Tengo una voz seductora por teléfono. Me di cuenta cuando cambié definitivamente de voz en la adolescencia. He llegado a dominar el arte de la seducción telefónica. Según sea el carácter de la mujer, puedo hacer el tono más grave o más agudo, y darle ciertos énfasis cruciales para la seducción.
Todas mis compañeras de colegio me llamaban casi todos los días. Y no cambió en la universidad. Puedo decir que ninguna de mis novias se ha enamorado de mí a primera vista sino a primera voz por teléfono.
En el trabajo no hablo por teléfono, porque no aguantaría llamadas todo el día y por supuesto, me despedirían. Mi jefe conoce el caso, así que todo mundo tiene instrucciones para no pasarme llamadas. Por eso es que el email me es muy útil, ese gran invento del hombre me ha sacado de apuros.
Se ha hecho tan grande el asunto que tengo un celular exclusivo para mis fans, que no enciendo más que dos horas diarias; ellas ya saben que según sea el día, lo activo en diferente horario. El número de teléfono de mi casa lo he tenido que cambiar en varias ocasiones y la empresa de telefonía no lo publica en la guía.
Ya me han ofrecido de esos números de promoción. Dada la demanda que tengo, se podría cobrar más cara la llamada por minuto y repartir las ganancias entre la empresa y yo. Pero me he negado porque creo que mi don debe compartirse, no venderse. Mis fans más fieles seguro que se desilusionarían. Y uno se debe a las fans.

Tengo tres sobrinos. Los dos mayores ya van al colegio. Se queda en casa la más chiquita, Paola. Los grandes cuentan de sus aventuras y de los amigos con quienes comparten sus juegos.

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