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Archivos de Etiqueta: Matrimonio

Amor

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

—¿Vos te volverías a casar conmigo?

—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.

—Yo tampoco —dice el marido. Leer más »

Gente

La luna de miel

Cuando nos casamos con Raquel hicimos que nuestra luna de miel durara un año. Ahorramos todo lo que pudimos, renunciamos a nuestros trabajos y decidimos darle la vuelta al mundo. Hicimos nuestras previsiones y el dinero nos dio para pasar el año sin apuros. Fuimos a varios países en Europa y Sudamérica, vimos muchos atardeceres y amaneceres en distintos lugares. Una luna de miel de doce meses. Hay muchas historias que contar de esos viajes, pero si hay una que fue bizarra fue la que pasó en Buenos Aires. Leer más »

Gente

Graciela y Ale

—No te digo adiós porque no quiero que te vayás —dijo entre pucheros la pequeña Ale, cruzando enojadamente los brazos, mientras su papá intentaba besarla.

—Ale, decile adiós a tu papá, no seás malcriada —repuso su mamá, sin poder evitar que sus ojos se humedecieran. Demián había tomado la decisión de marcharse, dejando atrás 7 años de matrimonio, y a la pequeña Ale, de 6 años, que se marchaba ahora a llorar sola a su dormitorio.

Demián hizo un cortés ademán hacia Graciela, le dio un beso en la mejilla, agarró sus maletas y se enfiló al carro. Empezaba de nuevo, ahora al lado del gran amor de su vida que había regresado seis meses antes y le había vuelto a revolver todo el corazón. No habían ni Gracielas ni Ales ni ningún poder del Cielo o del Infierno que impidiera su ida, él tenía derecho a ser feliz, la sola idea de quedarse y hacerlas infelices era mucho peor. Así son los dictados del corazón. Leer más »

Amor

El rapto

No me costó nada tomar la decisión. No me importan los convencionalismos hipócritas de la sociedad acerca del matrimonio. Los padres de ella se oponían rotundamente a nuestra relación y fueron demasiado lejos cuando le prohibieron verme. Los viejos suelen olvidarse de lo que hicieron de jóvenes, y quieren que sus hijos sigan reglas que ellos mismos no siguieron.

Estuvimos de acuerdo en hacerlo el domingo, cuando sus papás salen al supermercado para hacer las compras de la semana. Pero el día del rapto no había modo que salieran los viejos impertinentes. Estuve esperando la señal por más de hora y media, hasta que por fin sus viejos salieron rumbo al super. Todo esto no lo podía haber hecho solo, y por eso llamé al Pedro, al chori, al negro y al chino, que siempre me hacen huevos para todo. Ellos serían los cómplices de este delito contra las buenas costumbres. El negro puso su pick-up, el chori era el encargado de vigilar y echar aguas por si se les ocurría a los rucos regresar, el Pedro y el chino me ayudarían a cargar las chivas. En medio de las chingaderas de costumbre empezamos a cargar los vehículos (el pick-up del negro y mi carcachita modelo 82) para consumar nuestro plan y llevarme a mi princesa para mis dominios.

Quince minutos después de empezar a cargar, un carro se estacionó enfrente de la casa. El chori entró corriendo para dar la alerta, se miraba muy preocupado y tenía una cara como de que ya nos jodieron. Cuando salimos a ver la Chabela y yo, respiramos aliviados, porque eran visitas para los vecinos a quienes saludamos cordialmente. Susto el que nos pegaron. No más terminamos de vaciar el cuarto de la Chabela, nos montamos en los carros y caminamos alegremente dos cuadras, hasta que se quedó parado el carro del negro, porque al muy bruto se le había terminado el combustible. Tuve que tragar un poco de gasolina para pasarle del mío y seguir la ruta. Justo cuando dimos la vuelta a la esquina, los papás de Isabel iban llegando, y nos miramos ella y yo con una sonrisa cómplice y triunfal.

Llegamos a mi casa de soltero e hicimos una pequeña fiesta durante el resto del domingo, y apagamos los celulares durante los siguientes tres días. A la mañana siguiente, cuando salí para el trabajo, la dejé dormida en nuestra cama nupcial que era un colchón tirado en el suelo. Y por primera vez en la vida, me sentí completo y acompañado.