Las mujeres son traicioneras

Por José Joaquín López

Qué onda soy yo el Walter, que otra vez me ando por aquí jodiendo un cacho. La vez pasada les conté que la Yesenia malcabresta me estaba quemando la canilla con un carnicero rejodido. Pues para no darles mucha casaca, les cuento que la cosa tronó a mediados de diciembre, cerca de navidad, cuando una noche me los encontré trincándose en la calle. Yo me dije, Walter, esa chava no es para vos. Así que ya no volví por más, aunque ella me llegó a los dos días a la caseta donde vendo mis shucos a decirme que no era lo que yo pensaba y que yo era el que ella quería. Ah si pues, le dije, cómo se notaba cuando te trincabas con ese carnicero cerote. Andáte de aquí antes que te cachimbee como te merecés desgraciada. ¡Resbalosa! ¡falsa! ¡puta! Le grité para que toda la mara se enterara. Y la pisadita no tuvo más que irse a la chingada.

De todos modos yo me quedé hecho mierda. Y para estas ocasiones ya se sabe que hay que tener cuates que te hagan la pala. Invité a mi amigo el Chente, que es ayudante de las camionetas que van a Ciudad Quetzal, a tomarnos unas chelas en la cantina de doña Martita, allá por la zona 6. Pobre el Chente me tuvo que aguantar los mocos y la casaca. Lo peor fue cuando en la radio sonó aquella rola del Buki que dice “Llega navidad y yo sin ti, en esta soledad”. ¡Ah Buki más maldito! ¡Sólo al cerote ese se le ocurre hacer una canción para que uno se sienta todavía más pisado de lo que está! Allí fue cuando el Chente me vio chillar y me dijo no hombre compadrito, cálmese, esa pisada no vale la pena, usté es un cuate bien derecho que no se mete con nadie, tiene que hacerle huevos, no sea hueco hombre.

Como imaginarán, esa noche me puse una talega de todos los demonios, tanto, que cuando me desperté al otro día todavía estaba a verga. Pero el Chente mi buen cuate, llegó a hablarme y a aconsejarme que no me fuera a andar emborrachando seguido, porque eso de ponerse a moronga por un culo es de gente burra. Y así a verga como estaba, me sacó para que fuera a trabajar a la caseta. De todos modos no trabajé nada porque el olor de la comida me daba ganas de echar la guaca y no lo podía aguantar.

En la noche, ya cuando la verguera se me había pasado, me propuse que no iba a dejar que me afectara esa quemadura de canilla. Al día siguiente fui al chance bien arregladito, con cuatro pasadas de jabón y cinco de champú, con mi pantalón de lona y mi camisa de los domingos. Esa cerota no me iba a hacer mierda.

Ustedes saben cómo son las mujeres, ellas siempre huelen las cosas. A media mañana llegó la Gladis, una tráida a la que no le hice caso por andar atrás de la Yesenia. Me pidió un su pan de chorizo con guacamol extra. ¡Vaya si no son jodidas las mujeres! Ya le habían ido con el chisme que me había dejado con la Yesenia, y avispada como es la Gladis, me invitó a tomar un cafecito con pan el siguiente domingo. Algo habrá tenido ese cafecito, porque poquito a poco me curó de lo de la Yesenia. Además de que la Gladis está bien buena.


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