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Un quetzal


A punto de oscurecer, sobre la calle que queda enfrente de la estación de buses, una muchacha vestida con un gabán negro, drogada y despeinada, pide un quetzal a todo el que pase cerca de ella. Algunos le dan el quetzal, otros caminan más rápido al pasar cerca de ella o simplemente se hacen a un lado. Ella camina con la mirada perdida, sin convicción. Sólo quiere conseguir unos cuantos quetzales para comer y comprar más pegamento.

Un pasajero del bus que acaba de llegar le da un quetzal y se aleja rápidamente. Uno de los taxistas de la estación se acerca y la abraza lujuriosamente.

—Hola negrita, ¿cómo estás?

—Bien Jorgito, pero dame un quetzal pues.

El taxista le da un beso en el cuello y al soltarla se sonríe. Luego llega otro taxista y también la abraza. Este es un poco más delicado y la abraza cariñosamente.

—Negris, ¿cómo estás mi amor?

—Bien Raúl, regaláme un quetzal porfa.

Raúl se mete las manos al bolsillo y saca un billete de a cinco y se lo entrega. La muchacha le sonríe coqueta.

—¿Vas a querer cariñito mi vida?

—Más tardecito negris, ahorita voy a hacer una carrera.

Se acercan dos taxistas más. También abrazan lascivamente a la muchacha. Ella decide salirse de en medio del grupo de los taxistas y se acerca a un carro mientras un par de hombres mete en el baúl su equipaje. Les pide un quetzal.

Molesto por su presencia, uno de ellos le dice que deje de molestar.

—Pero si yo sólo estoy pidiendo un quetzal.

La muchacha con una mirada triste mira a quien le dijo que dejara de molestar, él está ocupado metiendo sus maletas y pasa a la par de ella sin voltearla a ver. El carro arranca y se van los dos hombres.

Llegan dos buses cargados de pasajeros y los taxistas se mueven rápidamente para ofrecer sus servicios. Los taxistas saben por las miradas quiénes vienen de pasear y los ayudan con las maletas para ir ganando terreno y conseguir la carrera. Dos taxistas consiguen clientes.

La muchacha del gabán pide un quetzal a cada pasajero que baja del bus, pero antes de que alguien le de algo, uno de los de la empresa de buses la toma del brazo y le pide que se vaya. Finalmente todos los pasajeros del bus han salido y la mayoría ha tomado el camino a su casa. Algunos se quedan en la estación esperando que llegue alguien por ellos. La muchacha se acerca con los dos taxistas que no consiguieron carrera.

—Dame un quetzal pues —le dice a uno de ellos.

El taxista la abraza y la besa en la mejilla.

—Tas buena vos negrita.

Ella trata de zafarse, tiene hambre y quiere comprar algo bueno de comer. Él no la suelta.

—Pero dame el quetzal pues —insiste la muchacha—. Me extraña, de todos modos ustedes igual me cogen.


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