Anecdotario.net » Religión http://www.anecdotario.net Anécdotas, historias y relatos Tue, 07 Feb 2012 07:25:43 +0000 en hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.0.1 El fin del mundo http://www.anecdotario.net/el-fin-del-mundo/ http://www.anecdotario.net/el-fin-del-mundo/#comments Tue, 19 Oct 2010 13:30:20 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/?p=980 Nunca se me va a olvidar la noche en que el pastor dijo que el fin del mundo sería a la medianoche del 31 de diciembre del 2009. Era un viernes lluvioso de septiembre. Todos los que estábamos ahí exclamamos un ¡oh! de sorpresa y un amén de aceptación. Él dijo que eso le había sido revelado por Dios, pero que no nos preocupáramos, que el Señor tendría piedad de nosotros si hacíamos lo que él nos decía.

Yo tuve una mezcla de miedo y alegría.

Miedo a lo que se venía y alegría por ser uno de los escogidos para saber la noticia antes de tiempo. El pastor siempre había sido un hombre santo. Recuerdo que cuando yo estuve desempleado me llegó a visitar a la casa y me dejó víveres y vales para el supermercado. Nunca se me va a olvidar. Por ese gesto yo fui uno de sus más fieles seguidores.

Al final del servicio la noche del anuncio, hicimos la oración de costumbre y pese a la mala noticia nos fuimos contentos a nuestras casas. Era el fin del mundo, pero el Señor no nos abandonaría. Nunca en la vida había estado tan feliz. Al mundo le quedaban un poco más de tres meses de existencia y nosotros lo sabíamos, lo esperaríamos e iríamos al cielo. Jesucristo bajaría del Paraíso y nos iríamos con él. Nuestras penas acabarían. Me olvidaría de mi matrimonio fracasado, de la muerte de mi hijo y de mi jefe explotador. Sin embargo, el pastor nos prohibió hablar del asunto con los amigos y familiares que no perteneceran a la iglesia. Esto me entristeció porque yo quería que mi hermano y su familia, mi papá y mi tío también estuvieran enterados y se prepararan. También mi exmujer, con la que al fin y al cabo tuvimos algunos momentos felices.

El día del anuncio el pastor no dijo nada más, sólo citó al Apocalipsis, y nos dijo que si queríamos dormir esa noche en la iglesia, para estar todos juntos, que lo hiciéramos. Muchos nos quedamos, algunos fueron a traer colchones y frazadas para pasar la noche, otros, simplemente nos quedamos tratando de digerir la noticia. Era algo totalmente extraordinario e increíble. El fin del mundo, el final de los tiempos. Era muy difícil entenderlo, por eso el pastor nos pidió que sólo lo aceptáramos.

Durante toda la noche el pastor se dedicó a recibir a cada uno de los que nos quedamos en su despacho personal. Cada uno tuvo una entrevista privada, le contamos sobre nuestra vida, sobre los sueños que teníamos, sobre lo que hacíamos para vivir, sobre nuestra fe en Dios. Yo le conté que trabajaba en una oficina contable y que todas las fechas de entrega de impuestos eran siempre muy cansadas, con clientes que no entregan sus datos a tiempo, errores de último momento en los formularios y colas interminables en los bancos. Y encima, mal pagado. Le conté de cuando conocí a la Susan, y de cuando nos casamos y tuvimos al Carlitos. El Carlitos era un niño muy dulce, no sé por qué designio de Dios un día se cruzó en el camino un endemoniado que lo violó y lo asesinó. Yo lloraba mucho cuando le contaba esto al pastor. Hacía ya ocho años de aquello, pero yo siempre lloraba al contarlo. El pastor me escuchó con paciencia y sus palabras me hicieron sentir bien. La gente, cuando uno le cuenta su historia, se asusta y puede que llore, pero no llora porque sienta solidaridad, sino porque le da miedo que le pueda suceder lo mismo. El pastor no era así.

Regresé a mi casa hasta el otro día, un sábado gris. Seguía lloviendo. Dormí hasta el mediodía y descansé muy bien; no tuve esos sueños raros de siempre, en donde mi hijo pedía auxilio, o en donde me perseguía aquel toro con los ojos encendidos en rojo. Me levanté de buen humor, y al recordar lo de la noche pasada me pareció como un sueño. El fin del mundo. ¿Habrá sido verdad que el pastor dijo que el fin de año sería el fin del mundo?

El domingo, el pastor habló sobre el asunto. Habrían desastres naturales muy catastróficos, muchas muertes por huracanes, tsunamis, terremotos. Una guerra nuclear entre China y Estados Unidos. Una rara mutación de un virus de la gripe arrasaría con Europa y África. Estas y muchas cosas más pasarían antes del día final. El pastor contó, con muchas citas de la Biblia, que todo estaba ya escrito, pero sólo los escogidos podían ver lo que Dios tenía planeado. A nosotros, los que sabíamos del fin del mundo, nos esperaba la vida eterna. La gloria para siempre. Verdes praderas, la presencia divina, no más sufrimientos.

El pastor nos dijo que vendiéramos todo lo que teníamos y que colocáramos el dinero en una cuenta de la iglesia. Viviríamos como las primeras comunidades cristianas en la casa que había construido el año pasado. No nos haría falta nada. Eramos los escogidos, qué nos podía faltar. En este punto algunos abandonaron la iglesia. Se resistían al mensaje, no podían deshacerse de todo lo material. Morirían como los demás, nos dijo el pastor. Pero la mayoría nos quedamos. Familias enteras, parejas, niños huérfanos, solteros y solteras. El día que me pasé a vivir a la “Casa Final”, como le llamó el pastor, fue uno de los más felices que recuerdo. Todas las preocupaciones terminaban, y la seguridad de terminar en el Paraíso me provocaba una alegría enorme.

Hubo sin embargo algunas cosas que me parecieron extrañas. El pastor a veces se encerraba horas enteras por las tardes en un cuarto privado con una o dos de las mujeres de la iglesia. En ocasiones con jovencitas apenas adolescentes. Nadie decía nada, y las mujeres parecían felices al salir. Un par de hombres que protestaron por esto fueron expulsados de la Casa Final. También me pareció que algunos hermanos y hermanas de la comunidad parecían como zombies, como drogados. Creo que les daban diazepam o algo así, para ayudar a calmarles las ansias. Al menos eso me dijo uno de los hermanos que era enfermero.

Fuera de esto, no hubo mayor tensión entre los miembros. Eramos muy unidos, y cada uno cumplía su labor asignada. El pastor era estricto con la supervisión de las labores. En ocasiones le tocaba levantar la voz, pero era porque nosotros no cumplíamos. Una vez lo vi golpear a un muchacho en la cara: el joven había dicho que lo del fin del mundo le parecía una estupidez. También fue expulsado.

Así pasaron octubre y noviembre. En diciembre, el último mes del hombre en la tierra, aún no habían empezado todos los desastres, enfermedades y guerras que había predicho el pastor. Nos dijo que no desesperáramos, que todo se cumpliría. Así estaba escrito, tengan fe, decía con autoridad. Yo estaba convencido de que el mundo terminaría. Pero en un instante de debilidad, una vez que fui a traer víveres para la comunidad al mercado, hice dos llamadas. La primera, a mi exmujer. Le conté lo del fin del mundo, y se rió sonoramente. Idiota, me dijo. Pero al final me deseó suerte, y me dijo algo que tampoco olvidaré: mirá Noé, yo ya no te quiero, pero cuánto te quise, de veras. Suerte, pero deberías salirte de esa iglesia. Y colgó.

La segunda llamada se la hice a mi hermano. A él sólo quise saludarlo y preguntarle por su mujer y mis sobrinos. Todos estaban bien, la nena había estado en el cuadro de honor en el colegio; el nene jugaba futsal en un equipo y era bueno; iba a irse de viaje a España son su equipo el año que viene. Me alegré por ellos, pero no le conté nada del fin del mundo. Adiós hermano, le dije al final. Hablamos otro día, dijo él, gracias por llamar.

Esa noche soñé con el último día. Soñé que estaba en un chalet del Puerto de San José a donde iba de niño y el mar estaba bravo y una gran ola arrasaba con todo. No se cómo yo en un momento estaba viendo la playa por la ventana de la sala y al siguiente estaba debajo del agua, aguantando la respiración. Pero cuando ya no pude entonces empecé a tragar agua y a ahogarme. Me desperté gritando.

Así que estábamos en diciembre sin ninguno de los desastres previstos por el pastor. En la primera semana se fueron varios de los hermanos, con sus familias, de la Casa Final. No dijeron que se iban, sólo salieron supuestamente a terminar de arreglar lo de su casa y propiedades, o al médico, o a visitar a algún familiar a manera de despedida, y no volvían. Quedamos 24 personas incluyendo al pastor. Los primeros en mostrar su enojo en diciembre porque no pasaba nada, fueron los dos gemelos Suárez, que tenían 16 años. Un día retaron al pastor burlándose del fin del mundo.

—No ha pasado nada de lo que dijo, pastor, ¿para qué quedarse aquí? —dijo uno de los gemelos una mañana soleada.

—Hay que tener fe, hijo —respondió el pastor.

—Si pues, pero no en usted, ¿verdad? —respondió el otro gemelo riéndose.

El pastor le dió una bofetada y les ordenó salir. Ellos se fueron contentos.

A mediados de diciembre fue que llegó un telenoticiero a hacer un reportaje. Alguno de los hermanos que habían abandonado la comunidad debió avisarles. Yo los atendí y simplemente les dije que no respondería nada. Me pidieron hablar con el pastor. El pastor salió, negó todo y regresó a su oficina. Los reporteros no tuvieron más que irse. A los dos días se fueron otras dos familias y quedamos sólo 15 personas. Eran la familia López, los Tórtola y los Díaz. Buena gente todos ellos. Hubo una decisión tácita de no hablar mucho del fin del mundo. Creo que a esas alturas tampoco nosotros pensábamos que fuera a suceder.

El mundo siguió afuera como siempre, son sus problemas de toda la vida, pero sin suceder nada extraordinario. Pasó la Navidad, y llegó el 30 de diciembre. El pastor nos reunió y dijo como de costumbre que debíamos tener fe y que seríamos los únicos salvos. Que éramos los escogidos. Fue tan convincente que volvimos a creer. Aunque ahora que lo vuelvo a pensar, tal vez no fue tan convincente; sólo decía lo que queríamos oír.

La noche del 31 bastantes de los que habían se habían ido de la comunidad llegaron. La alabanza comenzó a las seis de la tarde. ¡Ya viene el Señor, alabémosle! ¡Gracias Padre por darnos la oportunidad de redimirnos! Todos respondíamos amén. Pasaron las nueve, las diez. Llegaron las once de la noche. Seguíamos alabando con más fuerza; las mujeres y los niños lloraban. Llegaron las doce de la noche.

No pasó nada.

Seguimos alabando hasta las tres de la mañana, pero no hubo fin del mundo. A esa hora se empezaron a ir a casa los primeros. Yo esperé a las seis de la mañana para irme, me fui a un motel cercano a la colonia. Tuve que somatarle la puerta al encargado. Entré a la habitación y me dormí todo el día. Por la noche sólo salí a cenar y a pedirle dinero prestado a mi hermano. Empecé a considerarme un idiota por creer que el mundo se acabaría porque lo decía un tipo que parecía ser santo. Yo realmente deseaba con toda el alma que el mundo se acabara y así olvidarme de mis cosas. Quería encontrarme con mi hijo en el Cielo y olvidarme de la infidelidad de mi mujer. Olvidarme del desprecio de mi jefe, de mi existencia tan aburrida. Deseaba ser parte de algo grande, de la historia de la humanidad. De por fin, por una sola vez en la vida, estar en el momento y el lugar adecuados.

A pesar de todo, y de que mi hermano no me recibió con mucha alegría, me emocioné al saludarlo a él y a su familia. No quise quedarme mucho tiempo, pero me sentí aliviado de intercambiar bromas y tomar cáfe con su familia. A pesar de la distancia que siempre hubo entre nosotros, éramos familia. Pensé entonces que todo había sido nada más que una oportunidad para comenzar de nuevo, buscaría un nuevo empleo; con lo poco que tenía en el banco me alcanzaba para algunos meses. Si no, miraría qué me inventaba; hasta vender baratijas en los buses era una buena opción. Por la noche llamé a mi papá, estaba bien.

Volví a la iglesia la mañana del 2 de enero de 2010. Pensaba decirle al pastor que no se preocupara, que se había equivocado, pero que debía empezar de nuevo. Dios no lo desampararía. No había nadie en la iglesia. Grité, sin respuesta. No lo encontré en la oficina. Entré a la Casa Final, caminé a su dormitorio y abrí la puerta. Vi el cuerpo inerte del pastor, colgando por el cuello de un lazo que había atado a una de las vigas del techo. Unas molestas moscas verdes lo rodeaban.

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Apuntes para una historia http://www.anecdotario.net/apuntes-para-una-historia/ http://www.anecdotario.net/apuntes-para-una-historia/#comments Tue, 23 Oct 2007 17:59:15 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/archives/20071023/apuntes-para-una-historia/ Héctor perdió a su esposa y sus dos hijos en un accidente de tránsito. Como suele suceder en estos casos, se volvió un ateo agresivo, de aquellos que no soportan la religión y que consideran estúpidos e inferiores a los creyentes. Lo manifestaba tan fanáticamente que era desagradable. Como suele suceder también en estos casos, se convirtió en un borracho infeliz, perdió su trabajo y la brújula total de su vida, un desastre, el pobre.

Sin embargo, como también suele suceder en estas historias, surge una dama que rescata a Héctor. La joven y agraciada Leticia lo trata como enfermera una vez en el hospital y como no tiene nada más que hacer, decide que va a enamorarse del tipo este, porque las mujeres siempre piensan que con amor se puede rescatar hasta el más desgraciado. Además, piensa Leticia, con un poquito de comida engordará y rasuradito ya no se verá tan mal, el pobre.

Leticia entonces rescata a Héctor de las redes de la desgracia, le vuelve a poner la sonrisa y las ganas de vivir, y Héctor ya no es infeliz, y hasta asiste a la iglesia de nuevo, donde levanta siempre su mano derecha diciendo amén y llora y se siente cerca de Dios.

Pero resulta que Leticia va y se enamora del pastor de la iglesia. Juntos se fugan a otro país donde fundan una nueva iglesia, en donde el pastor conoce a una dama joven y agraciada con la que se fuga a su vez a otro país. Mientras tanto Héctor funda una iglesia, porque vio que eso da dinero y mujeres, y al fin y al cabo, todos acabaremos muertos, mejor darse una buena vida antes. Se entera de que a Leticia la dejó el pastor y va a buscarla, la encuentra totalmente abandonada y decide que ahora él va a rescatarla de la desgracia. Con paciencia logra que se recupere y después la deja, esta vez para siempre. Leticia ya recuperada se emplea en un hospital de nuevo y un día ingresa a la emergencia otro ateo fanático borrachín, al que decide rescatar porque no tiene nada más que hacer.

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Buenas nuevas http://www.anecdotario.net/buenas-nuevas/ http://www.anecdotario.net/buenas-nuevas/#comments Mon, 29 Jan 2007 06:15:44 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/archives/20070129/buenas-nuevas/ Tres de la tarde en una colonia mixqueña cercana al límite con la ciudad de Guatemala. Yo estoy calentando mi almuerzo en el microondas y llegando tarde al partido del Barça contra el Betis por la tele. Me entero de que va perdiendo el Barça por un gol cuando está iniciando el segundo tiempo del partido. Me siento a la mesa a comer y a esperar que el Barça empate o que por lo menos Ronaldinho haga una de esas de jugadas diferentes que le hacen ganar tantos millones pero que en el mundial ni señas dieron. La cosa no se mira bien para los blaugranas, entonces suena el timbre y pese a un extraño presentimiento contesto el intercomunicador, para mi maldición.

—Buenas tardes, somos testigos de Jehová, mi nombre es Elder.

—Buenas tardes —contesto, lacónico y enfático, con la boca llena de una tortita de carne, acompañada de arroz y tortilla de maíz.

—Tal vez nos permita pasar a darle un mensaje de salvación.

—Yo ahorita estoy almorzando.

—Bueno, entonces cuando termine de almorzar. Tal vez podamos venir en una hora.

—Después tengo que trabajar.

—Entonces tal vez nos reciba en la noche, si quiere.

—No, no tengo tiempo.

—¿Qué edad tiene usted?

—32 años.

—¡Uh, ya está grande!

Después de ese golpe bajo a mi orgullo sigue un silencio que espero interprete el infantil de kinder que está al otro lado del intercomunicador. Rafa Márquez anota de cabeza el gol del empate para el Barça y yo no puedo celebrar con los brazos levantados porque ahí afuera está un niño de pañales que piensa que soy un pobre pagano de la tercera edad a quien va a salvar vendiéndole un par de atalayas.

—¿Sabía que viene un gran tribulación para la humanidad y que en la palabra está escrito?

—Mirá —le digo al cuate, ya molesto—, yo me sé la biblia de memoria, pero no practico ninguna religión, ni me interesa.

—Pero usted cree en Dios y en Jesucristo.

Tengo la tentación de decirle que soy feligrés de una secta satánica para espantarlo, pero mejor no se lo digo porque ese tipo de rumores corren rápido y no tardarían los vecinos en empezar a mirarme con más desconfianza de la habitual.

—Sí creo, pero no vamos a coincidir en nada. (¡Además me dijiste viejo, puberto infeliz!)

—Tal vez podamos venir en la noche u otro día —insiste el empecinado chirís, y casi puedo escuchar cómo le da sorbo a su biberón.

—No, no me interesa.

—Entonces tal vez nos pueda dar su número de teléfono.

Entre dientes, lo más rápido posible, le doy mi número de celular. Con esto al fin me deshago del tal Elder y puedo volver a comer y al partido del Barça, no sin maldecirlo a él y a su madre por decirme viejo y por hacerme perder el gol de Rafa Márquez. Entra Xavi sustituyendo a Giuly. Y me paso el resto del encuentro esperando inútilmente alguna jugada, algún gol, alguna fanática desnuda corriendo por el campo o cualquier cosa que me haga olvidar que dentro de poco seré un anciano decrépito y aburrido, mientras por la calle se pasean los testigos de jehová, presumiendo de juventud, con sus atalayas y sus apocalipsis y su extraña manera de arruinar las tibias tardes soleadas de enero en Guatemala.

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Mal espíritu http://www.anecdotario.net/mal-espiritu/ http://www.anecdotario.net/mal-espiritu/#comments Mon, 06 Nov 2006 06:15:54 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/archives/20061106/mal-espiritu/ El sábado a la noche, Esteban fue a la vigilia de la iglesia evangélica de su colonia. Se llevó al Pancho, su hijo de nueve años, quien no iba de muy buena gana que digamos. Panchito se durmió en la banca a eso de las diez de la noche, y Esteban —que había tenido un día agotador de trabajo y luchaba por no dormirse también— lo tapó con su chumpa de lona. Cuando terminó la ceremonia, al filo de la medianoche, Esteban se despidió de los feligreses y del pastor, y cayéndose del sueño se fue para su casa, buscó rápidamente su cama y se durmió al instante. Pero Panchito no iba con él.

Una hora después de que la iglesia se cerrara, Panchito despertó. Vio todo oscuro y sintió miedo, pero decidió ser valiente y no empezar a gritar porque podría asustar al pastor, que vive a la par de la iglesia. Y porque si su papá lo encontraba llorando le iba a pegar. Se desperezó y empezó a buscar la salida, tropezándose con las bancas.

—Hay alguien en la iglesia —le dijo su mujer al pastor Abraham.

El pastor le respondió que no hiciera caso, que lo dejara dormir. Pero Panchito en una de esas botó al suelo un florero y se escuchó nítidamente en el dormitorio de la pareja, poniendo en alerta al pastor.

—Debe ser un ladrón, voy a ver —dijo el pastor a su mujer, con el bate de béisbol de su hijo empuñado—. Que sea lo que Dios quiera.

El pastor fue hasta la puerta de la iglesia y pegó su oreja. Escuchó cómo alguien desesperadamente quería forzar la puerta donde guarda las ofrendas. Temiendo lo peor, puesto que los ladrones no se tocan el corazón para disparar incluso a hombres de Dios, volvió a su casa y llamó a un par de feligreses de la iglesia que vivían cerca.

Mientras tanto, Panchito quería abrir todas las puertas que se le ponían por delante, y estaba a punto de llorar, pero se acordaba que su papá le había dicho que sólo las mujeres y los huecos lloran. Y él era hombrecito. Se sentó en una banca, derrotado, y pensó que de repente le tocaba quedarse el resto de la noche en la iglesia, así que empezó a orar: “Diosito, te pido que mi papá no se enoje ni me pegue por quedarme dormido aquí. Yo no quise dormirme pero se me cerraban los ojos y ya no pude aguantarme”. Luego se paró para buscar agua porque tenía sed.

A los cinco minutos llegaron los fieles con el pastor y al acercarse a la puerta, escucharon pasos adentro de la iglesia.

—¿No será que es un mal espíritu, hermano? —le dijo uno de los fieles al pastor.

—Por supuesto que no, cómo van a pensar eso. Es un ladrón que le quiere robar al Señor las ofrendas y no debemos permitírselo.

Panchito escuchó las voces, se acercó a la puerta y empezó a golpearla, desesperadamente.

—¡Se los dije, es un mal espíritu! ¡Está desesperado porque está en la casa de Dios! —exclamó convencido el feligrés.

—¡No! ¡Soy Pancho, me quedé encerrado!

El pastor abrió al fin la puerta de la iglesia y salió Panchito con sus grandes ojos llorosos. Llamaron a Esteban y éste vino corriendo. Se mostró avergonzado por no haberse dado cuenta del olvido, pidió disculpas, agradeció al pastor y a los hermanos la atención y se fue con Panchito a su casa.

El pastor se quedó observándolos y escuchó claramente cuando Esteban, antes de doblar por la esquina, dándole un sopapo a su hijo, decía:

—¡Y nada de estar chillando! ¡Patojo hueco!

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Devoción http://www.anecdotario.net/devocion/ http://www.anecdotario.net/devocion/#comments Thu, 24 Nov 2005 06:15:12 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/archives/20051124/devocion/ En la casa de mis abuelos maternos había una imagen de Cristo crucificado de regular tamaño, hecha de madera. Como ellos tenían una farmacia, algunos de los clientes se enteraban de la existencia de la imagen y a veces entraban a rezar frente a ella. Una vez llegó un humilde albañil, que con gesto calmado pidió que lo dejaran entrar para rezarle al Cristo, a lo cual accedió una de mis tías, la que estaba atendiendo la farmacia. A los cinco minutos otra de mis tías estaba echándolo a patadas de la casa, indignada y furibunda. El hombre estaba pidiéndole al Cristo que le ayudara a juntar sus centavos para ir donde las putas.

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Adiós Juan Pablo http://www.anecdotario.net/adios-juan-pablo/ http://www.anecdotario.net/adios-juan-pablo/#comments Sun, 03 Apr 2005 03:11:40 +0000 José Joaquín López http://www.anecdotario.net/archives/20050402/adios-juan-pablo/ Cuando vino Juan Pablo II por primera vez a Guatemala yo era un güiro de ocho años. Mi papá le tenía un pavor terrible al tumulto de gente y decidió que lo íbamos a ver desde un balcón del Hotel Colonial, que queda en la séptima avenida de la zona 1 de la ciudad de Guatemala.

La noche del seis de marzo de 1983 llegamos al hotel y lo primero que hizo el Julio Héctor fue meterse al closet de la habitación y empezar a jugar a que era un cohete espacial. Abría la puerta y hacía una estación, luego la cerraba y continuaba con su viaje estelar. Era todo un acontecimiento dormir fuera de casa.

En ese tiempo la guerra civil estaba cobrando víctimas inocentes, el ejército masacraba poblaciones enteras y apenas el año anterior la embajada de España se había incendiado provocando la muerte 30 campesinos y varios miembros del cuerpo diplomático, a consecuencia de órdenes de gente del gobierno.

La gente hacía alfombras para que pasara el carro papal. Llaveros, posters y demás souvenirs estaban a la orden del día. Protestantes que habían tenido algún pasado católico compartían también la alegría de ver al papa.

Estuvimos atentos para verlo pasar desde el balcón la mañana del siete de marzo. Grité como si hubiese sido un gol de la selección: “Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo”. El Julio lo vió un poco más de lejos porque le tenía miedo a las alturas. En realidad yo también, pero lo enfrentaba a pesar de que el balcón de metal vibraba y me ponía algo nervioso. Eso duró menos de cinco segundos, después vimos perderse al vehículo por la séptima avenida, buscando la Catedral Metropolitana donde oficiaría una misa.

Todavía cuando escucho ese himno que dice “Bendito el que viene en nombre del Señor” siento esa emoción de la primera venida del papa y recuerdo cómo deseaba ser de ese coro de niños que estaba en la misa y que cantaba ese himno.

Yo no sé cómo habrá sido el recibimiento para el papa en otros países. Aquí no ha habido fenómeno mediático más grande que sus tres visitas. Alfombras hechas de aserrín y palmas de varios kilómetros de largo, caras viejas y jóvenes sonriendo, gente abarrotando las calles y sintiéndose parte de algo. Por esa alegría y el mensaje que traía, por su solidaridad con el pueblo guatemalteco en los momentos más difíciles y por hacer que nos olvidáramos de nuestros problemas por unos cuantos días, muchos le estamos agradecidos y de corazón sentimos su muerte.

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