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Patines rotos


Papa, te juro que así fue, creéme. Yo no tengo por qué mentirte, sí ya sé, yo he cometido mis locuras y tenés razón de estar bravo, te lo voy a contar otra vez pues. Despacio y con buena letra, como decís vos. Mirá pues, anoche salí de la fiesta de la Lucy y no te niego que tenía algunos tragos encima, pero no eran muchos. Sí, de veras que no eran muchos. Vos nos has enseñado que no nos dejemos, que si te pegan hay que responder. Pero esta vez no era tan fácil la cosa, ese cuate del otro carro sí que estaba loco.

Oíme pues, no te pongás así. ¿Vos no creés que me duele ese balazo que me dió en el estómago el loco ese? Ok, te cuento otra vez. La cosa empezó cuando el cuate este empezó a pitar como loco en un semáforo que ni siquiera había dado verde. Esa mara me pone para vergazos porque pitan y pitan puros locos, como si fueran a lograr algo con esos pitazos, como si las colas caminaran más rápido. Pitan y pitan y pitan, caca tienen en la cabeza los cerotes.

Yo me puse como la gran diabla, saqué la mano por la ventanilla y le hice señas de que qué onda. Vi por el retrovisor que era un chavo con una mujer. No me mirés con esa cara papa, yo qué iba a saber que el pisado era chafa. Puse el freno de mano. Y el pisado más pitaba. Me bufaba el motor de la explorer y me tiraba luces altas. Y seguía pitando. Entonces me bajé.

Fui hasta su ventanilla y le dije qué putas, qué te pasa vos cerote, por qué la chingadera. Y ahí sacó la escuadra y me metió el balazo y caí al suelo. Y de puro loco empezó a chocarme el carro por detrás, una y otra vez, no le importaba que se jodiera el suyo también. Yo estaba sangrando y el pisado se reía, a pesar de que la mujer le gritaba que ya era suficiente y que me dejara en paz.

Ahí tirado dije yo, ya me llegó la hora. Este cerote en cualquier momento me remata y adiós, la explorer seguía pegándole a mi geo metro todo indefenso. La mujer lloraba y el cuate reía a carcajadas y yo todo ahuevado. De repente paró, me dijo “mirá hijueputa, yo soy chafa culero, vos no te metás conmigo nunca más en tu puta vida, porque ya no te la perdono” y rechinando llantas se fué. En toda la calle se oía el eco de la risa del maldito.

Busqué el celular y llamé al Vladi para que viniera por mí y ver qué hacíamos, le dije que no te dijera nada a vos ni a mamá, pero no me hizo caso. Yo sé que no es gracia papa, pero es que hay mara que no le atina. No sabés qué consuelo sentí cuando llegaron vos y el Vladi, casi chillé, te lo juro. La que más siento en el alma es a mamá que no paraba de llorar al verme todo jodido aquí en el hospital, hicieron bien en no llevarla esa noche porque se muere.

Te entiendo eso de que hay que saber con quién meterse, pero qué va a andar sabiendo uno lo que le va a salir. ¡Cómo me duele el estómago! Pasáme un vaso de agua, tengo la garganta seca. Gracias. Acomodáme un poco la almohada porfa. Eso, así está mejor. Disculpá tanta molestia. Sé que estás cansado papa, pero ya una última cosa te cuento y te dejo en paz.

Cuando estaba ahí tirado me dí cuenta de que soy un suertudo, que tengo una gran familia. A pesar de que a veces nos peleamos con vos y que vos decís que tengo mal carácter, creo que nos llevamos bien. Cuando trabajé con vos no lo entendí, pero después supe que vos fuiste el mejor jefe que yo podía haber tenido. Algún tiempo estuvimos distantes, pero eso ya pasó. Ahora es tiempo de decirte que te quiero mucho viejo, vení y dame un abrazo. No sabés lo que me ahuevé, viejo. Decime vos también que me querés, como aquella vez que yo lloraba de cólera porque había roto mis patines nuevos y vos llegaste y me dijiste que por eso no se llora, que vos siempre me los ibas a reparar porque me querías mucho. Cómo me recordé de esa vez cuando estaba tirado. Cómo quería que llegaras vos, de veras, aunque al Vladi le había dicho que no te dijera nada.


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