Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar.
El que había descubierto al viejo era el Carlos, un día que se fue solito al barranco. La gente decía que estaba loco y que era brujo. Otros decían que era un pervertido mañoso. La cosa es que un día llegó el Carlos con la noticia de que había aprendido a volar. A volar barrilete, le dijo el Chejo. No, a volar en serio, a andar por el aire, dijo Carlos. Nos explicó que había ido con el viejo del barranco y que lo recibió amable y que platicaron y el viejo le preguntó si quería volar. Yo le dije que ese viejo no me daba confianza, pero el Carlos dijo que fuéramos los tres, que ya le había hablado de nosotros, que no había nada que temer.
Le preguntamos al Carlos que cómo era eso de volar. Nos dijo que mejor probáramos, que no se podía explicar. Era un día lunes, a la salida del colegio. A la tarde le pedí permiso a mi mamá para ir donde el Chejo, con la excusa de estudiar, pero no me dio permiso. Vos vas a jugar nintendo, no a estudiar, me dijo, como si no te conociera. El viernes, podés ir si querés, pero antes tenés que hacer las tareas. Cuando les conté al Chejo y al Carlos, quedamos en que el viernes era buen día y que nos juntábamos a las cinco de la tarde, ya con las tareas terminadas.
Toda esa semana fue eterna. ¿Cómo sería eso de volar? Yo lo imaginaba muchas maneras. También pensé que a saber con qué cosa nos saldría el Carlos. Como cuando en los anuncios te pintan la gran hamburguesa y vas y la pedís y es una cosa pequeña y descolorida apenas. En los recreos nos juntábamos a comer la refacción, pero no le logramos sacar más al Carlos. Tienen que probarlo, contestaba siempre. Así nos tuvo toda la semana.
Cuando por fin llegó el viernes, yo salí volado del colegio a la casa, almorcé a la carrera e hice las tareas. A las cuatro de la tarde ya estaba listo. Me puse a ver tele para esperar un poco e ir a la casa del Chejo. Cuando llegué Carlos ya estaba allí y nos fuimos rápido al barranco. Yo nunca había bajado el barranco. Había árboles y monte, pocas casas. Llegamos rápido a la casa del viejo, que nos invitó a pasar. Le reclamó a Carlos que no llevábamos nada de lo que había pedido. Carlos respondió que se le había olvidado, pero que a la próxima no íbamos a fallar. Meciéndose con el cigarro en la mano, el viejo dijo que por esta vez no había problema, que si estábamos listos para volar.
Los tres dijimos entusiasmados que sí, que estábamos listos para volar. El viejo se levantó de la mecedora y nos llevó al fondo del barranco, en donde pasaba un río de aguas negras. Nos pidió que nos tomáramos de las manos y dijo que debíamos concentrarnos. Nos explicó que para volar debíamos volvernos tan ligeros como nuestro espíritu, de tal manera que el cuerpo se sujetase a las leyes del espíritu y no al revés como sucede siempre. Para ello debíamos cerrar los ojos y poner nuestra mente en blanco, sin pensar en nada. Luego de eso debíamos pensar en las personas que más queríamos, pues sólo la fuerza del amor es la que eleva el espíritu. Yo pensé en mi mamá y en mi hermanita de un año.
Después de unos cinco minutos, para mi gran susto, el que se empezó a elevar fue Carlos. Yo lo tenía tomado de la mano, sentí que temblaba un poco y de repente, se empezó a elevar. Yo abrí los ojos y vi que sus pies estaban a medio metro del suelo. Grité del susto y Carlos cayó. El viejo me dijo que debía estar callado y concentrado, que así no iríamos a ningun lado. Nos dijo que nos fuéramos y que la próxima vez volviéramos con frutas: sandía, melón, papaya, duraznos y piña. Que si no lográbamos volar la próxima vez, que mejor ya no llegáramos.
En el camino de regreso bombardeamos al Carlos con un motón de preguntas, ¿qué se siente? ¿cómo le hiciste? ¿por qué a nosotros no nos salió? Nos dijo que nos teníamos que concentrar, que el viejo es buena onda, pero si no le hacés caso, ya no te recibe. Le preguntamos de nuevo qué se siente, pero nos contestó como las otras veces: lo tienen que probar por ustedes mismos.
Esa fue otra semana eterna. Ese viernes teníamos que lograr volar a como de lugar. Yo me encerraba en mi cuarto y trataba de concentrarme, pero era difícil. Con el Chejo y el Carlos nos juntamos un par de tardes a hacer ejercicios de respiración y practicar para cuando fuéramos con el viejo. Cuando llegó el viernes, otra vez me fui volado del colegio a la casa, y tuve suerte porque no tenía tareas del colegio. Nos juntamos de nuevo en la casa del Chejo y fuimos a comprar las frutas del viejo. Nos propusimos que ese viernes teníamos que volar, teníamos que lograrlo.
El viejo nos recibió como la vez anterior y se alegró cuando vio lo que le llevamos. Fuimos otra vez hasta el río de aguas negras y nos tomamos de la mano. Todos respiramos profundo. Esta vez, yo sólo pensaba en mi hermanita. Sientan como su cuerpo es ahora su espíritu. Sientan cómo son más livianos que el aire. Yo sentí que Carlos y el viejo se elevaban. Después de concentrarme lo suficiente, yo también flotaba. El último que lo logró fue el Chejo. Nos soltamos de las manos y el viejo dio un grito y nos asustó. Caímos al suelo. Nos dijo que eso era todo. Salimos corriendo emocionados, casi que ni nos despedimos del viejo.
Regresé emocionado a la casa, brincando de felicidad. Mi mamá me preguntó que por qué tanta alegría y yo le dije que por nada. Fui a ver a mi hermanita a su cuna y me sonrió. No podía esperar hasta el otro viernes.
Se convirtió en costumbre de todos los viernes ir a volar con el viejo. La sesión de vuelo duraba media hora y se nos iba rápido. Nos prohibió hablar con nadie del asunto. Con el tiempo yo volaba a un metro de altura encima del río de aguas negras. Podía durar un minuto volando. Se sentía bien, como si no pesara, como si no tuviera cuerpo. Para dirigir el vuelo, teníamos que pensar antes hacia dónde queríamos ir, como planificando el vuelo. Si no lo hacíamos, nos caíamos. El viento en la cara a la hora del vuelo era increíble. El Chejo cayó una vez en una piedra y casi se quiebra el pie. Yo me di con la cabeza contra un árbol. El viejo se reía de nosotros cuando nos pasaba algo así. Carlos nunca se caía, siempre era el que mejor se concentraba.
Intentamos muchas veces volar en nuestras casas, cada uno en la suya, pero no lo logramos. Nos juntamos muchas veces en la casa del Chejo para intentarlo juntos, pero no podíamos. Sólo con el viejo podíamos volar.
Cuando nos fuimos haciendo mejores voladores, nos inventamos algunos juegos con el Chejo y el Carlos. Jugamos flotafútbol, voleyfly, airbasquet. Nombres así les poníamos. Era genial. En el flotafútbol, mi favorito, podíamos hacer chilenas de vuelta entera. El viejo hacía que la pelota también flotara. Era como estar en sueños. La canasta del airbasquet la pusimos en un árbol bien alto. Todos hacíamos clavadas como los basquetbolistas de la NBA. El viejo también se divertía. En el aire no parecía que fuera viejo, jugaba igual que nosotros.
El que volaba más alto era el Carlos. Llegaba, yo calculo, a unos diez metros de altura. Era también el que podía durar más tiempo en el vuelo, podía tardar hasta cinco minutos. Con el Chejo le preguntábamos que cómo le hacía, y él sólo contestaba que se concentraba más. En el colegio el único tema del Carlos en los recreos era qué nuevos juegos podríamos inventarnos para el vuelo de los viernes. Nos dijo que de grande iba a ser piloto aviador. Pero si vos vas a volar más alto que los aviones, le dijo el Chejo. Algún día se terminará lo del vuelo con el viejo, respondió. Nosotros no podemos volar solos.
Al Chejo y a mí nos pareció que el Carlos sabía algo más. O por lo menos que lo presentía.
Después de cinco meses de vuelos todos los viernes, llegaron las vacaciones. Quisimos ir ya no sólo un día, sino toda la semana. Eso no le pareció al viejo. Dijo que igual, que sólo nos recibiría los viernes. A pesar de que llegamos otros días diferentes al viernes, el viejo nunca nos salió a abrir. Sólo nos recibía el viernes. Hasta las vacaciones no nos habíamos dado cuenta de varias cosas. La primera era que nadie nos había visto volar, y la segunda era que no habíamos visto a nadie más visitar al viejo. Tampoco sabíamos su nombre, a pesar de haberle preguntado varias veces. Siempre cambiaba conversación.
Según el viejo nos había contado, había sido piloto aviador y había tenido una mujer y una hija. Las dos habían muerto en un accidente en una avioneta, y cuando sucedió eso, el viejo dejó de trabajar y decidió vivir el resto de su vida con los ahorros que había logrado. Como los ahorros no eran muchos, se había ido a vivir al barranco. El Carlos nos contó que una vez se le salió decir que visitaba ricos a los cuales hacía volar por dinero. Seguro le pagaban bien.
La casa del viejo eran cuatro paredes de madera vieja y unas láminas de metal también viejas. Una conexión eléctrica clandestina le daba electricidad para una vieja percoladora, una televisión y una estufa eléctrica. El viejo tenía salud de hierro, nunca se enfermó de nada, según él mismo nos dijo.
Para ese entonces ya los tres éramos expertos voladores. Hacíamos piruetas en el aire y durábamos más tiempo suspendidos. El más veloz era siempre Carlos. Hacíamos carreras en el aire. Volar te da sensación de libertad, de que todo es posible. Éramos únicos, nadie en el colegio ni en la colonia ni en el país, podía volar. Sin embargo el viejo nos advirtió desde el principio que no nos saliéramos de los límites que él nos estableció. Volábamos en un espacio del tamaño de un campo de fútbol. Varias veces intentamos cruzar el límite y volar más allá, pero nos caíamos. Las sesiones tampoco duraban más de la media hora establecida al principio. El más temerario era el Chejo. Subía lo más alto que podía y se dejaba caer en picada gritando en el camino. Justo antes de pegar en el suelo, elevaba el vuelo de nuevo. La pasábamos bien siempre, y creo que nunca he sido más feliz.
Pero como todo, los vuelos en el barranco llegaron a su fin. El tercer viernes de ese diciembre, como siempre, bajamos a la misma hora, pero no encontramos al viejo. Sus cosas tampoco estaban. No era que tuviera mucho, pero no estaban. Lo buscamos como locos hasta que oscureció. No lo hallamos. Volvimos al día siguiente, y al siguiente. Bajamos los siguientes viernes de diciembre y de enero, pero no volvió. Desapareció del barranco. Intentamos volar solos pero nunca lo logramos.
La teoría del Chejo era que se había ido a la casa de uno de sus clientes ricos. Yo pensaba que a lo mejor se había cansado del olor del río de aguas negras y se había ido. Carlos, en cambio, pensaba que se había ido a otro barranco, y que ahora todos los viernes, otros niños en ese barranco volaban junto al viejo.

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Que buena historia… me recorde cuando tenia 5 anios, y pensaba que si movia mis brazos lo suficientemente rapido, podria volar… Tambien me ponia mi capa de Superman, pero hasta ahi contare ;-)
Me entretuvo un rato, pero eso es fictisio, cuando uno es niño cree todo esto y uno se siente bien porque no piensa en nada mas que imaginar y soñar, aun uno de grande sueña e imagina pero claro sin hacerlo ver ante los demas porque piensan a este loco que le paso…esta es mi comentario, saluditos desde Panamá!!
Muy buena historia ¡Felicitaciones! Por unos momentos reviví mi época de barranquear con los amigos de la colonia. Pasabamos tardes enteras inventando juegos y fantasias que casí llegabamos a creerlas. Me preguntó… ¿No será que los niños de la historia se inventaron el juego de “volar” y terminaron convenciendose que era real?
Es una historia excelente, te hace preguntarte: ¿que clase de ser especial era el viejo o que conocimiento poseía? Acá en México existen hombres y mujeres denominados “Nahuales” y se sabe que poseen un grado de conocimientos del espíritu y la naturaleza que les permiten manipular la energía y la realidad… Me pregunto si el viejo habrá sido uno…
Lo más sobresaliente de la historia es que te hace “VOLAR” a aquellos días en que vagar por las barrancas después de la escuela marcó una de las etapas más felices de nuestras vidas!!!!
Dudo mucho que actualmente haya chicos que vayan a jugar al barranco… yo no fui a jugar, pero baje un par de veces… es maravilloso usar la imaginación y lograr hacer prácticamente lo que se nos antoje.
El viejo se habrá ido porque no era un buen negocio vivir de frutas cada viernes.
Para la mente de un niño no hay imposibles. Para la mente de un adulto casi todo es imposible. Vamos perdiendo con los años a nuestro viejo, a ese viejo que nos hace creer que es posible volar. Y en algunos casos se llega al punto que hasta da verguenza soñar porque creemos que casi todos esos sueños de grandeza que tuvimos de chicos son imposibles.
Para mi, la clave del relato es la frase: ” . . . de tal manera que el cuerpo se sujetase a las leyes del espíritu y no al revés como sucede siempre” Los adultos vivimos pendientes del dinero para comer, para vestirnos, para tener casa, para pagar la gasolina, etc. y por estar pendientes de nuestras necesidades inmediatas, las necesidades del cuerpo, se nos olvidan las necesidades y habilidades espirituales.
Bello relato JJ. Me dejas pensando
Jorge Andrés: siempre ha sido el gran sueño del hombre volar.
Ana Michelle: sí de niño, se creen muchas cosas.
Dante: cada quien puede interpretar la historia a su gusto. Bien puede ser como decís.
Ray Roder: las aventuras infantiles se recuerdan siempre.
Nicté: yo creo que los debe de haber, de hecho, hay gente viviendo en los barrancos.
Juan-Antonio: la vida no es como sucedió, sino como la recordamos. Gracias por tus comentarios en los posts, especialmente por compartir la historia de tu mamá.
Sta entretenida tu historia e imagino volando a los ninos pero se me hase muy misterioso el viejo quien era en si buena obcion para debatir tu anegdota
ecepcional historia… lo que la mente puede lograr cuando se enfoca en conseguir la libertad del espiritu invencible… claro eso de volar fisicamente como lo hacian los de esta historia para mi es relativo a volar o fluir en armonia con el universo cuando cultivamos la fe en Dios que nos permita liberarnos del miedo para vivir la ecencia de la vida
Serch: preferí dejarlo así, misterioso. Me alegra que te entretuviera.
Serch: claro, la imaginación no está atada a las leyes físicas.
La verdad que me encantan tus cuentos! Sos muy groso! Me imaginé desde el principio al fin todo el cuento.. :) y pienso que la niñez es una de las mejores etapas, cuando uno va creciendo pierde mucho la imaginación :S Dios te bendiga, SALUDOS DESDE SAN LUIS, ARGENTINA.
Gracias Brenda, bienvenida.
Hola,me encamto tengo 38 anos y me gusta aprender historias como esta para contarles a mis hijas tengo cuatro y les encanta me gusto que exista ligares como estos para apreder mas,gracias de antemano…
hola me encanto la historia me recuerda mi infancia donde nada es imposible y tu mente hace un gran mundo…. lamentablemente esos hermosos y maravillosos dia se van y no vuelven junto con ellos la imaginacion un gran pilar de la vida
Miren a mi me enncanto este cuento y soy una chica dentro de todo joven q le gusta leer y escribir y todavia no a perdido la maginacion del tipico niño volador siempre recuerdo los juegos con mis amigas con las fotos q veo cada día y me incanta imaginar. y para quel q dijo “cuendo se es adulto el sueño e iaginación se baq perdiendo”, sinceramente no estoy de acuerdo para la imaginación de uno mismo no hay q avergonzarce, hay q estar horgulloso de q aun qda algo si se puede decir lindo a comparacion de la vida real, aunq sea q se lo tomen como un descanso.Muchas gracias a aquellos q se tomaron el tiempo d leer mi comentario, muy buena la historia, gracias chau.
Muy bueno. Me remonto a aquellos años cuando era pequeño y soñaba con volar.
muy bonita la historia
Muy buena historia, me gusto muchisimo bendiciones
chido (:(; :);) Y LARGO cul OOOOOooooooooooyea
Lindo relato para los recuerdos de nuestra niñez barranqueando.
Yo he tenido un sueño recurrente,en donde me lanzo desde la orilla de un barranco y llego al fondo volando…….este recuerdo me llego con su excelente relato J.J..
Impresionante tu historia , te hace remontarte a la Infancia , cuando todos soñabamos con Volar , con traspasar paredes , con tener super poderes , con llegar a ser alguien importante en la vida … la verdad removiste sentimientos en todo los que leimos esta historia…Mil Felicidades por tener esa creatividad y aun ese niño que todos deberiamos tener por siempre dentro de nosotros… SALUDOS DESDE MONTERREY NUEVO LEON MEXICO….
Yo siento que vuelo cuando leo las historias Jose Joaquin.
una anecdota ilucionante que a mi mismo me hace soñar… obviamente a muchos.esta historia como nos hace recoradr los momentos en que eramos niños, pero estos relatos son muy importantes para los niños y yo creo que para todas las edades, porque te abre el pensamiento, imaginando cosas ficticias….muchos saludos desde Perú.
ami se me hace que el viejo los drogaba o algo por el estilo y por eso ellos creian que volaban.XD