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	<title>Anecdotario.net &#187; Chopin</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>La pianista</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2009 12:32:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Chopin]]></category>
		<category><![CDATA[Música]]></category>

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		<description><![CDATA[Al apartamento de enfrente un día se mudó una muchacha de unos veintitantos, algo regordeta, de sonrisa discreta y maneras finas. La vi llegando con el camión de mudanzas y me ofrecí a ayudar con el piano recto que llevaban torpemente un par de tipos, que después me enteré eran sus hermanos. Como recién divorciado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al apartamento de enfrente un día se mudó una muchacha de unos veintitantos, algo regordeta, de sonrisa discreta y maneras finas.  La vi llegando con el camión de mudanzas y me ofrecí a ayudar con el piano recto que llevaban torpemente un par de tipos, que después me enteré eran sus hermanos.  Como recién divorciado que era por aquel entonces, sin dinero ni nada bueno que hacer, ayudé toda la tarde en la mudanza y me hice amigo de la pianista.  Me puse a la disposición, como el buen vecino que nunca había sido.<span id="more-437"></span></p>
<p>La pianista no era una mujer bonita pero tenía esa aura que tienen a veces los artistas, ese resplandor que tienen al tocar un instrumento, cantar o actuar.  Ahora que ha pasado el tiempo, al recordar me pega un poco la nostalgia de aquellas tardes en las que la escuchaba desde el apartamento, o aquellas ocasiones en que la visitaba y me permitía escuchar su ensayo.  Cuando terminaba una pieza sin cometer errores, se transfiguraba totalmente.  Era particularmente agradable verla en esas tardes en que todo le salía bien con su piano.  Era como si no importara nada más, como si el mundo se compusiera al tocar el piano.</p>
<p>Cuando llegó al apartamento, según me contó después, acababa de pasar por una gran decepción.  Su novio de cuatro años, dos semanas antes del casamiento, sin razón aparente, se había arrepentido y había cancelado la boda.  Todo estaba ya listo, la iglesia, el salón de la fiesta, el menaje de casa, el nuevo apartamento&#8230;  Pero él canceló todo, y se fue a Lituania, con una su novia que había contactado por internet y que había conocido en persona hacía seis meses.</p>
<p>Así que los dos veníamos de relaciones frustradas, aunque yo había tenido unos años de matrimonio semi-feliz.  Varias veces ella lloró en mi hombro por su novio fugitivo.  A pesar de la atracción que existía entre nosotros, hubo un tácito acuerdo para mantener la relación en términos platónicos.  Hueco sos, me decían mis amigos, pero yo lo que no quería era volver a las andadas en las cosas del amor, y ella tampoco.  Para quitarme las ganas están las putas, les decía, aunque debo apuntar que nunca fui un gran cliente de los burdeles.</p>
<p>Me gustaba escucharla cuando tocaba a Chopin, y en esa época lo tocaba bastante.  Creo, desde mi perspectiva de ignorante, que Chopin es el compositor de las relaciones rotas.  Una tarde de lluvia, cuando ella tocaba un vals le pregunté si había bailado algún vals de Chopin con alguien.  Me contestó que no.  Algún día deberíamos bailar un vals de Chopin vos y yo, le dije.  Ella, sin dejar de tocar el vals, sonrió sin contestar.</p>
<p>En <a href="http://www.youtube.com/watch?v=Kvcq5Ge8sHY">ese vals</a> en particular, le dije, pareciera como si la primera nota que tocás flotara y flotara y quedara en el aire y la melodía la soplara para que no caiga, como si fuera una burbuja de jabón.  La nota es un fa sostenido, me respondió, y algo parecido a lo que decís vos dijo en clase un maestro en el conservatorio.  No sos tan malo para apreciar el arte, agregó, con guiño y sonrisa.</p>
<p>Salíamos muy poco porque ni ella ni yo teníamos dinero.  Ella vivía de tocar teclado o piano en las iglesias, en bodas y fiestas.  Le alcanzaba para vivir decorosamente, pero nada más.  Yo tenía un empleo como procurador en un bufete de abogados.  A veces era extraño, como si ya fuéramos pareja formal, pero sin sexo ni compromiso real.  Ninguno de los dos quería dar el paso.</p>
<p>Debo admitir que me fui enamorando entre los compases y las notas negras y blancas.  Siempre fui un inútil para la música, pero escucharla siempre fue agradable, aún en las tardes o noches en que no atinaba a terminar una pieza porque se confundía a cada rato.  Un par de veces la vi somatar al pobre teclado del piano, furiosa porque no le salía una parte, o daba en la tecla equivocada.</p>
<p>Muchas tardes y cenas compartimos juntos.  Ella se reía siempre de mis chistes y su sonrisa me calmaba, me hacía sentir bien, me hacía olvidar.  Cuando habían recitales gratis en el Conservatorio, siempre íbamos.  Ella siempre me dijo que le gustaba mucho que yo fuera alegre y caballeroso, que la hacía sentir bien.  Teníamos, en resumen, una relación especial.</p>
<p>El lector o lectora se estará preguntando por qué no nos decidíamos a pasar al siguiente nivel.  La lectora probablemente esté esperando que yo le cuente que me le declaré de una forma especialmente romántica.  El lector probablemente querrá que le cuente que una noche ninguno de los dos pudo resistirse y tuvimos el mejor sexo del mundo.  Pues no sucedió ninguna de las dos cosas, he de sentirlo.  Pero déjenme contarles un poco más, tal vez y la historia al final mejore.</p>
<p>Ni ella ni yo éramos muy amigueros que digamos, y habiéndonos encontrado para acompañarnos en nuestra soledad, pues no buscamos a más gente.  Siempre al terminar la jornada laboral esperaba ir a encontrarme con ella y contarle de las trabas en la Torre de Tribunales, de los clientes que quieren magia en los juzgados, de los jueces que nunca terminan de fallar.  Ella por su parte, cuando tenía presentaciones, me comentaba de lo lujoso que eran a veces las casas, de lo mal o bien que la trataban, o de cuando nadie escuchaba lo que ella tocaba, aún cuando estuviera en una tarde espléndida y tocara su piano como nunca.</p>
<p>Un año después de haberla conocido, me salió un empleo mejor.  Entonces decidí trasladarme de apartamento, a uno más cercano al trabajo.  También para huir un poco de ella, para que no me terminara de enamorar hasta un grado incontrolable.  Ella recibió la noticia con un poco de tristeza y me dijo que me haría una cena de despedida.</p>
<p>La cena de despedida fue un día jueves, en una noche fresca.  Ella se vistió con un vestido negro, el que usaba para eventos de gala.  Me dijo que antes de comer bailaríamos un vals de Chopin, el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=qIvxUIA5aZ0">vals del adiós</a>.  Ella sabía que era uno de mis favoritos, aunque hasta esa vez no sabía que así se llamaba, por esa costumbre de los músicos clásicos de ponerle <em>opus número tal en no se qué bemol número no se cuánto</em> en lugar de un nombre decente.</p>
<p>Ella puso un cd en el aparato de sonido y bailamos con un poco de dificultad, porque según ella me dijo, los valses de Chopin no son precisamente para bailar.  Recuerdo bien el aroma de su perfume esa noche y esa sonrisa con la que me vio después de terminar el vals.  Desde entonces cada vez que escucho ese vals viene ese aroma a mi nariz, como si ella estuviera presente.</p>
<p>Nos despedimos en buenos términos esa noche, yo le dije que no era una despedida porque yo siempre vendría a verla cada vez que pudiera.  Ella contestó sí, pero ya no todos los días, vos parece que huyeras de mí.  Me fui esa noche entre nubes y con algo de tristeza, por no atreverme a decir que la amaba.</p>
<p>Efectivamente fui a verla muchas veces más, pero la distancia terminó imponiéndose.  Ambos hallamos a parejas más convenientes en distancia, cercanas físicamente, lejanas en el corazón.  Ella misma me lo contó varias veces.  Tiempo después dejamos de vernos.</p>
<p>Yo terminé con esa mi novia nueva en pocos meses.  Y entonces fui a buscarla, pero no la encontré.  Le escribí un email y me contó que estaba en una beca en Madrid y que regresaría en seis meses.  Adjunto a su email de respuesta venía un <a href="http://www.youtube.com/watch?v=MpNM-En-YvA">nocturno de Chopin</a> en mp3.  Cuando la toco me recuerdo de vos, apuntó.  Gracias por el nocturno, pero mucho tiempo le dije, yo quiero verte, iré a Madrid en cuanto pueda.  Pedí permiso por un par de semanas en mi trabajo, algo que me costó, pero al fin me dieron.</p>
<p>Cuando llegue allá, en unas cuantas semanas, le diré que la quiero como un loco.  No sé que responderá, no sé si es el tiempo adecuado o no.  Yo le diré que con ella quiero estar, que el vals del adiós que bailamos lo escucho todos los días, que fui un tonto al huir.  Espero que me diga que también me quiere, que toque Chopin para mí todas las tardes.  Me gustaría que tanto el atento lector como la romántica lectora me desearan suerte.  La voy a necesitar.</p>
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		<title>Amor de lejos</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Aug 2007 06:15:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>
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		<description><![CDATA[Es una tarde gris en Barcelona. En su pequeño apartamento de soltero está Xavi, un ejecutivo de negocios en Internet que fue abandonado por la mujer de sus sueños, con una botella de whisky en una mano y en la otra el control remoto del estéreo donde suenan repetidamente los valses de Chopin. Se supone [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es una tarde gris en Barcelona.  En su pequeño apartamento de soltero está Xavi, un ejecutivo de negocios en Internet que fue abandonado por la mujer de sus sueños, con una botella de whisky en una mano y en la otra el control remoto del estéreo donde suenan repetidamente los valses de Chopin.  Se supone que hoy iba a trabajar temprano en el nuevo proyecto que le encomendaron, pero ya son las dos de la tarde y él sigue tirado en la cama.  Lo llaman del trabajo insistentemente pero no contesta el móvil con la vana esperanza de que en la pantalla del aparato aparezca el nombre de ella en lugar del de su jefe.<span id="more-319"></span></p>
<p>A pesar de que se prometió no llorar, a cada rato se le asoman los pucheros y el espasmo que antecede al llanto y un nudo en la garganta le amarga el gusto.  Un dolorcito sordo al costado izquierdo no lo deja en paz.  Por todo el piso está tirada la ropa sucia de una semana, se observan restos de pizza, bolsas de restaurantes de comida rápida y gaseosas a medio terminar.  Periódicos y libros esparcidos por el suelo yacen olvidados y no parece que haya alguien que se apiade y los recoja.  Suena el timbre del apartamento, Xavi se levanta de prisa ilusionado con la posibilidad de que sea ella.  </p>
<p>Observa por la mirilla y decepcionado ve a un cartero gordo y sonrosado que seguro llega con alguna correspondencia de cobranza.  Abre la puerta y el cartero mira la barba sin rasurar, los ojos hinchados, el cabello desordenado, y diagnostica: mal de amores.  Ya pasará tío, le dice dándole una palmada en la cabeza, apuesto a que es argentina, eh.  Xavi esboza una sonrisa triste y asiente con la cabeza.  Es ya la tercera argentina rompecorazones del mes, dice el cartero, cuidado con ellas, son dulces en la boca, pero amargas al tragar.  Xavi firma el comprobante de entrega y le desea buen día al cartero sonrosado.  Abre el sobre y lee sin interés el aviso de cobro urgente de la tarjeta de crédito, luego lo tira por ahí, y se tumba de nuevo en la cama.  Nuevamente resuenan nítidas las palabras de ella: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo».  Le da un sorbo a la botella de whisky y con los ojos lacrimosos adelanta el cd de Chopin para que suene el <em>Valse de l’adieu</em>.  Mientras escucha el vals recuerda cómo reía nerviosa cuando él le dijo que había arriesgado el corazón y que siempre fue por todo con ella.</p>
<p>La había conocido una tarde de primavera en el Parc Güell, ella entre un grupo de turistas latinoamericanos, él paseando con sus sobrinos gemelos de nueve años.  Cuando la vio sola en una de las mesas de un café y le correspondió la sonrisa, se acercó y uno de los niños le dijo a ella dice mi tío que eres muy bonita.  Ella se avergonzó un poco pero sonrió con esa sonrisa de las mujeres que indica que la puerta se puede abrir, dependiendo de cómo se toque.  Xavi devolvió temprano a sus sobrinos aquella tarde y ella se escapó del grupo, y para la noche ya eran dos enamorados que parecían conocerse desde siempre.  Ella lo abrazaba apretado recostada en su pecho y él le acariciaba el cabello mirando la ciudad de Barcelona desde el Palau Nacional, mientras la noche sonreía apacible.</p>
<p>Ella dijo que volvería a Barcelona para estudiar un curso de radiofonía y que entonces tal vez podrían salir y pasear por la ciudad.  Intercambiaron emails y números de móvil y ella partió para continuar su tour europeo, pero de ahí en adelante se escribieron emails, chatearon, hablaron por móvil y se mandaron mensajes de texto todos los días, sin falta.  Era como una adicción, estar en contacto con alguien al que poco conocían pero que se hacía más y más interesante a medida que lo sabían todo uno del otro.  Ella era impaciente cuando él no contestaba rápido, él en cambio no desesperaba cuando la respuesta tardaba en llegar, pero todo iba de maravilla.  Era la magia del amor de lejos.</p>
<p>Después de un par de meses de amor electrónico intenso, llegó el tiempo del tan esperado curso de radiofonía en la Universidad de Barcelona.  Durante los días anteriores a la llegada de ella el intercambio electrónico se intensificó hasta el punto que Xavi apenas si trabajaba y dormía, pensando en que al fin dejaría de estar solo y que las palabras matrimonio y felicidad hasta podrían ser compatibles.  Ella por su parte también se mostraba muy ilusionada y decía que todo esto para ella era un sueño hecho realidad.</p>
<p>Ella aterrizó en el aeropuerto de Barcelona un viernes por la tarde, a eso de las cinco.  El esperaba ansioso, aunque trataba de disimular la emoción del momento.  Cuando él la encontró entre la muchedumbre, ella lucía cansada pero estaba increíblemente hermosa.  Ella lo vió, se acercó a él y se abrazaron amistosa, tímidamente.  Pero para ella todo fue distinto ahora.  Al verlo, la imagen idealizada que había hecho durante todo el tiempo de amor electrónico no coincidía con quien llegaba a traerla.  Y ahí mismo se le murió el amor.</p>
<p>Para él en cambio fue magia verla de nuevo, pero al ver en sus ojos lo que sucedía se decepcionó y supo su destino, aunque no quiso aceptarlo.  La fue a dejar a la casa en donde se alojaría y cuando preguntó que cuándo salían, ella le sonrió amargamente y dijo «yo te aviso».  De ahí en adelante, ella no respondió emails, ni mensajes de texto, ni llamadas de teléfono.  Lo logró esquivar por dos semanas hasta que Xavi la encontró camino de la universidad y la abordó.  Ella le dijo que cuando lo vio en el aeropuerto comprendió que lo de ellos no podría ser, y después del discurso que tenía preparado, pronunció las palabras que se le repetían a él una y otra vez: «Hacé con tu vida lo que querás, pero ya no contés conmigo».  </p>
<p>Ahora ya es de noche y sigue sonando en <em>repeat</em> el <em>Valse de l’adieu</em> de Chopin.  Xavi bebe el último sorbo de la botella de whisky y se asoma a la ventana que da a la calle.  Un pordiosero pasa enfrente y registra la basura de la esquina para ver qué encuentra, lo acompañan un par de perros flacos que observan con interés qué hace su amo.  Después de varias noches de desvelo, Xavi al fin se siente cansado y se va a la cama, tirando al suelo todo lo que hay encima.  Duerme con la ilusión de que al despertar ya lo habrá dejado en paz el dolorcito sordo que tiene al costado izquierdo, dolor que comenzó cuando ella pronunció las palabras fatídicas.  Tal vez un buen descanso se lleve todo y sea otra vez como antes, cuando no habían emails, ni chats, ni mensajes de texto, ni llamadas al móvil, ni argentinas enamoradas, ni nada de nada.</p>
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