Finales felices

Un lector amigo, Jorge Andrés, se queja del contenido de este blog en el post anterior:

Yo tengo una queja. Por que siempre los cuentos de anecdotario terminan en algo tragico, o algo triste o un final no feliz…?

Luego otra lectora, también amiga, Pal, insinúa que las historias de aquí pueden terminar diferente:

Y que se le va a hacer, las historias se le funden a JJ. A lo mejor un día cualquiera nos sale con una que si termina en sexo, pasión y matrimonio… será?

Temo que las historias de este blog tienen una gran deficiencia: se hacen al gusto del que escribe.  Esto, claro está, para bien o para mal.  Pero desde que leí el comentario de Jorge Andrés me entró la idea de hacer una historia con final feliz para complacer a los lectores que lo quieran.

Así que si me juntan unos 30 comentarios pidiendo un final feliz en la próxima historia, quizás hasta me den ganas de escribirlo.

Aunque sólo uno fuera

En el bar La Luna, en el pasaje Aycinena, dos amigos cervecean al filo de la medianoche de un viernes. El Peluca canta canciones rockeras de los 80s y la gente ya con una buena cantidad de alcohol en sus cuerpos canta y pide más música, algunos bailan. La mujer y la familia política del Peluca atiende a los clientes, que desde hace buen tiempo siempre llenan el lugar. También sus bolsillos, que es lo más importante. Suena una canción y uno de los dos amigos interrumpe la plática para prestarle atención a la letra.

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Una nueva oportunidad

Es de madrugada y en la garita de vigilancia de la colonia cabecea del sueño el policía privado de turno.  El muchacho es mayor de edad, pero parece un adolescente puberto al que con un grito podés espantar sin mayor problema.  Su compañero duerme tranquilo, después de haber hecho el primer turno de la noche.  Como es día lunes, todos los vecinos ya regresaron de sus actividades y no hay movimiento.  El vigilante cara de puberto observa aburrido las calles vacías de la colonia, el sueño lo está venciendo y al fin cede, y sueña con ser el tipo del 4-51 que anda sólo en buenos carros, arma grandes fiestas y trae todos los fines de semana a una mujer diferente.

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El amor en las redes sociales

Con estas cosas de las redes sociales a veces los conflictos de pareja se pueden volver morbosamente públicos. Está por ejemplo el clásico caso de los novios que en el hi5 cambian de estado y pasan de “en una relación” a “Soltero (a)” justo después de una gran pelea de fin de semana. Automáticamente todos los comentarios de amor del novio y la novia desaparecen del perfil de ambos. Todos los teamos y los tequieros se esfuman, como si nunca hubieran existido. Empieza una guerra de comentarios picantes en otros perfiles y de fotos con otras supuestas parejas, porque ninguno quiere quedar como perdedor. La intención es que la otra parte lea y se muera de celos, se arrepienta, vuelva pidiendo perdón de rodillas y confiese que su amor será eterno. Esto es, digamos, un ejemplo clásico que más de alguno ha visto por ahí. Pero lo que vi el otro día en un par de estos perfiles, no fue algo usual.

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Por el amor de una mujer

Anoche un tipo agobiado por las deudas y los celos fue al edificio en donde trabajaba su esposa, disparó a un guardia y tomó como rehenes a más de 40 personas de un call center que operaba en el quinto nivel. Pedía hablar con el hombre que andaba con su mujer y una computadora portátil con conexión a Internet. Cuatro horas y media más tarde, liberó a todos los rehenes y se entregó, después de que su esposa lo hizo entrar en razón. Imaginemos cómo fue la historia detrás de la noticia.

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El catedrático

Algunas alumnas ofendidas no aceptaron la invitación del catedrático de matemáticas a comer pizza. Dicen que lo único que quiere el ingeniero es levantarse a alguna por ahí. Pero la mayoría sí fue, unas atraídas por el ingeniero -un tipo en sus 30s, inteligente y de buen ver-, y otras sólo por no quedar mal, porque quién sabe, si te va quitando puntos el tipo por el desaire, no conviene. El catedrático les dijo que era algo que siempre hacía con todos los grupos, no piensen mal. No obstante, no invitó a los alumnos. El profesor universitario pensaba que con algo tenía que compensar su mal salario, y entre las muchachas habían un par al menos que estaban como para hincarles el diente.

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La televisión

Una tarde de tempestad la descarga eléctrica de un rayo quemó para siempre la vieja televisión de la casa de doña Rosa. La pequeña Moni, de 5 años, que veía sus caricaturas, soltó el llanto por el susto del rayo y por la televisión quemada. Doña Rosa acudió veloz, tomó el control remoto e intentó volver a la vida al aparato inerte oprimiendo todos los botones. Luego le dió varios golpes, hasta que comprobó que no volvería a la vida. ¡Se quemó esa babosada!, exclamó furiosa. Llamó por teléfono a su hija mayor y a su yerno, por la noche los quería temprano en la casa, les dijo con tono urgente.

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La fuga

Fernanda Botrán-Aycinena había desaparecido. Y yo, un simple estudiante de derecho, era el encargado de buscarla y encontrarla. Cuando acepté el empleo, no me imaginé que me pusieran a investigar en serio, pero como la necesidad manda tenía que hacerlo, o por lo menos, hacer como que hacía. Me ayudaba el hecho de que cuatro años atrás yo había trabajado de jardinero en casa de los Botrán-Aycinena y la había conocido. Era una muchacha muy guapa y consentida, que tenía una larga fila de pretendientes con los que jugaba y se divertía.

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Los temores

No me enorgullece mi temor a las cucarachas. Quizás si fuera mujer la gente comprendería un poco mi pavor hacia esos bichos del demonio. Yo sé que las cucarachas no pueden hacerme nada, que sólo con aplastarlas con el pie ya todo está arreglado. Lo sé con la mente, cuando no están, pero no lo entiendo cuando se aparecen. Las peores son las que de repente alzan vuelo, y me provocan un asco tal que me inmovilizo. Si esa noche no se hubiera aparecido esa cucaracha volando, yo creo que hubiera podido salvar a mi mujer y a mis hijos de aquel desastre.

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La despedida

En una banca del parque central está una pareja discutiendo. Ella está envuelta en lágrimas, él intenta comprender la situación mientras fuma un mentolado. Hace semanas que vos estás distante e indiferente Sofi, yo pensé que lo tomarías como normal y de repente hasta estarías contenta de que termináramos, dice el hombre. Es que de veras no entendés, ¿verdad Pablo? dice Sofi, entre pucheros. Pues la verdad no, contesta el hombre, con las mujeres nunca se sabe. Estoy embarazada, suelta entonces Sofi, y a Pablo se le cae el cigarro de la boca.

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