Relatos, historias y cuentos - Gente
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El hospital

Me ingresaron al hospital  una noche de viernes por una apendicitis. Creo que tuvo buen ojo el médico porque desde que me evaluó me dijo que era apendicitis pero que de todos modos había que confirmarlo con exámenes. Ingresado al hospital, en espera del cirujano y con una inyección para el dolor estaba aliviado y viendo videos y memes redes sociales. Salieron positivos los exámenes y en efecto era el apéndice, había que sacarla.

La invitación

Margarita trabajaba en una tienda de ropa en un comercial concurrido. Su sonrisa, juventud, belleza y actitud hacían que llegara a sus metas de venta. No ganaba bien, apenas le alcanzaba para pagar su cuarto en una casa de huéspedes.

El perdedor

A Frank siempre le salía todo mal. De niños lo escogíamos de último para jugar fútbol porque era malo. Cuando lo enviaban a la tienda nunca hacía el mandado bien, o le faltaba vuelto o no compraba lo que tenía que comprar. En el colegio perdía las clases y siempre terminaba castigado por cosas que él no hacía. Lo que nunca le faltó fue buen corazón.

El premio

Un día envié un mensaje de texto del celular para participar en un concurso de la televisión. Ya lo había hecho otras veces y no me había ganado nada, pero enviar un mensaje de texto no era costoso así que lo envié de nuevo. Gané cien quetzales y brinqué de alegría. Mis hermanos y mi mamá también lo celebraron, nunca nadie de nosotros había sido mencionado en la tele ni ganado nada.

La Diabla

Le decían la Diabla porque tenía un tatuaje de un diablito sonriente en la parte baja de la espalda. Trabajaba como independiente en un prostíbulo popular en el que las mujeres alquilaban cuarto por día. Se paseaba totalmente desnuda por el patio central cuando no le caían clientes a su cuarto. Algunos en lugar de sentirse atraídos pensaban que estaba loca. A las mujeres no les gustaba que se exhibiera y regaban la bola de que tenía sida.

El oficinista desaparecido

Un día de tantos desapareció Joaquín, un empleado de la oficina. Hacía bien su trabajo, era puntual y ninguno le conocía ningún vicio. Estaba casado, tenía dos hijos e iba a la iglesia. Un tipo normal, un tipo promedio. Dejó de llegar a la oficina un miércoles sin decir nada y ninguno prestó mayor atención, hasta que la esposa preocupada llamó para preguntar si sabíamos algo de él.

El guitarrista

Nino era extremista: amaba u odiaba intensamente y con la única persona en el mundo que podía entenderse era con su madre. Era a la única persona a la que él respetaba. Delante de ella no podía tomarse un trago ni fumar un cigarrillo. Yo siempre fui su amigo de lejos, porque solía ser hiriente cuando uno le contradecía en algo. Pero era un músico excelente, uno de los mejores guitarristas que he escuchado en la vida. Y su muerte no podía dejar de ser trágica, como les contaré.

Las predicciones de la abuela

La primera vez que la abuela predijo la muerte de uno de mis tíos nadie le creyó. El tío Luis era el más joven, deportista y de buen carácter. La abuela le dijo que se sentía triste porque iba a morir de algo del corazón. El tío Luis se rió y le dijo, madre, todos lo haremos. Sí hijo, pero vos te vas a morir en menos de dos semanas, contestó la abuela.

Una rosa amarilla

Se me antojó una cerveza y bajé a comprarla a la tienda. Era una noche templada, con viento fresco. Estaba tranquilo el ambiente. El muchacho de la tienda estaba contento, ayer había nacido su hijo. Me quedé ahí a tomarme la cerveza. La vecina del apartamento de arriba bajó y llegó a la tienda. Vestía unos shorts que le quedaban lindos. De repente se oyó un ruido como un choque o explosión y salimos, temerosos, a ver qué pasaba. El vecino del apartamento del séptimo nivel se había tirado de la azotea del edificio.

La venganza del Barrio

Una llamada llegó exigiendo una colaboración para el Barrio, una pandilla peligrosa. La voz que llamaba dijo los tres nombres de los hijos de Antonio, quien sudó frío al escucharlos. Sabían a qué hora salían de casa, a qué hora llegaban y además dijo que la Caty era una niña muy linda y que sería una pena que alguien le hiciera daño. La misma voz dijo que conocían su pasado y que ni pensara en hacer denuncia. Antonio conocía muy bien qué era lo que le esperaba porque él mismo, hacía algunos años, hacía esas llamadas.

El club

Entre los colegas que venían de Honduras para entrenamientos en Guatemala estaba Francisco, un compañero un tanto nervioso pero buena onda que había venido varias veces. Era un tipo reservado y muy religioso que siempre cargaba su biblia y si había oportunidad te predicaba sobre la vida en Jesús. Era bueno en su trabajo y cumplía sus metas de ventas, así que los dueños de la empresa estaban contentos con él. Cuando con los demás salíamos a tomar algunos tragos él no nos acompañaba. Sin embargo, la última vez que vino por acá se unió al grupo y me solicitó que yo no permitiera que se emborrachara ni que se cogiera a nadie.

El accidente

Una llamada a las tres de la mañana me despertó diciendo que Andrés había muerto. Me asusté, por supuesto, pero yo no conocía a ningún Andrés. Llamaba una mujer que decía entre sollozos que se había ido a estrellar en su carro. Cada vez que yo intentaba decirle que estaba equivocada ella me interrumpía y continuaba con el relato. No sabía qué hacer, al parecer la policía la llamó para decirle que Andrés había tenido un accidente, pero no le dijo que había muerto y cuando llegó fue un shock tremendo. Viendo que ella no entendía, me dispuse a escucharla y decirle qué hacer.

El gimnasio

Siempre he sido un flaco perdedor. Me he mantenido en los empleos haciendo lo que tenía que hacer y bien, pero no tan bien como para ascender. No me gusta tener que decidir y ascender implica que hay que hacerlo. En el empleo actual entro muy temprano y salgo temprano de la tarde. Cuando comencé a trabajar, me di cuenta de que tener la tarde libre era aburrido. Así que me inscribí a un gimnasio para tener algo qué hacer y me inventé que antes yo era muy gordo y que había bajado 80 libras. No me imaginaba lo que se iba a venir.

La mascota

Los ricos y poderosos y algunos famosos con dinero suelen tener a su alrededor a personas que sólo les dicen lo que necesitan oír. A cambio de la lisonja constante a veces les dan un empleo o los mantienen sin más. En ocasiones, por supuesto, se intercambian favores sexuales. Podría considerarse cómodo para la mascota humana que acepta tales condiciones, sobre todo si el otro es generoso, pero vayan ustedes a soportarle la neurosis y la megalomanía al rico de turno a ver cómo les va. Así es como me gano la vida y de eso voy a contarles un poco.

La pasajera desconocida

Un viernes después de una semana cansada en la oficina fui a traer a mi mujer. Había un tráfico intenso y yo tenía dolor de cabeza. Me estacioné en la calle frente al edificio en donde trabajaba y apenas distinguí su uniforme y su silueta quité el seguro de la puerta del copiloto. Entró, nos dijimos hola y arranqué. Estaba tan agotado que me pareció que era una sombra la que entraba. Ella dijo que estaba muy cansada. Media hora después sonó el celular; era el número de mi mujer. Hasta entonces me di cuenta de que no era mi esposa a quien llevaba conmigo.

El Mundial

Un mes antes de comenzar el mundial de Sudáfrica me despidieron del trabajo y a los pocos días Lucía me dejó. Solo y desempleado, me preparé para ver el mundial en solitario, decidido a aplazar la depresión. Todo sería como cuando era niño: tendría todo el tiempo del mundo. Al menos eso fue lo que creí al principio.

Hikikomori

Un día de tantos Adrián, mi único hijo, decidió encerrarse en su cuarto. Había perdido algunas materias en el colegio y le habíamos llamado la atención. Nos escuchó a su mamá y a mi sin decir palabra. Después de que terminamos de hablar se fue a su cuarto y jugó videojuegos en línea toda la noche. Al día siguiente no fue al colegio  y no volvió a salir para nada más que ir al baño. Pedía que se le llevara comida a su cuarto y apenas nos dirigía la palabra o respondía con monosílabos. Yo ya había escuchado de los hikikomoris, esos jóvenes japoneses que se encierran para no volver a salir. Cuando se cumplió un mes de su encierro, empecé a preocuparme de veras.

Los difuntos

Una noche de cervezas surgió la idea de organizar nuestros funerales en vida. Cada uno, por turnos, iba a tener su propio funeral. Se invitaría gente, habría un ataúd y se hablaría de todo lo bueno que era el difunto y de lo mucho que se le iba a extrañar. Todo sería como en cualquier funeral, salvo que en este caso el difunto iba a estar vivo. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero todos estuvimos de acuerdo y brindamos por eso. Éramos jóvenes y chingones y con la excusa del funeral nos reuniríamos el último viernes de cada mes para celebrar nuestros funerales. Yo pensé que era una de esas tantas bromas que se hacen entre amigos y que nunca llegan a realizarse, pero un día me llamó Carlos para anunciarme que yo sería el primer difunto.

Los campeones

La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los uniformes y las pelotas para entrenar. Todos teníamos menos de veinte años y empezábamos la universidad, pocos trabajaban. Entrenábamos casi todos los días, aunque no éramos tan buenos que digamos. Jugamos tres torneos, en el primero empezamos ganando, contra todo pronóstico. Pero después todo cambió.

La casa redonda

Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa que da vueltas. A los pocos días me mostró en la cena los primeros bosquejos de la casa. La terminó de construir dos años después. Cuando nos pasamos a vivir ahí, mi papá y yo, nos dimos cuenta de que la gente que nos visitaba cambiaba, como si el giro de la casa también provocara un giro en la vida de las personas.