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Forma correcta de pedir las cosas

A consecuencia de la anterior entrega de estas Lecciones de Español, he recibido numerosos correos electrónicos, unos felicitando la iniciativa y otros ofendidos porque la verdad al fin salió a luz: los guatemaltecos hablamos el mejor español del planeta. Incluso algunos miembros de la RAE me han felicitado, aunque obviamente, prefieren quedarse en el anonimato. Lo único que les digo es que contra viento y marea, esta página seguirá publicando estas necesarias lecciones, aún a costa de las consecuencias que esta actividad pueda tener para su autor.

Ahora a la lección.

Cuando ustedes acuden a la farmacia, es incorrecto decir: “deme un par de preservativos”. Peor aún es escuchar “véndame un par de preservativos”. Si ustedes piden las cosas de esa manera, debería darles vergüenza. La forma correcta es: “regáleme un par de preservativos”. Es obvio que el verbo regalar se está utilizando en sentido figurado; esto precisamente es lo que embellece la petición, que de otra forma, quedaría como un insulso imperativo más.

Se puede también utilizar este verbo en cualquier situación en que pidamos algo, por ejemplo:

Regaláme el control remoto (la mamá al hijo, suplicando).
Regaláme un besito, sólo uno (el puberto calientón a su novia).
Regáleme un minuto de su tiempo (el vendedor de puerta en puerta al ama de casa).

En estos últimos ejemplos, el verbo regalar lleva implícito el “por favor”. O sea que cuando lo utilicen, ya no será necesario decir por favor, porque se sobreentiende la intención de ser educado. Siempre hay más de alguno que dice regaláme porfa, lo que es una redundancia; esto debe evitarse.

Yo sé que ustedes, queridos lectores, impulsarán en su localidad el uso del verbo regalar para pedir las cosas. Encontrarán, como es natural, alguna sonrisa burlona de la gente inculta. Pero entre la gente culta causarán respeto, admiración y un trato deferente.


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.