Archivo de la etiqueta: Miedo / Terror

Asesinos

Ser asesino en serie en un país de tercer mundo tiene sus claras ventajas. De eso nos aprovechamos con el Paul cuando desaparecimos a aquella mosquita muerta igualada. Esa fue la primera vez. David —me dijo Paul temblando aquella tarde—, qué bien se siente todo esto, tenemos que repetirlo. Tenía las manos llenas de sangre y una sonrisa estúpida que nunca le había visto. El cuerpo de la Mary estaba en el suelo; ella todavía con los ojos abiertos y el grito en la boca. Sí, le contesté, esto apenas empieza.

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No me va a pasar nada

Temprano de la mañana Aníbal se levanta para ir al chance, se arregla, desayuna. Hoy le prestó el carro su papá porque en la tarde tiene exámenes finales en la universidad. Le dice a su mamá que le está yendo bien, y su mamá lo mira orgullosa, con un brillo especial de ojos. Aníbal siempre fue un buen patojo, nunca molestó. Sale de la casa y su mamá le sigue para echarle la bendición y cerrar la puerta del garage. Se acerca a la ventanilla del carro.

—Váyase con cuidado m’hijo.
—No se preocupe mama, a mí no me va a pasar nada.

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Mal espíritu

El sábado a la noche, Esteban fue a la vigilia de la iglesia evangélica de su colonia. Se llevó al Pancho, su hijo de nueve años, quien no iba de muy buena gana que digamos. Panchito se durmió en la banca a eso de las diez de la noche, y Esteban —que había tenido un día agotador de trabajo y luchaba por no dormirse también— lo tapó con su chumpa de lona. Cuando terminó la ceremonia, al filo de la medianoche, Esteban se despidió de los feligreses y del pastor, y cayéndose del sueño se fue para su casa, buscó rápidamente su cama y se durmió al instante. Pero Panchito no iba con él.

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El secuestro

—¡Se robaron a mi hijo! —dijo Ruth al otro lado del teléfono.

Claudia inmediatamente dejó todo y se fue con ella a la casa. Fernando había llamado a Ruth angustiado, desesperado y casi loco porque se había dormido cinco minutos y al despertar no había encontrado al Gabrielito en la casa. Lo había llamado, gritó y gritó y el nene por ningún lado, las puertas abiertas y el acabose total.

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Blogfans

Una amiga mexicana me contaba el caso de un blogger demasiado exitoso, que quiso abandonar el blog agobiado por los fans. Era su amigo y vivía enfrente de la casa de ella, en un suburbio del DF. Como cualquier otro ejecutivo de mediana tabla, con conexión a internet y un poco de tiempo de ocio, badboy (ese era su nick) descubrió el mundo de los blogs y decidió poner el suyo. Lo único que quería era escribir ficción fácil para relajarse. “El blog al menos tendrá un lector que se divierta: yo mismo”, decía en uno de sus primeros posts.

El blog pasó sin pena ni gloria durante un año, pero luego del primer aniversario el número de visitantes empezó a crecer demencialmente.

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De fantasmas y aparecidos

Por más de 35 años, mi papá tuvo la oficina en la sexta avenida de la zona uno de la capital de Guatemala, a tres cuadras del Palacio Nacional. Esta es una zona muy comercial, pero hace rato que ya no tiene el glamour de los complejos de centros comerciales imitación de malls gringos en pequeño, tan de moda ahora en nuestro país.

Cuando terminaba la jornada de comercio (alrededor de las seis de la tarde) se reducía sensiblemente el ruido y entonces los que estábamos ahí, fácilmente escuchábamos cuando alguien abría la puerta de abajo (estábamos en segundo nivel), subía las gradas y entraba a la oficina. A veces no era nuestra gente sino la de la oficina que compartía el piso con nosotros. Hasta ahí todo bien. Pero algunas veces se oía nítidamente todos los sonidos de gente entrando, pero que nunca llegaba hasta la oficina, ni a la de enfrente. Se escuchaba la llave dando vueltas a la cerradura de la puerta, los pasos subiendo las 28 gradas hasta el segundo nivel, y nada más. Algunas veces salíamos al lobby que separaba las dos oficinas para ver si mi papá se había quedado revisando algo, o qué onda. Pero nada.

Nosotros nunca le pusimos mucha atención al asunto, porque sabíamos que el cerebro suele jugarnos malas pasadas y que el crujir de los materiales al contraerse por el enfriamiento que viene con la noche, bien podía provocar (junto a nuestros traidores oídos) toda la sensación de alguien entrando.

Me gustaría creer que eran fantasmas visitándonos. Me hubiera gustado ver alguno y saludarlo. ¿Qué daño te puede hacer un muerto, si los vivos son los que chingan?

Ahora en el mismo local hay un billar y cuando paso enfrente me pregunto si ellos también escuchan esos ruidos y si salen al lobby a comprobar que no hay nadie más que ellos. Y pienso que cuando muera, si me convierto en ánima y regreso a la tierra, seguro que visito la oficina de la sexta avenida. Abriré la puerta y volveré a subir esas 28 gradas, aunque si hay gente, tal vez no me atreva a entrar más allá del lobby.

Casa Tomada

Unos mis amigos invadieron una propiedad privada abandonada. Ya llevan 4 o 5 meses por ahí y nadie se ha acercado a decir nada. Unos policías se pasean de vez en cuando por afuera, pero no se acercan.

Me invitaron a tocar música andina en ese lugar como agregado en otro grupo. El toque fue en la noche, la iluminación y electricidad para micrófonos era provista por una planta eléctrica de combustible. El edificio es grande, parece que habían oficinas y salones de lujo en otros tiempos.

Alguien contó que la noche anterior lo habían espantado cuando intentaba arrancar la planta eléctrica, y nos invitó a ir al lugar donde había ocurrido el aparecimiento. Un grupo de 8 personas se enfiló hacia donde estaba la planta eléctrica. Todo estaba muy oscuro, las paredes parecían como las de la casa de la Bruja de Blair. En el camino fueron cayendo los cobardes que preferían regresarse. Para subir las gradas finales, sólo quedábamos un cuate y yo. “Yo ya no sigo vos, mejor me regreso”, me dijo con voz un poco asustada. Por un rato me quedé pensando si seguir o no, y al final decidí regresar. No es que haya tenido miedo, es que cuando ya no queda nadie que acompañe, no tiene chiste seguir la aventura. Además, yo no tenía la linterna.

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