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Entradas

El buen ladrón

El mundo es un lugar muy injusto porque el humano es egoísta. De no ser así no existirían esos grandes multimillonarios que lo tienen todo, mucho más de lo que puedan gastar en mil vidas, mientras millones no tienen nada. En medio estamos nosotros, querido lector. También somos egoístas. También nos gustaría ser multimillonarios. Puede ser que tengamos una buena racha y ganemos dinero, pero qué hacemos, gastamos estúpidamente hasta quedarnos sin nada. Yo viví una niñez muy limitada. Recuerdo haber ido a dormir sin almuerzo ni cena varias veces. Mi hermana, muy inteligente ella, una vez sorprendió a una pareja de ricachones haciendo una multiplicación complicada mentalmente cuando solo tenía seis años. La pareja nos dio una entrada mensual para estudiar y comer y empleó a mis papás. De no haber sido por mi hermana y por esos ricachones, probablemente yo solo sería un ladrón callejero de poca monta. Porque inteligente no fui mucho, pero vivo sí. No soy yo quien para criticar a los demás.

El vendedor

Encontré un trabajo de vendedor después de meses de buscar. Tenía que vender aceites y filtros para carro, entre otras cosas. Uno de los vendedores renunció después de que descubrieran que había cobrado facturas y no había entregado el dinero. Entre las cosas que me entregaron estaba una agenda en la que había comentarios sobre los clientes.  También me dieron un excel con la lista de clientes y la ruta. El vendedor que yo estaba sustituyendo se llamaba Raúl. Según los comentarios de los compañeros era un tipo muy llevadero y bueno para hablar con los clientes. La venta es un arte, el arte de convencer y caer bien para cerrar la venta.  El primer cliente que visité tenía una aceitera en un barrio popular. Era un tipo que a primera vista parecía muy serio. En la agenda de Raúl tenía una anotación: se cree muy inteligente pero es un idiota total . Lo visité a media mañana un viernes. Me miró de pies a cabeza, y me dijo, así que vos sos el nuevo cerote. Dejémoslo en nuevo, le dije yo. Emp

El optimista

Ricardo siempre decía que quería ser rico, que esa era su única meta en la vida. Desde adolescente leía todos los libros de superación y asistía a los seminarios de superación personal. Sin contar las veces que se metió a esquemas piramidales. Sus redes sociales estaban llenas de mensajes de motivación.  Lo conocí cuando estudiábamos la secundaria, a principios de los dos mil. En ese entonces internet se reducía a un par de buscadores y la velocidad era lamentable. Pero ya estaban a la orden del día los esquemas para hacerse rico fácil y rápido. Eso fue lo primero que buscó Ricardo cuando fuimos a un café internet donde comprabas media hora para navegar. —Riqui, los únicos que hacen dinero son esos gurús. —Dejáme, yo se lo que hago. Ricardo consiguió su primer empleo después de que salimos de bachillerato, en un banco. Decía que estar cerca del dinero le iba a dar suerte. Para ese entonces empezaban a despuntar las redes sociales. Con su tarjeta de crédito compraba cursos en línea para

El altar de la Santa Muerte

Enfrente de mi casa había una casa de tres niveles. En el último piso había una cúpula, que uno de mis amigos decía que era una capilla donde estaba la Santa Muerte. El encargado del lugar era don Benito, un señor de unos 60 años, de pocas palabras, que tenía un pickup en el que hacía fletes. No se sabía mucho del altar hasta que un día la Santa Muerte supuestamente le concedió un milagro a una mujer: su hijo sobrevivió a un tiroteo del que había quedado malherido. Una noche estaba en una caseta de tacos con sus amigos y desde un carro los balearon. Poco le faltó para morir. Después del milagro, poco a poco y sin darnos mucho cuenta, la gente empezó a llegar los días primero de cada mes a venerar a la imagen. La noticia del milagro le había dado la vuelta a la colonia y a las colonias vecinas. Pronto la gente fue demasiada para el lugar y para los vecinos. La mayoría venía de afuera. Los vecinos de la cuadra no eran del culto a la Santa Muerte.  Un día el cura de la colonia llegó y ent

La playa

Un día decidimos con el Tavo y la Ana que no íbamos a recibir clases. El Tavo consiguió un carro que le prestó un su tío. Todavía recibíamos clases por Zoom por la pandemia pero nos inventamos un trabajo de campo y nuestros papás, aburridos de tenernos en casa todo el día, todos los días, no dijeron nada. Salimos muy temprano al puerto para evitar el tráfico. Hacía un poco de frío por la mañana, pero el amanecer estuvo muy bonito. Nubes encendidas en anaranjado y música house en una bocina bluetooth nos hicieron sentir bien. Supongo que hay un especial placer en no hacer lo que supuestamente debés hacer por obligación. No se siente igual que salir en fin de semana. Es más liberador. En la primera gasolinera hubo el primer problema. El carro era un Datsun viejito, chiquito, pero jalador. Ahí nos dimos cuenta de que el radiador tenía una fuga. Alguien nos dio un tipo de pegamento para remendarlo, esperamos una media hora y salimos de nuevo. La Ana decía a veces que estaba enamorada de lo

La clase virtual

Esto de las clases por videollamada es lo peor. Uno se levanta, enciende la computadora y tiene que encender el video para que lo miren los maestros. El de sociales es algo divertido pero hay días en que no prepara su clase y se hace tan aburrido como el de mate. Señor ese para ser aburrido, casi siempre me duermo en su clase y ni se da cuenta porque no pide que encendamos el video. Para los exámenes pido que me pasen anotaciones por el grupo de whatsapp y algo que me explica mi papá, aunque no me tiene paciencia porque no se me queda todo. Extraño jugar fútbol en los recreos, las bromas en la clase y ver a Susana. 

El motorista

Una noche salí tarde del trabajo. Mi papá me había prestado su camioneta agrícola, un carro viejo y duro. El mío se había descompuesto y tardaría una semana en el mecánico. Estaba muy cansado, estábamos haciendo el cierre y faltaba producto y dinero. A partir de cierto momento ya no se puede avanzar y decidimos continuar el siguiente día.