Archivo de la etiqueta: Música
El corredor
Cinco de la madrugada de viernes, aún a oscuras la ciudad empieza su carrera en contra del tiempo. César ya está trotando por las calles cercadas de su colonia, con su reproductor mp3 en el brazo y los audífonos colocados a todo volumen. El ruido vehicular comienza a entrar por las ventanas a las casas. I gotta feeling, that tonight’s gonna be a good night, vibra en sus oídos y le ayuda a tener un buen ritmo de trote. Luego de algunos minutos comienza a correr más rápido. Piensa satisfecho en que tendrá todo el día ocupado, en la mañana y tarde con el trabajo, luego la universidad y luego la disco con la flaca. No habrá tiempo de pensar.
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La pianista
Al apartamento de enfrente un día se mudó una muchacha de unos veintitantos, algo regordeta, de sonrisa discreta y maneras finas. La vi llegando con el camión de mudanzas y me ofrecí a ayudar con el piano recto que llevaban torpemente un par de tipos, que después me enteré eran sus hermanos. Como recién divorciado que era por aquel entonces, sin dinero ni nada bueno que hacer, ayudé toda la tarde en la mudanza y me hice amigo de la pianista. Me puse a la disposición, como el buen vecino que nunca había sido.
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Aunque sólo uno fuera
En el bar La Luna, en el pasaje Aycinena, dos amigos cervecean al filo de la medianoche de un viernes. El Peluca canta canciones rockeras de los 80s y la gente ya con una buena cantidad de alcohol en sus cuerpos canta y pide más música, algunos bailan. La mujer y la familia política del Peluca atiende a los clientes, que desde hace buen tiempo siempre llenan el lugar. También sus bolsillos, que es lo más importante. Suena una canción y uno de los dos amigos interrumpe la plática para prestarle atención a la letra.
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La pedida
En una aldea del interior de la república, Evaristo Penados se prepara para ir a pedir la mano de su novia, María Pirir. Llevan un año de noviazgo y Evaristo sabe que María, la Mari, es todo para él, y narcotizado por la locura del enamoramiento no puede esperar más a que sea su mujer. Todo será mejor con su compañía, piensa, fantasea con hacerle el amor de manera romántica y demás cosas como envejecer juntos, algo que parece tan fácil cuando se está enamorado. Sin embargo, tiene miedo de que el papá de ella, el cascarrabias de don Jacinto, ponga algún pero o que lo trate mal, y eso lo tiene un poco angustiado.
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Los tres deseos
Cuando yo tenía dieciséis años tenía tres deseos. Si se hubiera aparecido un genio de la lámpara, tenía claro qué iba a pedir: yo quería ser cuentista, músico y futbolista. Un cuarto deseo sería lo de siempre, tener mucho dinero. Ya había pasado la época en que quería ser cura, médico o abogado. Mis deseos ahora tenían que ver con el exhibicionismo y la vanidad, si se dan cuenta. Porque para ser un buen cuentista, un buen músico o un buen futbolista, se necesita un mínimo de talento para ser reconocido, y a los dieciséis años, yo no sabía si efectivamente lo tenía.
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Sunrise, sunrise
Es sábado a la tarde, Guatemala está apacible y sonríe, ajena por un momento a la violencia y a la eterna crisis económica. En una colonia de los suburbios de la ciudad, está solo en casa un tipo de esos que tienen blog, conectado a internet y bailando música de Kjarkas. Piensa en que la otra vez que mencionó a Kjarkas en el blog nadie dijo ni pío, mientras sigue haciendo un su medio bailecito tinku con un video de Imillitay que encontró en el YouTube. Le da de nuevo a la búsqueda en el YouTube y se encuentra con otro tinku, le gusta la canción y se la aprende en zampoña y en guitarra. De vez en cuando interrumpe y se pone a bailar y piensa en qué chilero es disfrutar una tarde de sábado con la única compañía de la música que le gusta. Y luego de pasársela así por varias horas (cualquier otro tipo se aburriría de escuchar las mismas seis rolas una y otra vez), se acuerda de la talentosa Norah Jones y busca en el YouTube. Encuentra un tema precioso, Sunrise. Y se pasa repitiendo y repitiendo a la Noritah cantando Sunrise, sunrise, looks like morning in your eyes y piensa que debe escribir un post sobre eso, mientras se asoma por la ventana y ve la lluvia caer y caer, sin detenerse.
No es casualidad
Llego a Madrid, voy al Parque del Retiro y busco la plaza Guatemala por esa manía que todos tenemos de buscarnos a nosotros mismos en cualquier lugar. Después de haber pasado cerca y no saberlo, en una de las tantas vueltas, la encuentro. Tomo un par de fotos, y cuando voy a sentarme en una de las bancas llegan dos patrullas de policía que tienen escrito al lado “Guías Caninos”. Me siento en la banca y pienso que sería un detalle curioso fotografiar a los policías en la Plaza Guatemala, enciendo mi cámara y tomo una fotografía del grupo de policías, con las patrullas al fondo. Y luego se voltea uno de los policías y me mira con cara un poco maleada, se acerca y me pregunta que si es una cámara digital y cuando le digo que sí, pide que le muestre la foto. Yo espero que no me quite la cámara ni que me diga que borre la fotografía porque no lo voy a hacer y entonces de repente hay clavo. Le muestro la foto, ve que todos están de espaldas, me dice algo que no recuerdo y se retira. Yo entonces enciendo mi aparatito de mp3, selecciono Autumn Leaves de Miles Davis, y pienso que no puede ser casualidad que el primer día que paseo por Madrid haya sucedido esto, justo en la Plaza Guatemala.
Mi suéter estilo Evo
Hace ya más de 15 años compré un suéter estilo Evo Morales, el ahora flamante presidente de Bolivia, la tierra de Los Kjarkas (por culpa de quienes desde el jueves pasado estoy sufriendo de afonía por andar cantando (más bien gritando) en su concierto en San Salvador, en donde también brinqué y bailé (es un decir, lo de bailar) poniendo mi condición física al borde del colapso).
Pero les decía, compré hace tiempo un suéter parecido al del señor Evo, con sus rayas horizontales, hecho de una coqueta lana de color azul y blanco. Es un suéter normal, sin pretensiones, del que me olvidaba por temporadas en favor de otros suéteres o de sudaderos. El suéter siempre ha sido fiel, ha aguantando los maltratos, los fríos y las lavadas sin chistar palabra. Ahora que en enero don Evo sacó a pasear su suéter por Europa, yo creo que subió su autoestima y por eso se colocaba orgulloso en lugares visibles para que yo lo usara. Y efectivamente, durante los fríos de inicio de año lo usé, aunque no obtuve tanta atención que digamos. Mi suéter estilo Evo se sintió útil de nuevo.
La sonata K448 y la inmortalidad de Mozart
Según algunos científicos, la sonata K448 para dos pianos de Wolfgang Amadeus Mozart, tiene efectos sobre el cerebro, y llega en ocasiones a mejorar el cociente intelectual por algunos minutos. Es decir, si usted escucha esa sonata, en teoría se vuelve más pilas.
Lo que no saben los científicos, es que Mozart construyó a partir de esa sonata una especie de túnel del tiempo.
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Problemas en el ensayo
A la par del salón de ensayo de todo grupo musical vive una vieja gorda y amargada. La que nos ha tocado a Ars es un poco más agresiva que el promedio. Ha rayado nuestros carros, coloca envases de cerveza sobre ellos para decir que somos borrachos, insulta y hace las malas caras cuando nos ve llegar. A los demás vecinos les ha quebrado retrovisores. En varias ocasiones ha llamado a la policía quejándose de la bulla. Los chontes sólo se habían limitado a tocar la puerta de la casa y anunciar la queja, hasta el sábado pasado. Ese día llegaron tres policías uniformados. El de la voz cantante -que tenía un acento de oriente (y qué pasó pue’)-, nos informó que había una queja por el sonido estridente de nuestro grupo de rock.
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