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	<title>Anecdotario.net &#187; Narcotraficantes</title>
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>Gotas de chocolate</title>
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		<pubDate>Tue, 31 May 2011 14:14:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[escuela]]></category>
		<category><![CDATA[narcos]]></category>

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		<description><![CDATA[Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra a sus demás alumnos, que le dicen buenos días y la rodean, cada uno contando lo que hacen o hicieron. Laura, la más pequeña, está llorando. Juan, el más travieso, está subido en una silla queriendo alcanzar uno de los dibujos pegados a la pared. En un momento, todos los niños gritan. Marta los llama al silencio y les dice que hoy va a ser un día muy bonito, van a pintar, a cantar y a jugar. Todo parece normal, hasta que se escuchan unos disparos afuera de la escuela.<span id="more-1130"></span></p>
<p>Los disparos son de ametralladora. Provocan un silencio aterrador en el aula. Marta les dice, aguantando el susto, que se tiren al piso, que pongan su carita en el suelo. Los 15 alumnos hacen caso. Marta siente que le va a estallar el corazón, pero cada vez que les habla a los niños procura parecer serena. Ellos, al escucharla, mantienen la calma. Afuera suenan más disparos.</p>
<p>Por la mente de Marta pasan muchas cosas. Al observar su celular, se le ocurre grabar en video lo que sucede. Puede servir como evidencia, le dijeron alguna vez. Activa la grabación de video y continúa dando instrucciones.</p>
<p>—Todos en el piso, chiquitos. </p>
<p>Un niño pregunta si afuera están matando a alguien.</p>
<p>—No, no pasa nada corazón. Nada más pongan su carita en el piso.</p>
<p>Se escuchan ráfagas de ametralladora.</p>
<p>—No pasa nada, aquí no nos va a pasar nada. Nada más no me levanten la cabeza, por favor —dice con aplomo la maestra.</p>
<p>Otra ráfaga de ametralladora parece contestarle. Es posible que sí les pase algo. Laura cierra fuerte sus ojitos y se coloca boca abajo sobre sus brazos cruzados. Marta, asustada, respira profundo. Piensa que debe distraerlos, que debe mantener la calma a toda costa. Los niños dependen de ella.</p>
<p>—¡Vamos a cantar una canción! —les dice a los niños, alzando la voz con la esperanza de que se escuche más fuerte que las balas.</p>
<p>Laura la observa, recostando su cabeza en sus manitas. Sonríe cuando su maestra empieza a cantar la canción. Miguel, arrastrándose, se acerca con los demás niños hacia la maestra para escuchar y cantar la canción. </p>
<p><em>Si las gotas de lluvia<br />
fueran de chocolate<br />
me encantaría estar ahí</em></p>
<p>—¿Quién quiere chocolate? —pregunta la maestra.</p>
<p>—¡Yo! —responden a coro los niños.</p>
<p><em>Abriendo la boca para saborear</em></p>
<p>No todos los niños cantan la canción, pero la escuchan atentamente. La angustia de la maestra es mantener a los niños en el suelo. Se le ocurre que los niños se coloquen boca arriba y que se imaginen recibir con la boca las gotas de chocolate.</p>
<p>La idea funciona. Todos los niños están acostados en el piso, boca arriba. Tararean con la maestra la canción, y esperan en su imaginación saborear las gotas de chocolate que caen del cielo. Marta hace una toma de los niños con el celular.</p>
<p>—¿Están abriendo la boca? —pregunta.</p>
<p>—¡Sí! —responden a coro los niños.</p>
<p>—La boquita hacia arriba, para que caigan las gotitas de lluvia.</p>
<p>Marta apaga la cámara del celular. Afuera de la escuela, el grupo de sicarios ha terminado su labor. Han asesinado a cuatro rivales narcotraficantes que se movilizaban en taxis pirata. Se habían reunido en las cercanías de la escuela. Un hombre que pasaba por ahí también fue alcanzado por las balas y murió. Desde hace un par de años los narcos prácticamente han tomado la población en donde está la escuela de Marta.</p>
<p>Después de que termina la balacera, la calle queda desierta y sólo hay silencio. Marta sigue cantando con sus niños la canción de las gotas de chocolate. Sus compañeras en la escuela han hecho otro tanto con los demás niños. Los niños siguen tirados en el piso durante unos quince minutos más, cantando canciones con su maestra. </p>
<p>Marta llama a la directora de la escuela por el celular. La directora le indica que por precaución deben seguir en el suelo unos cuantos minutos. El vigilante de la escuela saldrá a la calle en algunos minutos más a ver si ya pasó el tiroteo. Los niños siguen cantando, rodeando a la maestra, asustados, pero confiados en que ella sabe más, que no los va a desproteger.</p>
<p>Finalmente, el conserje de la escuela pasa por el aula avisando que ya pasó el peligro. Los niños se incorporan y vuelven a sus pupitres. Marta les dice que como se portaron bien e hicieron caso, les va a dar chocolates a todos. Los niños sonríen.</p>
<p>Respira por fin aliviada, el peligro pasó. Por ahora. </p>
<blockquote><p><em>Este texto está basado en un suceso de la vida real, protagonizado por Martha Rivera y sus alumnos de kinder, en la escuela Alfonso Reyes, en Monterrey, México. Se puede leer la <a href="http://www.milenio.com/node/732267">noticia en Milenio</a>, y ver el <a href="http://youtu.be/I7vjig6UlFg">video en Youtube</a>.</em></p></blockquote>
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		<title>La viuda negra</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Nov 2010 20:27:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>
		<category><![CDATA[envenenamiento]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<category><![CDATA[narcos]]></category>

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		<description><![CDATA[La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La mañana del uno de noviembre, después de visitar la tumba de su esposa, Jorge camina muy triste hacia su carro. Hay mucha gente en el cementerio: niños corriendo por todos lados, señores y señoras con gestos apesadumbrados, jovencitas coquetas en sandalias y una ceremonia de entierro protagonizada por un cura locuaz. La mujer de Jorge murió ahogada en el mar en un viaje de vacaciones de semana santa, hace dos años. Esta es la primera visita al cementerio que Jorge hace con cierta serenidad. Antes de llegar al sitio donde había parqueado el carro, se topa con una solitaria mujer vestida de negro, llorando, casi aullando, frente a una tumba. Jorge se acerca, preocupado por el estado lamentable de la mujer.<span id="more-1024"></span></p>
<p>La mujer está postrada en el suelo, llorando desconsolada. La toca tres veces en el hombro antes de que ella voltee. Es una mujer bonita, joven, de pelo corto negro y ojos grises. Jorge le pregunta por quién llora. Ella le cuenta que llora por su marido, que murió hace dos meses al quedar en medio de una balacera entre narcos. Jorge le responde que lo siente, que él también perdió a su esposa, pero hace dos años. Ella lo mira interesada. Él le dice que sabe por lo que ella está pasando pero que después, aunque no lo parezca, vendrá la calma. La invita a levantarse del suelo y respirar hondo. La mujer hace caso y se calma.</p>
<p>Juntos toman un refresco en una caseta del cementerio. Platican y se sienten consolados, comprendidos, acompañados en el dolor. Jorge se sorprende cuando le mira las tetas y piensa esta mujer está buena y es bonita y si no fuera porque recién enviudó, seguro la invitaba a salir. Por momentos ella luce resplandeciente, como una colegiala coqueta. Pero vuelve siempre el gesto de dolor, la angustia de la separación por la muerte. Y el llanto.</p>
<p>Jorge puso gustoso su hombro para las lágrimas de la dama. Quién no lo hubiera hecho. Pensaba en su mujer fallecida, pero ya no tanto. Había llegado al cementerio triste pero esta viuda llorona lo hacía sentirse bien. Los dos eran viudos sin hijos. Siguieron platicando un buen rato y llegó la hora del almuerzo. Un atento y caballeroso Jorge la invitó, pero ella dijo que tenía que irse. Registró su bolso y sorprendida vio que no tenía mucho dinero. Le pidió prestado a Jorge para el taxi. Antes de despedirse intercambiaron números telefónicos. Hasta ahí Jorge supo que la bella viuda se llamaba Lucrecia.</p>
<p>Por la noche la llamó. Ella estaba cansada y tenía sueño. Le dijo que no quería hablar, y ante la insistencia de Jorge, aceptó tomar un café al día siguiente. Ahí terminaron de saber todo uno del otro; Lucrecia había estado casada tres años, Jorge dos; el difunto marido de ella era un catedrático universitario de leyes y buen abogado, la mujer de Jorge era psicóloga. La pregunta que quedaba siempre en el aire era ¿por qué a nosotros? Ninguno de los dos se explicaba cómo al estar en una situación económica relajada y con un matrimonio feliz que apenas comenzaba, el destino les había separado de sus parejas. No era justo.</p>
<p>Lucrecia trabajaba como gerente en un restaurante. Jorge era vendedor de maquinaria para restaurantes. Los dos consideraron simpática la coincidencia. Empezaron a frecuentarse y a ser muy buenos amigos. Iban al cine, a comer a restaurantes y a tomar cafés todas las semanas. Finalmente una noche, ya con algunos tragos de más, ella lo invitó a pasar a su casa, en donde vivía sola, y ambos se quitaron las ganas reprimidas en el tiempo de cortejo. Pasaron a categoría de amantes.</p>
<p>Así fue como los viudos tristes se transformaron en viudos alegres. Parecían adolescentes enamorados, mensajito de texto por aquí, llamada por allá, chats románticos y calientes a cualquier hora, fines de semana juntos, discotecas y fiestas. Y justo antes de cumplir un año de haberse conocido, Lucrecia, la viuda bella, se fue a vivir con Jorge. La visita tradicional al cementerio el uno de noviembre la hicieron juntos. A ambos la tristeza les duró lo que estuvieron frente a las tumbas de sus cónyuges difuntos. Sin embargo, ese día los dos estuvieron casi sin hablarse, como si hubiera pasado algo, como sintiéndose culpables por estar juntos. Esa noche ella le propuso matrimonio. Y él aceptó. Se casaron al siguiente día, como si no hubiera mañana, como si al dejarlo para más tarde no se fuera a realizar.</p>
<p>Sólo ahí Jorge se dio cuenta de que no conocía a la familia de Lucrecia, en cambio ella había conocido a sus dos hermanos y algunos de sus amigos. Decidió organizar una cena con la excusa de las fiestas de fin de año, y Lucrecia aceptó no de muy buena gana. A la cena llegaron los dos padres de ella y su hermana menor. Por parte de Jorge, su padre y sus dos hermanos y sus mujeres. Su madre no quiso asistir porque no aprobaba la relación.</p>
<p>Fue en esa cena que Jorge se enteró de que el marido de Lucrecia no había muerto en una balacera de narcos. Había muerto por una rara intoxicación con mariscos. Habían comido mariscos en el Puerto de San José y él tuvo una mala reacción a los alimentos. Lucrecia había sido hospitalizada por síntomas similares, pero ella logró sobrevivir. La historia real fue revelada por un aparente descuido de la hermana menor de Lucrecia. Al mostrarse Jorge sorprendido, Lucrecia le dijo que había mentido porque no quería recordar los detalles de la muerte de su marido, que el cuadro había sido tan lamentable y doloroso que ella hubiera preferido que hubiera muerto efectivamente en una balacera de narcos.</p>
<p>El nuevo matrimonio tuvo una crisis por la pelea que surgió después de la revelación. Jorge no le habló durante dos semanas, pero al final, viendo la paciencia y el cariño de ella, decidió olvidar el incidente. La navidad y el año nuevo de esa ocasión fue particularmente feliz para la pareja. En febrero del año siguiente, sin embargo, una noche después de regresar de un viaje a la playa, Jorge se sintió mal. Al parecer la comida no le había caído bien. Tenía náuseas y vómitos, se sentía muy cansado y su respiración era dificultosa. Tuvieron que ir de emergencia al hospital, y después de dos días internado, y de pasar por una crisis severa, le dieron de alta.</p>
<p>Jorge sospechó lo peor. En secreto, estando en el hospital, pidió que analizaran muestras suyas para saber si había envenenamiento. Los resultados, entregados a Jorge de forma confidencial, dieron positivo para arsénico. Estaba confirmado: la bella Lucrecia no era más que una viuda negra, y con un marido ya a cuestas. Él no iba a ser el siguiente, de ninguna manera. Ya se había salvado de milagro. No regresó a su casa. Decidió ir a la casa de sus papás para terminar de recuperarse.</p>
<p>Dudó al principio, pero la cólera por la mala mujer que se había conseguido pudo más. Registró en su agenda de teléfonos y encontró el del narco al que le había acondicionado una pizzería que en realidad era una fachada de una enorme bodega de drogas. Jorge le contó su desgracia y el narco le dio dos números de teléfono de gente que podía resolver el asunto a un buen precio. Semana y media después, él asistía al funeral de su segunda esposa. A Lucrecia la encontraron muerta por heridas de bala en una casa de un narcotraficante de poca monta, junto a otros cuatro cuerpos. Según la policía, había habido una balacera entre bandas narcotraficantes enemigas. Los sobrevivientes había huído.</p>
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		<title>Eva y el cura</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jul 2008 06:13:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>

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		<description><![CDATA[No me enteré de cuándo vino al pueblo el padre Javier, pero sí me di cuenta del alboroto que generaba. De un día para otro las misas estaban llenas de mujeres de todas las edades, incluso muchas de ellas evangélicas. Pensé que el cuate este tal vez tenía algún don divino o algo así. Después [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No me enteré de cuándo vino al pueblo el padre Javier, pero sí me di cuenta del alboroto que generaba.  De un día para otro las misas estaban llenas de mujeres de todas las edades, incluso muchas de ellas evangélicas.  Pensé que el cuate este tal vez tenía algún don divino o algo así.  Después me enteré que su don no era precisamente espiritual, su don era ser bien parecido, joven, canchito él, y buena onda.  Era español, y en sus años más jóvenes había estado como jugador en un equipo de la B de la liga española. <span id="more-351"></span></p>
<p>Los domingos a la tarde las mujeres se congregaban alrededor del campo de fútbol, porque el padre seguía practicando el deporte y al nomás llegar armó su equipo.  Por las tardes el padre visitaba los hogares, tocaba la puerta, entraba donde lo invitaban y daba su mensaje cristiano ante la admiración de las mujeres y los celos de los hombres.  ¡Cuánta fe la que acarreaba el hombre!</p>
<p>El padre Javier había venido a revolucionarlo todo, a alborotar a las mujeres y a poner en alerta a los hombres.  Sin embargo el padre resistía los embates de la tentación y seguía en su ministerio, fiel a sus votos y a la palabra de Dios.  El joven cura, me enteré por el sacristán, no duraba en las parroquias porque de plano revolucionaba todo.  Era la tentación ideal para las mujeres: un hombre de Dios, bien parecido y joven, lo prohibido siempre es lo más apetecido.</p>
<p>Pero como a todo coche le llega su sábado, al padre Javier también le llegó su hora.  No podía ser de otro modo.  De entre las feligresas alborotadas salió Eva, una guapa treintañera con un buen recorrido en el arte de la seducción.  Ella era alta, delgada, con un hermoso pelo negro hasta la cintura y una irresistible mirada.  Cansada de besar sapos y aburrida de lo insulso de los hombres del pueblo, quiso ganarse el trofeo prohibido y para ello planeó su estrategia seductora.</p>
<p>Llegaba al principio a confesarse, como todas las demás.  Procuraba llegar recién bañada, sin maquillaje, con poco perfume y vestidos blancos con estampados de flores.  Siempre confesaba al padre un pecado: amar a un hombre prohibido, sin decir el nombre.  Eva se trasladó cerca de la iglesia para vigilar todos los pasos del padre Javier.  Ella no sabía si le gustaba más por lo atractivo o por lo prohibido.  Pero amor, esa cosa de tontos, eso sí que no era, la meta era hacer caer en la tentación al padre y gozar con esa caída.</p>
<p>Eva no gustaba de la cocina, así que se ofreció a hacer limpieza en la iglesia un par de días a la semana.  En las misas se sentaba hasta adelante con esa cara de pícara inocencia que las mujeres experimentadas logran tan bien.  Y el padre, hombre al fin, cayó en la tentación.  Cayó y bien profundo, porque el padre no sólo se entregó en cuerpo sino también en alma.  De las otras parroquias había salido por cosas de faldas, pero se había arrepentido y vuelto al redil porque no había entregado el corazón.  Pero ahora sí, para su perdición.</p>
<p>Los amantes tenían su horario.  Eva salía de su casa a las ocho de la noche y entraba por la puerta de atrás de la iglesia.  Yo la ví, y a pesar de su delito, ella iba campante y contenta, con paso seguro.  Ella ya tenía llave de la puerta, nunca volteaba a ver si alguien la veía.  Qué mas daba.  No es que yo los espiara,  pero ella salía de esa casa como a las cinco de la mañana e iba a dormir toda la mañana a su casa.  No tenía que preocuparse de trabajar, las limosnas de la iglesia pagaban su comida.  Por la tarde se acercaba a la iglesia directo al confesionario, ahí seguro le volvía a decir al padre Javier su pecado al oído.</p>
<p>Pero bueno, todo algún día termina, de una u otra manera.  Y la bella Eva se cansó de su juguete y lo abandonó.  Al pueblo había llegado un narco poderoso, y a pesar de no ser canchito ni español, también atraía a las mujeres.  Así que Eva tenía que agregarlo a sus trofeos y el pobre padre se quedó sin su sabroso bocado de manzana que la guapa Eva le proporcionaba.  Cayó en profunda depresión, se bebía el vino de consagrar por las noches y las misas de las siete de la mañana ya no eran siempre a las siete, como antes.  Algunas veces llegaba el narco con Eva del brazo a misa, y Eva sonreía ahora con la soberbia y la altanería del poder y la maldad.</p>
<p>El padre Javier, herido en su orgullo y traicionado por la mujer que amaba, un día fue a retar al narco.  Yo no lo ví, pero sí escuché al padre gritando a medianoche y a un furibundo narco que salía y respondía.  Hubo pelea, claro está, y la cosa estuvo reñida.  El padre, deportista, tenía lo suyo.  El narco, acostumbrado a los cachimbazos, pegaba duro también.  Eva sólo miraba entre asustada y complacida la pelea.  El padre asestaba un par de golpes y recibía tres.  Pero ahí estaba y no caía.  Yo pensé que iban a salir los sicarios a sueldo del narco, pero parece que este narco sí era de los que tenían un poco de honor, y además, tenía que derrotar con sus propias manos a su rival, que aunque desde antes de la pelea estaba derrotado, tenía que caer en el combate.</p>
<p>La pelea se extendió hasta como las tres de la madrugada, cuando al fin el padre Javier cayó al suelo.  Eva se apresuró a darle un beso apretado y lascivo a su héroe y a mirar con desprecio al pobre cura caído.  Yo la verdad, aparte de su negocio ilícito, al narco no le tenía mal ánimo.  Caía bien el cuate, y en la cantina del pueblo cuando estaba él siempre había guaro gratis.  El padre también era buena onda, pero alborotaba mucho y eso tampoco es bueno.  Una semana después de su derrota seguía convaleciente y algunas mujeres se turnaban para cuidarlo.  Un mes exacto después, le llegó su notificación de traslado hacia otra parroquia.  Pero ahora no creo que alborotara mucho a donde iba, porque el desprecio de la amada se había llevado su juventud y su energía.  Había enflaquecido mucho, del Adonis que había llegado a darle vuelta al pueblo poco quedaba.  En su lugar vino un viejito buena onda, de esos padres que hacen bien su chance, sin meterse a mucha bronca.</p>
<p>Eva y su narco salieron del pueblo una madrugada, un par de años después, en una Hummer gris.  En el camino, a pocos kilómetros del pueblo, fueron emboscados y ajusticiados con tiro de gracia.  En la prensa al otro día había una pequeña nota en la que mencionaban, como suelen decir en estos casos, que había sido un pleito entre bandas de narcotraficantes.  La Hummer nunca apareció.  Según me acuerdo haber leído en la nota de prensa, Eva presentaba señales de tortura y parecía haber sido violada en repetidas ocasiones.</p>
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		<title>Amor eterno</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Aug 2007 04:22:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Narcotraficantes]]></category>

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		<description><![CDATA[El año pasado, en la entrada al Periférico por la Avenida Elena, apareció un día una ofrenda floral con la leyenda «Amor Eterno», al día siguiente una nueva, y al día siguiente otra. La gente que pasaba por el lugar se dio cuenta y se formaron dos bandos: los realistas, que esperaban que se acabara [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El año pasado, en la entrada al Periférico por la Avenida Elena, apareció un día una ofrenda floral con la leyenda «Amor Eterno», al día siguiente una nueva, y al día siguiente otra.  La gente que pasaba por el lugar se dio cuenta y se formaron dos bandos: los realistas, que esperaban que se acabara el amor eterno y los románticos, que esperaban ver nuevas flores todos los días.<span id="more-317"></span></p>
<p>Las flores las iba a dejar una joven mujer que durante los primeros días depositaba el arreglo con llanto amargo.  Se persignaba y se quedaba en el lugar rezando durante algunos minutos, luego se marchaba perdiéndose por la Avenida Elena.  Sin saberlo, su desconsuelo la convirtió en heroína para la gente que esperaba ver las flores y la leyenda todos los días, algunos con la esperanza de que alguien los ame así alguna vez, por encima de las dificultades y el tiempo, contra todo pronóstico.  Los realistas en cambio, conocedores de los vaivenes de la vida, esperaban que acabara el amor eterno una vez la pobre mujer hallara consuelo.</p>
<p>El hombre por quien lloraba nuestra heroína había muerto en una trifulca de narcotraficantes, baleado dentro de su carro.  El suceso apareció en la prensa y se dijo su nombre, pero casi nadie conectó al narco con las flores del amor eterno.  Así, día a día la gente que pasaba a pie, en bus o en carro, esperaba que el amor eterno triunfara de nuevo, o que terminara, como terminan todos.  «Ahí está el amor eterno» decían las mujeres con sonrisa triunfal al ver las flores nuevas a la orilla de la carretera.  Los hombres en cambio decían pesimistas «a ver cuánto le dura».  Algunos curiosos esperaban temprano de la mañana a la mujer, que se aparecía siempre puntual a las seis de la mañana.  </p>
<p>Poco a poco la amargura se fue suavizando, y un mes exacto después de empezar con las flores diarias la mujer falló a la cita, para decepción de sus seguidores.  Al siguiente día, sin embargo, las flores ahí estaban, y las mujeres respiraron aliviadas cuando pasaron frente a la calle.  Este suceso no se volvió a repetir, hasta que después de tres meses de amor eterno, las flores cesaron.  La gente coincidía en que esas flores diarias recordaban el romanticismo perdido entre la rutina y el hastío de la agobiante vida moderna.  Así que cuando ya no llegaron más, la gente las extrañó como se extrañan los buenos amores pasados.  Sin embargo, el amor eterno reapareció fugazmente por tres días al cumplirse los seis meses, con todo y las lágrimas amargas de los primeros días.  La gente entonces volvió a sonreír al pasar por esa calle.</p>
<p>La última aparición del amor eterno fue cuando se cumplió un año.  Nuevamente apareció la acongojada mujer, que entre sollozos colocó la ofrenda floral del amor eterno.  Se persignó y rezó algunas oraciones, y luego se marchó del brazo de un tipo de bigote, que llevaba botas vaqueras, un cigarro encendido en la mano y una pistola al cinto.</p>
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