La fuga y otros relatos José Joaquín López www.anecdotario.net © 2009, José Joaquín López Algunos los derechos reservados Más libros de este autor en: http://www.anecdotario.net/descargas Nota preliminar Gracias por leer, soy José Joaquín López (Guatemala, 1974) y soy el autor de estas historias. Este documento contiene los relatos publicados en el 2008 en www.anecdotario.net, mi página web. Puedes copiarlos y distribuirlos por cualquier medio, venderlos o hacer obras derivadas, siempre y cuando indiques mi autoría y mi sitio web, de la siguiente forma: José Joaquín López – www.anecdotario.net Índice LA REUNIÓN GRACIELA Y ALE LA PEDIDA LA CLÍNICA DENTAL ASÍ ES LA COSA LA DAMA Y LOS AMIGOS EVA Y EL CURA TODO TIENE SOLUCIÓN PATINES ROTOS LA DESPEDIDA LOS TEMORES LA FUGA LA TELEVISIÓN EL CATEDRÁTICO POR EL AMOR DE UNA MUJER EL AMOR EN LAS REDES SOCIALES UNA NUEVA OPORTUNIDAD AUNQUE SÓLO UNO FUERA La reunión El contador Pérez asistirá a la reunión de los miércoles en la empresa por primera vez. El Gerente convocó a una lluvia de ideas y Pérez como jefe de contabilidad fue incluido, no porque el Gerente crea que puede aportar algo, sino para dar una idea de democracia y apertura que en realidad no existe en ninguna empresa. Pérez es un hombre de mediana edad más bien apocado y pusilánime, pero leal y honrado, justo como necesitan las corporaciones modernas. Está nervioso porque cree que tiene una buena idea que compartir para mejorar las ventas y ganancias, pero piensa que no lo tomarán en serio y sufre porque tendrá que decirlo delante de todos, y lo más probable es que ni siquiera lo escuchen. Pérez piensa que su nerviosismo se podría aplacar si antes pasa a platicar con el Gerente. Tal vez si le cuenta la idea se le quite la timidez y pueda decir algo en la reunión. Decidido, una hora antes de la reunión va con el Gerente y le propone el tema de conversación. El Gerente escucha atento. Pérez le cuenta su idea: eliminar ciertas rutas que dejan poca ganancia, contratar un outsourcing para ellas y enfocarse al 100% en las que dan más ganancia. Con esta movida, apunta Pérez, es posible que las ganancias aumenten hasta un 10%, el outsourcing de las rutas permitiría no desatender a los clientes que necesitan el servicio, porque algunos de ellos son importantes y también hacen pedidos en las rutas de más ganancia. El Gerente pone cara seria y meditabunda. Le dice a Pérez que no está mal la idea, pero que no le convence mucho, eso del outsourcing puede ser un problema. A Pérez se le baja el ánimo, cuánto le costó ir con él a explicarle algo, para que ni siquiera tomara en cuenta la idea, o al menos le diera una oportunidad. Regresa a su oficina y piensa en si debería asistir a la reunión y si debería decir la idea en público. Quizás el de mercadeo, el odioso y engreído Axel, se ría en su cara. Tan zalamero con el Gerente y los clientes importantes y tan pura mierda con la demás gente. “Si reciben sueldo, es gracias a mí” entra diciendo siempre a contabilidad el día de pago. Pérez hace una llamada. Contesta en su casa Paola, su hija más pequeña. Se queja con su papá del Pablo, que le quitó su dinosaurio y no se lo quiere devolver. Pérez sonríe y le aconseja que hable con su mamá y que no llore, no te mirás bonita cuando llorás Paoli, el Pablo quiere que vos llorés, pero no le hagás caso. Hacé tus deberes, cuando llegue a la casa hablo con el Pablo y le digo que no te moleste. Pero no llorés más Paoli, ¿sí? Luego se encamina hacia la reunión. Cuando le pregunten qué ideas tiene, quizás diga que quiere una nueva cafetera porque la que está en la cocina está descompuesta. En la reunión están el Gerente, Axel de Mercadeo y Ventas, la licenciada de Recursos Humanos, el de Informática, y el de Gerencia Financiera. Pérez es el único que no es gerente, pero todos conocen su capacidad para la contabilidad y además, su honradez a toda prueba. Toma la palabra Axel de Mercadeo. Hace una suntuosa presentación en powerpoint y señala el crecimiento de ventas, menciona algunas estrategias de mercadeo que han producido resultados y anuncia su gran idea del día: hacer empaques nuevos para un producto ya casi descontinuado. Luego habla el de Informática, que sólo apunta que es mejor comprar ciertas licencias de software, para no molestar a uno de sus clientes importantes. La de Recursos Humanos dice que se deben planificar ciertas actividades de motivación periódicamente, y que las últimas han mejorado la comunicación y productividad. El de Gerencia Financiera menciona algunos acercamientos con otras empresas, acercamientos que deberían hacerse de común acuerdo con gerencia general y gerencia de mercadeo y ventas. Le llega el turno a Pérez. Con las manos sudorosas y respirando un poco acelerado, explica que necesita una nueva computadora, conexión a Internet para el pago de impuestos y una nueva cafetera. Axel, sentado justo enfrente de él, suelta una carcajada sonora y burlona. —¡Ya sabía que de contabilidad no podía salir algo bueno! Pérez no entiende para qué lo invitaron, para qué ir allí si de todos modos cualquier cosa que diga es objeto de burla. Empieza a ponerse nervioso y siente un desasosiego criminal. —¡Los contadores a sus hojas de trabajo y a sus formularios de impuestos! ¡Nosotros nos encargamos de darles de comer, que no se preocupen! Es usual que los compañeros sigan las bromas de Axel, pero esta vez su desprecio a Pérez los irrita. Pérez, por su parte, se empieza a poner rojo de la furia. Axel, mientras el Gerente no lo mira, le tira una bolita de papel y se ríe. —Debe haber gente que se dedique a lo rutinario y aburrido, claro está. Pérez es aburrido, así que le va su trabajo —dice Axel, mientras le lanza otra bolita de papel a Pérez. Pérez quiere mantener la calma, escribe en su agenda algunos puntos que van tratando en la reunión, pero su mano tiembla y su corazón late desaforado. —¡Pobre la mujer de Pérez! Pérez entonces tira el lapicero y se levanta ya fuera de sí, se sube sobre la mesa y gateando sobre ella, apartando a su paso un par de laptops y tres agendas, llega hasta el cuello de Axel y lo toma con las manos, tirándolo al suelo. Lo golpea repetidamente, Axel no reacciona porque está sorprendido y apenas atina a defenderse con las manos, Pérez toma la agenda de Axel —que acaba de tirar al suelo y justo le quedó a la par— y la estrella varias veces contra la cabeza de Axel. Pérez golpea unas cuantas veces más, y ya cansado, se calma. Ninguno de la oficina reaccionó, nadie intentó separarlos, todos están asustados. El Gerente se lleva a Pérez a su oficina, e indica que no quiere que nadie salga del salón. Una vez en su oficina, el Gerente le dice que no puede tolerar ese tipo de conducta, pero que comprende su enojo ante la abusivez e impertinencia de Axel. El no tenía derecho de tratarlo de tal forma. Hace que llamen un taxi, le explica a Pérez que no puede permitir que en su condición maneje, le pide los papeles y la llave de su carro y le dice que enviará a su chofer a dejárselo a su casa hoy mismo. Lo acompaña a la puerta y le dice que se tome los dos días siguientes libres, que se presente hasta el lunes de la próxima semana, en su oficina. Al regresar al salón, Axel ya está recuperado del susto, los golpes dolerán un poco pero las consecuencias no serán para preocuparse demasiado. El Gerente hace la misma operación: se lo lleva a su oficina y le dice que la actitud de Pérez no tiene ninguna justificación, pero que su actitud previa hacia él, tampoco. Hace que llamen a otro taxi, le pide los papeles y la llave del carro, y le promete que hoy en la tarde su chofer estará en su casa con cu carro. Lo acompaña a la puerta, tómese el día de mañana, lo quiero ver en mi oficina pasado mañana, sin falta. Los dos están despedidos, pero se los dirá el día que se presenten a su oficina. El Gerente regresa al salón. Nadie ha movido nada, sigue el desastre y la estupefacción de todos. Dice “ahora mismo nos olvidamos de todo esto y continuamos”. Toma su agenda, revisa unos apuntes y va hacia la pizarra. —Pérez antes de la reunión me dio una buena idea que quiero discutir con ustedes.. Graciela y Ale —No te digo adiós porque no quiero que te vayás —dijo entre pucheros la pequeña Ale, cruzando enojadamente los brazos, mientras su papá intentaba besarla. —Ale, decile adiós a tu papá, no seás malcriada —repuso su mamá, sin poder evitar que sus ojos se humedecieran. Demián había tomado la decisión de marcharse, dejando atrás 7 años de matrimonio, y a la pequeña Ale, de 6 años, que se marchaba ahora a llorar sola a su dormitorio. Demián hizo un cortés ademán hacia Graciela, le dio un beso en la mejilla, agarró sus maletas y se enfiló al carro. Empezaba de nuevo, ahora al lado del gran amor de su vida que había regresado seis meses antes y le había vuelto a revolver todo el corazón. No habían ni Gracielas ni Ales ni ningún poder del Cielo o del Infierno que impidiera su ida, él tenía derecho a ser feliz, la sola idea de quedarse y hacerlas infelices era mucho peor. Así son los dictados del corazón. Graciela lo acompañó con la mirada desde la puerta, vio cómo él metía con desenfado las maletas y hasta silbaba una canción popular. Por más que los últimos seis meses habían sido muy malos, no podía creer que su marido se fuera con otra y que nada de lo que hizo haya sido suficiente para retenerlo, que ni siquiera la Ale lo haya persuadido. Esperó a que el carro arrancara y se fuera y se lo quedó viendo hasta que cruzó la esquina en forma decidida y decisiva. Después nos arreglamos para las visitas a la Ale, había dicho un par de horas antes Demián. Cerró la puerta de la casa y se sentó en el sofá de la sala, sin atinar a pensar o hacer nada. Había sido un matrimonio con sus problemas y sus buenos tiempos, no entendía cómo ahora regresaba alguien del pasado a arrebatárselo así de fácil, así de rápido. Graciela observó fijamente el florero de la mesa del comedor por varios minutos, el regalo de bodas Silvia, la odiosa hermana de Demián. Se levantó furibunda y llorosa, agarró el florero y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, cayendo de rodillas al suelo, emitiendo un sordo y dolorido maullido de tristeza y desolación. Y ahí se quedó, llorando sin consuelo. Las relaciones de años que acaban se lloran como a los muertos. Ale escuchó en su dormitorio y asustada salió hacia la sala, encontrando la triste escena: su mamá retorciéndose del dolor en el suelo, de ese dolor de corazón que sólo los dejados enamorados entienden. Con la mano derecha Ale se sacudió las lágrimas, respiró profundo y se arrodilló a la par de su mamá y le dio un apretado abrazo. Ahí estaban las dos juntas llorando al hombre que las había abandonado recién y que seguramente no volvería más que para decir un hola apresurado y llevarse de paseo a la Ale los domingos, pero sin Graciela. La noche las encontró ya más aliviadas y fue Ale quien se acordó de comer. “Tengo hambre” le dijo a su mamá. Graciela preparó una cena sencilla: huevos fritos y frijoles con pan y café. Comieron en silencio. Ale le pidió a su mamá que la acompañara a dormir porque no quería dormir sola. “Yo tampoco”, pensó Graciela. Ale durmió toda la noche mientras Graciela la pasó en blanco recordando escenas varias de su fallido matrimonio. Recordaba insistentemente un paseo por el lago de Atitlán, en una fresca tarde, y de cómo la habían pasado de bien. Esa tarde él estaba especialmente guapo, y todo a su alrededor resplandecía. Hasta había dicho el “te quiero” más memorable de la historia. Tan lejos parece aquel día ahora. Tan irreal. Y así fueron pasando los días y las semanas. Graciela nunca contestó sus llamadas, tomaba el teléfono y se lo pasaba a la Ale, bendito identificador de llamadas. Fue mortificante verlo llegar los domingos por la nena, con la otra esperando afuera, en el carro. Durante el día, entretenida en el trabajo y en los quehaceres de la casa, la cruz era llevadera. Lo jodido llegaba por las noches, ahí es cuando todo mundo se enfrenta a sus miedos y a sus demonios particulares. Cuando no hay ruido, cuando no hay gente, cuando todos duermen, los que sufren lloran, sin tregua. Las noches, para la gente que sufre de amores, son interminables y odiosas. En el día procuraba mantener abierta siempre la puerta de su dormitorio, porque cuando estaba cerrada, parecía que él estaba adentro. Mientras tanto la pequeña Ale se enfrentaba la ausencia de papi, y a la tristeza de mami. Se quedaba llorando cuando su papá la traía de regreso y se iba. “Mami arregló la casa bien bonita”, decía a su papá. “Mami y yo te vamos a querer para siempre, papi”. Demián respondía sonriendo que él también, mientras tomaba la mano de Sofía, su nueva mujer. “Papi te quiere mami” regresaba diciendo, convencida. Y en su ingenuidad, tomaba las manos de sus dos padres y las juntaba, y decía “dale un beso a mami” y sonreía cual cupido vencedor. Pero al rato todo se terminaba y él se iba y ellas se quedaban de nuevo solas. Pero se sabe que conforme pasa el tiempo la tranquilidad llega. No llega para abarcar todo el espacio, llega en la dosis exacta para seguir aguantando la vida, y a veces, hasta se puede parecer bastante a la felicidad, si supiéramos en verdad qué es exactamente la felicidad. Porque hasta a los más enamorados se les acaba un día la luna de miel. Un mes después de la partida de Demián, Graciela y Ale se tomaron el fin de semana para ir a pasear y ver vitrinas. La que estuvo insistiendo para que salieran fue Ale, que no quería salir el domingo con su papá y su bruja novia. Graciela aceptó ir con ella, y para su sorpresa fue la primera vez que Graciela sonrió de verdad de nuevo y junto a la Ale, eran como dos amigas riéndose de cualquier tontería. Allí ambas supieron que se tenían la una a la otra y que el saber eso sería suficiente para continuar afrontando la vida. En este punto de la historia es donde quisiéramos dejar a Graciela y a la Ale seguir su camino. El autor de estas líneas sugiere, sin embargo, que el lector imagine un final hollywoodense si así lo desea, por ejemplo: Graciela viendo vitrinas mira a un vendedor de automóviles guapo que la corteja y se lleva bien con la Ale, y la niña, cómplice, empieza a tirarle flores a su mamá, contando lo bien que cocina y lo buena gente que es. Después de algunas citas y salidas a comer, el guapo vendedor de automóviles le pide que sea su novia. Ambas (Ale y Graciela) aceptan de buena gana, y después de un par de años de noviazgo, se casan y son felices. El lector deseoso de finales hollywoodenses, debe imaginar también que se casan en una ceremonia vistosa, en un jardín precioso, que Demián asiste a la boda y la pequeña Ale es una de las damitas de honor. Luego el lector debe imaginar que sale un cartelito diciendo “The End” y una musiquita cursi con un montón de letras que nadie lee pero que son importantes porque dicen quiénes participaron en la producción de la película. El lector deseoso de finales felices debe terminar la lectura aquí, en este preciso instante, so pena de terminar decepcionado. A los lectores que se hayan quedado, les diremos que no hay mucho más que una historia común y corriente, de esas que hollywood y los escritores serios y formales desprecian: Graciela y Ale siguen viviendo su vida de solteras, pero resulta que Graciela es algo boba para los novios y la Ale siempre tiene que abrirle los ojos. Graciela en algún punto de su vida decide que ya se cansó de besar sapos y que no seguirá en la búsqueda de nada, sobre todo cuando se entera de que la pequeña Ale, que a los 16 años ya no es tan pequeña, está embarazada. Pero esa es una historia que no vamos a contar aquí, van a dispensarme. Pero entonces, ¿qué pasó con el Demián este? se preguntará el lector curioso que tiene la mala costumbre de querer saberlo todo. Por informaciones fidedignas nos enteramos de que tuvo tres hijos con el amor de su vida. Está contento el hombre y envejece más o menos feliz, como todo el mundo, salvo por el pequeño detalle de un cáncer en la garganta y alguno que otro amante que tiene su mujer. ¿Ah, y eso es todo, usted no va a terminar en serio la historia?, pregunta una señorita lectora por ahí. No señorita, le vamos a responder, ya no hay más, aquí no nos gusta terminar las historias de forma comedida, así que por hoy se tendrá que conformar. Pero, es que. No señorita, no siga insistiendo. Ala, pero. No, terminemos mejor con esto, que se alarga innecesariamente. La Pedida En una aldea del interior de la república, Evaristo Penados se prepara para ir a pedir la mano de su novia, María Pirir. Llevan un año de noviazgo y Evaristo sabe que María, la Mari, es todo para él, y narcotizado por la locura del enamoramiento no puede esperar más a que sea su mujer. Todo será mejor con su compañía, piensa, fantasea con hacerle el amor de manera romántica y demás cosas como envejecer juntos, algo que parece tan fácil cuando se está enamorado. Sin embargo, tiene miedo de que el papá de ella, el cascarrabias de don Jacinto, ponga algún pero o que lo trate mal, y eso lo tiene un poco angustiado. Evaristo se enteró ayer que está de visita en el pueblo el primo del Rudy, su gran cuate, y sabe que este primo es bueno para la casaca, porque está estudiando en la U y vive en la capital y hasta medio cantante es el jodido. Así que por la mañana, tempranito, fue a la casa del Rudy y le pidió que su primo fuera con él para decir algunas palabras en su nombre, que a él le daba mucha pena y que de su familia nadie quería ir porque odiaban a los Pirir. Rudy le preguntó a Danilo, su primo, y éste dijo que sí, pero que antes quería que lo invitara a unos sus tragos, así como para agarrar algo de valor. Así que Evaristo se arregla y pasa a las tres de la tarde por Rudy y Danilo y se van a la cantina del pueblo. Evaristo le cuenta a Danilo cómo es de bonita la Mari, cómo es de arrecha para las cosas de la casa y de cómo la quiere. Como no te ha dado nada, cogértela querés va vos Evaristo, le dice el Danilo sonriendo burlonamente. Yo la quiero mano, de veras, no sólo para coger, no te niego que éstá bien buena la jodida, pero no sólo para eso mano, yo a esa chava la quiero de veras. Vos estás colgado mano, pero de a huevo, me caés bien, vamos a cranear la casaca para el viejo, no te ahuevés. Echémonos el par de tragos pues y vamos para allá. Piden un par de octavos en la cantina, platican y ríen hasta que les duele la panza, Danilo es chingón, a pesar de estar en la U y todo es buena onda el compadre, piensa confiado Evaristo. Así que Danilo, Rudy y Evaristo se hacen grandes cuates, y contentos como están, van a traer la guitarra a la casa del Rudy y se ponen a cantar al Chente Fernández y a los Tigres del norte, mientras los alegres octavos fluyen y armonizan. Tú me robaste el alma, tú me robaste el amor, canta el Danilo y sus compinches en la cantina, y los comensales, alegres y motivados, invitan a más octavos. Todo mundo alegre, y Evaristo hasta empieza a llorar, porque su sueño se hará realidad y la Mari será suya. Qué chulos ojos los que tiene esa linda joven que estoy mirando, canta Danilo al tiempo que todos gritan y corean. Y así se les pasa el tiempo y llega la hora de ir a la pedida. A las siete en punto lo quiero aquí, le había dicho don Jacinto, con gesto adusto, dos días antes. Así que a las seis de la tarde los tres amigos, ya bien cabezones, salen para la casa del Rudy a lavarse los dientes y la cara para cumplir con el compromiso. Danilo es el que está más borracho, y eso le preocupa un poco a Evaristo, pero luego de un café se le pasa un poco y piensa que todo va a salir bien. A las siete menos cinco llegan los tres amigos a la casa de la Mari. Ella misma los recibe con una sonrisa de oreja a oreja y con un espectacular vestido verde que hace babear a los tres. De veras que está guapa tu tráida vos, le dice Danilo a Evaristo. La Mari, la más pequeña de tres hermanas, justo acaba de cumplir los 18, y doña Filomena, su mamá, hubiera preferido casar a las dos grandes antes, pero la Mari siempre fue la más aventada y traidera. Doña Filomena también se preocupa porque es muy probable que don Jacinto no quiera nada con Evaristo, porque siempre ha odiado a los Penados. Después de los saludos pertinentes la comitiva de pedida de mano avanza hacia la sala de la casa. Danilo entonces se pone de pie, toma la palabra y se dirige a la familia de la Mari, que en pleno, escucha atenta. Nos encontramos hoy, aquí señores y señoras, para celebrar, para unirnos más como paisanos que somos, como gente de bien. Porque conocemos a la Mari y al Evaristo, una bonita pareja que quiere seguir el camino de la vida juntos. Doña Filomena y don Jacinto, gente trabajadora, ha criado de manera ejemplar a sus hijas, enseñándoles a ser buenas mujeres. No me cabe duda que Mari será una buena esposa y mejor madre, porque eso lo ha mamado desde pequeña. Señores y señoras, el motivo de nuestra presencia aquí es solicitar a los esposos Pirir que acepten a Evaristo Penados como yerno, y que concedan de buena gana la mano de Mari, porque Evaristo está dispuesto a casarse con todas las de ley. Evaristo, un hombre de buena familia, que no tendrá mayores riquezas, pero que tiene el espíritu del trabajador incansable que de sol a sol se gana su pan, sin deberle nada a nadie, sin ser carga de nadie. Un gran tipo, si me permiten decirlo, y un gran amigo, como los mejores. Por eso señoras y señores, les aseguro, jurándolo por mi propia madre, que Evaristo será el mejor marido que la Mari pueda conseguir, y de esto dará fe toda la gente del pueblo y aún las generaciones por venir. Danilo hizo una reverencia a la concurrencia y se sentó, a esperar el veredicto de don Jacinto. Todos habían quedado mudos ante las palabras de Danilo, y pasaron algunos largos segundos antes de que don Jacinto atinara a responderlas, tal había sido el efecto narcotizante de las palabras bonitas. Pues me va a permitir don Danilo, pero no le voy a dar mi hija al Evaristo. Usté estaba hablando tan bonito, tan florido, que hasta parecía que yo sería un burro si no aceptaba su propuesta. Al Evaristo yo lo conozco de patojo y a mí no me van a venir con babosadas. Es un bolo y medio y un huevonazo para trabajar. Así que la respuesta es no, y les aconsejo que ya ni se asomen por aquí porque verga les cae. Si acepté que vinieran, fue porque la Filomena me dijo que les diera una oportunidad, pero sólo oí palabras bonitas y nada de realidades. Fuera de aquí. Don Jacinto Pirir, que había servido en el ejército, fue a sacar su revólver y lo cargó delante de ellos. Danilo, Rudy y Evaristo no tuvieron más que salir de casa, dejando a la pobre Mari llorando a moco tendido, junto a su mamá y sus hermanas. La cantina los esperaba nuevamente. Danilo tomó de nuevo la guitarra, carraspeó y entonó una de los Tigres del Norte. Ya está cerrada, con tres candados, y remachada la puerta negra, porque tus padres están celosos y tienen miedo que yo te quiera. Evaristo ya después de algunos tragos lloraba por su amor perdido. Danilo y Rudy lo consolaron y le ofrecieron todo su apoyo. Esa noche fue que planearon el rapto de la Mari, entre tragos y música, mientras afuera caía una lluvia livianita, livianita. Tres meses después, la Mari era felizmente raptada por Evaristo, con la complicidad de Rudy y Danilo, en una noche de agosto, mientras una tormenta terrible caía sobre la aldea.. La clínica dental Daniel entra temeroso a la clínica del dentista de la colonia porque tiene un incisivo superior que ya no tiene salvación y debe ser extraído. Lleva dos semanas de intenso dolor, así que para aliviarse no queda más que sacarlo, pero todo eso de los dentistas y la anestesia a Daniel no le va muy bien. De pequeño solía decir que quería morirse antes de que se le cayeran los dientes. Lo atiende la asistente del doctor y le dice que pase de una vez, pues no hay paciente en este momento. Daniel respira profundo, él hubiese querido esperar un tiempo en la sala de espera para prepararse sicológicamente. Al abrir la puerta lo saluda sonriente el doctor, como si fuera cosa de broma lo que van a hacer. Un destello sale disparado desde la blanca dentadura del dentista. —Pase Daniel, mire que tuvo suerte, no tenemos paciente ahora, siéntese por aquí, esto no va a durar pero ni cinco minutos. —Como no es el diente de usted lo dice tan fácil doctor, pero de veras que ya no aguanto el dolor y por eso vengo a que me saque el diente. Por favor haga que no me duela. —No tenga pena, aquí estamos para servirle, a ver, abra la boca —dice el dentista, mientras acomoda la luz y explora el diente enfermo con un frío espejo bucal—. Mmm, la cosa no está nada bien Daniel, también el diente que está a la par tiene una gran caries, aunque creo que lo podemos salvar con un relleno. Si quiere aprovechamos y hacemos las dos cosas de una vez hoy. —No, no, no —se apresura a decir Daniel—, sólo quíteme el que está peor y ya entonces hablamos del otro. Con uno basta por hoy. El doctor acepta la idea y se dispone entonces a hacer la extracción, le coloca un hisopo con anestesia en la boca y le pide que cierre. Mientras el diente de Daniel se encuentra en capilla ardiente, el doctor prepara la jeringa con la anestesia local. Sin que Daniel mire la jeringa, se acerca. —Abra la boca por favor, va sentir un pinchoncito —dice el doctor y rápido le inserta la aguja en la encía. Daniel siente un escalofrío que le recorre todo el cuerpo y cierra los ojos con fuerza, una lágrima se le asoma en el ojo derecho. No hubo tales de un pinchoncito, dolió la cosa y siente el sabor de un hilo fino de sangre. El dentista le dice que esperará un rato mientras hace efecto la anestesia y sale de la clínica para hablar con su asistente, dejando a su paciente a solas. Daniel mira a su alrededor las pinzas de extracción, las espátulas, los escalpelos y las fresas del temible y siniestro taladro dental. Todos los instrumentos parecen emitir el destello de los dientes blancos del doctor. Le entra una fina pero consistente certeza de que hoy algo saldrá mal, y se empieza a angustiar, a tiempo que el doctor regresa. —Ok, ¿ya siente dormido y grande el labio? —pregunta el doctor. Daniel se toca el labio y siente que lo tiene grande, se pellizca y apenas siente nada. Asiente. El doctor se voltea y prepara algo que Daniel no mira. —Otro pinchoncito —dice el doctor, y le clava por segunda vez una aguja. Esta vez no siente nada Daniel y el doctor no sale. Con una espátula destellante el dentista separa un poco la encía del diente causando un poco de dolor que no inquieta demasiado a Daniel, pero acto seguido, observa cómo una pinza de extracción se acerca a su boca y presiente lo peor. El doctor acomoda la pinza y empieza el movimiento pendular para extraer el diente. Lo logra aflojar, se oye un inquietante crujido y anuncia que hará el movimiento final. Hay un sabor a sangre que preocupa a Daniel, pero no hay mucho dolor. —¡Mierda! —dice en voz baja pero audible el dentista. ¡Lo sabía! piensa Daniel, y espera ansioso la explicación del doctor. Ahora todo se pondrá peor. —La pieza estaba más cariada y débil de lo que pensé, y quedó la raíz adentro, así que tendremos que tener un poco de paciencia. Daniel, en la condición en que está, sólo asiente resignado. El doctor prepara más anestesia y la inyecta en la sufrida encía superior de su paciente. Entre sus instrumentos escoge una espátula y separa un poco más la encía de la raíz que quedó. La encía, que no quiere dejar ir al diente, se opone y sangra un poco más. Luego se asoma otra pinza de extracción, un tanto diferente. El doctor la acomoda bien y empieza otra vez el movimiento pendular para aflojar. Se oye otro pequeño crujido que angustia al paciente. —No se preocupe, es sólo que ya se separó bien la raíz del hueso. Vamos bien. El doctor sigue por algunos instantes más el movimiento pendular y se puede observar que suda por el esfuerzo. Daniel entonces siente como la raíz que no quería salir, al fin cede y sale, dejando un pequeño dolor puntual que pronto desaparece y un latido que hace crecer y encogerse su boca. Siente el paladar lleno de sabor a sangre. Luego observa la mirada sonriente y satisfecha del dentista y de nuevo el destello. Ahí está afuera ahora, el diente que tanto lo había torturado desde hacía semanas. —Muy bien Daniel, es usted un hombre valiente. Ya casi estamos, ahora sólo le voy a poner algunos puntos porque la herida lo amerita, abra la boca por favor. El doctor cose la herida y al fin deja de maltratar la sufrida boca de Daniel, que la siente del tamaño de la de un caballo. El doctor le da un antibiótico y un analgésico para el dolor, y le dice que lo quiere ver en ocho días, para quitarle los puntos. Luego miramos esa su caries en el otro diente, agrega. Daniel sale entonces de la clínica y entra otro paciente. Paga a la asistente del doctor, habla mediante señas. Mientras espera que la asistente haga la factura y apunte sus datos en el dorso del cheque, escucha ese temible y cruel sonido del taladro dental, al que se tendrá que enfrentar en un par semanas. Recuerda el destello de los dientes del doctor y de sus instrumentos y luego de que recibe su factura sale de prisa, sin voltear a ver, dejando con la palabra en la boca a la asistente del doctor, que le preguntaba para cuándo iba a ser su próxima cita. Así es la cosa No es simplemente de soplar y hacer botellas, la cosa es un cachito más complicada. Vos como no entendías al principio, te metiste, huevudo, y ya cuando mirás lo que viene entonces te ponés a berrinchear porque no estabas preparado, pensabas que esto era fácil. ¿Vos esperabas que todo mundo te quisiera? Disculpáme manín, pero estás loco. Si sos bueno, pues caerás mal, si sos mediocre, también. Y si sos malo, darás lástima. Pero es de aceptarlo, la mayoría de gente es mediocre, y ser mediocre no es malo. Algunos somos mediocres por falta de talento, otros por huevonería. Lo que pasa, manín, es que de alguna manera todo mundo cree que no es mediocre. Mediocres son los demás, pero no yo, ni mi familia, ni mis cuates. Siempre vas a tener algún cuate, cuata o enamorada que te diga que sos bueno, mirá, porque te quieren. Justo así como tu mamá, que te defendía en el colegio, aún cuando vos eras el que le había levantado la falda a tu compañera, ¿te acordás? Si una tu tráida se sube al escenario y canta muy mal, vos no le vas a decir que estuvo pésima. Dios te libre. Le tenés que hacer la pala porque la querés, o al menos la querés para coger. A lo sumo le dirás que puede mejorar, le insinuarás que es mediocre, pero nunca le vas a decir que es mala, porque la matás. Entonces, mirá, la estrategia es decirle todo el tiempo al otro que él es bueno, para ganártelo, si es que vos querés entrar al grupo, no importa si el cuate te cae mal. Así, con paciencia, ya vas a ver que el pisado viene y dice lo mismo de vos, así es. Nunca vayás y critiqués al principio, la mara se sulfura, porque siempre mira a lo suyo como a su nene querido, y el nene siempre es el más gracioso, el más genial, y el que diga lo contrario es un envidioso. Mirá cómo todo mundo habla de su nene. Pocos son sinceros y dirán que su nene no será el mejor, pero como es su nene, lo quieren. Así es. Entonces, si querés caer bien, entrar en la jugada, hacer puntos, vos tenés que ir y hacer la lisonja de rigor. Nada más reconfortante para cualquiera que el ser lisonjeado, aunque todo mundo quiere -de la boca para afuera, claro está- una opinión objetiva. Como si existiera la objetividad, qué ilusa la gente. Si el chiste está en ser subjetivo. Igual, fijáte, para unos vas a ser bueno, para otros malo, y para otros mediocre. Vos no te ahuevés, así es. No te hagás problema, seguí en lo tuyo, intentá hacerlo lo mejor que podás. Corré siempre lo más rápido, llegá lo más lejos posible. Pero a tu manera, si es que tenés tu propia manera. Siempre habrá quien te chingue porque vos no hacés las cosas a su manera, inclusive yo, mirá pues. Yo soy el primer necio a veces. No tomés tan en serio las lisonjas ni tan en serio los desaires, salvo que toquen tu vida o tu comida. Ahí sí que la cosa se pone gruesa y tampoco es de dejarse ni de ser pendejo. Así que mirá pues, vos no te hagás problema, tomálo al suave, pasátela bien, chingá, pero aguantáte si chingás. Hacéte problema para hacer tus cosas, si querés, para que queden mejor, pero no te hagás tanto problema con las críticas. Al fin y al cabo la gente puede vivir sin tu arte ni tu existencia. Vos pasátela bien, eso hacé, y dejáme de estar chingando. Y pagá otro par de litros de chela, no te hagás el loco. La dama y los amigos En una noche tibia de octubre, en uno de los bares de cuatro grados norte, se encuentran, riéndose y festejando, un grupo de bachilleres graduandos. Todos pasan ya de 18: Jorge, que todavía tiene acné en la cara, Wilson, a quien apenas se le nota la mayoría de edad y Guayo que ya parece de 20 y de eso se jacta siempre e inventa aventuras con muchachas mayores. Están celebrando su último año de colegio y esperan ansiosamente la universidad. Hoy decidieron emborracharse y velar toda la noche. El afterparty será en la casa del Luis, quien todavía no ha llegado. Son ingenuos, torpes con las mujeres y de la vida de la noche apenas saben. Con la primera cerveza Guayo, el que parece ya de 20, ya está carcajeándose. Jorge, el de acné en la cara, mira pasar con la boca abierta a las muchachas que pasan por el lugar y exclama, entusiasmado, ¡qué culos los que se ven por aquí muchá! Los tres están muy animados, ríen y ríen, pues la vida no les ha dado mayores penas. La mesa en donde están los amigos está a orillas de la calle, y como el local no tiene paredes, se aprecia cómo la gente se pasea afuera del establecimiento. —Mirá esa mamita de blanco, ¡qué nena! —dice Wilson, que hasta entonces había estado callado. El grupo de amigos voltea a ver y hace gestos de total aprobación para la mujer que se pasea libremente por la calle. Algunos segundos después, notan que viene acompañada de Luis, el cuate que faltaba en el grupo. —Puta muchá, ¿qué anda haciendo ese cerote con la mami esa? —pregunta Guayo con una sonrisa sorprendida. —Nada que ver ese culito con el Luis, pero ahí viene con él, de plano que es por el pisto de aquél, porque nada que ver pues —sentencia Wilson, mientras un ufano Luis los saluda de lejos con la mano. La pareja se sienta a la mesa y de pronto las palabras soeces desaparecen y después de saludar a Pili, la muchacha que llega con Luis, le clavan a éste miradas interrogatorias para que diga de dónde se sacó al monumento de mujer. Pili es una veinteañera de pelo negro profundo y lacio, delgada, pero de anchas caderas y pechos prominentes. Lleva un vestido blanco pegadito y unos zapatos de tacón alto destapados, que dejan ver unos pies bien cuidados. Sabe que es bella y que todos la observan y actúa coqueta y seductoramente, flirteando y jugando, disfrutando de las ventajas que trae la belleza. —Trabajo en una agencia de modelos —responde Pili a una pregunta de Jorge. Los amigos empiezan a hablar de la U y de las carreras y Pili dice que estudia ciencias de la comunicación. Están incómodos porque no pueden hablar de vulgaridades a placer, pero todos están atentos a los movimientos de Pili. Luis dice que se acaban de conocer y que es la primera vez que salen y trata de abrazar a Pili, pero ésta hace una seña de que prefiere que no. Entonces ella avisa que irá al baño y se aleja mientras los ojos de los cuatro amigos rebotan con cada movimiento de las caderas de la modelo. —Es mi regalo de graduación, es una dama de compañía que contrató mi papá —dice Luis, para responder a las miradas interrogantes de sus amigos—, esta noche, después de las chelas con ustedes, me voy a moler café con la Pile. Así que no va a haber afterparty muchá, lo siento. Satisfecha la curiosidad, los amigos se explican todo y se quedan envidiando la suerte de Luis. Tenía que ser así, es que nada que ver con vos, disculpáme manín, pero nada que ver, le dice Wilson. La muchacha coquetea y ríe, hace bien su trabajo. Los amigos, ya después de algunas cervezas, liberan la lengua y piropean a la dama, que sólo responde con un parco gracias, siempre. Ella toma sólo una botella de agua y baila con cualquiera de ellos que la saque. De vez en cuando la dama mira hacia afuera del bar, y hace un saludo a un tipo grandulón de lentes oscuros y brazos cruzados, que sólo asiente con la cabeza. Los demás clientes del lugar notan que la muchacha no encaja entre el grupo. Y así se la pasan los amigos, contando las anécdotas del colegio, felices por terminar ya con la etapa del diversificado. Piensan y sueñan que con un poco de trabajo duro se abrirán camino y llegarán a tener dinero, son jóvenes y el futuro está esperándolos para ir por él y conquistar el mundo. Pili los observa con un poco de ternura, ninguno es su tipo, pero parece que son buena gente y que a nadie le harán daño. A las 11:30, le hace señas a Luis de que se deben ir. Luis sonríe triunfalmente y se despide de los amigos, levanta los pulgares y les hace un guiño de ojo. Los tres amigos se quedan por un rato observando a la dama caminar junto al suertudo del Luis. —Lo que hace el pisto, vaá muchá —suspira Jorge. Luis y Pili se pierden al cruzar una esquina. Wilson se da cuenta de que Luis dejó el celular en la mesa y sale corriendo a dejárselo. Al cruzar la esquina los observa platicar y decide no acercarse, pero sí espiar. De entre las sombras sale el grandulón de lentes oscuros y se acerca a hablar con los dos. Luis saca algunos billetes y se le mira tratando de negociar, pero el grandulón niega con la cabeza. Parece que Luis no tiene suficiente para seguir con la dama toda la noche. Finalmente, el grandulón se lleva a Pili y Luis se sube a su carro, somata el timón y da un resoplido de inconformidad. Wilson, antes de que Luis lo mire, regresa con sus amigos a contarles la escena. Los amigos escuchan atentamente el relato de Wilson, por un lado celebran que al pobre Luis no se le haya hecho, y por el otro hubieran querido que se le hiciera porque era buen cuate. Ríen a carcajadas con la historia, y siguen cerveceando hasta la una de la madrugada, cuando la odiosa ley seca les impide seguir el festejo. Acuerdan entonces reunirse al día siguiente para entregar el celular y escuchar los probables inventos de Luis. Al otro día Luis llega temprano y lleva puesta una fingida sonrisa satisfecha, y cuenta de cómo pasó la noche moliendo café. Los demás le escuchan atentamente, sin interrumpir la historia, sonriendo al escuchar las mentiras de su amigo. Wilson le cuenta lo que vió, le dice que se deje de pajas y le devuelve el celular. Al amigo Luis entonces, descubierto en su mentira, se le pone su rostro color rojo ante las risas de los demás. Después del momento colorado, los amigos quedan en ir de nuevo a la noche a cuatro grados norte, para ahora sí, celebrar todos juntos. Y allí aparecerá Pili, con otro muchacho del brazo, y pasará sonriéndoles, saludará, guiñará un ojo y los dejará babeando, soñando con sus curvas y su cabello y su cuerpo lleno de vida. Eva y el cura No me enteré de cuándo vino al pueblo el padre Javier, pero sí me di cuenta del alboroto que generaba. De un día para otro las misas estaban llenas de mujeres de todas las edades, incluso muchas de ellas evangélicas. Pensé que el cuate este tal vez tenía algún don divino o algo así. Después me enteré que su don no era precisamente espiritual, su don era ser bien parecido, joven, canchito él, y buena onda. Era español, y en sus años más jóvenes había estado como jugador en un equipo de la B de la liga española. Los domingos a la tarde las mujeres se congregaban alrededor del campo de fútbol, porque el padre seguía practicando el deporte y al nomás llegar armó su equipo. Por las tardes el padre visitaba los hogares, tocaba la puerta, entraba donde lo invitaban y daba su mensaje cristiano ante la admiración de las mujeres y los celos de los hombres. ¡Cuánta fe la que acarreaba el hombre! El padre Javier había venido a revolucionarlo todo, a alborotar a las mujeres y a poner en alerta a los hombres. Sin embargo el padre resistía los embates de la tentación y seguía en su ministerio, fiel a sus votos y a la palabra de Dios. El joven cura, me enteré por el sacristán, no duraba en las parroquias porque de plano revolucionaba todo. Era la tentación ideal para las mujeres: un hombre de Dios, bien parecido y joven, lo prohibido siempre es lo más apetecido. Pero como a todo coche le llega su sábado, al padre Javier también le llegó su hora. No podía ser de otro modo. De entre las feligresas alborotadas salió Eva, una guapa treintañera con un buen recorrido en el arte de la seducción. Ella era alta, delgada, con un hermoso pelo negro hasta la cintura y una irresistible mirada. Cansada de besar sapos y aburrida de lo insulso de los hombres del pueblo, quiso ganarse el trofeo prohibido y para ello planeó su estrategia seductora. Llegaba al principio a confesarse, como todas las demás. Procuraba llegar recién bañada, sin maquillaje, con poco perfume y vestidos blancos con estampados de flores. Siempre confesaba al padre un pecado: amar a un hombre prohibido, sin decir el nombre. Eva se trasladó cerca de la iglesia para vigilar todos los pasos del padre Javier. Ella no sabía si le gustaba más por lo atractivo o por lo prohibido. Pero amor, esa cosa de tontos, eso sí que no era, la meta era hacer caer en la tentación al padre y gozar con esa caída. Eva no gustaba de la cocina, así que se ofreció a hacer limpieza en la iglesia un par de días a la semana. En las misas se sentaba hasta adelante con esa cara de pícara inocencia que las mujeres experimentadas logran tan bien. Y el padre, hombre al fin, cayó en la tentación. Cayó y bien profundo, porque el padre no sólo se entregó en cuerpo sino también en alma. De las otras parroquias había salido por cosas de faldas, pero se había arrepentido y vuelto al redil porque no había entregado el corazón. Pero ahora sí, para su perdición. Los amantes tenían su horario. Eva salía de su casa a las ocho de la noche y entraba por la puerta de atrás de la iglesia. Yo la vi, y a pesar de su delito, ella iba campante y contenta, con paso seguro. Ella ya tenía llave de la puerta, nunca volteaba a ver si alguien la veía. Qué más daba. No es que yo los espiara, pero ella salía de esa casa como a las cinco de la mañana e iba a dormir toda la mañana a su casa. No tenía que preocuparse de trabajar, las limosnas de la iglesia pagaban su comida. Por la tarde se acercaba a la iglesia directo al confesionario, ahí seguro le volvía a decir al padre Javier su pecado al oído. Pero bueno, todo algún día termina, de una u otra manera. Y la bella Eva se cansó de su juguete y lo abandonó. Al pueblo había llegado un narco poderoso, y a pesar de no ser canchito ni español, también atraía a las mujeres. Así que Eva tenía que agregarlo a sus trofeos y el pobre padre se quedó sin su sabroso bocado de manzana que la guapa Eva le proporcionaba. Cayó en profunda depresión, se bebía el vino de consagrar por las noches y las misas de las siete de la mañana ya no eran siempre a las siete, como antes. Algunas veces llegaba el narco con Eva del brazo a misa, y Eva sonreía ahora con la soberbia y la altanería del poder y la maldad. El padre Javier, herido en su orgullo y traicionado por la mujer que amaba, un día fue a retar al narco. Yo no lo vi, pero sí escuché al padre gritando a medianoche y a un furibundo narco que salía y respondía. Hubo pelea, claro está, y la cosa estuvo reñida. El padre, deportista, tenía lo suyo. El narco, acostumbrado a los cachimbazos, pegaba duro también. Eva sólo miraba entre asustada y complacida la pelea. El padre asestaba un par de golpes y recibía tres. Pero ahí estaba y no caía. Yo pensé que iban a salir los sicarios a sueldo del narco, pero parece que este narco sí era de los que tenían un poco de honor, y además, tenía que derrotar con sus propias manos a su rival, que aunque desde antes de la pelea estaba derrotado, tenía que caer en el combate. La pelea se extendió hasta como las tres de la madrugada, cuando al fin el padre Javier cayó al suelo. Eva se apresuró a darle un beso apretado y lascivo a su héroe y a mirar con desprecio al pobre cura caído. Yo la verdad, aparte de su negocio ilícito, al narco no le tenía mal ánimo. Caía bien el cuate, y en la cantina del pueblo cuando estaba él siempre había guaro gratis. El padre también era buena onda, pero alborotaba mucho y eso tampoco es bueno. Una semana después de su derrota seguía convaleciente y algunas mujeres se turnaban para cuidarlo. Un mes exacto después, le llegó su notificación de traslado hacia otra parroquia. Pero ahora no creo que alborotara mucho a donde iba, porque el desprecio de la amada se había llevado su juventud y su energía. Había enflaquecido mucho, del Adonis que había llegado a darle vuelta al pueblo poco quedaba. En su lugar vino un viejito buena onda, de esos padres que hacen bien su chance, sin meterse a mucha bronca. Eva y su narco salieron del pueblo una madrugada, un par de años después, en una Hummer gris. En el camino, a pocos kilómetros del pueblo, fueron emboscados y ajusticiados con tiro de gracia. En la prensa al otro día había una pequeña nota en la que mencionaban, como suelen decir en estos casos, que había sido un pleito entre bandas de narcotraficantes. La Hummer nunca apareció. Según me acuerdo haber leído en la nota de prensa, Eva presentaba señales de tortura y parecía haber sido violada en repetidas ocasiones. Todo tiene solución Paula se levanta plácida, llena de energía. Hoy tiene el día libre porque en el trabajo ayer entregó ese proyecto importante y en la universidad está de vacaciones. Coincide en día libre con su novio, Esteban, con quien saldrá de paseo por la tarde. Este seguro será un día fantástico, el sol salió ahora bien decidido a quedarse todo el día, mucha lluvia como que también aburre, piensa Paula. Su mamá ha sido muy amable en el desayuno, y su papá, en un raro gesto romántico, fue al jardín y cortó dos rosas, una roja y una blanca. La roja para mamá y la blanca para vos, le dijo cuando entró del jardín. Todo parecía perfecto, porque Paula aún no había recibido un par de mensajes en su celular que le amargarían el día. Después del desayuno Paula va a supermercado a comprar cosas para la casa y para ella. Va feliz, va contenta, todo mundo parece amable, este es un día bonito, le cuesta pensar que hayan gentes amargadas. Camina por los pasillos del super y escoge los productos: leche, corn flakes, yogurt, azúcar. Luego pasa a la sección de lencería y compra ropa interior, quién sabe, tal vez y haya suerte con Esteban hoy por la noche. Mientras sonríe pensando en su novio, le llega el primer mensaje de celular: Mayra 22-Jul-08 9:49 a.m. Tenés que venir. El cliente no autoriza el proyecto y está molesto. El proyecto es uno de los más importantes de la empresa, y el cliente estuvo en cada paso del desarrollo y estuvo de acuerdo con todo. Fueron varios fines de semana y noches de desvelo y aparentemente, todo quedó perfecto. ¿Qué habría fallado? La empresa dependía en buena parte de ese proyecto para este año, y si se pierde el cliente, las cosas se pondrán muy malas. Muy malas. Paula llama entonces a Esteban y anula los planes para la tarde. Nota a Esteban algo molesto, pero no tanto por los planes anulados sino por algo más. Y recuerda que en días anteriores tuvieron una pelea algo rara. Se siente mal porque esperaba de su novio algunas palabras de aliento, porque él sabía lo importante que era para ella ese proyecto. Él, que siempre había estado con ella, ahora pareció tan distante, tan incomprensivo. Ni siquiera respondió el tequieromucho que ella le dijo cuando se despidió. Bueno, pensó Paula, hay que hacerle, porque no queda de otra. Cuando sale del super, algunas nubes están amenazando con llevarse el bonito día que hasta ahora estaba haciendo. Para qué quiero ahora un día bonito, pensó amargada Paula, y salió del comercial rumbo a su casa sin la sonrisa y el buen ánimo que traía. Una mujer policía la mira y hace un inexplicable gesto de desprecio mientras ella pasa y cruza la calzada para llegar a su colonia. Al llegar a casa, su mamá le reclama varias cosas que no había traído: carne (cómo se la había encargado), sal y condimentos. Si no me ayudás m’hija, quién lo va a hacer, no te puedo encargar ni una cosa pequeña que no me la hacés. Y tu padre, que salió bravo a saber por qué. Una se cansa, así no se puede. Paula se arregla para ir a la oficina de mala gana, siente un poco de náusea al pensar en qué podría estar mal del proyecto, si todo estaba bien, qué se yo, tal vez una falta de ortografía, yo le dije al Gustavo que ese su color verde no iba bien ahí y de plano que eso no le gustó al cliente. Y yo, que soy la principal responsable, de seguro, despedida. Yo, que trabajé más que ninguno y que dí más del 100%, voy a quedar sin empleo. Adiós carro, adiós luna de miel en Cancún, adiós casamiento. Una lágrima de cólera se le sale mientras cambia de rojo a verde un semáforo de la Avenida Reforma. Al llegar a la oficina, la cosa parece cementerio. Nadie habla, y todos están pasando el tiempo leyendo, viendo videos en internet, bajando música. Mayra, su jefa, le explica que el cliente llamó muy molesto en la mañana y que quería explicaciones por la tarde. Hasta hizo una amenaza velada de quitarle la cuenta a la agencia. No se mira bien la cosa vos, así que repasá la presentación y todo el material, porque habrá que defenderse y aguantar la tormenta que se viene. Paula está en la computadora cuando su celular vibra, y es un mensaje de Esteban: Esteban 22-Jul-08 11:55 a.m. Tenemos que hablar. Paso por vos a las 7 a tu casa. Un suspiro profundo sigue a la lectura. Y bueno, la idiota de la Yasmín seguro ya lo estaba haciendo tambalear. Con esas sus falditas y su cara de mosquita muerta todo el día en la oficina cerca de Esteban, algo tenía que pasar Y el otro caliente que no tiene principios. Seguro que por ahí va la cosa y por eso lo sentí distante e indiferente cuando le hablé por teléfono. Tenemos qué hablar, ¿no podías dejarlo para más tarde idiota? Paula vuelve a la computadora y sigue revisando la documentación del proyecto y ahora le parece que tiene muchos puntos flacos que al cliente le habrán disgustado. Almuerza en McDonald’s, sin ganas. La comida no le cae bien y regresa con agruras a la oficina. El cliente llegará a las 2:30. Puntual, como siempre, don César llega, educado y cortés como es su costumbre, pero con gesto severo y molesto. Entra a la oficina de Mayra y casi tira el cd del proyecto en el escritorio y se escucha claramente afuera cómo levanta la voz y dice: ¡Que alguien me diga qué es esto! Mayra toma el cd y lo introduce a su computadora. Y cuando mira lo que hay, se le sale un suspiro entre aliviado y avergonzado. —Don César, este no es el cd del proyecto —explica Mayra—. Es un piloto de una campaña que propusimos el año pasado a otro cliente. Debe haber sido una equivocación y le mandamos un cd equivocado. Entiendo su enojo y le pido disculpas. —Ya decía yo que esto no podía ser —responde don César—. También es cierto que no vi la presentación entera, si no, me hubiera dado cuenta. No he tenido buenos días últimamente. Luego entra Paula con el ambiente ya aliviado y explica ciertos detalles de la campaña. Don César queda encantado y se va de la agencia sin imaginarse las penas que provocó por no ver bien el material que le habían enviado. El personal ahora está alegre y Mayra dice que se pueden todos ir a casa, pero que mañana los quiere bien temprano, porque la campaña comienza en quince días y tiene que estar todo a punto. Una vez resuelto el primer conflicto de nuestra historia, ahora viene la resolución del segundo. El lector avezado ya habrá adivinado que el segundo conflicto también se resuelve favorable para Paula, así que miremos ahora cómo Paula sabe a qué se refería Esteban con su tenemos que hablar. Paula se queda un rato más para revisar su email se conecta al gmail y ahí está, con una lucecita verde de chat, Esteban. Hace clic en el nombre de su amado y chatean: Yo: hola Esteban: hola cielo Yo: de qué es lo que vamos a hablar? Esteban: prefiero no decirlo ahorita esperame, teléfono Yo: ok Paula se pregunta ahora qué le irá a decir. Si no le hubiera dicho cielo, pues la cosa sería terrible, habría que esperar lo peor. O quién sabe, quién entiende a los hombres. Esteban se asoma de nuevo al chat. Esteban: volví Yo: ok, entonces qué es eso de tenemos que hablar? Esteban: pues tiene que ver con algo bueno :) Yo: bueno?? cómo??? y qué te pasaba en la mañana?? Esteban: pues con algo como Cancún y luna de miel en la mañana me hicieron atender a un cliente malhumorado, en mi día libre! cielo, te veo en la noche, tengo que desconectarme, tqm Yo: tqm, bye Paula casi brinca de la alegría. “Cancún y luna de miel” ¡qué bien suena eso! Se asoma a la ventana de su oficina y mira cómo una tarde preciosa cubre a la zona 10. Todo es tan bonito. Baja al parqueo por su carro, sale del edificio, toma la Avenida Reforma, en el radio suena una canción vieja, de Frank Sinatra, Fly me to the moon. Adelante de ella va un BMW, lindo, del año. Paula silba contenta, piensa que en esta vida todo tiene solución, cuando el BMW nuevo se detiene de improviso y ella choca con él, y recuerda entonces que desde hace tres meses, por descuidada, no paga el seguro del carro. Patines rotos Papa, te juro que así fue, creéme. Yo no tengo por qué mentirte, sí ya sé, yo he cometido mis locuras y tenés razón de estar bravo, te lo voy a contar otra vez pues. Despacio y con buena letra, como decís vos. Mirá pues, anoche salí de la fiesta de la Lucy y no te niego que tenía algunos tragos encima, pero no eran muchos. Sí, de veras que no eran muchos. Vos nos has enseñado que no nos dejemos, que si te pegan hay que responder. Pero esta vez no era tan fácil la cosa, ese cuate del otro carro sí que estaba loco. Oíme pues, no te pongás así. ¿Vos no creés que me duele ese balazo que me dio en el estómago el loco ese? Ok, te cuento otra vez. La cosa empezó cuando el cuate este empezó a pitar como loco en un semáforo que ni siquiera había dado verde. Esa mara me pone para vergazos porque pitan y pitan puros locos, como si fueran a lograr algo con esos pitazos, como si las colas caminaran más rápido. Pitan y pitan y pitan, caca tienen en la cabeza los cerotes. Yo me puse como la gran diabla, saqué la mano por la ventanilla y le hice señas de que qué onda. Vi por el retrovisor que era un chavo con una mujer. No me mirés con esa cara papa, yo qué iba a saber que el pisado era chafa. Puse el freno de mano. Y el pisado más pitaba. Me bufaba el motor de la explorer y me tiraba luces altas. Y seguía pitando. Entonces me bajé. Fui hasta su ventanilla y le dije qué putas, qué te pasa vos cerote, por qué la chingadera. Y ahí sacó la escuadra y me metió el balazo y caí al suelo. Y de puro loco empezó a chocarme el carro por detrás, una y otra vez, no le importaba que se jodiera el suyo también. Yo estaba sangrando y el pisado se reía, a pesar de que la mujer le gritaba que ya era suficiente y que me dejara en paz. Ahí tirado dije yo, ya me llegó la hora. Este cerote en cualquier momento me remata y adiós, la explorer seguía pegándole a mi geo metro todo indefenso. La mujer lloraba y el cuate reía a carcajadas y yo todo ahuevado. De repente paró, me dijo “mirá hijueputa, yo soy chafa culero, vos no te metás conmigo nunca más en tu puta vida, porque ya no te la perdono” y rechinando llantas se fue. En toda la calle se oía el eco de la risa del maldito. Busqué el celular y llamé al Vladi para que viniera por mí y ver qué hacíamos, le dije que no te dijera nada a vos ni a mamá, pero no me hizo caso. Yo sé que no es gracia papa, pero es que hay mara que no le atina. No sabés qué consuelo sentí cuando llegaron vos y el Vladi, casi chillé, te lo juro. La que más siento en el alma es a mamá que no paraba de llorar al verme todo jodido aquí en el hospital, hicieron bien en no llevarla esa noche porque se muere. Te entiendo eso de que hay que saber con quién meterse, pero qué va a andar sabiendo uno lo que le va a salir. ¡Cómo me duele el estómago! Pasáme un vaso de agua, tengo la garganta seca. Gracias. Acomodáme un poco la almohada porfa. Eso, así está mejor. Disculpá tanta molestia. Sé que estás cansado papa, pero ya una última cosa te cuento y te dejo en paz. Cuando estaba ahí tirado me dí cuenta de que soy un suertudo, que tengo una gran familia. A pesar de que a veces nos peleamos con vos y que vos decís que tengo mal carácter, creo que nos llevamos bien. Cuando trabajé con vos no lo entendí, pero después supe que vos fuiste el mejor jefe que yo podía haber tenido. Algún tiempo estuvimos distantes, pero eso ya pasó. Ahora es tiempo de decirte que te quiero mucho viejo, vení y dame un abrazo. No sabés lo que me ahuevé, viejo. Decime vos también que me querés, como aquella vez que yo lloraba de cólera porque había roto mis patines nuevos y vos llegaste y me dijiste que por eso no se llora, que vos siempre me los ibas a reparar porque me querías mucho. Cómo me recordé de esa vez cuando estaba tirado. Cómo quería que llegaras vos, de veras, aunque al Vladi le había dicho que no te dijera nada. La despedida En una banca del parque central está una pareja discutiendo. Ella está envuelta en lágrimas, él intenta comprender la situación mientras fuma un mentolado. Hace semanas que vos estás distante e indiferente Sofi, yo pensé que lo tomarías como normal y de repente hasta estarías contenta de que termináramos, dice el hombre. Es que de veras no entendés, ¿verdad Pablo? dice Sofi, entre pucheros. Pues la verdad no, contesta el hombre, con las mujeres nunca se sabe. Estoy embarazada, suelta entonces Sofi, y a Pablo se le cae el cigarro de la boca. No es posible Sofi, siempre usamos condón, no puede ser. Pues es, y es tuyo, dice Sofi. Un silencio de unos cuantos segundos eternos sigue a las palabras de Sofi, mientras comienza a circular el viento húmedo que anuncia el aguacero de la tarde. Pablo se lleva las manos a la cabeza, se peina y se queda mirando al suelo, no sabe qué decir. Lo reconoceré como mío, pero no me caso con vos, atina finalmente a decir. Si no te casás conmigo, el niño no tendrá tu apellido y será como si nunca hubiera tenido padre, contesta resuelta Sofi. Las cosas a medias no van conmigo, o todo o nada. Vos te la gozaste y ahora no querés afrontar las consecuencias y así no se vale. Mamaíta, responde Pablo, nunca dije que te amaba ni que me casaría con vos. Lo nuestro era pura carne, pura calentura. Acordáte que venías de la decepción con el Diego, que a última hora no se casó con vos. Yo llegué y te ofrecí consuelo y así empezó todo, pero amor, matrimonio, nada de eso se habló. Me vas a disculpar. Por eso sólo te puedo ofrecer reconocerlo, pero si vos no querés, pues no será así. La pareja queda otra vez en silencio. Unos niños pasan en bicicleta con grandes carcajadas, un vendedor de algodones despacha su producto a una señora con dos niñas y el policía de turno juega con sus llaves, mientras mastica un chicle. El viento se torna más húmedo y empiezan a caer las primeras gotas y sólo unos instantes después, comienza el gran aguacero. Pablo le dice a Sofi, mirá, vámonos enfrente de la policía, aquí nos vamos a empapar. Toma la mano Sofi, y ambos corren hacia el edificio en donde está la policía y el banco. Ambos se mojan un poco. Comienzan a formarse los ríos de agua en las calles y se puede ver cómo corre la gente a guarecerse de la lluvia, los niños de las bicicletas pasan enfrente de la pareja, contentos de estarse mojando. La señora que compraba los algodones camina más serena con su gran paraguas y sus dos hijas. El algodonero corre hacia el edificio de la policía y se coloca cerca de la pareja. Pablo compra unos algodones, de repente le dieron ganas. Le da uno a Sofi, que lo recibe sin decir palabra. Ambos comen viendo la lluvia caer y el agua correr por las calles del pueblo. Esta va a ser lluvia de toda la tarde, dice Pablo. De toda la noche diría yo, contesta Sofi, mientras se lleva un bocado de algodón rosado a la boca. El policía pasa a la par de Sofi y le tira una mirada lasciva. Pablo reacciona y le dice, temerariamente, tranquilo poli, que está acompañada. Sofi se siente bien, al fin un gesto amable del Pablo. Sonríe. Pablo nota su satisfacción y dice, rápidamente, vas a tener un hijo mío, y eso se respeta. Por un momento los dos se olvidan de la discusión y Pablo se recuerda de cuando eran pequeños y Sofi se quedaba a mediodía en su casa a esperar a su mamá, que pasaba después por ella. Vos pellizcabas duro Sofi, no me gustaba que te quedaras, porque en cualquier momento yo decía algo y a vos te caía mal y entonces el pellizco. A veces jugábamos bien un rato, pero vos venías con el pellizco por cualquier cosita y arruinabas todo. Es que vos eras el abusivo, contesta Sofi, ¿cómo te iba a dejar que te burlaras de mis zapatos ortopédicos? Y así discute la pareja, como si la conversación de antes hubiera quedado olvidada. Hacerse los locos a veces es saludable, de todos modos la lluvia los tenía atrapados. La lluvia, mientras tanto, seguía azotando fuerte, ahora con granizo. Un viento helado le dio un escalofrío a Sofi, y notándolo Pablo, la invitó a un café en la cafetería que tenían a dos pasos. Al entrar en la cafetería, Sofi dice tener que ir al baño. Pablo espera sentado mientras mira la lluvia por la ventana, ¡cuánta agua está cayendo sobre el pueblo! La conversación sigue, muy amena, como no había sucedido antes. Pareciera que es la primera vez que salen, animados se ven los dos. Serán padres en nueve meses, quizás eso los hace sentirse cómplices, tal vez no todo fue carne y lujuria, tal vez hubo algo más. Afuera, llovía y seguía lloviendo. El tema, inevitablemente, tenía que volver a salir. Sofi se puso seria y dijo, bueno entonces qué vas a hacer Pablo, decime. Es que eso del matrimonio es complicado vos Sofi, entendéme. Yo estoy empezando, apenas hace un mes me dieron plaza en el Ministerio de Educación, y de todos modos sigo a prueba. Y los güiros cómo molestan, no sé si los voy a aguantar. Es todo o nada, vos decidís, responde Sofi, si no querés tomarlo todo, me voy a la capital con una mi tía que vive sola y que me ofreció su apoyo. Y olvidáte de mí y de mi hijo, con vos ya no querré nada de nada. Dos cafés y algunas champurradas son consumidas en una calma tensa, en silencio. Sofi sabe que se está decidiendo su destino y espera, ahora serena y resuelta, a que Pablo decida de una vez por todas. El casamiento es complicado Sofi, no es nomás así. Yo no sé si vos querés todavía al Diego, y acordáte que yo todavía ando dolido con lo que me hizo la María Luisa. No es así nomás mamaíta, argumenta Pablo. Yo te quiero, pero la verdad, no sé cuánto. Sofi escucha y un nudo amargo se le hace en la garganta, pero se propone no llorar. Afuera la lluvia cedió un poco y entonces ella se levanta de la mesa y se despide, y le advierte a Pablo que es para siempre. Él, por alguna inexplicable razón, la mira transfigurada y hermosa, como una aparición, la ve irse debajo de una necia llovizna y admira el grácil movimiento del cabello largo de la mujer que será madre de su hijo. Pero no atina a seguirla y a pedirle perdón y a ofrecerle matrimonio. Al siguiente día ella parte hacia la capital, muy temprano por la mañana, en medio de una triste bruma. No durmió en toda la noche. Ella soñaba con que él viniera a sacarla del bus y que le dijera, arrepentido, que ella y el bebé eran todo para él. Pero esto no ocurrió sino hasta un mes después, cuando Pablo llegó hasta la casa de la tía de Sofi, una mañana soleada, con un ramo de flores, un anillo y una fecha. Ahora se le miraba flaco, demacrado y ojeroso, pero a Sofi le pareció más lindo que nunca. Los temores No me enorgullece mi temor a las cucarachas. Quizás si fuera mujer la gente comprendería un poco mi pavor hacia esos bichos del demonio. Yo sé que las cucarachas no pueden hacerme nada, que sólo con aplastarlas con el pie ya todo está arreglado. Lo sé con la mente, cuando no están, pero no lo entiendo cuando se aparecen. Las peores son las que de repente alzan vuelo, y me provocan un asco tal que me inmovilizo. Si esa noche no se hubiera aparecido esa cucaracha volando, yo creo que hubiera podido salvar a mi mujer y a mis hijos de aquel desastre. Desde pequeño padezco de eso. Yo puedo agarrar una rata a escobazos y matarla, puedo acariciar a una iguana, hasta aprendí a matar gallinas con mi abuela. Pero sucede que mi manía hacia las cucarachas es desproporcionada. Es una mezcla de miedo, asco y repugnancia, es irracional, claro, estoy consciente de eso. El titular del periódico fue terrible. “Por temor a una cucaracha su familia muere”, rezaba el diario amarillista. Mucha gente lo habrá leído y le habrá parecido de lo más ridículo. Se habrán reído de mí en las pláticas de sobremesa, habrán hecho chistes. Afortunadamente, al día siguiente hubo otras noticias, yo sólo duré un día en la memoria de la gente. Pero igual tengo que seguir viviendo conmigo mismo, con mi temor ridículo y con la muerte de mi familia. Ya hace algunos meses del suceso. Yo estaba tranquilo en mi dormitorio, viendo un poco de televisión, mi mujer hacía la cena y mis hijos jugaban en la sala. Todo estaba tranquilo, hacía un poco de calor. Mi casa está (o debería decir estaba) a la orilla de la carretera, pero en desnivel, es decir, el techo de mi casa estaba por debajo del nivel de la carretera. No fue así desde el principio, el gobierno expropió algunos terrenos colindantes para hacer una nueva carretera y mi casa quedó en esa mala situación, porque no quise venderla por la miseria que pagaban. No era tanto el ruido de los carros lo que me molestaba, sino el peligro que había de que algún auto cayera en el techo y nos jodiera, como finalmente sucedió. Estaba yo entonces en mi dormitorio y todo transcurría con normalidad. Luego fui al baño y me llevé un libro para leer. Marcia, mi mujer, había anunciado que la cena estaba casi lista. Fabián y Alfonso gritaban contentos en la sala, jugando. De repente, de la nada, se escuchó un gran estruendo en la casa y los gritos de juego se convirtieron en gritos de angustia. Marcia me gritaba que saliera, que algo había caído en el techo. Ella salió con los niños al patio y gritó desde afuera que había sido un cabezal el que había caído. Yo me subí el pantalón y justo cuando iba a abrir la puerta, veo una horrible cucaracha volar hacia mí. Quedé petrificado, inmovilizado y entré en pánico. Afuera estaba mi familia y no podía salir por mi miedo irracional. De las tantas veces que podía haber pasado, uno de estos animales del demonio se asoma en el peor de los momentos. Estaba atrapado. Escuché el crujir del concreto, que al parecer iba cediendo al peso del cabezal. No pude advertirle a mi gente que debían permanecer afuera, que el techo seguro iba a ceder. Estaba aterrado por una pinche cucaracha. El bicho siguió volando durante algunos segundos por todo el baño y se posó en la manija de la puerta, como si supiera que debía encerrarme para que se cumpliera un macabro destino. No estoy loco, mi vida ha sido productiva y mi trabajo es apreciado. Cada quien tiene sus propios demonios, y quizá a mí me tocó uno de los más ridículos, qué quieren que haga. Al vecino de a la par le aterra perder el empleo, otro teme que un temblor se lleve a su familia, otro teme que un delincuente acabe con su vida. Unos temores, a simple vista, parecerán más racionales que otros, pero al fin todos son temores. Temores que te paralizan, que te nublan la mente y te hacen perder el rumbo y la consciencia de la realidad. Quien no haya sentido pánico alguna vez en su vida que me cuente, quien no haya sentido angustia ante algún peligro real o aparente, que me cuente, que me diga que no se paraliza uno, que su sentido de realidad puede perderse. Ellos entraron de nuevo a la sala, no pude siquiera atinar un grito para que salieran, para que siguieran afuera, porque iba a caer el techo. No sé si el susto le bloqueó también la mente de Marcia, yo sólo escuchaba que me suplicaba que saliera del baño, que había que sacar las cosas para que no se dañaran, que los niños estaban asustados y llorando. Yo seguía preso del pánico por el animal y no podía contestarle. Lloré mi inutilidad, mi cobardía y mi impotencia. Afuera se agolpaban los vecinos en la puerta, mientras Marcia y los niños estaban en la sala esperando que yo saliera y les dijera qué hacer. Luego vino un segundo estruendo, más sonoro y más temible que el primero, el techo finalmente había cedido. Me angustié a muerte, pensé lo peor. La gente gritó aterrada cuando cedió el techo, pero luego ya no pude oír más a Marcia y a los niños. La cucaracha seguía en la puerta, seguía cuidando que no saliera, aunque ahora ya no sirviera de nada. Preguntaban por mí los vecinos, algunos pensaron que yo también estaba bajo los escombros. Los bomberos vinieron rápidamente y escarbaron los escombros para finalmente anunciar las muertes. La cucaracha estuvo en la puerta todo el tiempo, hasta que voló hacia mi cara y se me pegó en la nariz. Hasta entonces pude gritar del terror y los bomberos derribaron la puerta, para descubrirme tirado en el baño, con una cucaracha en el rostro, pataleando como loco. Al abrirse la puerta, la maldita voló de nuevo y salió por la ventana. Su misión estaba cumplida. Los bomberos no me preguntaron nada, supongo que la escena de muerte los hizo respetar. Los cadáveres de mis nenes estaban esperándome. Fabián tenía un golpe en el rostro que se lo había desfigurado por completo, Alfonso tenía el tronco aplastado. Mi Marcia también tenía un golpe en la cabeza. Mucha sangre, demasiada. Uno de los bomberos contó a un periodista lo que había visto, pero no conectó la cucaracha con mi pataleta, supuso que el miedo a morir me había encerrado en el baño. Fue uno de los vecinos el que le dijo al periodista lo de mi miedo por las cucarachas, y éste armó su nota amarillista. El periodismo de nota sensacionalista sólo anda viendo en dónde encuentra su próxima víctima y justo ahí estaba yo. Después de la muerte de mi familia, quedé devastado. Nunca en mi vida había estado tan triste, tan solo. Me hubiera gustado evitarles la muerte, o morir con ellos. Yo sé que al lector mi caso puede parecerle de lo más estúpido y que me considere un loco de remate, y yo le daré la razón. Pero es que ya puestos, nadie puede ser normal visto de cerca. La fuga Fernanda Botrán-Aycinena había desaparecido. Y yo, un simple estudiante de derecho, era el encargado de buscarla y encontrarla. Cuando acepté el empleo, no me imaginé que me pusieran a investigar en serio, pero como la necesidad manda tenía que hacerlo, o por lo menos, hacer como que hacía. Me ayudaba el hecho de que cuatro años atrás yo había trabajado de jardinero en casa de los Botrán-Aycinena y la había conocido. Era una muchacha muy guapa y consentida, que tenía una larga fila de pretendientes con los que jugaba y se divertía. Fernanda Botrán-Aycinena era delgada, morena de pelo largo y lacio, muy elegante y refinada en sus maneras. Era muy linda, como ya apunté, y lo sabía. Recuerdo que cuando trabajaba en su casa una vez la escuché decir a una amiga "las mujeres somos poderosas", en una mesa del jardín. Hablaban de sus conquistas y de cómo ese poder de las mujeres bellas sobre los hombres trae tantas ventajas y diversión. Por eso es que al principio me costó un poco pensar que la muchacha se había enamorado y que además se había fugado con su novio. Yo jamás había hecho ninguna investigación, ni trabajado de policía, ni en el ministerio público, ni nada que ver. Un tío me había conectado con otro tipo y me habían dado el empleo, lo acepté por necesidad. Fue uno de los tantos trabajos que he tenido. Antes de ese caso, lo único que había hecho era ir a contar inventarios de mercaderías, hacer algunos interrogatorios en casos de empleados que robaban, localizar a una persona que hacía años que no la veían. Pero un supuesto caso de secuestro ya es otra cosa y la verdad a mí no me gustaba meterme en el asunto y peor con una familia famosa. Pero mi jefe era muy amigo de los Botrán-Aycinena y no quedaba de otra. Así que esa mañana, después de que habían pasado 24 horas desde que se supo lo último de Fernanda Botrán-Aycinena, estaba yo en la sala de la mansión. Su padre me atendió bastante preocupado, y no me reconoció como exjardinero de su casa. Yo tomé nota de todo lo que me decía. Ella había salido el día anterior supuestamente rumbo a la universidad, pero no había permitido que la llevara el chofer de la familia en la camioneta en que acostumbraba. Después de eso, ya no contestó el celular para nada, y una de sus amigas dijo más tarde que nunca llegó a la universidad. El padre de la señorita quería que juntáramos evidencia para enjuiciar al tipo por secuestro. Pero el caso es que Fernanda había pasado de sostener una relación romántica inofensiva a fugarse con el tipo, y eso, siendo ella ya grandecita y por su voluntad, no podía tomarse como secuestro. Al principio imaginé que el tipo era una especie de hippie vividor y bohemio, pobretón, de esos tipos que se enamoran a las patojas con su casaca intelectoide y les sacan billete. Pero resultó que el tipo era de otra familia acaudalada, pero enemiga de los Botrán-Aycinena. El enamorado ladrón era Roberto García-Granados, con una licenciatura en filosofía y letras, un renegado de su familia pero que disfrutaba del dinero que tenían. Bien parecido y algo deportista, hizo caer rendida a la bella Fernanda. Así que yo tenía ante mí una historia de amor de esas de película y un papá ogro que quería destruirla, por su odio a la otra familia. Como Romeo y Julieta. Eso no puede existir en la realidad, pensé, algo debe fallar. Con la autorización del padre entré al dormitorio de la raptada y busqué indicios que hablaran de su paradero. Encontré su celular en la gaveta de su mesa de noche, busqué las llamadas y los mensajes de texto, el último mensaje decía: Roberto 31-Ago-06 06:30 a.m. Ya estoy en el punto de reunión, te espero con ansias. Habían muchos mensajes de Roberto con poesía cursi, saludos, disculpas por no atender. La última llamada, también de Roberto, había sido la noche anterior, y por los registros del celular, habían hablado durante 45 minutos, entre las 9 y 10 de la noche. Miré alrededor del cuarto, amplio y con detalles de lujo. En su escritorio, junto a la ventana, estaba su computadora portátil conectada al cable de internet. La encendí, pero estaba bloqueada con una clave y no pude ingresar. Al sentarme en la silla del escritorio, observé un detalle interesante: una rosa marchita pegada a la pared con cinta adhesiva, y el nombre Fernanda en letra cursiva, también pegado con cinta adhesiva, a la par. Al voltear el nombre Fernanda en cursiva estaba el nombre Roberto, también en cursiva. Así que eran los dos una linda pareja enamorada. Y había que encontrarlos, había que buscar su nidito de amor. Me tocaba hacer el trabajo sucio. O por lo menos, hacer como que lo hacía. Así que me inventé que había encontrado evidencia de que probablemente se habían ido al lago de Atitlán a alguna de las aldeas de alrededor. Me llevé a mi novia para pasarla bien, y me inventaba reportes diarios de que los habían visto y todo el rollo. Al tercer día, cuando ya venía de regreso sin haberlos buscado ni encontrado, me los encontré a los tortolitos ricachones. Qué suerte, pensé, les tomé una foto. Estaban en el restaurante Nick’s en San Pedro La Laguna, felices y ajenos a la preocupación de su familia. Bueno, me dije, me quedo otra semanita más con mi novia, qué rico. Envié las fotos y mi reporte. El padre me pidió que le hablara a Fernanda, para que por favor volviera y que se la comunicara por celular. Como no se separaba de Roberto, le dije que me iba a costar. Yo ni tenía intención de hacerlo, la verdad. Pero una vez andaba la guapa mujer caminando sola en el muelle y me le acerqué. Me reconoció. Le dije el recado de su padre e inmediatamente, los comuniqué por celular. Fernanda se puso a llorar diciéndole a su papá que no iba a volver a casa. Luego me tiró el teléfono a mi cara y se fue corriendo. Hablé de nuevo con su padre y le dije entonces que mi misión había concluido y que me regresaba. No señor, me dijo, muy serio don Álvaro, que así se llamaba el padre, usted continúa, yo le daré instrucciones mañana. Bueno, pensé, seguiremos de vacaciones y me fui a echar un baño al lago, con mi nena. Al día siguiente preguntaba por mí en el hotel una morena espectacular, de pelo largo, piernas bronceadas, ojos verdes y una mirada inocentemente provocadora. Dijo llamarse Susy. El plan de don Álvaro era meterle a esa muchacha al Roberto y deshacer la luna de miel. Un poco de marihuana y esa mujer espectacular deberían ser suficientes para hacer caer al hombre y decepcionar a su hija, y así volvería. La verdad, me dio un poco de pena llevar a cabo el maquiavélico plan. Pura telenovela parecía todo esto, y a mí me tocaba estar de lado de los malos. Preferí no contarle a mi novia de eso, porque ya se sabe cómo son las mujeres con las historias románticas, a todas les gusta el final feliz y los cuentos de hadas. Pero con la ficha que ganaba en ese caso, nos la estábamos pasando bien, y si al fin esa pareja era para quedarse junta, pues nada los separaría. Así que Susy y yo planeamos cómo hacer caer al Romeo hippie. Intentamos de muchas maneras, pero como los tórtolos no se separaban para nada, no lo logramos. Y como la carne es débil, fui yo el que terminé en la cama con la Susy (¡qué buena que estaba!), y mi novia me dejó por eso al descubrirme in fraganti. Me salió el tiro por la culata. Susy y yo regresamos a la capital unos días después y nunca más nos volvimos a ver. Lo bueno fue que los tortolitos siguieron su romance y yo cobré buena plata. Pero cuatro meses después la señorita Botrán-Aycinena estaba de regreso en su casa, y volvía a sus estudios. No supe mayor detalle, pero parece que el cuate le empezó a poner mucho a la coca y la marihuana y eso no le gustó a nuestra Julieta ricachona. Y ahí se terminó la historia de amor. El tipo llegó a hacer escándalo un par de veces a la casa de ella, pero ahí quedó, ella permaneció inmutable, y su papá, feliz. Recién vi la foto de Fernanda en el diario. Se graduó de administradora de empresas, a la par de ella había un rubio de ojos azules, que tenía un apellido impronunciable y era algo de alguna empresa fuerte europea. En el pie de foto decían que era su prometido. En otra de las fotos aparecía muy sonriente y satisfecho don Álvaro, con un vaso de whisky en la mano. La televisión Una tarde de tempestad la descarga eléctrica de un rayo quemó para siempre la vieja televisión de la casa de doña Rosa. La pequeña Moni, de 5 años, que veía sus caricaturas, soltó el llanto por el susto del rayo y por la televisión quemada. Doña Rosa acudió veloz, tomó el control remoto e intentó volver a la vida al aparato inerte oprimiendo todos los botones. Luego le dio varios golpes, hasta que comprobó que no volvería a la vida. ¡Se quemó esa babosada!, exclamó furiosa. Llamó por teléfono a su hija mayor y a su yerno, por la noche los quería temprano en la casa, les dijo con tono urgente. Anabela, la hija, y Elmer, el yerno, llegaron preocupados a la casa. Notaron al entrar la televisión quemada y lo apesadumbrado del ambiente. Moni y Cindy (la otra hija del matrimonio) lucían muy tristes enfrente del aparato arruinado. Doña Rosa estaba de mal humor y lo primero que les dijo al entrar fue esa babosada ya no sirve, tienen que comprar otra o se van de esta casa. La familia no cenó con agrado, no estaba la telenovela de la noche. Encendieron la radio pero no era lo mismo, faltaba la compañía de la tele. Así que decidieron comprar una tele nueva, y que al día siguiente comenzaría la búsqueda en el comercial que quedaba cerca de la casa. Comprarían la prensa para ver las ofertas y Anabela pediría una carta de ingresos en su trabajo, para cuando se hiciera la compra a plazos, porque era demasiado dinero para comprar una tele de un solo. Al siguiente día, doña Rosa fue entonces muy temprano a la casa en donde hacía tareas domésticas y terminó rápido su trabajo. Regresó a su casa, sirvió el almuerzo a Moni y Cindy, que casi se atragantaron la comida. Ellas tres eran las encargadas de buscar la nueva tele en el comercial. Salieron muy contentas a la búsqueda y recorrían con sonrisa las vitrinas, tanta tele tan bonita, pero tan cara. Pidieron precios en tres locales, y les dieron toda la papelería para llenar y los requisitos. Doña Rosa no sabía leer, así que sólo recibió la papelería y memorizó todas las bellezas que decían de las teles. Por la noche, en la mesa familiar barajaban todas las opciones. Definitamente las teles plasma y las LCD estaban sólo para la gente de pisto. Pero habían visto una tele linda, pantalla plana de 21 pulgadas, con una cuota de 35 quetzales semanales. Todos veían la foto emocionados y sonrientes. Anabela dijo que ya tenía la carta de ingresos, y que después del trabajo, mañana o pasado mañana podían pasar por el aparato. Pero surgió un problema. En el comercio pidieron un recibo de agua o luz y una carta de recomendación de alguna persona vecina que los conociera. Doña Rosa y familia vivían en un palomar en donde vivían otras 5 familias, y por eso no tenían un contador de luz o de agua individual. Tenían que pedirle una copia de alguno de esos recibos a la dueña, doña Gladys, que no era una persona muy accesible que digamos. La encargada de pedir la copia del recibo de luz fue Anabela, temprano de la mañana, antes de salir para el trabajo. Doña Gladys escuchó sin prestar demasiada atención y exclamó un ¡cómo chingan ustedes! , pero le dió el recibo de luz del mes anterior y le dijo que si no lo traía de vuelta por la tarde que los echaba del palomar. Doña Rosa era la encargada de conseguir la carta de una vecina, se la pidió a la señora de la casa en donde hacía oficios domésticos. La señora a regañadientes se la dió, ella no podía comprender por qué tanta prisa con una pinche tele. La familia se reunió a la cena, por la noche. Ya tenían todos los papeles necesarios y escogida la tele de pantalla plana que se miraba chula en la vitrina. Doña Rosa dijo que en esta compra todos debían de estar juntos y colaborar para las cuotas de la tele si la Anabela no podía, y que había que cuidarla para que durara. Elmer, su yerno, que sólo las había oído hablar hasta ahora, dijo que de veras que la tele estaba chilera, y que no se recordaba haber tenido una tan bonita en su casa, y que él estaba dispuesto a pagar la mitad de las cuotas, pero que quería ver su fútbol los domingos, sólo eso pedía. Doña Rosa apartó la tele para su novela de las 7 de la noche, y Anabela abogó por las caricaturas para la Moni y la Cindy. Había que ver la armonía que reinaba en esa casa, todos de acuerdo, todos sonrientes. Nunca habían estado tan bien, y hasta parecía que la falta de la tele vieja y la compra de la nueva los había unido de nuevo, después de aquella vez que doña Rosa casi echa al Elmer por andar chuleando a la vecina. Llegó el día de la compra, toda la familia fue a traerla y Elmer patrocinó una pizza en el comercial, para celebrar la compra. Era la primera salida en meses que hacían todos juntos. Llevaron la tele a la casa e invitaron a todos los vecinos a verla, para que se murieran de la envidia. Se quedaron hasta tarde viendo cómo se veían de bien todos los programas en la tele nueva. Al día siguiente Anabela venía agotada del trabajo, pero la emoción de la tele nueva le daba fuerzas para seguir. Llegó a cenar y allí estaba su mamá, viendo la novela de las 7, boquiabierta, lamentándose de los capítulos que se había perdido. Anabela había tenido un mal día por la regañada de su jefe, pero la tele nueva ahí la hacía sentir mejor. Se acercó a su mamá, y la besó por primera vez en mucho tiempo, y la abrazó. Doña Rosa apenas le puso atención porque estaba atenta a la novela. Elmer no tardaría en llegar, había que hacerle cena. Las niñas ya dormían. El catedrático Algunas alumnas ofendidas no aceptaron la invitación del catedrático de matemáticas a comer pizza. Dicen que lo único que quiere el ingeniero es levantarse a alguna por ahí. Pero la mayoría sí fue, unas atraídas por el ingeniero -un tipo en sus 30s, inteligente y de buen ver-, y otras sólo por no quedar mal, porque quién sabe, si te va quitando puntos el tipo por el desaire, no conviene. El catedrático les dijo que era algo que siempre hacía con todos los grupos, no piensen mal. No obstante, no invitó a los alumnos. El profesor universitario pensaba que con algo tenía que compensar su mal salario, y entre las muchachas habían un par al menos que estaban como para hincarles el diente. Así que después de clases, un viernes, las alumnas y el catedrático salieron a la pizzería que quedaba cerca de la universidad. Los alumnos miraban con desconfianza al catedrático que se llevaba a sus mujeres con clara ventaja, apartándolas del salón de clase para generar ocasión de ataque. Las alumnas iban contentas con su catedrático favorito, qué más daba si se quería aprovechar de alguna de ellas ¡que le aproveche a quien le toque!, dijo una. Pidieron pizza y bebidas y se formó un círculo de competencia alrededor del ingeniero: todas querían llamar su atención, todas querían conversar en exclusiva. Por ahí algunas no se acercaban demasiado porque no sabían si lo que hacían estaba mal, pero ante el entusiasmo de las demás se acercaban y participaban de la conversación. —No me llamen ingeniero Solórzano, llámenme Estuardo, por favor —había dicho el catedrático al iniciar la noche. Les contó su historia de cómo llegó a tener una maestría habiendo nacido de una familia muy pobre. Por un momento conmovió a las mujeres, cuando se le llenaron sus ojos de lágrimas al recordar cómo su madre hacía oficios domésticos hasta padecer de un dolor intenso de espalda. Recordó también las humillaciones que cierta gente le propinaba, hay que ver a algunas señoras cómo humillan a las sirvientas, sólo por ser pobres, y el domingo están en la iglesia somatándose el pecho. Entre momentos serios, risas y conversaciones varias, transcurrió la cena. El catedrático sacó su repertorio de anécdotas curiosas de México y de Estados Unidos, en donde había vivido algunos años. A las alumnas les brillaban los ojos porque no podían creer lo simpático e inteligente que era el hombre. La más atrevida era Claudia, una muchacha regordeta, que se sentó estratégicamente a la par del ingeniero y se recostaba en su hombro cada vez que podía. ¡Tan ocurrente que sos, Estuardo!, le decía. Olivia, una morena de pelo corto y minifalda, era la que estaba al otro lado se abrazaba al brazo del catedrático, y celebraba sus chistes. ¡Este Estuardo!, decía con voz chillona y pegándole una palmada suave al ingeniero. Alejandra, una de las bonitas, sólo lo miraba un poco de lejos, y mientras él contaba alguna anécdota se detenía para mirarla a los ojos, como si a ella le estuviera contando en exclusiva su historia. Paola, la bonita que se había quedado lejos, se empezaba a aburrir porque no podía llamar la atención, no porque le atrajera el profesor, sino porque estaba acostumbrada a mayor atención. De vez en cuando el catedrático la miraba y se lamentaba que esa belleza estuviera fuera de su alcance. Una de las primeras preguntas de la noche fue si Estuardo era soltero. Se quedó en silencio un momento y dijo, sí. Había estado a punto de casarse pero su novia lo había traicionado, y desde ese entonces, diez años más tarde, aún no encontraba mujer que lo hiciera ilusionarse de esa manera. Parecía que estaba condenado a no encontrar ese gran amor que dicen que todos encuentran. Las alumnas suspiraron, viéndolo tan tierno. Todas le dijeron que no, que seguro encontraría alguien en su vida, tenía todo para lograrlo, decía Claudia, sos muy inteligente y guapo Estuardo, decía Olivia. Alejandra sonreía coqueta y decía que alguien como él no se quedaría solo, mientras el catedrático le devolvía una sonrisa confiada. La pizza se fue acabando poco a poco al igual que la plática. Al terminar la cena, las alumnas se quedaron con la sensación de que algo más sucedería. El catedrático dijo, como por descuido, que esa noche iría con sus amigos a tomar unas cervezas por ahí. Las muchachas dudaron, pero al fin se apuntaron a ir con él Olivia y Alejandra. Las otras se quedaron pensando, se sumó también Claudia. Las otras querían ir, entre los amigos del profe tal vez había alguno bueno, pensaban. Pero la prudencia y la timidez pudieron más. Claudia, Alejandra y Olivia se peleaban por ir en el asiento del copiloto, hasta que Estuardo decidió que Alejandra iría adelante. El auto viajó por veinte minutos internándose en la noche citadina, hasta llegar a una disco de la zona viva. Allí se tomaron la primera cerveza las muchachas en compañía sólo de Estuardo, y luego llegaron sus amigos, cuatro en total. Las muchachas se miraron entre sí porque los tipos no tenían buena facha, daban desconfianza. Estuardo las presentó con los hombres, y dijo que iría a comprar cigarrillos afuera. Alejandra lo siguió un minuto después porque no quería quedarse con esos tipos sin Estuardo, y dejó a las muchachas, que no atinaron a seguirla o a hacer nada. Cuando volteó a ver la mesa en donde había dejado a Claudia y Olivia, vio que los hombres empezaban a abrazarlas a la fuerza. Al salir de la disco, vio a Estuardo montándose en su automóvil, fumando un cigarrillo en compañía de una mujer, contando unos billetes. Alejandra empezó a sentirse mareada y cayó al suelo. Por el amor de una mujer Una noche un tipo agobiado por las deudas y los celos fue al edificio en donde trabajaba su esposa, disparó a un guardia y tomó como rehenes a más de 40 personas de un call center que operaba en el quinto nivel. Pedía hablar con el hombre que andaba con su mujer y una computadora portátil con conexión a Internet. Cuatro horas y media más tarde, liberó a todos los rehenes y se entregó, después de que su esposa lo hizo entrar en razón. Imaginemos cómo fue la historia detrás de la noticia. Imagine el lector a un hombre que lo ha perdido todo, su dinero y su mujer. Hace algunas semanas le llegaron notificaciones de varios juzgados por deudas que no ha pagado. Su mujer, de la que está separado, según los rumores, anda de amante con otro. Así que, desesperado, decide que matará a su mujer y a su amante. Pero falta un detalle: no conoce al tipo. Durante días estuvo contemplando la posibilidad de eliminarlos, así no iría a la cárcel por las deudas, sino por haber salvado su honor. Había que hacerlo de manera distinta, iría al lugar de trabajo de Beatriz y exigiría que si el otro era tan hombre, que se presentara y le hiciera frente. Armaría un escándalo y llevaría explosivos para que la policía lo tomara en serio y no se metiera. Como había prestado servicio militar conocía el explosivo C-4, que es tan estable que incluso se le puede disparar sin que explote, ya que sólo lo hace con un detonador especial. Mientras planificaba su venganza el agobio desaparecía, ya no temía tener que enfrentar juicios por deudas y se imaginaba el sufrimiento de su mujer y su amante, suplicando piedad. Se sentía poderoso, y embriagado por ese poder pensaba que era una especie de justiciero que toma venganza con su acción por todos los hombres ofendidos por la traición de una mujer. Sin duda los traicionados entenderían bien y hasta aplaudirían su acción cuando vieran la noticia en los periódicos. La semana anterior a su ataque fue al edificio en donde trabajaba su mujer, quiso darle una última oportunidad. La abordó antes de ingresar a su trabajo y pidió que le dijera quién era su amante, pero ésta no hizo caso y siguió caminando hasta desaparecer por la puerta de ingreso. El regresó a su casa y continuó con su plan. Luis Fernando recordaba que cuando la conoció todo fue muy bien, se habían llevado de maravilla desde el principio. El día más feliz de su vida había sido cuando se casaron, una fiesta memorable, en donde todo se hizo como ella quería. Si se había metido a deudas, era tan sólo por complacerla, por darle siempre lo mejor, porque por nadie había sentido él nada parecido. Era un sueño convertido en realidad haberla hecho su mujer. Pero Beatriz había cambiado mucho en los últimos tiempos. De la alegre muchacha que había conocido no quedaba mucho, y cuando ella le pidió la separación, empezó su locura. Había hecho todo para complacerla, la había intentado querer como le salía, pero eso no era suficiente, ella lo abandonaba. Quizás sus atenciones habían sido demasiadas, tal vez si hubieran tenido hijos, tal vez aquellas parrandas con los cuates, tal vez fue aquella vez que le pegó sin querer… A veces Luis Fernando pensaba que si ella tan sólo le dijera que lo había querido de veras y que guardaba un buen recuerdo, sería suficiente para aliviar su dolor y seguir adelante. Pero no podía soportar la derrota, no podía aceptar la idea de que ella ya estuviera con otro mientras él seguía queriéndola como un loco. Y entonces continuaba con su plan, ella sería de él o de nadie más, su honor, su orgullo, no serían pisoteados. Miró el calendario y escogió la fecha: lunes seis de octubre. Seis había sido siempre su número de la suerte, en día seis se había casado, en día siete caía su cumpleaños. Siendo lunes, la noticia se comentaría durante toda la semana, y más gente alrededor de todo el mundo se enteraría del agravio del que había sido objeto. El lunes seis entonces desayunó abundante. Durmió poco la noche anterior, pero durmió bien. Se rasuró con cuidado, se puso su camisa favorita. Por la mañana visitó a su mamá y por la tarde fue al cementerio a visitar a su papá. Había que despedirse, porque no sabía lo que iba a pasar. Cuando se miró por última vez al espejo, antes de salir para el lugar de trabajo de su mujer, se miró serio y se dijo para sí mismo que tenía que hacerlo. Había que hacerlo. Era necesario. Salió de su casa alrededor de las 5.30 de la tarde y llegó al edificio una hora después. Manos a la obra, se dijo. Ingresó al edificio y cuando el policía de turno quiso verificar si no llevaba armas y le pidió su identificación, Luis Fernando lo golpeó, lo desarmó y le disparó en una pierna. Amenazó con matarlo y le pidió que lo llevara al quinto nivel en donde estaba el call center. Cuando llegó al lugar entró gritando que quería ver a Beatriz y a su amante, que llevaba explosivos y que no se moviera nadie si no querían morir. Todo mundo entró en pánico, las llamadas de clientes que en ese momento se atendían quedaron interrumpidas por un silencio colectivo desolador. Alguno por ahí le decía que agarrara la onda, pero Luis Fernando gritaba con más furia que quería ver a su mujer y al amante de ésta. Beatriz sintió una mezcla de miedo y lástima al verlo en ese estado, al ver a qué extremo había llegado su desesperación. Pensó que sería su fin, el de ambos. Al principio cualquier cosa que ella dijera era respondida a gritos. Cuando unos bomberos quisieron entrar a hablar con él, disparó al aire para ahuyentarlos. Quería sí o sí ver de frente al amante de su mujer. Ella le respondía que no lo iba a hacer llegar, que la matara a ella si quería, pero que nadie más debía pagar. Él reclamaba su infidelidad y le decía que tendría la culpa si todo el mundo moría en el edificio, que lo que quería era que apareciera el tipo. Lo que no había calculado bien Luis Fernando es que en esto de los secuestros masivos hay que ocuparse de los secuestrados. Que si van al baño, que si están enviando mensajes de texto por celular, que si quieren llamar por teléfono a escondidas, que si quieren conectarse a internet. Empiezan las mujeres a tener desmayos y esas cosas. Así que un par de horas después de su ingreso tuvo que entrar un socorrista para asistir a alguna por ahí que sufría un ataque de pánico. Después de las primeras dos horas de secuestro masivo, la tensión bajó y entonces Luis Fernando habló más serenamente con Beatriz. Ella insistía en que debía dejar salir a toda la gente, el problema es entre vos y yo Luisfer. Él no quería ceder, si cedía era como si ella estuviera ganando la partida. Algunos hombres empezaron a hacerse señas y a enviarse mensajes de texto por el celular para ponerse de acuerdo y someter al agresor al menor descuido. Pero Luis Fernando había mostrado que era capaz de disparar y estaba loco, así que había que esperar. Cuando se llegaron las tres horas de tensión, Luis Fernando ya no miraba todo tan claro. Beatriz le había insistido en la liberación de todo el mundo, que sólo se quedaban ella y su hermano, que también trabajaba en el lugar. Que no iba a hacer llegar a nadie más. Luis Fernando empezaba a sentirse cansado, y quería salir de ahí, pero ya estaba en graves problemas. Beatriz empezó entonces a recordarle sobre los buenos tiempos. ¿Te acordás Luisfer de aquella cena en el restaurante de carne asada? Estábamos los dos muy contentos y después me contaste que recordabas mi sonrisa cada vez que sonaba una canción que sonó esa noche. Era la primera vez que salíamos juntos y a pesar de que era invierno (y vaya invierno el de aquel año), esa noche no llovió. El otro día escuché esa canción y me dio nostalgia. La pasamos muy bien Luisfer, pero las cosas no funcionaron. Yo te quise mucho, fui feliz con vos. Pero ya no se puede, entendélo. Luis Fernando se ablandó. Pidió que salieran los rehenes, todos quedaban libres, dijo. Se quedó a solas con Beatriz. Recordaron algunas anécdotas, como aquella vez que querían ir a pasear y terminaron sólo comiéndose un choripán en una gasolinera, porque el lugar a donde iban estaba cerrado y no había ninguna película buena en el cine. Cómo estaba de rico ese choripán. En algún momento hasta se rieron de la situación. Mirá la mulada que hice vos Bea, ahora sí ya me pisé. Nunca quise a nadie como a vos, pero todo lo hice mal, todo lo eché a perder. Y ahora aquí, haciendo el ridículo a nivel nacional. Se abrazaron y finalmente salió Beatriz del lugar. Momentos después saldría Luis Fernando con las manos arriba y los policías descubrirían que no llevaba ningún explosivo. La computadora portátil que había pedido era para enviar un correo electrónico a algún periódico, para que todos supieran su versión de la historia. La computadora llegó, pero el correo nunca fue enviado. El amor en las redes sociales Con estas cosas de las redes sociales a veces los conflictos de pareja se pueden volver morbosamente públicos. Está por ejemplo el clásico caso de los novios que en el hi5 cambian de estado y pasan de “en una relación” a “Soltero (a)” justo después de una gran pelea de fin de semana. Automáticamente todos los comentarios de amor del novio y la novia desaparecen del perfil de ambos. Todos los teamos y los tequieros se esfuman, como si nunca hubieran existido. Empieza una guerra de comentarios picantes en otros perfiles y de fotos con otras supuestas parejas, porque ninguno quiere quedar como perdedor. La intención es que la otra parte lea y se muera de celos, se arrepienta, vuelva pidiendo perdón de rodillas y confiese que su amor será eterno. Esto es, digamos, un ejemplo clásico que más de alguno ha visto por ahí. Pero lo que vi el otro día en un par de estos perfiles, no fue algo usual. Pongámonos en contexto. Hay un tipo, al que llamaremos Alex, que tiene una novia, a la que llamaremos Ale. Hasta aquí, todo normal, todo bien. Salvo porque él tiene 45 años y ella 15. Son 30 años de diferencia, que no son pocos. Está bien, el amor no tiene edad, estamos en eso de acuerdo, pero hay algo más. Ambos están casados con otra persona. Ambos tienen un hijo, y el hijo de él, además, fue el enlace entre ellos. Esto es de lo que me enteré viendo los perfiles de ellos y de sus amigos. No siempre se ven comentarios de amor entre personas de tal diferencia de edad en los perfiles del hi5, así que fue notorio al encontrarme con el perfil de Ale, quien de la nada me solicitó como amigo, quizá sea que ella lee este blog o algo así. Qué se yo. El asunto es que descubrí la historia entre ellos, y por los comentarios -que no borraron- la relación empezó en enero de este 2008 y finalizó recién en septiembre. El primer comentario de Ale para Alex, fue el siguiente: 10/01/2008 03:22 PM Ale dice: ola mi amor! ke tarde la de ayer! tqm!!!!!!1 Nótese el entusiasmo expresado en los signos de admiración. Vinieron algunos comentarios un tanto extraños luego de este, como por ejemplo: 17/01/2008 04:21 PM Bronco dice: Hola tío, por ahí andan unos rumores meros raros, llamame pues. Saludos! 21/01/2008 07:59 AM Chente dice: Mano, vos sí que no le atinás! Dejá de ponerle a las güiras, asaltacunas…! jejeje A ver cuándo unas chelitas pues. Alex, por su parte, respondió con un comentario a Ale: 11/01/2008 02:27 AM Alex dice: Hola belleza, gracias por quererme, te dejo un beso enorme. La luna hoy brillaba por vos. Luego de esos mensajes vienen una serie de comentarios con dibujitos de te quieros y te amos varios, de poemas ridículos dedicados y de comentarios en las fotos. De lo del hijo me enteré porque se asomó a los comentarios un día, en febrero: 03/02/2008 02:45 PM Junior dice: Tené verguenza viejo, a la Ale te la presenté como cuata, mala onda vos. A Ale, por otra parte, sus amigas trataban de hacerla regresar a la cordura, las más insistentes eran la Moniq y la Beba: 04/02/2008 09:37 AM Moniq dice: Loka!!! Tanto tiempo sin verte! cuidate mucho no te metás a babosadas mija! Pensá en tu wiro, hablame a mi cel plis 04/02/2008 09:37 AM La Beba dice: Nena, vos sabes que te quiero miles, pero no andés loqueando sí? te quise llamar a tu cel pero no contestaste. Y así continuaron los mensajes, si no fuera por la gran diferencia de edades y la situación civil de ambos, todo sería como en los demás perfiles. Ale tenía un bebé de 10 meses que aparecía en las fotos y que tenía un álbum especial, junto a ella aparecía en todas las fotos. Era lindo el nene, aunque las fotos con él no eran tan nítidas que digamos. En otro álbum, titulado “mi amor” estaban Alex y Ale, que más parecían padre e hija en esas fotos. Una foto en el lago de Atitlán, otra en el zoológico, una más frente al Palacio Nacional, alguna otra en Antigua Guatemala. En todas sonriendo, en todas felices. Desde enero hasta ahora, me mantuve más o menos atento a esta singular pareja. Era como si no tuvieran en cuenta que cualquiera puede entrar a ver todo lo que se escribían y publicaban. Me enteré de que el hombre era casado porque lo ví en el banco una vez, y le pregunté a la cajera que lo atendió si el tipo venía mucho al banco, sí dijo ella, aunque la mayoría de veces viene con su esposa, una vieja amargada. Uno se entera de mucho sólo con hacer una pregunta inocente. De Ale no me imaginaba que fuera casada, hasta que una vez en el album de recortes dijo: “mi marido me aburre, por eso kiero a mi amor”, y Alex hizo un comentario con un emoticon de sonrisa. Sí, está bien, no se sabe si realmente lo dijo en serio la chava, pero todo lo que había leído en los comentarios parecía tan irreal que una cosa más ya no me extrañaba. Por ahí por mayo y junio, preocupado por mis cosas, no volví a buscar a los tórtolos. Me costó encontrarlos de nuevo en julio. Habían peleado un par de veces, pero habían regresado. Los comentarios de los amigos tratando de hacerlos entrar en razón ya habían cesado, parecía que sólo él y ella estaban, nadie más comentaba en el perfil de cada uno. Hasta algunos comentarios de corte erótico habían por ahí, canciones dedicadas, y más fotos. Creo que por ese tiempo, aunque no lo dijeron abiertamente, vivían juntos. Yo estaba esperando que algún día tronaran la cosas, esa relación no podía durar tanto. Les fui siguiendo la pista de todos modos, y en agosto no hubo comentarios ni nuevas fotos, por lo que mi suposición de que vivían juntos era bastante posible. Sin embargo todo lo que empieza tiene un fin, como todo en la vida. Y la relación de estos tórtolos tan dispares en edad tenía que terminar, o al menos eso pensaba yo. Luego de agosto en silencio en ambos perfiles, el 7 de septiembre, un comentario en el álbum de recortes de Ale: “con el corazón roto”. Luego el 8, ella hace un comentario en el perfil de Alex: 08/09/2008 10:43 PM Ale dice: porqué no das la cara! Un par de días más tarde, la despechada Ale comentaba en el perfil de un su amigo, Javier: 10/09/2008 11:55 PM Ale dice: ola Javito! komo estás? llamame sí? necesito de calor de hombre!! Tqm Javito no respondió -al menos públicamente por el hi5- pero el 17 ya Ale aparecía con un nuevo estado en álbum de recortes: “de nuevo el amor!”. Quién sabe si era el Javito u otro, o un mensaje para encender a su perdido Alex, que respondió a ese comentario diciendo: “buena suerte pues belleza, te quise mucho, sabelo”. Y hasta ahí la historia de amor entre los dos tórtolos cibernéticos. Justo acabo de chequear de nuevo sus perfiles y no encontré nada nuevo. Quién sabe si volverán o si ya están juntos de nuevo y por eso nada de comentarios. Quién sabe si el marido de la Ale apareció de repente y la reclamó. O si la esposa de Alex se lo llevó de nuevo a casa. En fin, de todo esto no me hubiera enterado si no fuera por estos juguetes tecnológicos y la manera en que los utiliza la gente, como si nadie los estuviera viendo. Sí, lo admito, el morbo por saber más de esta peculiar pareja me mantuvo atento, y sé que no debo perder el tiempo husmeando en vidas ajenas, pero qué quieren que haga. Una nueva oportunidad Es de madrugada y en la garita de vigilancia de la colonia cabecea del sueño el policía privado de turno. El muchacho es mayor de edad, pero parece un adolescente puberto al que con un grito podés espantar sin mayor problema. Su compañero duerme tranquilo, después de haber hecho el primer turno de la noche. Como es día lunes, todos los vecinos ya regresaron de sus actividades y no hay movimiento. El vigilante cara de puberto observa aburrido las calles vacías de la colonia, el sueño lo está venciendo y al fin cede, y sueña con ser el tipo del 4-51 que anda sólo en buenos carros, arma grandes fiestas y trae todos los fines de semana a una mujer diferente. Algunos piensan que el hombre del 4-51 es narcotraficante, otros dicen que heredó una gran fortuna y que puede darse esa vida todo el tiempo que quiera. Lo cierto es que el tipo después de sus grandes y bulliciosas parrandas, arregla una calle, le manda a pintar la fachada a un vecino, manda una botella de whisky a otro o hace un donativo en la iglesia de la vecina. Así puede continuar con su vida sin que lo molesten. El vigilante cara de púber sueña que es él al que quieren todas esas mujeres y que es él quien se emborracha entre un montón de amigotes. ¡Qué buena esa vida! Levantarte a la hora que querás, no soportar a un jefe gruñón, no preocuparte porque se terminó el dinero y todavía hay que pagar los quinientos pesos del cuarto. Un carro se acerca a la garita, es la señora del 5-25, que vuelve de su turno en el hospital, como es de noche no toca la bocina como lo hace de día, sólo hace luces altas varias veces, hasta que vigilante cara de puberto reacciona y todavía medio dormido abre la puerta para que pase la doctora gorda que nunca hace ningún gesto de agradecimiento. El policía vuelve a su puesto, observa de nuevo las calles vacías, oye un perro ladrar al carro que acaba de llegar, y se vuelve a quedar dormido. Ahora sueña con la muchacha del 7-27, la que le sonrió cortésmente el otro día. Sueña con que un ladrón quiere robarle y él sale a su rescate, golpea al ladrón y hace que pida disculpas a la dama. Ella le regalará esa sonrisa tan cautivadora, pensará que es su hombre y se enamorará perdidamente de él. Se oyen unos tiros que despiertan a nuestro vigilante. Es el viejo del 6-10, un militar retirado que en las noches que no puede dormir sale a disparar al aire un revólver. Pronto amanecerá y el policía privado irá al cuarto que alquila y dormirá profundamente, descansará. Su compañero ronca ruidosamente, y en ocasiones, después de un ronquido profundo, parece que se queda trabado sin respirar, pero siempre vuelve. A las 6:30 de la mañana entregan turno, las últimas dos horas siempre se tardan mucho en pasar. El vigilante vuelve a cabecear y ahora sueña que está descansando en su cama, durmiendo rico. Lo despiertan los gritos de un borrachito que pasa por las calles, cantando desafinado y tambaleándose. El policía cara de puberto observa que se encienden las luces del segundo nivel de la casa que está en la esquina cerca de la garita. De ahí saldrán cuatro niños hacia el colegio en unos momentos. Después se van encendiendo las luces de las demás casas que se preparan para el día laboral o escolar. Sólo en la casa del cuate del 4-51 no se observará vida sino hasta media mañana. A veces el vigilante piensa que es probable que le toque este mismo chance durante toda su vida. En realidad no le importa tanto, al fin y al cabo es un trabajo honrado y la colonia es tranquila casi siempre. A veces observa a ciertos vecinos que le hacen miradas de compasión, o que lo saludan hipócritamente efusivos, porque creen que así no se notará el desprecio que sienten por los sirvientes. Pero no todos pueden ser mala onda, siempre hay alguien con sincera empatía, como la amable señora que a veces les lleva comida o café. Ahora son las 6:00 de la mañana. Un carro negro polarizado que no es de ningún vecino se asoma a la puerta. Nuestro vigilante sale de la garita, soñoliento, a preguntarle a quién irá a vistar. Se acerca al automóvil con su tabla de apuntes y una ficha de cartón con el número 3 para pedir al visitante a cambio de una identificación. Lentamente baja la ventanilla del piloto, al ritmo de un motor eléctrico con algún defecto. El piloto del auto negro quiere hacerle una broma a nuestro púber vigilante con una pistola de juguete, muy real, lo asustará a muerte. Toda la vida ha sido así, le gustan las bromas pesadas. Suele llevar la pistola de juguete todo el tiempo, y cuando mira que la persona es débil, gasta la broma. Lleva puestos unos lentes oscuros y una chumpa de cuero. Cuando termina de bajar la ventanilla sonríe y apunta al vigilante con la pistola de juguete, dispara y grita ¡BANG!, y de la pistola sale una banderita también diciendo bang. El vigilante brinca y grita del susto, todo el sueño se le pasa, y en un par de segundos pasa toda su vida y recuerda, sin saber por qué, cuando aprendió a jugar con bicicleta con su hermano, de cuando se quebró el pie por andar en patines y de cuando en el colegio se peleó con el Chitay. Quién sabe de dónde salen las últimas imágenes que preceden a la muerte. Después del susto, con la carcajada del bromista de mal gusto, apenas si atina a pedirle identificación. El piloto se quita los lentes oscuros y le pide disculpas, pero le dice que debe aprender a afrontar las situaciones, que si le sale un tipo con pistola de a de veras que se tire al suelo, salga corriendo en zig-zag, pero que nunca se quede quieto. Le entrega su licencia de conducir al vigilante y se vuelve a disculpar, esta vez sonríe sinceramente, parece buen tipo, salvo sus bromitas. Después de dejar la garita, el piloto del auto negro llega al 4-51 y toca a la puerta. Lo recibe la doméstica y como es viejo conocido, lo deja pasar, su patrón está dormido, le advierte. Él le da dinero para que vaya por unos huevos y pan a la tienda, y ella sale. Sin prisa pero sin pausa, saca la pistola de verdad con silenciador y entra en el dormitorio del cuate del 4-51. Éste duerme boca arriba, facilitando las cosas. Un disparo en el pecho, uno en la frente y el último en la sien. Sale de la casa, toma su auto, pasa por la garita. Cuando el vigilante le da su licencia de conducir, le desea un buen día y le dice que tome el susto de hace un rato como una señal, como si hubiera sido una nueva oportunidad para comenzar. Aunque sólo uno fuera En el bar La Luna, en el pasaje Aycinena, dos amigos cervecean al filo de la medianoche de un viernes. El Peluca canta canciones rockeras de los 80s, la gente ya con una buena cantidad de alcohol en sus cuerpos canta y pide más canciones, algunos bailan. La mujer y la familia política del Peluca atiende a los clientes, que desde hace buen tiempo siempre llenan el lugar. También sus bolsillos, que es lo más importante. Una canción suena y uno de los dos amigos interrumpe la plática para prestarle atención a la letra. En la vida conocí mujer igual a la Flaca coral negro de la Habana, tremendisima mulata. Cien libras de piel y hueso, cuarenta kilos de Salsa, y en la cara dos soles que sin palabras hablan. Qué rolona esa vos. Vos de plano te acordás de quién es mi flaca, ¿no? Claro Manolo, yo me acuerdo, pero la verdad, esa chava mucho culo para vos, te lo digo como cuate. Jajaja, sí, tal vez tenés razón. Pero igual, a veces me vengo aquí no tanto porque necesite cerveza y parranda, sino porque sé que si me quedo en la casa voy a pasar toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir pensando en ella. Vos y tus rollos románticos, si mujeres habrán siempre hombre, y dispuestas, no como ella. Sí, claro, pero ninguna es como mi flaquita, y no quiero nada con nadie más. Ok, pero es ella la que no quiere, ya te lo dijo, no olvida a aquél su novio y vos ahí no tocás tierra, serás el consuelo, el cuate que escucha, pero nada más, aceptálo. Tan fácil que se oye cuando vos lo decís, pero es que uno es necio pues, y quien sabe, de repente algún se le cae algún tornillo de la cabeza y me resulta queriendo… Por un beso de la Flaca daría lo que fuera por un beso de ella, aunque solo uno fuera. Traumado estás vos, pero ya vas a ver que en algunos meses ya la olvidaste y todo tranquilo. No creo que la olvide, pero tenés razón en lo de traumado, es que el amor no sólo es sentimiento, es también obsesión, por eso es que no se te sale de la mente, por eso es que no te deja dormir. Es difícil ver que cuando vos estás dispuesto a todo, a enfrentar cualquier cosa, la otra parte no, la otra parte duda, prefiere voltear a otro lado. Ya, parale, que parecés puro traído de telenovela mexicana, sólo que sin el físico, jajaja. Mejor pidamos otro cubetazo de chela. En otro bar, a algunos kilómetros de distancia, está la Flaca. Toma cerveza con su grupo de amigos y sonríe coqueta cuando alguno le tira alguna mirada atraído por su belleza. A uno de ellos le cuenta, después de dos cervezas, que hay un tipo que la anda rondando, pero que la hace sentir incómoda. Mirá, la verdad es que me gusta el cuate y todo, pero meterme con él me puede traer problemas. Ah, las mujeres, dicen siempre que todos los hombres son iguales, ¡entonces para qué escogen tanto! No te burlés de mí, pensé que me escucharías. No seás sentida pues, qué querés que te diga, a mí nunca me gustaron los hombres. Seguíte burlando, malo, mejor venite y bailemos un poco, abrazáme. Y bailar y bailar, y tomar y tomar, una cerveza tras otra pero ella nunca engorda. Es que a veces es como si te dejaran sentir un poco de cielo, y entonces vos querés más. Bueno sí, pero ella sólo quería probarte a ver si dabas la talla y parece que no la diste vos. Sí, parece que no, uno es el que a veces se cree especial, pero nada que ver. Ya vas entendiendo. Claro, yo con la mente lo entiendo todo bien, pero el corazón dice otra cosa y ahí va uno de necio. Volvemos a lo mismo, hacé lo que querás pues, desangráte por la flaca. Vos flaca, mirá, ya la July está muy borracha, llevémosla a su casa porque va a empezar a hacer clavos. No, sigamos bailando, se siente rico que me abracés. Ya, pero yo me voy a calentar y ya te conozco que después no soltás nada, porque vos te imaginás que abrazás a otro y no me gusta ese rollo. Ok pues, saquemos a la July de aquí. Pero vos hablále porque vos sos su cuata, se supone. Es lo que me cae mal vos, supuestamente aquella sabe tomar y mirá pues. Eso de desangrarse si ya parece pura poesía cursi. Mirá quién habla de cursi, el que le envía cartitas a su amada. Sucede que a mí no me interesa sacármela de la mente, si sale será porque ya era hora, pero lo que soy yo, no haré intento de nada. Vos sos mero masoquista también. La esperanza es la última que muere manito, y de verdad, como decía la canción yo por un beso de la flaca daría lo que fuera. Allá vos y tu rollo pues, yo con la Lucy estoy calidad ahora, tal vez por eso no te entiendo bien. Salgamos pues con la July y vamos a dejarla. Ojalá y no vaya a güaquear en mi carro. No flaca, no te preocupés yo calculo que no. Vamos pues. Así que ese tu tráido te gusta pero no tanto, porque no te olvidás de tu ex. Sí, más o menos. Pero a vos te caen hombres por todos lados, así que no tardarás en encontrar a alguien. Así como lo decís vos parece fácil. Primero vamos a dejar a la July y luego te voy a dejar a vos. Ok. Bueno chavo, ya van a cerrar aquí, así que mejor vámonos ya. Está bien, gracias por la chela y la plática mano. No hay de qué, ya sabés, ¿estás bien para manejar? Claro, me extraña. Mejor me hubiera traído mi carro, vos estás muy bolo. No hombre, tranquilo. Vamos pues. Vos también estás algo cabezona flaca, ¿o no? Sí, pero no te hagás ilusiones de que te va a salir algo. Jajaja, no hombre, tranquila, somos cuates. Vos, ese cuate de adelante va bolo, mirá cómo se le hace el carro. No puede ser. No puede ser qué. Es el cuate del que te estaba hablando, Manolo. Ah, el enamorado de las cartitas cursis. Sí, alcancémoslo, voy a hacer que pare. Está bien. Qué onda flaca, qué andás haciendo. Aquí regresando de parrandear. ¡Qué casualidad, yo también flaquita chula! Quitáte del volante, yo te voy a dejar a tu apartamento, estás muy bolo. Gracias vos por el jalón, pero a este lo tengo que ir a dejar a su casa, lleváte vos al otro, que también está medio bolo, yo lo conozco, es tranquilo, además vive por tu casa. Bueno pues flaca y qué otra, suerte con tu tráido pues. No lo creo vos flaca, vos manejando mi carro. Calláte, mejor dormíte. ¿Te vas a quedar conmigo en el apartamento flaquis? No, mañana te devuelvo tu carro. Qué calidad se siente que vos te preocupés por mí. Vos estabas muy bolo para manejar. Sí, pero ya he manejado así y no ha pasado nada, vos lo que pasa es que me querés, jajaja. En tus sueños Manolo, en tus sueños. Hace unas horas quería que aparecieras, y mirá pues, apareciste. No te podía dejar así Manolo, entendé. Quedáte conmigo en el apartamento, y luego mañana te vas para siempre si querés. Quedáte flaquita, quedáte. Manolo se queda dormido en el asiento del copiloto, y al llegar a la flaca le cuesta entrarlo a su apartamento. Lo deja en su cama. Gracias flaquita linda, buenas noches. La flaca lo mira sonreír dormido. Espera un momento. Ya cuando Manolo está dormido profundamente, le da un beso en los labios y se marcha. 6