniquíes para boutiques y tiendas de ropa en general. Lo conocí en una reunión con unos clientes. Me invitó a conocer su taller, que quedaba cerca de mi oficina. Como me pareció un buen tipo, una tarde decidí visitarlo y ver qué había en ese taller de maniquíes. Nunca había conocido a alguien que fabricara esas cosas. Pensé en que tal vez también podía ser escultor y comprarle algo para adornar mi casa. Cuando llegué, y todavía lo recuerdo como si fuera ayer, estaba en el centro del taller una mujer muy bella, como posando para una pintura. Tenía un rostro hermoso, estaba vestida con un vestido rojo largo. Era blanca, de pelo negro largo y lacio, de pestañas largas. Quise saludar por cortesía, pero entonces noté que no respiraba, y al acercarme, vi que era una muñeca. Me sorprendí de la destreza de mi nuevo amigo y le pregunté que cómo hacía esas figuras. Me dijo que era su proyecto personal y que las hacía de una combinación de resinas especial y mucho tiempo de dedicación en las noches de insomnio. Lo que él hacia pertenecía a una nueva corriente artística, el hiperrealismo. Te la compro, le dije en el acto. Decíme cuánto es y yo te lo pago. Me miró sonriente y me dijo que no la pensaba vender porque era su primer figura de ese tipo, y por lo tanto la quería conservar. Me ofreció fabricarme una para mí, pero me pidió tiempo. Como no lo conocía mucho, decidí aceptar el trato y le pedí que me indicara el costo para hacerle un cheque por la cantidad que necesitara para empezar con el trabajo. Quería comprometerlo para no quedarme sin muñeca. Después de esa visita yo no hacía más que pensar en esa condenada muñeca y en poseerla. Conociendo cómo es la gente en este país, principié a presionarlo para que me hiciera mi muñeca hiperreal. Lo que yo quería, sin embargo, era a esa muñeca que vi la primera vez, y la idea era hacer que empezara a hacer otra, pero quedarme con la original. Ese proceso de insistirle a Diego en la fabricación de una segunda muñeca y esperar a conseguir la que yo quería, me rehabilitó de mi depresión por el fracaso matrimonial. Me sentía nuevamente alegre, jovial. Me acostumbré a visitar el taller de mi amigo con la excusa de verificar que trabajara en mi encargo, pero lo que yo quería era ver a Hortensia, el nombre que Diego le había puesto a la muñeca que vi la primera vez. Ahí fue donde me enamoré de ella. Creo que me enamoré porque sabía que al comprarla, esa muñeca sería sólo para mí, que nunca me dejaría ni me haría daño. Eso era mejor que buscar prostitutas para comprar un poco de cariño y sexo a cambio de dinero. Era la absoluta y total posesión del objeto lo que me excitaba. Don Rigoberto se miraba muy emocionado al contarme todo esto. Yo no sabía qué pensar porque el tipo razonaba bastante bien, pero ¡el loco estaba enamorado de una muñeca! Quise interrumpirlo para decirle que tenía que terminar el trabajo en su casa para atender a otros clientes, pero me fue imposible persuadirlo. Así que me siguió contando la historia hasta el final. —Le voy a ser sincero Juan José —prosiguió don Rigoberto—, yo nunca tuve suerte con las mujeres. A mi exesposa la enamoré a duras penas. Esa timidez que al principio le pareció encantadora, al final del matrimonio le parecía ridícula, y gozaba burlándose se eso. Yo sé que no es normal enamorarse de un objeto, que el amor es algo que debe darse entre dos personas. Pero como he sido inútil para conseguirlo, y no quiero valerme de mi dinero para conseguirlo, no lo miro reprochable. No quiero ser parte de la trata de blancas al contratar prostitutas para pasarme el rato, por ejemplo. Tampoco quiero que venga ninguna mujer a hacerme sirviente de sus caprichos. En los pocos intentos de acercarme a alguna mujer que veo interesante no he terminado más que decepciónadome más de toda esa hipocresía que rodea a las relaciones de pareja. De lo que hay que aceptar para cargar a cuestas con una relación. Porque en un matrimonio siempre hay que negociar el espacio personal, las visitas de amigos, la dosis de alcohol, los ingresos económicos, las aficiones. Y yo, teniendo la experiencia de haber dado todo y aún así ser rechazado, no estaba dispuesto a ceder en nada. Luego de un par de meses de ir varias veces a la semana al taller, después de grandes ruegos y de una buena suma de dinero, logré hacerme con Hortensia, la muñeca de mis amores. El día que la llevé por primera vez a la casa fui muy feliz. Puse mi música favorita y bailamos con Hortensia hasta que quedé exhausto, y no fue sino hasta el otro día que desperté y vi a Hortensia a la par mía y desayunamos por primera vez juntos. Es decir, yo con la compañía de Hortensia. Yo nunca he creído en cosas sobrenaturales, ni siquiera en Dios. Pero pienso que poco a poco Hortensia como que toma un poquito de mí, de mi alma, de mi energía. A veces, es como si reaccionara a mis emociones. Un día, cuando regresé de la oficina muy molesto por un altercado con un cliente, al cerrar la puerta de la calle escuché un ruido escandaloso. Había sido Hortensia que había caído de la silla donde la había dejado, y a su paso había botado un florero. Otras veces, cuando estoy de buen humor y cariñoso, puedo sentir que se recuesta apaciblemente en mi hombro. A veces, cuando hay total silencio, creo escuchar su respiración. Sé que nadie podrá entenderme pero soy feliz así. Don Rigoberto pareció haber terminado su relato y yo le dije que sería discreto, y me levanté a hacer la instalación que me había requerido. Pero me detuvo, tomándome del brazo, obligándome a sentarme de nuevo. —Sólo una última cosa, Juan José. Le voy a confesar algo más. Es posible que necesite de su ayuda y estoy dispuesto a reconocerle su colaboración en efectivo. Sólo escuche un momento más. Acepté escucharlo con algo de desgano, pero ahora interesado en la supuesta colaboración de la cual podría sacar renta. Al entrar Hortensia en mi vida logré superar mi depresión. Pero como la emoción de lo novedoso suele pasar, me vi nuevamente en el taller de mi amigo, insistiéndole para que me vendiera otra muñeca. Esta vez tenía en su taller a una mulata de caderas anchas y ojos claros. Me excité al nomás verla, y por supuesto quise poseerla y al momento la compré. La nombré Cinderella y me acompaña ahora los días lunes. Con el tiempo me hice de siete muñecas, una para cada día de la semana. Y aquí entra usted, Juan José, a ayudarme. Necesito que asee a mis muñecas para que estén siempre limpias. Hasta ahora lo he hecho yo, pero ya estoy cansado, y como da la casualidad de que usted se apareció el día que desayunaba con Hortensia, y confiando en su honestidad y discreción pues estoy dispuesto a ofrecerle el doble de lo que gana en su actual empleo para que me ayude con esa tarea. ¿Qué piensa? Maldito loco, pensé para mis adentros. Pero tiene dinero. —Don Rigoberto —le dije—, me siento honrado con su ofrecimiento, pero no puedo aceptar porque espero hacer carrera en la empresa y estoy estudiando en la universidad para ascender y lograr mejores posiciones. Además me gusta mi trabajo. —Entiendo —contestó, tomándose la barbilla con la mano—, pero ya que usted sabe mi secreto, quiero que colabore conmigo en esa tarea al menos un par de horas a la semana, el día que usted disponga. Luego, si consigo a alguien más, lo libero de la ocupación. Le pagaré bien. Como pensé que no sería mucho tiempo, acepté trabajar con él tres meses. Cuando por fin instalé el cable en la segunda televisión, como había solicitado a la empresa originalmente, me despedí de don Rigoberto. El me extendió la mano, y me entregó un sobre y me pidió que lo abriera hasta que llegara a casa. Cuando llegué a casa y conté el dinero, habían mil dólares. Así que trabajé por algún tiempo para don Rigoberto. Nunca lo volví a ver hablándole a ninguna muñeca. Procuraba limpiar las muñecas tratando de no imaginar qué había hecho el viejo con ellas. Tenía dos mulatas, una rubia, la Hortensia original, una asiática y una peliroja. Todas muy bonitas y bastante reales, hasta en sus genitales. Qué tipo más pervertido, pensé. A veces me daban un poco de miedo. Como aparte de esa su peculiar rareza don Rigoberto no tenía otra manía especial, me llevé bastante bien con él. Luego, al cabo de unos seis meses de llegar a su casa para el aseo de las muñecas, me dijo que había conseguido una persona fija para hacer el trabajo y que me daba las gracias por haber sido un buen y discreto colaborador. Me pagó una buena suma de dinero y me deseó mucha suerte. Luego de un año, me llamó de nuevo. Me saludó muy cordialmente y me dijo que necesitaba nuevamente de mí, que por favor llegara lo más pronto posible. Al llegar a su casa me topé con un tipo que no era ni la sombra de lo que había sido don Rigoberto. Con una delgadez extrema y tosiendo a cada rato como si fuera a echar los pulmones por la boca. Como no se había portado mal conmigo y además siempre me pagó bien, me dio mucha pena verlo en ese estado. —Estoy muy enfermo, Juan José —me dijo, con una voz muy carrasposa. Me contó que tenía cáncer de pulmón y que no le quedaba mucho tiempo de vida. Como yo era de los pocos que sabía lo de su amor por las muñecas, y en especial por Hortensia, me pidió que me las llevara a otra casa, que quedaba a algunos kilómetros. Él le pediría a su abogado dejarme alguna cantidad de dinero para que yo me hiciera cargo de ellas cuando él muriera. —Yo espero que el tratamiento de resultado y viva usted mucho tiempo. Pero no sé si aceptar —le respondí. —Por favor, Juan José, acepte —me dijo, casi suplicando—. Es más, quiero que se lleve las muñecas, menos a Hortensia, ahora mismo. No quiero que mi familia se entere de ellas. Por favor. Tuve que aceptar. Me llevé a las muñecas a una casa sin muebles, y las dejé ahí. Iba a visitar a don Rigoberto tres veces a la semana y le contaba cómo estaban sus muñecas, como si fuesen seres humanos. Se deterioraba rápidamente. No vi más que a dos sobrinos y a un hermano visitarlo, aunque él me había dicho que tenía cuatro hermanos. El día que murió, sin embargo, había muchos familiares fingiendo tristeza. La mujer que hacía la limpieza me entregó una maleta grande, en donde estaba Hortensia. Me dijo que don Rigoberto había muerto abrazado a ella, y que su última voluntad era que yo la cuidara. Me la llevé a la casa que don Rigoberto me había encargado. Días después me llamó el abogado. Toda la familia estaba ahí, queriendo que les cediera la casa que me había dejado. Yo no me dejé intimidar y recibí los papeles de la casa y una buena suma de dinero. Ahora me encargo de las muñecas, arreglé y amueblé la casa. Por las mañanas, a veces, recuerdo a don Rigoberto y siento a Hortensia en una de las sillas del comedor. Y desayunamos juntos. Día de la madre Madre e hija se citan en un restaurante para celebrar el día de la madre con un almuerzo. Es un día nublado, gris, con amenaza de lluvia. Aura, la madre, llega a la cita en punto y le toca esperar. Gabriela, la hija, está por salir de una reunión de trabajo, que se ha alargado porque el cliente pide muchos detalles y quiere descuento. El cliente no sabe que Gabriela tiene tres meses de embarazo y que la espera para almorzar su madre, que no sabe que será abuela. Es probable que aunque lo supiera no le importe. Aura llama insistentemente a su hija, molesta por la espera. Cuando el cliente al fin la deja ir, Gabriela la llama. Ahora es su madre la que no quiere responder. Aura es una mujer con mal carácter. Gabriela, su única hija, toda su vida la ha intentado complacer pero nada de lo que hace parece ser suficiente. Tuvo que ser madre soltera porque ella misma echó al padre de Gabriela de casa, porque un día llegó con olor a licor. Nunca lo volvió a recibir, a pesar de sus ruegos. —Mama, ya voy con vos, tuve un cliente muy difícil. —Siempre supe que tu trabajo es más importante. Cuando no es tu trabajo es tu marido el más importante. —Bueno, ya voy para allá. Esperáme. Cuando Gabriela lee en los diarios o las historias que las madres representan el amor y la abnegación, le resulta difícil asociar la idea con su madre. No es que esperara que su madre fuera extraordinaria, sólo esperaba de vez en cuando una palabra de aliento, una palmada en la espalda, un beso en la mejilla. Un comentario positivo. Pero Aura era incapaz de ver a las demás personas sin pensar en su propio interés. Le buscaba defecto a todo, a todos. Por eso Gabriela siente miedo de decirle que tendrá un hijo. Para otras madres eso sería una gran noticia, una alegría. Pero para Aura probablemente será otra noticia más, hasta molesta, inclusive. Eso es lo que la angustia en el camino hacia el restaurante, y lo que la pone tan tensa que por poco pasa trayendo con el carro a un motorista a pocas cuadras del restaurante. —¡Feliz día de la Madre! —dice Gabriela, sonriendo y abrazando a Aura. —Gracias nena, pero llegás tarde. Otra vez. —Mama, ya estoy acá, disculpe ya hombre. Sonría por lo menos hoy —dice Gabriela, intentando hacer olvidar un detalle sin importancia. Aura le pone al día a Gabriela de todas sus quejas. Los vecinos, siempre impertinentes, siguen estacionando los carros enfrente de su casa. La vecina de enfrente ahora le voltea la cara para no saludar. Su hermana Angela, tía de Gabriela, no supera la muerte de su marido, la pendeja. —Madre, pero a la tía se le murió el marido hace sólo dos meses. —Pero el tipo no era la gran cosa. Mejor que se haya muerto. Así siguió Aura detallando la vida de las personas que no le interesaban pero de las que tenía noticias. Para ninguna de ellas había ninguna palabra buena. A medida que avanzaba el almuerzo Gabriela pensaba en la manera de decirle lo del embarazo. En cómo decirle que iba a ser abuela. Lo difícil no era decírselo, lo difícil sería aceptar la reacción que ella tuviera. Seguro que le diría que apenas tenía un año de casada, que un niño es tremenda responsabilidad, que la iban a despedir del trabajo así como hacen las empresas con las embarazadas, que con la situación económica no es buena idea traer más gente al mundo. Afuera, mientras tanto, comenzaba a llover. Y así, el tiempo avanzó hasta el postre. Madre e hija hablando de cualquier cosa, coincidiendo en pocas. Era el momento de dar la noticia, darla después, o peor aún, que su madre se enterara por otra persona, sería muy malo. Al probar el primer bocado del pastel de queso, Gabriela respiró profundo, para agarrar valor. —Madre, estoy embarazada. De tres meses. A la revelación siguó un momento incómodo de silencio. Después del silencio Aura apenas balbuceó una felicitación casi inaudible y no quiso hablar mucho, tal vez porque sabía que al decir algo iba a arruinar el día para su hija. Pagaron la cuenta y salieron del restaurante. Llovía. Al despedirse, antes de subirse a sus carros, Aura le dijo algo a Gabriela al oído, muy bajo, mientras la abrazaba. —Gaby, vas a ser una gran madre. Gabriela se subió al carro y vio cómo su madre se subía al suyo, arrancaba, y se despedía con la mano. Gabriela arrancó su carro y salió del parqueo del restaurante. En el camino, mientras en las calles caía un gran aguacero, lloró. Lloró a mares. Al llegar al parqueo del cliente que iba a atender, se calmó, se limpió la cara con un pañuelo de papel y se maquilló. Respiró profundo y entró a la oficina del cliente, dispuesta a convencerlo de que su producto era el mejor que el cliente podía comprar. Día libre Ser A media mañana fui a un comercial a comprar tiempo de aire para mi celular. Me acerqué a un kiosco que tenía un rótulo de doble tiempo de aire. Atrás del mostrador iluminado, estaba una muchacha de no más de veinte años, con el rostro transfigurado por la luz del monitor de su computadora. Me vio llegar, pero apenas levantó los ojos del monitor y volvió a teclear y a esperar respuesta. Luego sonó el clásico bip de respuesta del chat y la muchacha se rió de buena gana. Yo estuve allí un par de minutos, pero ella no volvió a verme, pese a que estaba situado enfrente de ella. Me sentí incómodo pero preferí no hablarle, porque cuando le interrumpís a una adolescente su chat, es ganarte una maldición. Así que me encaminé hacia otro kiosco, pero entonces la muchacha reaccionó y me preguntó, amable, que qué se me ofrecía. —Ah —le dije—, necesito cincuenta quetzales de tiempo para mi celular. —Con mucho gusto —respondió—. —Gracias señorita. —Perdone, es que estaba platicando con mi novio. Como hacía mucho calor, pasé a una heladería y pedí una nieve. Mientras la tomaba, vi a una adolescente sentada en una banca, en uniforme de colegio, con su cabeza agachada sobre un teléfono celular. Estaba enviando mensajes de texto a la velocidad de la luz. A veces, cuando la respuesta no parecía gustarle rechistaba frunciendo el ceño. Si le gustaba la respuesta, sonreía y respondía más rápido. Después de varios minutos de idas y venidas de mensajitos, levantó la cabeza del celular y resopló. Miró a su alrededor con una mirada aburrida, sacó unos audífonos de su mochila, se los colocó en el oído y volvió al celular. Empezó de nuevo a enviar mensajes. Luego caminé hacia el supermercado a hacer unas compras que hacían falta. Ahí me encontré con mi amigo Fernando, un visitador médico exitoso. Siempre bien vestido y perfumado, me saludó con la ceremonia con que suelen saludar los vendedores profesionales. Gustazo de verte vos, cómo has estado, mirá que me alegra mucho saludarte. Después de la pequeña conversación cordial de rigor, recibió una llamada en su celular. Le dijo mi amor cómo está, la he extrañado, por qué no me había llamado. Y sin más ceremonia, se despidió de mí, aduciendo que la llamada era muy importante y que me llamaría para tomar una cerveza un día de éstos. Después de pagar por lo que llevaba, pensé en revisar mi correo electrónico en un cibercafé del lugar. Atendía un muchacho flaco, con el pelo sobre la frente y un arete en la nariz. Estaba jugando fútbol en la computadora. A cada pase que tenía que hacer el jugador en la pantalla, al muchacho parecía torcérsele la boca, se balanceaba a los lados cuando el portero tenía que atajar y cuando al fin metió gol, lo gritó como si estuviera en el estadio, alzando el puño en señal de victoria. Hasta ese momento se dio cuenta de mi presencia. Le pedí una hora de tiempo y me senté a la par de una jovencita que actualizaba su Facebook. En el chat me encontré con una amiga, que me dijo que no podía hablarme mucho, porque salía en ese momento para una cita con sus amigas. La muchacha que actualizaba su Facebook llevaba una memoria usb de la cual escogía las fotos que publicaría en su perfil. Tenía cientos de fotos, pero no se decidía por ninguna. No era una muchacha muy bonita, pero me pareció atractiva. En un momento me pidió que opinara sobre dos fotos, para escoger una para su perfil. Le dije que en la foto donde estaba con la playera verde me parecía bien. Ella me agradeció pero escogió la otra, en donde tenía playera roja y tenía una sonrisa practicada en el espejo para lucir en Facebook. No volteó a verme nunca más. En el trabajo yo había pedido el día libre, a cuenta de vacaciones, porque me sentía aturdido de tanto trabajo. Pensé que al tener tiempo podría relajarme y olvidarme un poco de la rutina. Pero lo cierto es que al regresar a casa para el almuerzo, extrañé no ir a la cafetería de siempre, con la mesera culona de sonrisa amable. Por la tarde quedé con mi hermana para refaccionar. Ella es una ejecutiva importante, siempre nos hemos llevado bien. Llegó, unos quince minutos tarde, sofocada por el calor, disculpándose y anunciándome que no se podía quedar mucho tiempo, pero que le alegraba verme. Ella pidió un refresco y yo una cerveza. A los cinco minutos de conversación, sonó una alarma en su teléfono. Cuando lo sacó vi que era uno de esos muy modernos, a los que les llaman inteligentes. Ah, sí, me dijo entusiasmada, con este puedo enviar mis mensajes a Twitter y conectarme con gente importante. Es buenísimo eso del Twitter, me contó, mientras enviaba una respuesta a su amigo de México, según me dijo. Luego descubrió que uno de sus seguidores de Twitter le había enviado un video, que me mostró. Era un niño que no paraba de reírse, lo que a los dos nos provocó risa. Mi hermana escribió un tuit en el que contaba que estaba tomando una cerveza con su hermano favorito. Pero si sólo tenés uno, le dije, y además sólo yo tomo cerveza. Se rió de buena gana y se quedó más tiempo del que había anunciado. Al salir de la cafetería empezaba a oscurecer. Mi hermana al entrar a su carro envió un tuit, seguro contando que había terminado su reunión conmigo. Yo me fui a casa, y encontré a mi mujer subiendo las fotos de la reunión a la que habíamos ido el domingo. Aunque me saludó cariñosa, siguió entretenida con su tarea. Yo, por mi parte, encendí la tele y me puse a ver el noticiero. A pesar de haber tenido el día libre, sentí alivio porque iría al trabajo de nuevo por la mañana. Como había comido algo con mi hermana ya no me preocupé por cenar, y me terminé quedando dormido en el sofá. Cuando desperté, ya en la madrugada, la tele estaba apagada y yo estaba a oscuras. Me levanté con pereza para ir a la cama, pero el movimiento me despabiló tanto que ya no pude volver a dormir, y entonces, para no esperar la luz del día con los ojos clavados en el techo, me fui a la computadora y abrí el chat. El examen final Nora pasó toda la noche estudiando para su examen final de matemáticas. No ha obtenido buenas notas en los exámenes parciales. Nunca ha entendido bien todo eso del álgebra, las derivadas y las ecuaciones cuadráticas. Siempre han sido una pesadilla. Después de dos horas de sueño se levanta con pereza e invoca al espíritu santo para que le ilumine y pueda ganar el examen. En el camino a la universidad, sentada en el bus, repasa con cuaderno en mano los problemas que les dejó estudiar el catedrático. Al llegar al aula ya los pupitres están separados para evitar que los alumnos se copien. Se empiezan a repartir los cuadernillos con el examen impreso. Nora le da el primer vistazo y quiere llorar, porque de repente, ya no se acuerda de nada. Después del primer vistazo, intenta leer con más calma el examen. Se da cuenta de que puede hacer el problema número dos, una simple factorización de una ecuación cuadrática. Observa a su alrededor a sus compañeros, unos, muy concentrados en el trabajo, escribiendo y tecleando en la calculadora, otros, con la mirada perdida característica del que no sabe mucho. Nora sigue avanzando en la resolución de los problemas y en cuestión de media hora, ha logrado resolver un poco menos de la mitad del examen. No es que comprenda todo lo que está haciendo. Ella memorizó todos los problemas que pudo y sólo cambia números para alcanzar respuestas. Después de resolver los problemas que pudo recordar llega a otros más complejos, los que tienen que ver con derivadas e identidades trigonométricas. ¡No se recuerda de nada! Revisa todos los problemas que le falta resolver y se da cuenta de que no los entiende y que los que memorizó no son exactamente iguales. Resuelve un par de problemas más, un poco adivinando porque no recuerda bien el procedimiento. Es una mañana soleada y un poco calurosa. Se puede observar por las ventanas la ausencia total de nubes. Por un momento Nora se entretiene mirando una pareja de novios que están afuera, sentados en una banca. Cómo le gustaría que su novio fuera tan cariñoso como se ve el que está afuera. El catedrático camina y observa el examen de Nora. Al verlo, nota que los últimos problemas no están bien resueltos, alza las cejas, resopla y continúa su camino. Esto pone más nerviosa a Nora, que según sus cálculos, tiene que sacar una muy buena nota en el final para ganar la clase. Una alumna de minifalda y tacones altos se levanta a buscar al catedrático. Al pasar deja en el aire el olor de su perfume. Sus pasos rítimicos resuenan en el aula, alertando a los alumnos. Todos los varones interrumpen su examen para ver las piernas bronceadas y perfectamente depiladas de la coqueta. La muchacha tutea al catedrático y le plantea sus dudas, pero lo que quiere es asegurarse de que ganará el examen. El catedrático mira el examen de la mujer y observa el bolígrafo que ella tiene entre sus labios. Todo mundo se da cuenta de que entre los dos se establece una alianza tácita, y que ella ganará el examen. ¡Gracias profe!, dice la muchacha con voz aguda y regresa a su pupitre. Vuelve a dejar el rastro de perfume a su paso y el ritmo de sus tacones vuelve a llenar el aula. Avanza el tiempo y los primeros alumnos empiezan a entregar el examen. Los más aplicados han resuelto bien todos los problemas. Algunos se apresuraron a entregar el examen porque no sabían nada más. Mientras tanto Nora invoca al espíritu santo para que le ayude a resolver los problemas que le faltan. Trata de concentrarse cerrando los ojos y tapándose la cara con las manos. Intenta visualizar las páginas de su libro y de su cuaderno de apuntes, pero se ven borrosas. Sabe que ahí están las respuestas, pero no logra alcanzarlas. Lee y relee los problemas, trata de planteárselos pero no logra concretar nada. Revisa los problemas que ya resolvió y encuentra un par de errores que corrige. Pero el tiempo sigue avanzando y algunos problemas se resisten a ser resueltos. —Quince minutos para que se acabe el examen —anuncia en voz alta el catedrático. Algunos alumnos exclaman preocupados. Nora trata de resolver los problemas que le faltan con lo que logra ver en sus recuerdos borrosos. Hay dos problemas que definitivamente no sabe cómo plantear y que decide dejar en blanco. Revisa rápidamente los problemas que resolvió y piensa que ya es tiempo de entregar el examen. —Tienen diez minutos para terminar su examen, jóvenes —dice el catedrático. Nora decide entregar el examen, pero cuando se va a levantar escucha alzar la voz al catedrático. —¿Qué es esto? —pregunta a un alumno, al descubrir una hoja con todos los problemas del examen resueltos. El alumno no responde. Resignado, espera sentencia. El catedrático toma el examen y le coloca una nota de cero, y le dice al alumno que se vaya. Todo mundo mira al alumno tomar su mochila, guardar su bolígrafo y calculadora, y marcharse sin protestar. Después de que el tramposo descubierto abandona el aula, el catedrático anuncia que quedan sólo cinco minutos más para terminar. Se escuchan expresiones de sorpresa y angustia. Nora se levanta y entrega su examen. Al entregarlo, a pesar de no estar segura de que vaya a obtener la nota que necesita, siente un gran alivio. Toma su mochila y se va caminando hacia la parada de bus. No quiere esperar a ninguno de sus compañeros. Todo mundo comenta después cuáles eran las respuestas correctas y es frustrante escuchar que no son las que uno obtuvo. En la parada de bus encuentra a la pareja de novios que había visto cerca del aula. Sube a un bus que tiene pocas personas dentro. El piloto esperará que suban algunas más para arrancar. Sentada en el bus, observa lo tranquila que se mira la universidad y resopla aliviada. Irá a casa a dormir. Por la tarde tal vez aproveche el buen día que hace para pasear con su novio. Tendrá que esperar una semana y media para saber su nota final de matemáticas. Piensa en lo feliz que será si gana la clase y en cómo disfrutará de las vacaciones. Mientras el bus comienza a avanzar hacia la salida de la universidad, a Nora poco a poco la vence el sueño, y recostando la cabeza en la ventana, se queda dormida. Gotas de chocolate Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra a sus demás alumnos, que le dicen buenos días y la rodean, cada uno contando lo que hacen o hicieron. Laura, la más pequeña, está llorando. Juan, el más travieso, está subido en una silla queriendo alcanzar uno de los dibujos pegados a la pared. En un momento, todos los niños gritan. Marta los llama al silencio y les dice que hoy va a ser un día muy bonito, van a pintar, a cantar y a jugar. Todo parece normal, hasta que se escuchan unos disparos afuera de la escuela. Los disparos son de ametralladora. Provocan un silencio aterrador en el aula. Marta les dice, aguantando el susto, que se tiren al piso, que pongan su carita en el suelo. Los 15 alumnos hacen caso. Marta siente que le va a estallar el corazón, pero cada vez que les habla a los niños procura parecer serena. Ellos, al escucharla, mantienen la calma. Afuera suenan más disparos. Por la mente de Marta pasan muchas cosas. Al observar su celular, se le ocurre grabar en video lo que sucede. Puede servir como evidencia, le dijeron alguna vez. Activa la grabación de video y continúa dando instrucciones. —Todos en el piso, chiquitos. Un niño pregunta si afuera están matando a alguien. —No, no pasa nada corazón. Nada más pongan su carita en el piso. Se escuchan ráfagas de ametralladora. —No pasa nada, aquí no nos va a pasar nada. Nada más no me levanten la cabeza, por favor —dice con aplomo la maestra. Otra ráfaga de ametralladora parece contestarle. Es posible que sí les pase algo. Laura cierra fuerte sus ojitos y se coloca boca abajo sobre sus brazos cruzados. Marta, asustada, respira profundo. Piensa que debe distraerlos, que debe mantener la calma a toda costa. Los niños dependen de ella. —¡Vamos a cantar una canción! —les dice a los niños, alzando la voz con la esperanza de que se escuche más fuerte que las balas. Laura la observa, recostando su cabeza en sus manitas. Sonríe cuando su maestra empieza a cantar la canción. Miguel, arrastrándose, se acerca con los demás niños hacia la maestra para escuchar y cantar la canción. Si las gotas de lluvia fueran de chocolate me encantaría estar ahí —¿Quién quiere chocolate? —pregunta la maestra. —¡Yo! —responden a coro los niños. Abriendo la boca para saborear No todos los niños cantan la canción, pero la escuchan atentamente. La angustia de la maestra es mantener a los niños en el suelo. Se le ocurre que los niños se coloquen boca arriba y que se imaginen recibir con la boca las gotas de chocolate. La idea funciona. Todos los niños están acostados en el piso, boca arriba. Tararean con la maestra la canción, y esperan en su imaginación saborear las gotas de chocolate que caen del cielo. Marta hace una toma de los niños con el celular. —¿Están abriendo la boca? —pregunta. —¡Sí! —responden a coro los niños. —La boquita hacia arriba, para que caigan las gotitas de lluvia. Marta apaga la cámara del celular. Afuera de la escuela, el grupo de sicarios ha terminado su labor. Han asesinado a cuatro rivales narcotraficantes que se movilizaban en taxis pirata. Se habían reunido en las cercanías de la escuela. Un hombre que pasaba por ahí también fue alcanzado por las balas y murió. Desde hace un par de años los narcos prácticamente han tomado la población en donde está la escuela de Marta. Después de que termina la balacera, la calle queda desierta y sólo hay silencio. Marta sigue cantando con sus niños la canción de las gotas de chocolate. Sus compañeras en la escuela han hecho otro tanto con los demás niños. Los niños siguen tirados en el piso durante unos quince minutos más, cantando canciones con su maestra. Marta llama a la directora de la escuela por el celular. La directora le indica que por precaución deben seguir en el suelo unos cuantos minutos. El vigilante de la escuela saldrá a la calle en algunos minutos más a ver si ya pasó el tiroteo. Los niños siguen cantando, rodeando a la maestra, asustados, pero confiados en que ella sabe más, que no los va a desproteger. Finalmente, el conserje de la escuela pasa por el aula avisando que ya pasó el peligro. Los niños se incorporan y vuelven a sus pupitres. Marta les dice que como se portaron bien e hicieron caso, les va a dar chocolates a todos. Los niños sonríen. Respira por fin aliviada, el peligro pasó. Por ahora. Este texto está basado en un suceso de la vida real, protagonizado por Martha Rivera y sus alumnos de kinder, en la escuela Alfonso Reyes, en Monterrey, México. Se puede leer la noticia en Milenio, y ver el video en Youtube. La casa redonda Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa que da vueltas. A los pocos días me mostró en la cena los primeros bosquejos de la casa. La terminó de construir dos años después. Cuando nos pasamos a vivir ahí, mi papá y yo, nos dimos cuenta que la gente que nos visitaba cambiaba, como si el giro de la casa también provocara un giro en la vida de las personas. Mi papá era un tipo con gran sentido del humor. Creo que es la persona más feliz que he conocido. Cuando yo era pequeño jugábamos tardes enteras al fútbol, o salíamos a la calle a pasear, o me llevaba a conocer sus obras. Como mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años, fuimos muy unidos. Por eso, aunque yo no entendiera muy bien al principio lo de la casa circular que daba vueltas, me ilusioné tanto como se puede ilusionar un niño de siete años. No había nadie en la colonia que tuviera una casa como la que yo iba a tener. Durante el tiempo en que se construyó la casa, mi papá me llevaba a verla al menos una vez a la semana. Me decía en dónde iba a estar mi cuarto, en dónde el baño, dónde la cocina, dónde su cuarto. La casa era como su juguete. El principal problema que costó resolver era el del agua de la cocina y el baño y las conexiones eléctricas. Mi papá se inventó un sistema central, en el cual el eje rotatorio de la casa contenía todo, tuberías y cables eléctricos. Cuando estuvo lista la casa, con una simple palanca se accionaba el motor que hacía girar la casa. La casa giraba completamente en hora y media. No se me olvida el día en que nos trasladamos. Mientras subíamos todo, la casa daba vueltas. Mi papá pensó que al menos ese día la casa iba a rotar un poco más rápido y calibró el motor para el efecto. Yo terminé esa noche mareado, y estrené el baño con un vómito. Ni él ni yo dormimos de la emoción de tener una casa particular. Una de las intenciones de mi papá era siempre tener la luz del sol de la mañana en su dormitorio, y para ello giraba la casa según la estación del año. Cuando yo estaba solo en la casa solía mover la palanca a cada rato para girarla, hasta que me troné el motor. Mi papá me dio una buena regañada y le puso candado a la palanquita. Sin embargo, a mi papá le gustaba jugar con la casa. Cuando llegaban mis tíos de visita, accionaba el motor, que era tan silencioso y giraba tan despacio que generalmente la gente no se daba cuenta. Un día mi tío Carlos se despidió de la casa y salió. Cuando vio que no estaba su carro, pegó un grito del susto, ¡me robaron, me robaron! Mi papá salió de la casa muerto de la risa, porque el carro estaba en la parte de atrás. La casa era la que había girado sin que el tío Carlos se diera cuenta. La primera persona que cambió al salir de la casa giratoria fue don Alberto, uno de los amigos de mi papá. Era un tipo deprimido y borracho, que había caído en eso por la muerte de su mujer y el fracaso en su empresa. Estaba quebrado. El día que llegó de visita a la casa, mi papá lo recibió con un gran abrazo y lo pasó adelante. Lo escuchó pacientemente toda la tarde. Cuando salió de casa, la broma de siempre, la casa había girado. Pero como don Alberto no tenía carro y además no vivía tan lejos de la casa, no se dio cuenta. Así que caminó en dirección contraria a su casa por unas cinco cuadras, hasta que se dio cuenta de la broma. Pero no se molestó, tocó la casa sonriendo. Cuando se dio cuenta de que iba en la dirección equivocada, nos contó, se sintió perdido y al darse cuenta de lo que había pasado, no tuvo más que reírse. Después de ese día, dejó la bebida y poco a poco reconstruyó su negocio quebrado y un año más tarde, se volvió a casar. A veces mi papá no giraba totalmente la casa, pero casi siempre desconcertaba a sus visitantes. Yo mismo le hice la broma a algunos de mis amigos. Uno de ellos casi se desmaya cuando fue a hacer la tarea conmigo y al salir no vio su bicicleta nueva. Muchos de mis compañeros del colegio me regalaban dulces en el recreo con tal de que los invitara a mi casa rotatoria. Una maestra casi me obligó a que invitara a toda la clase a una visita guiada, en donde les explicara cómo funcionaba la casa y cuál era la idea. Otra de las personas que cambió después de la visita a la casa fue la tía Refugio. Mi papá tenía mucho tiempo de no verla cuando la invitó a pasar un domingo. Ella llegó y lo primero que hizo fue buscarle defecto a todo. ¿Para qué querés una casa que gire?, fue su primera pregunta. Mi papá simplemente respondió “para jugar”. La tía y él siempre habían sido distantes, pero esa vez mi papá la trató con tal cariño, a pesar de sus desplantes, que yo casi lo compadecí, porque la tía era de verdad insoportable. La tía Refugio también sufrió la broma del giro, y al no encontrar su carro a la salida, empezó a regañar a mi papá por no tener un garage cerrado, por tener estúpida casa redonda y por haberla invitado. Hermanita, dijo paciente mi papá, tu carro está al otro lado, la casa giró. Mi tía sintió vergüenza y fue a comprobar que efectivamente, su carro estaba del lado de atrás. Y por primera vez tuvo un gesto amable con mi papá, se disculpó sinceramente, y al despedirse hasta lo abrazó. —¿Viste cómo cambia la casa a la gente? —me dijo mi papá cuando la tía Refugio se había ido. Fueron varios los amigos y familiares de mi papá los que cambiaron después de visitar la casa redonda. Él siempre prefirió darle el crédito a la casa, pero no era así. Él los llamaba, los invitaba, los trataba bien y los escuchaba. A algunos hasta les prestó dinero que nunca devolvieron. Quizás mi papá fue siempre así y no fue sino hasta vivir en la casa redonda que yo me di cuenta. Todos estos recuerdos vienen a mi mente cuando paso enfrente del terreno en donde estaba la casa redonda. Después de la muerte de mi papá, tuve que vender la casa porque con el paso del tiempo se arruinó el motor, las tuberías, los cableados. Cuando estaba reciente su fallecimiento era muy doloroso visitar la casa redonda en donde él vivió hasta su muerte. Después, cuando reaccioné, ya todo estaba muy arruinado y yo no tenía tiempo ni dinero para arreglarlo. Vendí la casa con el terreno tal cual estaba, y el nuevo dueño la demolió. Ahora hay un terreno en el cual están empezando a hacer movimiento de tierra para hacer alguna construcción. Hoy que pasé por ahí se me hizo un gran nudo en la garganta. Intenté desatarlo escribiendo este texto, pero ahí sigue, bien anudado. La entrevista La Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la revisión. En ocasiones lo llaman para hacer una segunda prueba. Quedan de llamarlo, pero igual, no llaman. Un día lee un anuncio y decide llamar. Lo atiende la señorita Lupita, y lo cita para una entrevista por la tarde. El anuncio dice que el trabajo es de media jornada y que es de trabajos de oficina. No piden más que sexto primaria, lo que a Juventino le va bien porque no terminó el bachillerato. El anuncio ya lo había visto en otras ocasiones, pero siempre le pareció que no era algo real, que debía haber trampa. Pero como nadie lo ha llamado para contratarlo, pues no tiene nada que perder, piensa, mientras se arregla para la entrevista. Cuando no está buscando empleo, Juventino se las arregla como puede. Compra dulces en el supermercado y se sube a los buses a venderlos. Le hace mandados a sus familiares. Hace limpieza en la iglesia a donde va los domingos. Con esos y otros mil oficios consigue pagarse la comida y la habitación en donde vive. Muchas veces come en los comedores públicos porque la plata no le rinde. Juventino vino de Patulul, su pueblo natal, a la capital al nomás cumplir los 18 años. Pensó que lograría dinero y fortuna. Siempre ha trabajado duro, pero aún así, apenas logra sustentarse. A los 23 años se puso a vivir con una muchacha que trabajaba en una maquila. Fue feliz. Pero a los dos años ella desapareció de un día para otro. La buscó por todos lados, y al fin, después de un mes de búsqueda, la halló en una morgue. Había sido violada y asesinada. Estaba embarazada. Fue un gran golpe para Juventino, que se deprimió y por algún tiempo se dio a la bebida. Unas compañeras de su mujer le contaron, tiempo después, que en el trabajo ella tenía un amante que había sido sicario. Juventino prefirió no creerles. Después de reponerse del golpe probó suerte con dos mujeres más, pero los celos no lo dejaban tranquilo y al poco tiempo de juntarse lo dejaron. A pesar de su mala suerte, Juventino no dejó de ser un tipo agradable. Hacía de todo lo que le ofrecieran hacer desde albañilería y policía privada, hasta instalaciones eléctricas. Lo que le molestaba era estar siempre en la incertidumbre de no tener un empleo fijo, de tener un salario. Por eso irá a la entrevista con la señorita Lupita, que se escuchaba amable por el teléfono. Al llegar al lugar indicado pregunta por la señorita Lupita. Una muchacha, que no es Lupita, pero que tampoco le dice su nombre, le pregunta si va a la entrevista y lo hace pasar. Es en el tercer nivel, le indica. Hace calor. En los descansos de las gradas hay mujeres sentadas en bancos de plástico. Le indican que debe seguir subiendo. Al llegar al tercer nivel un hombre gordo sudoroso, le indica que entre al salón. Juventino pregunta por Lupita, pero el hombre le dice que entre, que ahí será la entrevista, que no se preocupe por la señorita Lupita. En el salón hay unas cincuenta personas sentadas. Un pizarrón verde muestra algunas anotaciones hechas con yeso blanco. Hace calor y se respira el vaho sudoroso de la gente, a pesar de los ventiladores que tienen funcionando. Juventino busca lugar y espera. Casi todos han llegado acompañados y aprovechan para platicar. Muchos se abanican con las hojas de la prensa. Casi toda la gente es de la clase de Juventino: sirvientas, conserjes, vendedoras de jugos, vendedores ambulantes. En las filas de adelante hay un tipo que mira extrañado a todo el mundo. Viste con un buen traje y parece universitario. Dos filas atrás de Juventino hay un par muchachas que tampoco se parecen a la gente que está en el salón. Delgadas, bien peinadas, con bonitos vestidos. Ellas también están desconcertadas, así como el tipo del traje. Minutos después entra al salón un tipo joven que lleva un traje que le queda grande. —¡Buenas tardes! —dice en voz alta. La gente responde el saludo con un murmullo. —¡No les escucho! ¡Dije buenas tardes! —dice el tipo alzando la voz. —¡Buenas tardes! —responde al unísono toda la gente. Juventino se da cuenta de que hay mucha gente que ya estuvo antes en esa entrevista. El tipo del traje grande dice que en la empresa todo mundo será bienvenido, no importa que no tengan dinero y no hayan estudiado. Porque las personas que tienen dinero y son muy estudiadas, dice el tipo del traje grande, son muy creídas y desprecian a todos los demás que no tienen dinero ni estudios. —¿No es cierto que los ricos son creídos? —pregunta a la audiencia. —¡Sí! —responde a coro la gente. —Pero nosotros no somos creídos —dice el tipo—. En esta empresa todo mundo es bienvenido. La gente que está en el salón aplaude. El tipo del traje grande sigue con su discurso alabando a la gente humilde y denostando a los ricos y a los estudiados. Dice que por eso es que no piden que se tenga estudios para lograr un puesto en la empresa, porque confían en la gente. La gente aplaude. Juventino también termina por aplaudir, emocionado. El tipo del traje grande les dice que todavía no les va a indicar de qué se trata el trabajo, porque quiere conocerlos antes. Sin embargo, dice, les voy a adelantar algo. Escribe en el pizarrón lo siguiente, lo que se espera que las personas hagan: Provocar el desplazamiento de 80 fragancias al mes. Les indica que sólo eso les adelantará por el momento. Van a hacer una prueba, y van a quedar descartados los que saquen una nota menor a 60, pero también van a descartar a los que saquen más de 85, porque esos son los creídos. Y no queremos creídos en nuestra empresa, queremos gente normal, trabajadora, como ustedes. Mientras dice esto, mira de reojo al tipo del traje y a las muchachas bien vestidas. La gente aplaude. Juventino también. —Los que no estén de acuerdo con esto, pueden salir en este momento —indica, haciendo una pausa. Salen del salón el tipo del traje y las muchachas delgadas. Al cerrar la puerta, el tipo de traje grande pregunta si hay alguien más que quiera irse. No hay nadie más. Le dice al grupo que seguro que esas personas que salieron eran creídas, y que a ese tipo de gente no las quiere la empresa. Les indica que deberán pasar una prueba de dos semanas, en las cuales se les dará una capacitación. Como es capacitación, el tiempo no será pagado. Esto no le convence a Juventino. La gente aplaude. El tipo del traje grande les dice que ahora procederán a hacer la prueba. Sale del salón para ir por las pruebas. La gente murmura quejándose del calor y abanicándose con las manos o con el periódico. Unos dicen que esta vez esperan pasar la prueba. Entra el tipo del traje grande, cargado de cuadernillos de papel. La prueba consiste en una serie de preguntas de selección múltiple. Algunas sumas y restas, preguntas básicas sobre ciencias naturales o estudios sociales. Juventino sabe algunas respuestas, de lo que se acuerda de sus estudios de primaria. Los resultados estarán listos mañana por la mañana, los esperamos de nuevo aquí, dice el tipo del traje grande. Juventino regresa al siguiente día. Obtuvo un 75, pasó la prueba, está feliz. Lo hacen pasar a un salón en donde están los que aprobaron. Ya no está el tipo del traje grande, ahora hay alguien que se presenta como instructor. El instructor les dice que les va a revelar qué harán para obtener el empleo. Les dice que recibirán capacitación sobre un gran producto, unos perfumes que la gente se muere por comprar. Sólo tienen que vender ochenta fragancias en un mes y el puesto es suyo. Deben hacer una inversión y comprar de su propia bolsa las fragancias. Una gran inversión, porque la gente se muere por comprarlas. Después de lograr las ventas que harán, podrán optar a un empleo de medio tiempo, así como ofrecía el anuncio, además de ganar dinero. Es una gran oportunidad. Juventino, entusiasmado, hace cálculos. Debe ahorrar para hacer la inversión y obtener el empleo, pero se decepciona, porque tardaría demasiado en obtener el dinero y no quiere prestarle a nadie. Respira profundo, otro empleo que no es para él. Mañana buscará de nuevo. El viejo del barranco Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar. El que había descubierto al viejo era el Carlos, un día que se fue solito al barranco. La gente decía que estaba loco y que era brujo. Otros decían que era un pervertido mañoso. La cosa es que un día llegó el Carlos con la noticia de que había aprendido a volar. A volar barrilete, le dijo el Chejo. No, a volar en serio, a andar por el aire, dijo Carlos. Nos explicó que había ido con el viejo del barranco y que lo recibió amable y que platicaron y el viejo le preguntó si quería volar. Yo le dije que ese viejo no me daba confianza, pero el Carlos dijo que fuéramos los tres, que ya le había hablado de nosotros, que no había nada que temer. Le preguntamos al Carlos que cómo era eso de volar. Nos dijo que mejor probáramos, que no se podía explicar. Era un día lunes, a la salida del colegio. A la tarde le pedí permiso a mi mamá para ir donde el Chejo, con la excusa de estudiar, pero no me dio permiso. Vos vas a jugar nintendo, no a estudiar, me dijo, como si no te conociera. El viernes, podés ir si querés, pero antes tenés que hacer las tareas. Cuando les conté al Chejo y al Carlos, quedamos en que el viernes era buen día y que nos juntábamos a las cinco de la tarde, ya con las tareas terminadas. Toda esa semana fue eterna. ¿Cómo sería eso de volar? Yo lo imaginaba muchas maneras. También pensé que a saber con qué cosa nos saldría el Carlos. Como cuando en los anuncios te pintan la gran hamburguesa y vas y la pedís y es una cosa pequeña y descolorida apenas. En los recreos nos juntábamos a comer la refacción, pero no le logramos sacar más al Carlos. Tienen que probarlo, contestaba siempre. Así nos tuvo toda la semana. Cuando por fin llegó el viernes, yo salí volado del colegio a la casa, almorcé a la carrera e hice las tareas. A las cuatro de la tarde ya estaba listo. Me puse a ver tele para esperar un poco e ir a la casa del Chejo. Cuando llegué Carlos ya estaba allí y nos fuimos rápido al barranco. Yo nunca había bajado el barranco. Había árboles y monte, pocas casas. Llegamos rápido a la casa del viejo, que nos invitó a pasar. Le reclamó a Carlos que no llevábamos nada de lo que había pedido. Carlos respondió que se le había olvidado, pero que a la próxima no íbamos a fallar. Meciéndose con el cigarro en la mano, el viejo dijo que por esta vez no había problema, que si estábamos listos para volar. Los tres dijimos entusiasmados que sí, que estábamos listos para volar. El viejo se levantó de la mecedora y nos llevó al fondo del barranco, en donde pasaba un río de aguas negras. Nos pidió que nos tomáramos de las manos y dijo que debíamos concentrarnos. Nos explicó que para volar debíamos volvernos tan ligeros como nuestro espíritu, de tal manera que el cuerpo se sujetase a las leyes del espíritu y no al revés como sucede siempre. Para ello debíamos cerrar los ojos y poner nuestra mente en blanco, sin pensar en nada. Luego de eso debíamos pensar en las personas que más queríamos, pues sólo la fuerza del amor es la que eleva el espíritu. Yo pensé en mi mamá y en mi hermanita de un año. Después de unos cinco minutos, para mi gran susto, el que se empezó a elevar fue Carlos. Yo lo tenía tomado de la mano, sentí que temblaba un poco y de repente, se empezó a elevar. Yo abrí los ojos y vi que sus pies estaban a medio metro del suelo. Grité del susto y Carlos cayó. El viejo me dijo que debía estar callado y concentrado, que así no iríamos a ningun lado. Nos dijo que nos fuéramos y que la próxima vez volviéramos con frutas: sandía, melón, papaya, duraznos y piña. Que si no lográbamos volar la próxima vez, que mejor ya no llegáramos. En el camino de regreso bombardeamos al Carlos con un motón de preguntas, ¿qué se siente? ¿cómo le hiciste? ¿por qué a nosotros no nos salió? Nos dijo que nos teníamos que concentrar, que el viejo es buena onda, pero si no le hacés caso, ya no te recibe. Le preguntamos de nuevo qué se siente, pero nos contestó como las otras veces: lo tienen que probar por ustedes mismos. Esa fue otra semana eterna. Ese viernes teníamos que lograr volar a como de lugar. Yo me encerraba en mi cuarto y trataba de concentrarme, pero era difícil. Con el Chejo y el Carlos nos juntamos un par de tardes a hacer ejercicios de respiración y practicar para cuando fuéramos con el viejo. Cuando llegó el viernes, otra vez me fui volado del colegio a la casa, y tuve suerte porque no tenía tareas del colegio. Nos juntamos de nuevo en la casa del Chejo y fuimos a comprar las frutas del viejo. Nos propusimos que ese viernes teníamos que volar, teníamos que lograrlo. El viejo nos recibió como la vez anterior y se alegró cuando vio lo que le llevamos. Fuimos otra vez hasta el río de aguas negras y nos tomamos de la mano. Todos respiramos profundo. Esta vez, yo sólo pensaba en mi hermanita. Sientan como su cuerpo es ahora su espíritu. Sientan cómo son más livianos que el aire. Yo sentí que Carlos y el viejo se elevaban. Después de concentrarme lo suficiente, yo también flotaba. El último que lo logró fue el Chejo. Nos soltamos de las manos y el viejo dio un grito y nos asustó. Caímos al suelo. Nos dijo que eso era todo. Salimos corriendo emocionados, casi que ni nos despedimos del viejo. Regresé emocionado a la casa, brincando de felicidad. Mi mamá me preguntó que por qué tanta alegría y yo le dije que por nada. Fui a ver a mi hermanita a su cuna y me sonrió. No podía esperar hasta el otro viernes. Se convirtió en costumbre de todos los viernes ir a volar con el viejo. La sesión de vuelo duraba media hora y se nos iba rápido. Nos prohibió hablar con nadie del asunto. Con el tiempo yo volaba a un metro de altura encima del río de aguas negras. Podía durar un minuto volando. Se sentía bien, como si no pesara, como si no tuviera cuerpo. Para dirigir el vuelo, teníamos que pensar antes hacia dónde queríamos ir, como planificando el vuelo. Si no lo hacíamos, nos caíamos. El viento en la cara a la hora del vuelo era increíble. El Chejo cayó una vez en una piedra y casi se quiebra el pie. Yo me di con la cabeza contra un árbol. El viejo se reía de nosotros cuando nos pasaba algo así. Carlos nunca se caía, siempre era el que mejor se concentraba. Intentamos muchas veces volar en nuestras casas, cada uno en la suya, pero no lo logramos. Nos juntamos muchas veces en la casa del Chejo para intentarlo juntos, pero no podíamos. Sólo con el viejo podíamos volar. Cuando nos fuimos haciendo mejores voladores, nos inventamos algunos juegos con el Chejo y el Carlos. Jugamos flotafútbol, voleyfly, airbasquet. Nombres así les poníamos. Era genial. En el flotafútbol, mi favorito, podíamos hacer chilenas de vuelta entera. El viejo hacía que la pelota también flotara. Era como estar en sueños. La canasta del airbasquet la pusimos en un árbol bien alto. Todos hacíamos clavadas como los basquetbolistas de la NBA. El viejo también se divertía. En el aire no parecía que fuera viejo, jugaba igual que nosotros. El que volaba más alto era el Carlos. Llegaba, yo calculo, a unos diez metros de altura. Era también el que podía durar más tiempo en el vuelo, podía tardar hasta cinco minutos. Con el Chejo le preguntábamos que cómo le hacía, y él sólo contestaba que se concentraba más. En el colegio el único tema del Carlos en los recreos era qué nuevos juegos podríamos inventarnos para el vuelo de los viernes. Nos dijo que de grande iba a ser piloto aviador. Pero si vos vas a volar más alto que los aviones, le dijo el Chejo. Algún día se terminará lo del vuelo con el viejo, respondió. Nosotros no podemos volar solos. Al Chejo y a mí nos pareció que el Carlos sabía algo más. O por lo menos que lo presentía. Después de cinco meses de vuelos todos los viernes, llegaron las vacaciones. Quisimos ir ya no sólo un día, sino toda la semana. Eso no le pareció al viejo. Dijo que igual, que sólo nos recibiría los viernes. A pesar de que llegamos otros días diferentes al viernes, el viejo nunca nos salió a abrir. Sólo nos recibía el viernes. Hasta las vacaciones no nos habíamos dado cuenta de varias cosas. La primera era que nadie nos había visto volar, y la segunda era que no habíamos visto a nadie más visitar al viejo. Tampoco sabíamos su nombre, a pesar de haberle preguntado varias veces. Siempre cambiaba conversación. Según el viejo nos había contado, había sido piloto aviador y había tenido una mujer y una hija. Las dos habían muerto en un accidente en una avioneta, y cuando sucedió eso, el viejo dejó de trabajar y decidió vivir el resto de su vida con los ahorros que había logrado. Como los ahorros no eran muchos, se había ido a vivir al barranco. El Carlos nos contó que una vez se le salió decir que visitaba ricos a los cuales hacía volar por dinero. Seguro le pagaban bien. La casa del viejo eran cuatro paredes de madera vieja y unas láminas de metal también viejas. Una conexión eléctrica clandestina le daba electricidad para una vieja percoladora, una televisión y una estufa eléctrica. El viejo tenía salud de hierro, nunca se enfermó de nada, según él mismo nos dijo. Para ese entonces ya los tres éramos expertos voladores. Hacíamos piruetas en el aire y durábamos más tiempo suspendidos. El más veloz era siempre Carlos. Hacíamos carreras en el aire. Volar te da sensación de libertad, de que todo es posible. Éramos únicos, nadie en el colegio ni en la colonia ni en el país, podía volar. Sin embargo el viejo nos advirtió desde el principio que no nos saliéramos de los límites que él nos estableció. Volábamos en un espacio del tamaño de un campo de fútbol. Varias veces intentamos cruzar el límite y volar más allá, pero nos caíamos. Las sesiones tampoco duraban más de la media hora establecida al principio. El más temerario era el Chejo. Subía lo más alto que podía y se dejaba caer en picada gritando en el camino. Justo antes de pegar en el suelo, elevaba el vuelo de nuevo. La pasábamos bien siempre, y creo que nunca he sido más feliz. Pero como todo, los vuelos en el barranco llegaron a su fin. El tercer viernes de ese diciembre, como siempre, bajamos a la misma hora, pero no encontramos al viejo. Sus cosas tampoco estaban. No era que tuviera mucho, pero no estaban. Lo buscamos como locos hasta que oscureció. No lo hallamos. Volvimos al día siguiente, y al siguiente. Bajamos los siguientes viernes de diciembre y de enero, pero no volvió. Desapareció del barranco. Intentamos volar solos pero nunca lo logramos. La teoría del Chejo era que se había ido a la casa de uno de sus clientes ricos. Yo pensaba que a lo mejor se había cansado del olor del río de aguas negras y se había ido. Carlos, en cambio, pensaba que se había ido a otro barranco, y que ahora todos los viernes, otros niños en ese barranco volaban junto al viejo. El Mitin Temprano en la mañana un grupo de hombres monta la tarima donde será el mitin de la tarde. A media mañana llegan los del sonido con su equipo, su bocinas y micrófonos. Llegará al pueblo uno de los candidatos a la presidencia. Antes de él, estará una guapa cantante grupera, que se encargará de levantar el ambiente para que el candidato agarre al pueblo ya animado. En el camino hacia el pueblo, en la camioneta que traslada al candidato, está el asesor de marketing, puntualizando algunas cosas que debe decir el candidato en el mitin. El candidato lo escucha como si fuera un predicador, el mago que le ayudará a llegar al poder. Pero en el pueblo lo espera un grupo de vecinos que subversivamente tomará el micrófono. El asesor de marketing diagnosticó que el pueblo es de clase baja, así que el candidato no debe usar pantalón de tela ni corbata. Llevará un chaleco que a su vez es antibalas. Usará camisa de manga larga arremangada, que indica que es un hombre trabajador. Al subir a la tarima uno de los locales, miembro del partido, le alcanzará un sombrero fabricado en el pueblo. El candidato a alcalde del pueblo y el candidato a diputado hablarán antes que él. En ningún caso hablará más de quince minutos. Una de las asociaciones del pueblo le entregará un reconocimiento. El candidato repasa mentalmente el nombre del pueblo y de los pueblos de alrededor. Cuando hable de sus promesas para el pueblo debe enseñar las palmas, lo que indica honestidad. Las veces que diga que va a ganar las elecciones debe levantar la mano derecha empuñada. Debe tener cuidado con la modulación de la voz, debe casi gritar cuando diga que combatirá la violencia, pero debe bajar un poco la voz cuando hable de los ciudadanos honrados del pueblo, con los que cuenta para la elección. El candidato llega a media tarde al pueblo. La cantante grupera ya hizo su intervención, y ahora está hablando el candidato a diputado. Al bajarse de la camioneta, lo reciben unos niños a quienes acaricia la cabeza. Un par de ancianas se acerca a abrazarlo. A los hombres les estrecha la mano derecha y con la izquierda los toma del antebrazo. Un par de señoras con niños de brazos se acercan para que el candidato los abrace. El fotógrafo oficial del partido toma las fotos pertinentes. Un camarógrafo toma video de toda la situación. Es el mismo rito en todos los pueblos que visita el candidato. El grupo de vecinos que tomará el micrófono de forma simbólica, boicoteando el mitin, está atento a todos los movimientos. Sus miembros están repartidos por la calle, se comunican por celular. En menos de un minuto los quince miembros del grupo están enterados de la ubicación exacta del candidato. El plan comienza. El grupo lo ha planeado todo durante un mes. El acto que piensan hacer será simbólico, tal vez inútil, piensan algunos. Pero hay que hacerlo. Mientras tanto el candidato llega hasta la tarima. Recibido con aplausos, el candidato comienza a dar su discurso. Promete que todo se va a solucionar, que él logrará con su equipo sacar adelante a nuestro maltrecho país. Sabe que si no promete grandes cosas, nadie votará por él. Sigue todos los consejos del asesor de marketing, se muestra enérgico cuando se necesita y afable cuando el discurso lo requiere. Los del grupo de vecinos se han hecho con la plaqueta de reconocimiento que le iban a entregar al candidato, y uno de ellos tomará el lugar de la persona que iba a entregarla. El candidato termina su discurso en medio de aplausos. El maestro de ceremonias anuncia entonces que el candidato recibirá un reconocimiento de parte de la Asociación de Amigos del Pueblo. Pide que pase la persona encargada. Entonces suben cinco de los del grupo de vecinos. Los del partido y el candidato no saben que no son los de la Asociación de Amigos del Pueblo. Los pocos miembros verdaderos de esa asociación, armada sólo para el mitin, están borrachos en la cantina de uno de los del grupo de vecinos. Sólo un par de personas se dan cuenta del cambio, pero como no les interesa demasiado, esperan a ver qué pasa. El vecino toma el micrófono. Estimados vecinos. He venido aquí en representación de un grupo de vecinos indignados. Todos sabemos que el gobierno ha tenido abandonado a este pueblo, y que cada vez que hay elecciones todos los candidatos vienen a ofrecer de todo y después se olvidan de nosotros. Todos sabemos que los gastos de este mitin los financia… El audio del micrófono que utilizaba el vecino fue cortado. Los encargados de la seguridad del candidato intentan bajar a los vecinos de la tarima. Otro de los vecinos entrega un megáfono al vecino para continuar el discurso. El candidato, abochornado, baja de la tarima y se enfila a su vehículo, a paso rápido. El vecino de la voz cantante toma el megáfono y continúa su discurso. Los gastos de este mitin los financia B, el dueño de las bodegas donde se almacena contrabando de todo tipo. Financia también los gastos de los mitines de todos los demás partidos. Ante los miembros de la dirigencia de los partidos es un empresario exitoso que apoya la campaña. Los encargados del sonido del mitín elevan el volumen de la música, pero otro de los vecinos corta los cables de energía eléctrica con su machete. El discurso del vecino continúa. Ningún candidato va a trabajar por el pueblo. Todos nos van a pisar. Nos mataron al candidato del grupo de vecinos, ustedes se enteraron. Pero estimados vecinos, esto no puede seguir así. No es posible que vayamos a votar cada cuatro años por candidatos que no se interesan más que en el pisto. No podemos tomar el poder, pero por lo menos protestemos, indignémonos. Mandémolos a la mierda aunque sea de palabra. Que sepan que los detestamos, que no los queremos. En la boleta de las elecciones todos van a escribir el nombre de A, nuestro candidato asesinado. El que no sepa leer, que venga con nosotros y le enseñamos cómo poner el nombre. Nos quitaron la opción de elegir, pero a ellos no los queremos. El vecino baja de la tarima en silencio. Todo el pueblo está callado. Sólo se escucha al fondo el ladrido de un perro y el vehículo del candidato que va camino hacia el siguiente pueblo. Unos pocos aplausos tímidos siguen al retiro de los del grupo de vecinos, pero pronto todos los presentes aplauden al unísono. Por la noche, un carro pasa enfrente de la casa del vecino que dio el discurso. De una de las ventanillas sale una mano empuñando un revólver. Dispara tres balazos en la puerta de la casa del vecino. El grupo de vecinos está en otro lugar, planeando las acciones para el mitin del siguiente candidato que llegue al pueblo. El sicario Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la calle, nadie me tendría miedo. Soy bajito y flaco y tengo cara de imbécil. La cara de imbécil me la inventé yo mismo, como un disfraz para pasar inadvertido. Hay que ser un desalmado para hacer este trabajo, sí, pero hay veces que mis trabajos hacen verdadera justicia. Como la vez que maté al idiota de mi vecino. En general no siento ninguna simpatía por la gente. Todo mundo te predica cómo has de vivir o pensar o intenta sacarte dinero. Desde pare de sufrir hasta el último celular inútil con acceso a las redes sociales de vanidad. Le llaman religión o negocios, pero de lo que se trata es de sacarte el dinero a como de lugar. No tengo ni celular ni correo electrónico. Eso sí, tuve un perfil de facebook falso que usé para rastrear a un par de encargos. Puse fotos falsas e información falsa, por supuesto. Luego de terminado el trabajo, borré el perfil. En internet soy invisible, como si no existiera. No le encuentro la gracia a andar por ahí exhibiéndose y publicando todas las estupideces que se te pasan por la mente. Desde pequeño fui antisocial. No tengo ninguna actividad favorita más que ver películas en la tele y dormir. A veces también leo libros. Me encanta dormir. Más de algún lector se preguntará cómo puedo dormir teniendo el trabajo que tengo, pero a los que no tenemos conciencia, los que estamos libres de remordimientos, en realidad no nos importa nada. O casi nada. El que se encarga de pasarme los trabajos es un tipo que se hace llamar Néstor. La manera en que me contacta para los encargos es que llama a mi tía Marta y se hace pasar por un amigo mío de la infancia. Le pregunta por mí y le dice que me vio el otro día en tal comercial. Yo ya sé que entonces espera que yo llegue a almorzar a ese comercial. Mi tía Marta vive a unas cuantas cuadras de mi casa, y yo paso regularmente a cenar con ella. Creo que la única persona por la cual siento un cariño sincero. Cuando llama Néstor, siempre queda de visitarnos, pero por supuesto nunca lo hace. El amigo de la infancia por quien se hace pasar fue uno de mis primeros trabajos, encargado por él mismo. En donde tía Marta es donde tengo mis armas y donde guardo el dinero de los pagos, que poco a poco voy depositando en las cuentas de la tía en donde tengo firma. Ella no sabe nada, sólo me guarda mi baúl con mis cosas. Aparte de tía Marta, con las únicas personas que tengo contacto es con las putas. A veces llamo para que lleguen a mi casa, otras veces voy a los prostíbulos. Siempre pido dos, para un día entero. En una ocasión hasta pedí que me alquilaran un cuarto en un prostíbulo. Me pasé dos semanas sin salir. Fue divertido. Los trabajos generalmente son personas que obstaculizan negocios de otros o parejas infieles. En una ocasión me tocó un viejo al que los nietos querían muerto para cobrar herencia. En otra ocasión era una mujer de la alta sociedad que quería deshacerse de su amante lesbiana para apropiarse de sus negocios. En ambas ocasiones me pagaron bien. Los clientes ven a mi trabajo como una inversión a la que esperan sacarle rendimiento. Es cuestión de negocios y ganancias. Por el último trabajo que hice no cobré. Fue para una mujer, vecina mía, a la que su marido amenazó con matar delante de sus dos hijas. La verdad, la mujer, su marido y sus hijas me resultaban totalmente indiferentes. La mujer, sin embargo, es una treintañera atractiva. Un día coincidimos en la tienda con la mujer y una de las niñas y vi que a la mujer se le había olvidado el dinero para pagar los huevos y el pan que llevaba. La niña, de unos cinco años, iba con ella y le pedía dulces. Como vi a la mujer buscando desesperadamente entre su bolsa y yo no soy paciente, le dije que le prestaba el dinero y que se fuera. También le compré un dulce a la niña. Yo esperaba deshacerme de la señora y la niña, pero cuando la niña recibió el dulce, me lanzó una sonrisa tan especial que me dejó desarmado. Yo no estaba siendo amable, sólo quería que se fueran. Pero la niña decidió lo contrario, y que en recompensa, yo, un infame asesino a sueldo, merecía una sonrisa. Desde entonces saludaba cordialmente a la señora y a las niñas, cosa que no hacía con mis demás vecinos. Una noche que regresaba a casa, escuché gritos en la casa de la vecina. Marido y mujer se peleaban. Yo al marido nunca lo traté y poco me recordaba de su cara. Como una de las ventanas daba a la calle, me acerqué a observar. El imbécil amenazaba a la mujer con una pistola, mientras las dos niñas lloraban. Yo sé qué cara tiene la gente que puede matar, y el tipo tenía esa determinación, pero todavía no daba el paso final. Para distraerlo, toqué a la puerta. El tipo maldijo a gritos desde adentro. Le dije que dejara de gritar y que no se atreviera a disparar el arma. Enfurecido, salió a la puerta. Yo lo esperé y en dos segundos lo sometí y le quité el arma. Siempre he tenido una fuerza que no me explico, dada lo chaparro y flaco que soy. Le quité la tolva a la pistola. Le di el arma a la mujer, diciéndole que la escondiera y que preparara un té para el tipo. Luego me fui a casa. Al día siguiente robé una moto y lo seguí hasta donde trabajaba. Esperé a que saliera de su trabajo por la tarde y lo volví a seguir. Llovía fuerte. Esperé a que el tipo saliera de la ciudad y lo alcancé en un semáforo en el que yo sabía que no había cámara y donde no circulaban mucho tráfico. Me puse a la par de su carro, le mostré mi arma, le indiqué que bajara el vidrio y le pedí el celular y la billetera. Me los entregó mansamente. No me reconoció, o por lo menos eso pensé. Luego apunté con mi arma a su frente y disparé. Luego al pecho, en el tercer botón de la camisa, y volví a disparar. El último disparo a la sien. Quedó bien muerto. Abrí la puerta de su carro, lo apagué y puse el freno de mano. Luego me di la vuelta y me fui lo más lejos que pude a tirar la moto y deshacerme del celular y la billtera y de la ropa que llevaba puesta. Me sentí realmente satisfecho, había librado a las niñas de un padre asesino. La mujer, por su parte, sufriría el impacto de la muerte, pero dadas la circunstancias, se sentiría aliviada. Esa noche volví algo tarde, y no fue sino hasta el otro día que por la mujer de la tienda me di por enterado del suceso. Ay, ya no se puede vivir en paz aquí, me dijo. Yo pensaba justamente lo contrario, pero le dije que tenía razón. Fui hasta la casa de la vecina y toqué a su puerta. La niña del dulce salió a abrirme y me sonrió, pero tenía sus ojitos hinchados. Mi mamá está triste, me dijo. Decile que venga, le pedí. La mujer salió. Tenía su cara descompuesta, pero se miraba linda. Le di un sobre con dinero. Le dije que era para los gastos del entierro, que lo sentía mucho. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla. Regresé a casa. Me sentí feliz.