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Mal espíritu

El sábado a la noche, Esteban fue a la vigilia de la iglesia evangélica de su colonia. Se llevó al Pancho, su hijo de nueve años, quien no iba de muy buena gana que digamos. Panchito se durmió en la banca a eso de las diez de la noche, y Esteban —que había tenido un día agotador de trabajo y luchaba por no dormirse también— lo tapó con su chumpa de lona. Cuando terminó la ceremonia, al filo de la medianoche, Esteban se despidió de los feligreses y del pastor, y cayéndose del sueño se fue para su casa, buscó rápidamente su cama y se durmió al instante. Pero Panchito no iba con él.

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Otro avión que no se cae

De pequeño tenía la certeza de que moriría en un desastre aéreo o como víctima de fuerzas ocultas que tratarían de callar mi lucha por los más débiles. Pero como nunca he luchado por los más débiles, estoy seguro de que moriré en un accidente aéreo de proporciones mediáticas. Con esa idea tomé el avión que me llevaría desde México a Madrid, idea que corría el peligro de volverse realidad cuando el capitán del avión anunció que el vuelo se retrasaría por un “pequeño inconveniente” con el sistema de frenos. Al pequeño inconveniente tuve oportunidad de verlo por la ventanilla: unas paletas del ala derecha no se movían. Entonces pensé, teniendo a la muerte rondándome, debería reflexionar sobre el sentido de la vida, debería recordar todos los buenos momentos vividos. Dediqué un par de minutos a tal menester y me puse a dormir un poco. Luego de dos horas el capitán anunció que ya estaba resuelto el clavo y que en ese momento arrancaría el vuelo. Empieza la cuenta regresiva, pensé.

Empecé a pensar en cómo debería ser mi actitud cuando anunciaran que el avión se iba a estrellar contra el mar. Creo que es cuestión de tener una actitud digna, una resignación serena y algunas lágrimas para demostrar que somos humanos y que nos duele decir adiós a la Tierra. Como en cualquier desastre aéreo —seguía pensando—, seguro surje más de alguna vieja histérica que se ponga en shock. Debido a mi preparación psicológica para el momento, mi deber sería darle un par de cachetadas y decirle que debería estar agradecida con la vida porque ya había vivido bastante, que mejor mirara cómo ese niño de la derecha va tan sereno y ella tan grandota con histeria. Con este gesto muy probablemente llamaría la atención de la rubia chichuda que estaba dos asientos adelante del mío, que me sonreiría pensando “este cuate sí que tiene una actitud digna y resignación serena”, y yo me acercaría y le diría en inglés que si salíamos de esta que la invitaba a un café y ella diría que sí en español, porque estaría segura que nos moriríamos.

Luego medité sobre sobre la pregunta existencial clásica: ¿para qué estamos en este mundo? y después de algunos minutos de seria reflexión sin encontrar respuesta, me dormí. De todos modos de estrellarse el avión, la caída libre del aparato y los gritos de los pasajeros me despertarían. Y cuando desperté, todavía estaba allí. Si uno espera mucho la muerte, la cosa es aburrida, pensé.

La cola del banco

Si vas al banco el día de pago cuando saliste tarde por culpa de López el contador, y necesitás el pisto para invitar a la chava de la recepción que al final de las cansadas te aceptó un cine, seguro encontrás que la cola sale del banco y termina a mitad de la cuadra. Resignado hacés la cola y tenés que estar ojo al macho para que nadie se cuele y cuando llegás a la puerta le caés mal al policía, que te registra hasta los zapatos y te dice que no alegués porque sinó no te deja entrar. Y entrás y no hay sistema, esperás media hora rezando para que vuelva y parece que dios sí te hizo caso y vuelve, pero sólo faltan 25 minutos para que cierren el banco y todavía hay cola. La cola empieza a avanzar y todo parece ir mejor, está caminando y llega hasta tres turnos antes que vos pero sólo un cajero atendiendo. Y pasan dos de los tres y ya sentís un poco de alivio, porque ya con el pisto invitarás a la recepcionista —que te está esperando en el edificio—, que no es que esté tan rica que digamos, pero tiene ese nosequé, usa un perfume que le queda rebién, es amable y buena onda, y cuando se pone su minifalda gris se ve fenomenal. Vas a ser chistoso, ameno y romántico, vas a sacar tu genial repertorio de frases ocurrentes y a la recepcionista no le va a quedar más remedio que darte un ardiente beso con lengüita, signo inequívoco de que este arroz ya se coció. Pero resulta que el tipo que está delante de vos en la cola, cuando le toca su turno saca de su portafolio mil cheques con mil depósitos y el desgraciado, ajeno a tu causa desesperada, no voltea a ver para que vos podás decirle que sólo vas a cambiar un pinche cheque. Cierran la puerta del banco y ya sólo vos y el cuate de los mil depósitos están de clientes. Por fin llegás a la ventanilla y el cajero te asusta diciendo que no hay fondos. No puede ser, le decís vos casi histérico y él vuelve a revisar la pantalla y sí tiene fondos y te paga. Salís del banco hecho pistola para regresar al edificio y entonces mirás que la recepcionista ya no te esperó y justo está cruzando la esquina con López, el contador maldito que te pagó tarde para arruinarte la vida.

Propósitos de año nuevo

Cuando comienza un año la gente acostumbra a ponerse metas, a pensar en nuevos proyectos: un estúpido atisbo de esperanza y lucidez le hace creer que puede. Este año sí me gradúo, este año voy a poner mi negocio (ahora sí), voy a empezar mi dieta para bajar las 30 libras de más que tengo, ahora sí me voy a levantar trempano todos los días, voy a tenerle paciencia a mis viejos, este año no me conecto tanto a internet para mejorar mi rendimiento en el trabajo, ya no voy a fumar (mucho), etc, etc.

Pero luego de un par de meses la gente se olvida de todo porque se cruza la pereza, la cerveza y algunas cosas más. Y de ahí viene la angustia de saberse un pusilánime incapaz de cumplir con sus metas, luego la depresión, y ya cuando la gente se empieza a sentir más cucaracha, se da cuenta de que es noviembre, y entonces comienza a pensar en los propósitos del año nuevo.

Devoción

En la casa de mis abuelos maternos había una imagen de Cristo crucificado de regular tamaño, hecha de madera. Como ellos tenían una farmacia, algunos de los clientes se enteraban de la existencia de la imagen y a veces entraban a rezar frente a ella. Una vez llegó un humilde albañil, que con gesto calmado pidió que lo dejaran entrar para rezarle al Cristo, a lo cual accedió una de mis tías, la que estaba atendiendo la farmacia. A los cinco minutos otra de mis tías estaba echándolo a patadas de la casa, indignada y furibunda. El hombre estaba pidiéndole al Cristo que le ayudara a juntar sus centavos para ir donde las putas.

Problemas tenísticos

Mi amigo R se compró unos zapatos tenis, coquetos y baratos. Luego yo pasé por una tienda y vi unos que me gustaron y los compré sin pensarlo mucho. Y resultaron ser iguales a los de mi amigo R (no sé qué cosa tendrá eso de poner sólo la inicial del nombre de tu amigo (costumbre de algunos bloggers buenos y otros malos (cosa que no tiene necesariamente que ver con la forma de escribir)), tal vez sería mejor llamarle Pancracio en lugar de sólo R). Bueno, les decía, Pancracio tiene unos zapatos tenis igual a los míos, pero yo los compré después. Ya se los había visto antes de comprar yo los míos, pero no me recordé de ello cuando los vi en la tienda.

El problema es que a R, digo Pancracio, por razones musicales, lo veo todos los fines de semana. Y entonces resulta que no puedo usar los míos cuando me voy a juntar con Pancracio, porque se mira mal eso de no ser original y tener zapatos iguales. Pero pienso en cuántos cientos o miles de gentes también compraron el mismo estilo de zapatos y andarán ahí por la calle creyendo que son originales. Lo más probable es que ellos no tengan un amigo Pancracio que tenga esos zapatos y pueden entonces salir libremente con sus zapatos el fin de semana, no como yo, que tengo el inconveniente de Pancracio.

Tal vez debería de cambiar de ambiente social, pienso. Sería bueno establecer relaciones sociales diferentes a las que tengo y aprender más. Porque la vida es una escuela donde nunca se termina de aprender (nótese mi clara influencia Coelhística).

Pero luego pienso que no, que no me interesa realmente alejarme de la música (aún con todo el amateurismo que tenemos en el grupo, y que en ocasiones ofende a los muy exquisitos, justo como pasa a veces con esta página). Por ese amor a la música, me he resignado —no sin pesar— a no usarlos, y a esperar, pacientemente, a que Pancracio deje de usar los suyos. Me parece una buena solución.

Torre del Reformador

Ayer iba manejando por la séptima avenida de la zona nueve, casi llegando a la Torre del Reformador. Venía pensando en cómo hacer para que este blog tenga mil visitantes diarios, en qué nombre le pondría a mi primera hija, en qué hacer para no salir tan pisado a fin de mes, en que sería calidad que algún día Guatemala fuera de primer mundo y que la gente se divirtiera tirando tontuelas diatribas en contra de la Iglesia Católica creyendo que así demuestra su libertad, así como suelen divertirse los españoles en sus blogs. No me di cuenta de que el semáforo estaba en rojo hasta que ya estaba justo debajo de la Torre; entonces sentí una punzada en el corazón seguida de un frío jaleo que lo dejó latiendo impaciente en mi estómago. No pasó nada, me persigné y seguí mi camino.

La Selección de Guatemala pierde con México

Para todos los efectos legales, yo no fui a comprar mi entrada de general norte para el partido contra México, no tenía la ilusión de que la selección ganara, no estuve el sábado cuatro de junio desde las cuatro de la tarde en el estadio Mateo Flores y no vi perder en vivo a mi selección por dos a cero. Creo, sin embargo, que el árbitro tuvo culpa: si hubiera marcado los cinco penales clarísimos que le cometieron a nuestros jugadores, hubiéramos goleado cinco a dos a los mexicanos. Pero es evidente que todo lo tenemos en contra.

Otro que no colaboró con la selección fue el eshpañol-mexicano Rafa Márquez. Yo me pregunto: ¿por qué jodidos el pisado ese no dejaba que nuestros delanteros llegaran al área? ¿qué le costaba hacerse el loco alguna vez para que metiéramos gol? Después viene y dice a la prensa con toda la desfachatez del caso: “Bueno, puesh hombre, que eshte partío lo hemos ganao porque Megjico fue shuperior. Eshosh tíosh de Guatemala no nosh inquietaron, vale.”

Así no se puede.

Nuestros jugadores, por otra parte, no entendieron la jugada del arquero Foster. El no cometió el error del primer gol así por así. Foster notó que los del medio campo y los delanteros no la estaban haciendo, y se dijo a sí mismo: “mí mismo: ahora andá por la pelota y hacé como que la querés agarrar pero hacé que se te caiga, así nos meten gol y se pone más las pilas el equipo”. Pero los jugadores en lugar de ponerse más las pilas se pusieron a echarle la culpa de su supuesto error, en lugar de comprender el mensaje y meter goles. Luego vino Pablo Melgar y se dijo a sí mismo: “mí mismo: como están las cosas, no voy a meterle gol a México, mejor me echo un autogol”. Y en efecto, lo hizo.

Para mí que la estrategia de Guatemala debería ser echar goles y ganar los partidos. Porque así perdiendo, no creo que lleguemos al mundial de Alemania.

We are the champions

Ayer por la tarde se jugó la final de Champions League. Liverpool se enfrentó al Milan, pero como no soy simpatizante de ninguno de los dos equipos no me interesé mucho en el juego. Sucedió que me enteré en la calle cuando iba a una diligencia de trabajo —por medio del radio de un chiclero de la parada de autobús—, que iban a tiempo extra después de empatar tres a tres. En el camino de regreso a la oficina, después de la diligencia de trabajo, me puse a ver los últimos penales de la contienda desde afuera de una librería en donde tenían una tele con el partido y donde a su alrededor también habían otros cuates que deberían estar trabajando. No me importaba quién ganara, yo le iba al ganador. Y entonces ganó el Liverpool —la tierra de Los Beatles, pensé—, y vi de nuevo esa efuria de campeón de los futbolistas al concluir el partido, vi cómo corren desaforadamente a abrazarse, felices y realizados por su éxito; y cómo en los graderíos también su gente celebra con locura. Entonces me regresé a la oficina silbando, sin hacerme preguntas tontuelas de por qué me sentía contento de que ganara el Liverpool.

Ley de las dos opciones

Resulta que a veces te topás con que tenés dos opciones: la primera y la segunda. La primera es generalmente la más lógica, la que te aconsejan tus papás, la que acepta la sociedad hipócrita (valga la redundancia), la que va más a la segura, la que te causa menos incertidumbre. La segunda, en cambio, te ofrece más aventura, es algo más arriesgada, es la que no le gusta a tus papás ni a la sociedad, es la que yo no tomaría si fuera vos. Si tomás la primera opción, te arrepentirás de no haber probado la segunda, aún cuando te vaya bien. Si tomás la segunda, lo más seguro es que te vaya mal, y si te va mal te la vas a pasar echándote pestes por ser tan mula y no haber tomado la primera opción desde el principio. O sea, en conclusión, vos nunca vas a estar conforme, salvo que te vaya bien con la segunda opción.

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