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	<title>Anecdotario.net &#187; Matrimonio</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>Una tarde en el parque</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 13:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Matrimonio]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>

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		<description><![CDATA[En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos.  Es una tarde agradable.  Están sentados a la par y en silencio.  No se tocan.  Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro.  El marido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos.  Es una tarde agradable.  Están sentados a la par y en silencio.  No se tocan.  Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro.  El marido hace una pregunta.</p>
<p>—¿Vos te volverías a casar conmigo?</p>
<p>—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.</p>
<p>—Yo tampoco —dice el marido.<span id="more-873"></span></p>
<p>Los dos sonríen después del breve diálogo.  Se acerca uno de los niños a la banca y agitado les dice que necesita agua.  La mujer saca un recipiente con agua y le da de beber.  El niño vuelve a los columpios.  </p>
<p>—Tal vez si viviéramos juntos por un tiempo antes de casarnos —dice ella.</p>
<p>—Sí, así tal vez sí.</p>
<p>En el parque hay una buena cantidad de gente.  Niños y adolescentes jugando, algunos adultos también.  Unos jóvenes están jugando un partido de fútbol en la cancha grande.  Unas muchachas juegan basquetbol.  El marido propone a los niños jugar fútbol mostrándoles una pelota plástica.</p>
<p>La mujer los mira con cariño, se siente bien.  En la semana que acaba de pasar, su jefe le prometió un aumento.  Su hermana le anunció que espera a su segundo hijo.  De su bolsa saca un libro cristiano de autoayuda que le recomendaron en la iglesia.  Un viento suave levanta algunos de sus cabellos.  Cruza la pierna y lee, sosteniendo el libro con su mano derecha.</p>
<p>El marido juega fútbol con los niños y cae al césped en una jugada.  Los niños se abalanzan sobre él y ríen y le hacen cosquillas.  La mujer los observa y sonríe también.  En un fugaz momento, marido y mujer se miran fijamente.</p>
<p>Durante la semana al marido no le fue bien.  La empresa en donde trabaja no consigue muchos contratos, y posiblemente lo despidan en un par de meses.  Ya han despedido a algunos de sus compañeros.  En un mercado laboral lleno de jóvenes universitarios baratos, piensa mientras patea la pelota, no hay oportunidades.</p>
<p>Una hora después de iniciar el juego el marido ya está cansado.  Los niños quieren seguir jugando, pero él les advierte que ya no puede.  Sofocado, se acerca para sentarse en la banca en la que su mujer sostiene todavía el libro de autoayuda.</p>
<p>—Al principio, cuando empezamos a vivir juntos, pensé que no duraríamos mucho —dice el marido, aún sofocado.</p>
<p>—Yo también pensé lo mismo.  Casi me fui de la casa cuando vos andabas con aquella tipa salvadoreña.  </p>
<p>—Sí, yo pensé que lo harías, yo la verdad no la quería.</p>
<p>La tarde soleada pega de lleno en los autos que están estacionados alrededor del parque.  Uno de ellos lanza un destello que pega por un momento en el rostro de la mujer.  El marido la mira detenidamente, es como si ella se transfigurara.  Los niños regresan por un momento a donde están sus padres para pedir agua.  Luego se retiran a seguir jugando.</p>
<p>—Durante los primeros dos años —dice la mujer, suspirando—, pensé en que nos habíamos apurado a casarnos.  Nunca estuvimos realmente enamorados siendo novios.  Éramos novios por despecho, creo que los dos esperábamos ser rescatados el día de la boda.</p>
<p>—No Marcia, yo no esperaba ser rescatado.  Es cierto, no estábamos enamorados, pero los dos ya teníamos más de 30 y el tiempo pasa&#8230;  </p>
<p>—En días como hoy, pienso que nos hemos llegado a querer.</p>
<p>—Sí, no es como estar locamente enamorados, pero algo hay.  ¿Es raro no?  Ver todas esas películas románticas y vernos a nosotros, unidos al principio sólo por no quedarnos solos.</p>
<p>—Igual, después de 8 años juntos, algo tuvo que haber funcionado bien.  Vos sos un buen hombre y has sido trabajador y buen padre.  Sólo te ponés pesado cuando te agarra la chiripiorca y no querés hablar con nadie.  O cuando te metés con guanacas de mala vida.</p>
<p>—Ja.  ¿Y qué me decís cuando vos te enojás por todo?  Yo a veces me acomido y limpio la cocina, pero vos lo único que ves es la olla mal puesta.  Todo nítido, pero vos sólo ves la olla.  Y hay que ver cómo te ponés de coqueta con el pastor Pablo, toda cusca te ponés, no creás que no me doy cuenta.</p>
<p>—¿Pensás a veces en la Paula?</p>
<p>—A veces, pero ya no es lo mismo.  La vi hace tres meses en la calle.  No sentí nada, yo mismo me sorprendí.</p>
<p>La tarde muestra unos celajes anaranjados, y empieza a oscurecer.  El clima se pone un poco más fresco y la gente empieza a abandonar el parque.  Los niños ahora están entretenidos en los columpios y no parece que se quieran ir.  Una pareja de novios adolescentes se esconde detrás de unos arbustos para besarse y tocarse a placer.  El matrimonio los mira un poco con envidia.</p>
<p>—Y vos, ¿pensás en el Fabio?</p>
<p>—Siempre me llamaba para mi cumpleaños, o mandaba un email, hasta hace como cuatro años.  Yo nunca respondí, ya sabía que sólo quería saber si había oportunidad de un acostón.  Así siempre fue él.  </p>
<p>—Pero, ¿pensás en él?</p>
<p>—A veces lo recuerdo, sí.  Pero no sé, no es igual.</p>
<p>La noche por fin está a punto de caer, y la pareja decide regresar a casa.  Llaman a los niños, les ponen suéter y pasan por una tienda a comprar gaseosas.  La familia camina despacio hacia la casa y después de refrescarse con las gaseosas, ven una película en el cable durante la cena.  Después de la cena y un baño, los niños dicen buenas noches y se van a dormir.  El matrimonio recoge los vasos y platos y los lavan juntos.</p>
<p>—Tal vez al fin y al cabo, nos enamoramos o algo parecido.  Nunca habíamos hablado así, sinceramente y sin pelear, ¿te das cuenta? —dice la mujer.</p>
<p>—Sí, tal vez.  Ese botón de tu blusa me hace pensar que sí —responde el marido, atisbando los pechos de la mujer.  Ella medio sonríe, pero después se pone seria.</p>
<p>—Vos nunca podés decir algo en serio, Víctor.  Me caés mal.  Así nunca llegaremos a algo.</p>
<p>—A lo único que quiero llegar hoy es a la cama y no a dormir —replica el marido—.  Si tengo que decir que te quiero, lo digo y ya.  </p>
<p>La mujer esboza una leve sonrisa.  Termina de enjuagar el plato que tiene en las manos, se las seca, y toma a su marido de la mano.  Los dos se enfilan al dormitorio.  Él pide no apagar las luces.</p>
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		<title>La luna de miel</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Oct 2009 12:53:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Divorcio]]></category>
		<category><![CDATA[Matrimonio]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando nos casamos con Raquel hicimos que nuestra luna de miel durara un año.  Ahorramos todo lo que pudimos, renunciamos a nuestros trabajos y decidimos darle la vuelta al mundo.  Hicimos nuestras previsiones y el dinero nos dio para pasar el año sin apuros.  Fuimos a varios países en Europa y Sudamérica, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando nos casamos con Raquel hicimos que nuestra luna de miel durara un año.  Ahorramos todo lo que pudimos, renunciamos a nuestros trabajos y decidimos darle la vuelta al mundo.  Hicimos nuestras previsiones y el dinero nos dio para pasar el año sin apuros.  Fuimos a varios países en Europa y Sudamérica, vimos muchos atardeceres y amaneceres en distintos lugares.  Una luna de miel de doce meses.  Hay muchas historias que contar de esos viajes, pero si hay una que fue bizarra fue la que pasó en Buenos Aires.<span id="more-499"></span></p>
<p><em>—¿Te acordás de cuando fuimos malabaristas y payasos de semáforos en Bogotá?  Eramos malos para eso.</p>
<p>—Como para que no me acuerde Gustavo, pero no nos fue tan mal.  Todo por culpa de tu hermano que no nos mandó el dinero a tiempo.  Pero no nos morimos de hambre, viste.</em></p>
<p>Los primeros tres meses fueron de Europa, y cuando regresamos, nos quedamos aca en Guatemala un mes para descansar, y luego al siguiente nos fuimos a Sudamérica.  Primera parada, Buenos Aires.  Allá nos recibieron unos conocidos en el aeropuerto y estuvimos en su casa una semana, a petición de ellos mismos.</p>
<p>Andrea y Marcelo Morello era un matrimonio de nuestra edad, así que nos llevamos bien desde el principio.  Vivían en Olivos, Buenos Aires, en un apartamento amplio, con buena vista.  No me acuerdo bien qué negocio tenían, pero por lo que se veía, era muy rentable.  Fueron muy amables con nosotros, pero tenían una relación de amor-odio entre ellos.  Ese tipo de relaciones en que se agreden verbalmente y aún así siguen juntos, y hasta felices.</p>
<p><em>—¿A vos te gustaba el Marcelo?</p>
<p>—Pues mal no estaba.</p>
<p>—Desgraciada.</em></p>
<p>Los Morello tenían unos vecinos raros.  Dos tipos y una mujer, que no se bañaban, pero saludaban cortésmente, aunque con ademanes tan exagerados que te hacían sentir miedo.  Se levantaban temprano para ir a comprar las cosas del desayuno, luego volvían a salir a la hora del almuerzo, siempre juntos, y después ya no salían del apartamento.  Parecían ser de la misma edad, unos 35 años.  Su aspecto era sano, aunque tenían la mirada perdida, salvo cuando te saludaban.  </p>
<p>Nos contaron nuestros anfitriones que ellos eran hermanos, y que habían heredado una gran fortuna, así que nada les faltaría.  Sin embargo, nunca salían del apartamento a no ser para comprar abarrotes.  No tenían televisión, pero sí una importante colección de libros y discos.  Les gustaba el jazz.  </p>
<p><em>—La vez que no soporté fue cuando aquella mulata cubana se te insinuaba en mi cara y vos le seguías la corriente.</p>
<p>—No le seguía la corriente, exagerada sos.</p>
<p>—Ahora te hacés el loco.</p>
<p>—Vos te pusiste bien celosa, qué caritas las que me hacías.  Ja.</em></p>
<p>Al segundo día de estar en Olivos con los Morello, los vecinos raros se enteraron que éramos de Guatemala.  Mostraron interés en nosotros, lo que nos hacía sentir incómodos.  En los pasillos y el elevador nos hacían toda clase de preguntas y nos contaron que el único país al que habían viajado alguna vez era a Guatemala.  Nosotros intentábamos sacudírnoslos de encima con monosílabos, pero era inútil.  Ellos estaban obsesionados con Guatemala.</p>
<p>Nos invitaron a almorzar un día.  Fue tanta la afectación que mostraron al invitarnos que nos vimos forzados a aceptar.  Fuimos entonces Raquel y yo al almuerzo y entramos a la casa más rara que he visitado en mi vida.  Todos los muebles empolvados, goteras arregladas con un sistema de embudo y manguera que iba a dar a un desagüe en el baño y una rata circulando libremente por ahí.  Lo único que estaba limpio era la cocina.  Cuando entramos torpemente sacudieron un poco el polvo de las sillas.  Nos atendieron con esa simpatía exagerada que te amenaza en lugar de hacerte sentir bien.</p>
<p><em>—¿Te acordás de la vez que te llamé y te dije que estaba con unos amigos en el mirador camino a La Antigua?  Te dejaste venir en bus aunque no sabías cómo chingados llegar.  Llovía. Cuando al fin llegaste yo ya no estaba y te empapaste.  No quisiste llamarme por orgullosa, preferiste que te fuera a recoger el Christian, ese tu enamorado loco que te pidió que no te casaras y que te dio serenata el día anterior a la boda.</p>
<p>—&#8230;</em></p>
<p>El almuerzo era un asado que era obvio que no habían preparado ellos.  No estaba mal.  Durante la comida entonces supimos que ellos querían volver a Guatemala y visitar Tikal.  Según estos hermanos, el alma de sus padres estaba encerrada en el templo del Gran Jaguar.  ¿Por qué?  Quién sabe, a ellos se les había metido la idea y de ahí no había ser viviente que los pudiera sacar.  Nos miraban abriendo bien los ojos, a ratos tenían su respiración acelerada.  Creo que veían en nosotros alguna especie de ángeles que los conectarían con las almas de sus padres muertos en un terrible accidente, en Petén, hacía ya 20 años.</p>
<p>En la sala estaban en la pared varios retratos de los padres de estos tres hermanos locos.  No sé si fue por la tensión en que estábamos, pero esos señores nos parecieron más bien gente lúgubre.  De los tres hermanos, la mujer tenía un tic en el ojo derecho, que le temblaba cada vez que parpadeaba.  No nos habíamos fijado al principio.  </p>
<p><em>—Es increíble que estemos aquí esperando a que comience la audiencia de nuestro divorcio, Raquel.</em></p>
<p>Las cosas se empezaron a poner tensas cuando el mayor nos dijo que los teníamos que traer a Guatemala, que esa debía ser nuestra misión, que por algo nos habíamos encontrado.  Les dijimos que no regresaríamos en el corto plazo a Guatemala, porque estábamos de paseo en Sudamérica y Argentina era apenas el primer país que visitábamos.  Ellos entonces cambiaron su amenazante amabilidad por insultos y gritos.</p>
<p>El menor fue hacia el interior de la casa y volvió con una escopeta, mientras la mujer sujetaba a Raquel y el otro hermano me tomaba el cuello con su brazo derecho a mis espaldas.  Estábamos atrapados.  Raquel entonces ofreció cambiar todos nuestros planes para hacer lo que ellos querían, pero tendríamos que ir a la oficina de la aerolínea a cambiar boletos y a comprar los de ellos.  Pero como ellos no tenían costumbre de salir de casa, era mejor que lo hiciéramos nosotros.  Necesitábamos eso sí, dinero para hacerlo.  </p>
<p><em>—Fuimos a un montón de lugares, pero la tarde que yo más recuerdo fue aquella primera vez en La Antigua, cuando lloviznó y vos andabas contenta y entramos a aquella galería de arte.  Yo te dije ese día que vos mandabas a dónde íbamos.  Yo sólo escucho y obedezco y pago, por supuesto, ofrecí.  Y entonces me abrazaste apretado.</p>
<p>—Sí, estuvo bien.  Pero ya pasó.</em></p>
<p>La gente cuando le dicen lo que quiere escuchar suele caer.  Y afortunadamente para nosotros así sucedió.  Los locos accedieron y sacaron de un cofre viejo lleno de dinero algunos buenos dólares para hacerles el trámite.  Salimos de allí y nunca volvimos, por supuesto.  Esos dólares nos sirvieron para continuar el viaje.  Apenas nos despedimos de los Morello, sólo entramos por las cosas al apartamento y fuimos directo al aeropuerto, rumbo a Perú.  Después le pedimos a Marcelo por teléfono que si preguntaban por nosotros, dijera habíamos muerto al estrellarse nuestro taxi con un camión en la carretera.  Había habido por casualidad un accidente el día de nuestra partida en el cual había muerto una pareja no identificada.  Un recorte de la noticia convenció a los tres hermanos locos.</p>
<p><em>—Cuando entremos con el juez digámosle que ya no nos divorciaremos.</p>
<p>—Estás loco.</p>
<p>—Por eso se llama conciliatoria la audiencia.  Para reconciliarse uno.</p>
<p>—No es audiencia conciliatoria, es de avenencia.  Y después de lo que me hiciste no quiero volver con vos.</p>
<p>—Como sea, el sexo de reconciliación es bueno, dicen.</p>
<p>—&#8230;</p>
<p>—Bueno, entonces divorciémonos y volvámonos a casar.  Así tendríamos otra luna de miel de un año y la pasaríamos genial.</p>
<p>—Ya es tarde Gustavo, yo te quise de veras, pero ya pasó.  Entremos, firmemos y ya está.  No insistás, ya no te quiero.</em></p>
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		<title>Graciela y Ale</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Apr 2008 06:15:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[—No te digo adiós porque no quiero que te vayás —dijo entre pucheros la pequeña Ale, cruzando enojadamente los brazos, mientras su papá intentaba besarla.
—Ale, decile adiós a tu papá, no seás malcriada —repuso su mamá, sin poder evitar que sus ojos se humedecieran.  Demián había tomado la decisión de marcharse, dejando atrás 7 [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—No te digo adiós porque no quiero que te vayás —dijo entre pucheros la pequeña Ale, cruzando enojadamente los brazos, mientras su papá intentaba besarla.</p>
<p>—Ale, decile adiós a tu papá, no seás malcriada —repuso su mamá, sin poder evitar que sus ojos se humedecieran.  Demián había tomado la decisión de marcharse, dejando atrás 7 años de matrimonio, y a la pequeña Ale, de 6 años, que se marchaba ahora a llorar sola a su dormitorio.</p>
<p>Demián hizo un cortés ademán hacia Graciela, le dio un beso en la mejilla, agarró sus maletas y se enfiló al carro.  Empezaba de nuevo, ahora al lado del gran amor de su vida que había regresado seis meses antes y le había vuelto a revolver todo el corazón.  No habían ni Gracielas ni Ales ni ningún poder del Cielo o del Infierno que impidiera su ida, él tenía derecho a ser feliz, la sola  idea de quedarse y hacerlas infelices era mucho peor.  Así son los dictados del corazón.  <span id="more-337"></span></p>
<p>Graciela lo acompañó con la mirada desde la puerta, vio cómo él metía con desenfado las maletas y hasta silbaba una canción popular.  Por más que los últimos seis meses habían sido muy malos, no podía creer que su marido se fuera con otra y que nada de lo que hizo haya sido suficiente para retenerlo, que ni siquiera la Ale lo haya persuadido.  Esperó a que el carro arrancara y se fuera y se lo quedó viendo hasta que cruzó la esquina en forma decidida y decisiva.  Después nos arreglamos para las visitas a la Ale, había dicho un par de horas antes Demián.</p>
<p>Cerró la puerta de la casa y se sentó en el sofá de la sala, sin atinar a pensar o hacer nada.  Había sido un matrimonio con sus problemas y sus buenos tiempos, no entendía cómo ahora regresaba alguien del pasado a arrebatárselo así de fácil, así de rápido.  Graciela observó fijamente el florero de la mesa del comedor por varios minutos, el regalo de bodas Silvia, la odiosa hermana de Demián.  Se levantó furibunda y llorosa, agarró el florero y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, cayendo de rodillas al suelo, emitiendo un sordo y dolorido maullido de tristeza y desolación.  Y ahí se quedó, llorando sin consuelo.  Las relaciones de años que acaban se lloran como a los muertos.</p>
<p>Ale escuchó en su dormitorio y asustada salió hacia la sala, encontrando la triste escena: su mamá retorciéndose del dolor en el suelo, de ese dolor de corazón que sólo los dejados enamorados entienden.  Con la mano derecha Ale se sacudió las lágrimas, respiró profundo y se arrodilló a la par de su mamá y le dio un apretado abrazo.  Ahí estaban las dos juntas llorando al hombre que las había abandonado recién y que seguramente no volvería más que para decir un hola apresurado y llevarse de paseo a la Ale los domingos, pero sin Graciela.  </p>
<p>La noche las encontró ya más aliviadas y fue Ale quien se acordó de comer.  “Tengo hambre” le dijo a su mamá.  Graciela preparó una cena sencilla: huevos fritos y frijoles con pan y café.  Comieron en silencio. Ale le pidió a su mamá que la acompañara a dormir porque no quería dormir sola.  “Yo tampoco”, pensó Graciela.  Ale durmió toda la noche mientras Graciela la pasó en blanco recordando escenas varias de su fallido matrimonio.  Recordaba insistentemente un paseo por el lago de Atitlán, en una fresca tarde, y de cómo la habían pasado de bien.  Esa tarde él estaba especialmente guapo, y todo a su alrededor resplandecía.  Hasta había dicho el “te quiero” más memorable de la historia.  Tan lejos parece aquel día ahora.  Tan irreal.</p>
<p>Y así fueron pasando los días y las semanas. Graciela nunca contestó sus llamadas, tomaba el teléfono y se lo pasaba a la Ale, bendito identificador de llamadas.  Fue mortificante verlo llegar los domingos por la nena, con la otra esperando afuera, en el carro.  </p>
<p>Durante el día, entretenida en el trabajo y en los quehaceres de la casa, la cruz era llevadera.  Lo jodido llegaba por las noches, ahí es cuando todo mundo se enfrenta a sus miedos y a sus demonios particulares.  Cuando no hay ruido, cuando no hay gente, cuando todos duermen, los que sufren lloran, sin tregua.  Las noches, para la gente que sufre de amores, son interminables y odiosas.  </p>
<p>En el día procuraba mantener abierta siempre la puerta de su dormitorio, porque cuando estaba cerrada, parecía que él estaba adentro. </p>
<p>Mientras tanto la pequeña Ale se enfrentaba la ausencia de papi, y a la tristeza de mami.  Se quedaba llorando cuando su papá la traía de regreso y se iba.  “Mami arregló la casa bien bonita”, decía a su papá.  “Mami y yo te vamos a querer para siempre, papi”.  Demián respondía sonriendo que él también, mientras tomaba la mano de Sofía, su nueva mujer.</p>
<p>“Papi te quiere mami” regresaba diciendo, convencida.  Y en su ingenuidad, tomaba las manos de sus dos padres y las juntaba, y decía “dale un beso a mami” y sonreía cual cupido vencedor.  Pero al rato todo se terminaba y él se iba y ellas se quedaban de nuevo solas.  </p>
<p>Pero se sabe que conforme pasa el tiempo la tranquilidad llega.  No llega para abarcar todo el espacio, llega en la dosis exacta para seguir aguantando la vida, y a veces, hasta se puede parecer bastante a la felicidad, si supiéramos en verdad qué es exactamente la felicidad.  Porque hasta a los más enamorados se les acaba un día la luna de miel.  </p>
<p>Un mes después de la partida de Demián, Graciela y Ale se tomaron el fin de semana para ir a pasear y ver vitrinas.  La que estuvo insistiendo para que salieran fue Ale, que no quería salir el domingo con su papá y su bruja novia.  Graciela aceptó ir con ella, y para su sorpresa fue la primera vez que Graciela sonrió de verdad de nuevo y junto a la Ale, eran como dos amigas riéndose de cualquier tontería.  Allí ambas supieron que se tenían la una a la otra y que el saber eso sería suficiente para continuar afrontando la vida.  </p>
<p>En este punto de la historia es donde quisiéramos dejar a Graciela y a la Ale seguir su camino.  El autor de estas líneas, sugiere, sin embargo, que el lector imagine un final hollywoodense si así lo desea, por ejemplo: Graciela viendo vitrinas mira a un vendedor de automóviles guapo que la corteja y se lleva bien con la Ale, y la niña, cómplice, empieza a tirarle flores a su mamá, contando lo bien que cocina y lo buena gente que es.  Después de algunas citas y salidas a comer, el guapo vendedor de automóviles le pide que sea su novia.  Ambas (Ale y Graciela) aceptan de buena gana, y después de un par de años de noviazgo, se casan y son felices.  El lector deseoso de finales hollywoodenses, debe imaginar también que se casan en una ceremonia vistosa, en un jardín precioso, que Demián asiste a la boda y la pequeña Ale es una de las damitas de honor.  Luego el lector debe imaginar que sale un cartelito diciendo “The End” y una musiquita cursi con un montón de letras que nadie lee pero que son importantes porque dicen quiénes participaron en la producción de la película.</p>
<p>El lector deseoso de finales felices debe terminar la lectura aquí, en este preciso instante, so pena de terminar decepcionado. </p>
<p>A los lectores que se hayan quedado, les diremos que no hay mucho más que una historia común y corriente, de esas que hollywood y los escritores serios y formales desprecian:  Graciela y Ale siguen viviendo su vida de solteras, pero resulta que Graciela es algo boba para los novios y la Ale siempre tiene que abrirle los ojos.  Graciela en algún punto de su vida decide que ya se cansó de besar sapos y que no seguirá en la búsqueda de nada, sobre todo cuando se entera de que la pequeña Ale, que a los 16 años ya no es tan pequeña, está embarazada.  Pero esa es una historia que no vamos a contar aquí, van a dispensarme.</p>
<p>Pero entonces, ¿qué pasó con el Demián este? se preguntará el lector curioso que tiene la mala costumbre de querer saberlo todo.  Por informaciones fidedignas nos enteramos de que tuvo tres hijos con el amor de su vida.  Está contento el hombre y envejece más o menos feliz, como todo el mundo, salvo por el pequeño detalle de un cáncer en la garganta y alguno que otro amante que tiene su mujer.</p>
<p>¿Ah, y eso es todo, usted no va a terminar en serio la historia?, pregunta una señorita lectora por ahí.  No señorita, le vamos a responder, ya no hay más, aquí no nos gusta terminar las historias de forma comedida, así que por hoy se tendrá que conformar.  Pero, es que.  No señorita, no siga insistiendo.  Ala, pero.  No, terminemos mejor con esto, que se alarga innecesariamente.</p>
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		<title>El rapto</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Sep 2004 06:15:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No me costó nada tomar la decisión.  No me importan los convencionalismos hipócritas de la sociedad acerca del matrimonio.  Los padres de ella se oponían rotundamente a nuestra relación y fueron demasiado lejos cuando le prohibieron verme.  Los viejos suelen olvidarse de lo que hicieron de jóvenes, y quieren que sus hijos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No me costó nada tomar la decisión.  No me importan los convencionalismos hipócritas de la sociedad acerca del matrimonio.  Los padres de ella se oponían rotundamente a nuestra relación y fueron demasiado lejos cuando le prohibieron verme.  Los viejos suelen olvidarse de lo que hicieron de jóvenes, y quieren que sus hijos sigan reglas que ellos mismos no siguieron.</p>
<p>Estuvimos de acuerdo en hacerlo el domingo, cuando sus papás salen al supermercado para hacer las compras de la semana.  Pero el día del rapto no había modo que salieran los viejos impertinentes.  Estuve esperando la señal por más de hora y media, hasta que por fin sus viejos salieron rumbo al super.  Todo esto no lo podía haber hecho solo, y por eso llamé al Pedro, al chori, al negro y al chino, que siempre me hacen huevos para todo.  Ellos serían los cómplices de este delito contra las buenas costumbres.  El negro puso su pick-up, el chori era el encargado de vigilar y echar aguas por si se les ocurría a los rucos regresar,  el Pedro y el chino me ayudarían a cargar las chivas.  En medio de las chingaderas de costumbre empezamos a cargar los vehículos (el pick-up del negro y mi carcachita modelo 82) para consumar nuestro plan y llevarme a mi princesa para mis dominios.</p>
<p>Quince minutos después de empezar a cargar, un carro se estacionó enfrente de la casa.  El chori entró corriendo para dar la alerta, se miraba muy preocupado y tenía una cara como de que ya nos jodieron.  Cuando salimos a ver la Chabela y yo, respiramos aliviados, porque eran visitas para los vecinos a quienes saludamos cordialmente.  Susto el que nos pegaron.  No más terminamos de vaciar el cuarto de la Chabela, nos montamos en los carros y caminamos alegremente dos cuadras, hasta que se quedó parado el carro del negro, porque al muy bruto se le había terminado el combustible.  Tuve que tragar un poco de gasolina para pasarle del mío y seguir la ruta.  Justo cuando dimos la vuelta a la esquina, los papás de Isabel iban llegando, y nos miramos ella y yo con una sonrisa cómplice y triunfal.</p>
<p>Llegamos a mi casa de soltero e hicimos una pequeña fiesta durante el resto del domingo, y apagamos los celulares durante los siguientes tres días.  A la mañana siguiente, cuando salí para el trabajo, la dejé dormida en nuestra cama nupcial que era un colchón tirado en el suelo.  Y por primera vez en la vida, me sentí completo y acompañado.</p>
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