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	<title>Anecdotario.net &#187; Empleo</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>La entrevista</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jun 2011 15:30:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Empleo]]></category>
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		<description><![CDATA[Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la revisión. En ocasiones lo llaman para hacer una segunda prueba. Quedan de llamarlo, pero igual, no llaman. Un día lee un anuncio y decide llamar. Lo atiende la señorita Lupita, y lo cita para una entrevista por la tarde. <span id="more-1145"></span></p>
<p>El anuncio dice que el trabajo es de media jornada y que es de trabajos de oficina. No piden más que sexto primaria, lo que a Juventino le va bien porque no terminó el bachillerato. El anuncio ya lo había visto en otras ocasiones, pero siempre le pareció que no era algo real, que debía haber trampa. Pero como nadie lo ha llamado para contratarlo, pues no tiene nada que perder, piensa, mientras se arregla para la entrevista. </p>
<p>Cuando no está buscando empleo, Juventino se las arregla como puede. Compra dulces en el supermercado y se sube a los buses a venderlos. Le hace mandados a sus familiares. Hace limpieza en la iglesia a donde va los domingos. Con esos y otros mil oficios consigue pagarse la comida y la habitación en donde vive. Muchas veces come en los comedores públicos porque la plata no le rinde.</p>
<p>Juventino vino de Patulul, su pueblo natal, a la capital al nomás cumplir los 18 años. Pensó que lograría dinero y fortuna. Siempre ha trabajado duro, pero aún así, apenas logra sustentarse. A los 23 años se puso a vivir con una muchacha que trabajaba en una maquila. Fue feliz. Pero a los dos años ella desapareció de un día para otro. La buscó por todos lados, y al fin, después de un mes de búsqueda, la halló en una morgue. Había sido violada y asesinada. Estaba embarazada. Fue un gran golpe para Juventino, que se deprimió y por algún tiempo se dio a la bebida. Unas compañeras de su mujer le contaron, tiempo después, que en el trabajo ella tenía un amante que había sido sicario. Juventino prefirió no creerles. Después de reponerse del golpe probó suerte con dos mujeres más, pero los celos no lo dejaban tranquilo y al poco tiempo de juntarse lo dejaron. </p>
<p>A pesar de su mala suerte, Juventino no dejó de ser un tipo agradable. Hacía de todo lo que le ofrecieran hacer desde albañilería y policía privada, hasta instalaciones eléctricas. Lo que le molestaba era estar siempre en la incertidumbre de no tener un empleo fijo, de tener un salario. Por eso irá a la entrevista con la señorita Lupita, que se escuchaba amable por el teléfono.</p>
<p>Al llegar al lugar indicado pregunta por la señorita Lupita. Una muchacha, que no es Lupita, pero que tampoco le dice su nombre, le pregunta si va a la entrevista y lo hace pasar. Es en el tercer nivel, le indica. Hace calor. En los descansos de las gradas hay mujeres sentadas en bancos de plástico. Le indican que debe seguir subiendo. Al llegar al tercer nivel un hombre gordo sudoroso, le indica que entre al salón. Juventino pregunta por Lupita, pero el hombre le dice que entre, que ahí será la entrevista, que no se preocupe por la señorita Lupita.</p>
<p>En el salón hay unas cincuenta personas sentadas. Un pizarrón verde muestra algunas anotaciones hechas con yeso blanco. Hace calor y se respira el vaho sudoroso de la gente, a pesar de los ventiladores que tienen funcionando. Juventino busca lugar y espera. Casi todos han llegado acompañados y aprovechan para platicar. Muchos se abanican con las hojas de la prensa. Casi toda la gente es de la clase de Juventino: sirvientas, conserjes, vendedoras de jugos, vendedores ambulantes. En las filas de adelante hay un tipo que mira extrañado a todo el mundo. Viste con un buen traje y parece universitario. Dos filas atrás de Juventino hay un par muchachas que tampoco se parecen a la gente que está en el salón. Delgadas, bien peinadas, con bonitos vestidos. Ellas también están desconcertadas, así como el tipo del traje.</p>
<p>Minutos después entra al salón un tipo joven que lleva un traje que le queda grande. </p>
<p>—¡Buenas tardes! —dice en voz alta.</p>
<p>La gente responde el saludo con un murmullo.</p>
<p>—¡No les escucho! ¡Dije buenas tardes! —dice el tipo alzando la voz.</p>
<p>—¡Buenas tardes! —responde al unísono toda la gente.</p>
<p>Juventino se da cuenta de que hay mucha gente que ya estuvo antes en esa entrevista. El tipo del traje grande dice que en la empresa todo mundo será bienvenido, no importa que no tengan dinero y no hayan estudiado. Porque las personas que tienen dinero y son muy estudiadas, dice el tipo del traje grande, son muy creídas y desprecian a todos los demás que no tienen dinero ni estudios. </p>
<p>—¿No es cierto que los ricos son creídos? —pregunta a la audiencia.</p>
<p>—¡Sí! —responde a coro la gente.</p>
<p>—Pero nosotros no somos creídos —dice el tipo—. En esta empresa todo mundo es bienvenido.</p>
<p>La gente que está en el salón aplaude. El tipo del traje grande sigue con su discurso alabando a la gente humilde y denostando a los ricos y a los estudiados. Dice que por eso es que no piden que se tenga estudios para lograr un puesto en la empresa, porque confían en la gente. La gente aplaude. Juventino también termina por aplaudir, emocionado.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que todavía no les va a indicar de qué se trata el trabajo, porque quiere conocerlos antes. Sin embargo, dice, les voy a adelantar algo. Escribe en el pizarrón lo siguiente, lo que se espera que las personas hagan:</p>
<p><em>Provocar el desplazamiento de 80 fragancias al mes.</em></p>
<p>Les indica que sólo eso les adelantará por el momento. Van a hacer una prueba, y van a quedar descartados los que saquen una nota menor a 60, pero también van a descartar a los que saquen más de 85, porque esos son los creídos. Y no queremos creídos en nuestra empresa, queremos gente normal, trabajadora, como ustedes. Mientras dice esto, mira de reojo al tipo del traje y a las muchachas bien vestidas. La gente aplaude. Juventino también.</p>
<p>—Los que no estén de acuerdo con esto, pueden salir en este momento —indica, haciendo una pausa.</p>
<p>Salen del salón el tipo del traje y las muchachas delgadas.</p>
<p>Al cerrar la puerta, el tipo de traje grande pregunta si hay alguien más que quiera irse. No hay nadie más. Le dice al grupo que seguro que esas personas que salieron eran creídas, y que a ese tipo de gente no las quiere la empresa. Les indica que deberán pasar una prueba de dos semanas, en las cuales se les dará una capacitación. Como es capacitación, el tiempo no será pagado. Esto no le convence a Juventino. La gente aplaude.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que ahora procederán a hacer la prueba. Sale del salón para ir por las pruebas. La gente murmura quejándose del calor y abanicándose con las manos o con el periódico. Unos dicen que esta vez esperan pasar la prueba. Entra el tipo del traje grande, cargado de cuadernillos de papel. La prueba consiste en una serie de preguntas de selección múltiple. Algunas sumas y restas, preguntas básicas sobre ciencias naturales o estudios sociales. Juventino sabe algunas respuestas, de lo que se acuerda de sus estudios de primaria. Los resultados estarán listos mañana por la mañana, los esperamos de nuevo aquí, dice el tipo del traje grande.</p>
<p>Juventino regresa al siguiente día. Obtuvo un 75, pasó la prueba, está feliz. Lo hacen pasar a un salón en donde están los que aprobaron. Ya no está el tipo del traje grande, ahora hay alguien que se presenta como instructor. El instructor les dice que les va a revelar qué harán para obtener el empleo. Les dice que recibirán capacitación sobre un gran producto, unos perfumes que la gente se muere por comprar. Sólo tienen que vender ochenta fragancias en un mes y el puesto es suyo. Deben hacer una inversión y comprar de su propia bolsa las fragancias. Una gran inversión, porque la gente se muere por comprarlas. Después de lograr las ventas que harán, podrán optar a un empleo de medio tiempo, así como ofrecía el anuncio, además de ganar dinero. Es una gran oportunidad. Juventino, entusiasmado, hace cálculos. Debe ahorrar para hacer la inversión y obtener el empleo, pero se decepciona, porque tardaría demasiado en obtener el dinero y no quiere prestarle a nadie. Respira profundo, otro empleo que no es para él. Mañana buscará de nuevo.</p>
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		<title>La llamada</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Jun 2009 22:48:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Celulares]]></category>
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		<description><![CDATA[Amalia está sentada en el sofá de su casa, esperando que su teléfono celular suene. Ya hizo la limpieza, ya preparó el almuerzo y sus hijas están en la escuela. Pero la llamada no llega y los minutos se hacen eternamente largos y no hay nada bueno en la tele. La música tampoco la calma, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Amalia está sentada en el sofá de su casa, esperando que su teléfono celular suene.  Ya hizo la limpieza, ya preparó el almuerzo y sus hijas están en la escuela.  Pero la llamada no llega y los minutos se hacen eternamente largos y no hay nada bueno en la tele.  La música tampoco la calma, entonces toda la casa está llena de silencio.  Solo hay un sonido que Amalia quiere escuchar y es el ringtone del himno a la alegría con que suena su celular cuando la llaman.  Lo único que ha sonado un par de veces en la mañana ha sido el tono de mensaje de texto, con mensajes de publicidad.  Marque el *TAROT para mejorar su suerte, dice uno.  Pero de la llamada que espera, la que puede salvar la situación, nada.<span id="more-389"></span></p>
<p>Amalia lleva seis meses sin tener trabajo.  Nunca tuvo carácter de comerciante, así que ha trabajado de doméstica por días, pero no se gana mucho, apenas alcanza.  Su madre no se ha enterado de su situación porque Amalia es orgullosa, pero han habido días en que ella apenas comió un par de tortillas de maíz y un pan dulce, pero eso sí, a sus niñas nunca les ha faltado la comida.  Revisa si el teléfono tiene suficiente carga y lee nuevamente los mensajes de texto, mira el mensaje de su mamá que alegremente le envió temprano desde el lago de Atitlán, donde pasa unos días por un retiro religioso, que dice: <em>Amaneció nublado y lloviendo, con vientesito</em>.</p>
<p>Amalia sonríe porque desde que su mamá aprendió a enviar mensajes de texto casi no la llama pero envía mensajes a cualquier hora.  Se sonríe también por la falta de ortografía, y piensa, sí, tal vez suena mejor con s.</p>
<p>Instantes después se le quita el buen sabor del mensaje de su mamá y vuelve a su espera desesperada.  La señora le dijo que si no la llamaban en una semana ya no lo harían, que se lo decía para que no esperara de balde.  La semana se cumple justo hoy y entonces si ya no la llaman se habrá acabado definitivamente la oportunidad.  De todas las entrevistas a las que ha ido, esta fue la que mejores síntomas de contratación dio.  Pero ya ha pasado la semana, quizás ya contrataron a otra candidata más joven y que maneje mejor el inglés.</p>
<p>Amalia recuerda los días en que estudiaba secundaria y le parecía que podía conquistar el mundo.  Sólo se trata de trabajar duro, pensaba entonces.  Ahora piensa, sí, se trata de trabajar duro, ahora ya no para conquistar el mundo, sino para pagar las cuentas y comer.  Pero primero tiene que haber trabajo, y eso es lo que ella no tiene.  Tampoco sabe cómo inventarse algo que le de suficiente dinero para no pasarla mal.  La hija mayor le dijo un día de estos que se miraba más flaca, y ella le contestó que era porque hacía dieta para verse mejor y conseguir empleo.</p>
<p>Ahora que le va mal por no tener trabajo fijo, dado que siempre lo tuvo, recuerda cuando su marido la abandonó.  Según él iba a encontrarse a sí mismo en Estados Unidos, a trabajar y a enviar dinero, pero después de que llamó para avisar que había llegado bien nunca volvió a comunicarse.  Ella supo después por medio de la familia de él, que allá se había juntado con una salvadoreña a los pocos meses de haber llegado.  Así que decidió darlo por muerto y olvidarse definitivamente de él.  Pero el dolor del fracaso matrimonial a veces vuelve cuando las cosas no van bien, y lastima un poco.</p>
<p>Empieza a rezar un rosario para calmarse y vuelve a rogar a Dios para que le envíe un empleo.  Le recuerda que nunca ha faltado a la iglesia, y que si no ha dado ofrenda ahora es porque de veras no tiene.  También le recuerda que ella nunca se portó mal, que siempre fue una mujer tranquila, que se apiade de ella.  El rezo la calma y se levanta del sofá para ir al cuarto de las nenas, y mirando el osito amarillo de la pequeña se recuerda del día en que lo compraron en la paca; la nena lo miró, lo tomó y no lo quiso soltar.</p>
<p>Cuando son las doce menos cuarto en la mañana, Amalia piensa que ya no vendrá la llamada sino hasta después del almuerzo.  Bueno, piensa, tal vez no era para mí, mejor pensar positivo, ya saldrá otra oportunidad.  Ya está calmada y ya vendrán las niñas de la escuela, para ellas hay que estar alegre, por ellas vale la pena el esfuerzo.  La tarde será menos larga, porque habrá que revisarles las tareas y harán bromas y después mirarán caricaturas.</p>
<p>Por fin suena el himno de la alegría en su celular y ella acude un poco temerosa.  Es del número de la empresa.  Le anuncian que la esperan el próximo lunes a primera hora, y que tendrá, así como ella lo pidió, el turno de la mañana.  Ella conserva la calma mientras dura la llamada, toma nota de la dirección a donde debe presentarse y el nombre de la persona por quien preguntar.  Cuando termina la llamada ella cae en el sofá, así como caen los maratonistas después de una carrera agotadora.  Las lágrimas empiezan a salir, toda la tensión de los meses anteriores después del despido injusto parece liberarse por fin.</p>
<p>Media hora de llanto después se lava la cara y procura calmarse, las niñas no la pueden encontrar así.  La pequeña llega muy contenta del colegio, la grande llega muy cansada.  Mientras les da de almorzar, Amalia les cuenta que ya tiene un empleo nuevo y que por las tardes siempre estará con ellas.  La grande responde que eso está bueno, porque así podrán ir otra vez a comer pizza afuera.  Sí, responde Amalia, pero sólo si se portan bien.  Pone cara seria, pero sonríe por dentro.</p>
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		<title>Yo le vine a contar mi vida</title>
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		<pubDate>Mon, 22 May 2006 07:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bonifacio (Bacho para los cuates) es un señor de 44 años que anda buscando trabajo. Llega a las entrevistas con su pelo crespo un poco alborotado, camisa manga larga a cuadros, pantalón pachuco, calcetines de rombos y mocasines apretados. Lleva consigo un maletín del cual nunca termina de sacar sus cartas de recomendación y su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bonifacio (Bacho para los cuates) es un señor de 44 años que anda buscando trabajo. Llega a las entrevistas con su pelo crespo un poco alborotado, camisa manga larga a cuadros, pantalón pachuco, calcetines de rombos y mocasines apretados. Lleva consigo un maletín del cual nunca termina de sacar sus cartas de recomendación y su desordenado <em>currículum vitae</em>. A cada pregunta del entrevistador le es imposible decir sí o no, o por lo menos decir un par de frases que contesten directamente. Si le preguntan que con quien vive, entonces suelta la historia de su abuela, una señora de 83 años a la que él sostiene y cuida, porque sus hermanos viven aparte y él es el único que le queda a la viejita, a la que como usted comprenderá ya se le olvidan las cosas y desvaría, aparte de su problema de los riñones que últimamente le está molestando, pero ya está mejor. Viera cómo ha sufrido esa viejita, le mataron a dos de sus hijos, mis tíos, por un pleito de tierras. Pero gracias a Dios, ahí está todavía la viejita.<span id="more-271"></span></p>
<p>Cuando le preguntan qué hacía en su último empleo, Bacho contesta que más que todo se encargaba del sector de las ventas, aunque hacía mensajería y llevaba algo de las cuentas, porque le tenían confianza, pero mi jefe, como era pariente, usted sabe que por la confianza luego se hacen los locos para pagar y yo lo que quería era un ingreso formal y por eso ando buscando trabajo. Yo no es que presuma, pero desde los once años estoy trabajando, porque yo siempre he tenido eso, siempre me gusta ganarme mis centavos y no depender de nadie, porque el trabajo es sagrado, como decía mi mamá que en paz descanse, Dios la tenga en su gloria, pobrecita, el cáncer en la matriz se la llevó cuando estaba todavía jovenzona.</p>
<p>A la pregunta de si bebe o fuma en sociedad, Bacho dice que para nada, porque sufrió mucho con el mal ejemplo de su papá, que era buena gente, pero viera usted como le gustaba el trago y se ponía abusivo con mi mamá. La verdad es que yo ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que me eché mis tragos, porque hace algún tiempo si le entré a los tragos, para qué le voy a mentir, pero eso fue en la temporada en que me dejó mi mujer y se fue con un carpintero desgraciado, de esos que hacen muebles para las mueblerías de la Bolívar. Pero de veras que ya ni me recuerdo cuándo me eché el último trago. Ahora eso de fumar sí nunca lo hice, porque no me gusta eso, aparte de que un mi tío se murió de cáncer en los pulmones por estar día y noche echándose los chancuacos, eso del cigarro sí nada que ver conmigo.</p>
<p>Por último, le preguntan sobre las metas de su vida. Pues más que todo, dice Bacho, yo quisiera enganchar un mi terrenito allá por Patulul, de donde soy yo, conseguirme una mi mujer que me respete y que me quiera, pero ya ve usted lo difícil que es ahora, las mujeres ya no respetan a los maridos. Yo creo que tiene mucho que ver eso de las novelas de la tele, porque les meten babosadas en la cabeza a las mujeres. Por eso es que hay tanto marero, porque las mamás ya no cuidan a sus hijos. Pero creo que Dios nos tiene que amparar y echar una mano, porque a la gente honrada Dios la ayuda. Si usted me da el trabajo, ya va a ver que no se arrepiente, a mí me gusta el trabajo.</p>
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		<title>La venganza</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2006 06:15:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Empleo]]></category>
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		<description><![CDATA[Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa.  Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira.  Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos.  Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa.  <span id="more-249"></span>La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida.  Como siempre ha estado y estará.</p>
<p>Al día siguiente Ester tenía que regresar a la empresa a recoger el cheque de su liquidación.  Ya le había pasado el enojo y con cortesía y serenidad pidió a la secretaria entrar con su ahora exjefe, quien la recibió en su oficina.  El error fue por ser una tonta —le decía a su exjefe—, pero nunca hubo mala intención.  Yo sólo quise hacer las cosas un poco más rápido, pero fui una burra, lo acepto.  Ahora estoy metida en graves problemas, usted bien sabe lo difícil que ahora es conseguir empleo.  Mi nena (de seis años) me dice que todo estará bien, que sólo tengo que sacar dinero del cajero automático y listo, ya tenemos para lo que queramos.  Sólo vine a decirle que usted cometió un grave error, despidió a una persona que ama su trabajo, a una persona que sabe lo sagrado que es tener la confianza de los demás.  No sé si usted pensó realmente mal de mí, pero si así es, lo perdono, de todo corazón.  Si el destino nos junta de nuevo, quiero decirle que yo le serviré como si nada hubiese ocurrido.  Será la oportunidad de demostrarle que yo soy alguien que vale, algo más que un código de barras en la oficina de recursos humanos, un ser humano con errores, pero sin rencores y siempre con ánimo de servicio a los demás.</p>
<p>Cuando Ester terminó su alocución, su exjefe se quedó callado por algunos segundos.  Le respondió con las frases prefabricadas de años de experiencia en este tipo de situaciones.  Ester notó, sin embargo, que había logrado un leve efecto.  Su exjefe la acompañó hasta el pasillo y se despidieron cordialmente.  Avanzó algunos pasos y volteó a ver; el tipo estaba parado en la puerta de su oficina mirando hacia el suelo y al ver que ella volteaba, levantó la vista y le sonrió, amargamente.  </p>
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