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Las muñecas de don Rigoberto

Durante el tiempo en que trabajé para una telefónica instalando cable conocí a don Rigoberto, el tipo más raro que he visto en la vida. Por ese entonces este señor habrá tenido unos cincuenta años. Era alto, medio barbado, flacucho y muy platicador, nerviosamente platicador. Como por esos días apenas empezaba la compañía a dar el servicio, tuve que llegar varias veces a la casa de don Rigoberto porque no terminaba de quedar bien el cableado, o porque la señal era débil, o porque no había servicio. La segunda vez que llegué a su casa era de mañana, y vi sentada a la mesa del comedor a una mujer muy bella. Me la presentó como su mujer. La saludé pero ella no contestó. Hasta ahí me di cuenta de que era una muñeca.

Una estrella

A Fernando Omar, in memoriam

Suena el teléfono en un barrio del interior de la república. Una anciana de hablar pausado contesta. Alguien al otro lado del teléfono, desde la capital, hace un reclamo:

—Qué tal vos Juanita, estoy enojado con vos.

—¿Por qué m’hijito, qué hice? Vos sabés que te quiero mucho —contesta la abuelita.

Siete años

La semana pasada cumplí siete años de estar publicando historias en este blog. Casualmente han sucedido dos tragedias en la fecha en que publiqué por primera vez. En el 2004, cuando yo iniciaba este viaje, sucedió el atentado de Atocha en Madrid. Ahora, justo el día del cumpleaños número siete, sucedió el terremoto en Japón.

Pasan muchas cosas en siete años. Cuando comencé el reto era ver si a fuerza de intentar, lograba hacer al menos una docena de buenos cuentos. Ésa era la meta principal. Lo curioso del caso es que a veces estoy seguro de que lo logré, pero otras veces no. Supongo que no soy el único al que le pasa. Si me atrevo a publicar los cuentos que escribo, es porque siempre pongo en ellos lo mejor que tengo. Porque sospecho que podrían ser buenos.

De lo que sí estoy seguro es que seguiré intentando escribir buenas historias toda la vida.

El primer día de clases

Durante toda la semana de lo único que habla la pequeña María es de que va a ir al colegio. Mira sus crayones de cera, sus libros de pintar y se le encienden sus ojos traviesos. Sus papás, preocupados de que no se adapte, la sondean de vez en cuando: nena, ¿verdad que no vas a llorar? La nena contesta que no, mientras sigue mirando sus crayones de cera y las acuarelas de colores. Su mamá la mira e intenta adivinar qué podrá sentir una niña de cuatro años que irá por primera vez al colegio.

La mesera y el oficinista

Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado al Café París hacía seis meses y su belleza, su inagotable energía y su destacado culo, habían hecho que se duplicara la clientela, mayormente masculina. En contraste, el pobre César no era más que un flacucho de veintidós años sin mucha gracia, de lentes de culo de botella y mortalmente torpe con las mujeres. Todos en la oficina soltaron la carcajada cuando César dijo que ella terminaría casándose con él.

Molesto zapato [cortometraje]

La primera historia que publiqué en este sitio se llama “Molesto Zapato“. Y esa fue la historia que Javier Polo escogió para hacer un cortometraje. Javier es español, pero estaba en Australia cuando hizo el corto. Les agradezco a él y a su equipo haber invertido su tiempo en darle vida a una de mis historias.

Florsheim from Morning Glory on Vimeo.

El productor del corto es Michael Mastrangello y quien actúa es Eddie Crismani.

El texto de la historia publicada en el 2004 es el siguiente:

La viuda negra

La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de Jorge murió ahogada en el mar en un viaje de vacaciones de semana santa, hace dos años. Esta es la primera visita al cementerio que Jorge hace con cierta serenidad. Antes de llegar al sitio donde había parqueado el carro, se topa con una solitaria mujer vestida de negro, llorando, casi aullando, frente a una tumba. Jorge se acerca, preocupado por el estado lamentable de la mujer.

Un padre de familia

Cuando nació el Carlitos yo fui el hombre más feliz. Un hijo, una pequeña persona de la cual cuidar, a la cual mimar, a quien enseñarle el mundo, a quien sonreírle diciendo tonteras. Un niño del que me tenía que hacer cargo. Sin duda he cometido muchos errores, pero el Carlitos no es una mala persona, es un muchacho noble. Pero ahora que ya cumplió 15 años todo es muy diferente. Descubrió que hay un mundo afuera y que yo no siempre encajo bien ahí.

El fin del mundo

Nunca se me va a olvidar la noche en que el pastor dijo que el fin del mundo sería a la medianoche del 31 de diciembre del 2009. Era un viernes lluvioso de septiembre. Todos los que estábamos ahí exclamamos un ¡oh! de sorpresa y un amén de aceptación. Él dijo que eso le había sido revelado por Dios, pero que no nos preocupáramos, que el Señor tendría piedad de nosotros si hacíamos lo que él nos decía.

Yo tuve una mezcla de miedo y alegría.

La cena

—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.

Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes.

—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera.