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Una estrella


A Fernando Omar, in memoriam

Suena el teléfono en un barrio del interior de la república. Una anciana de hablar pausado contesta. Alguien al otro lado del teléfono, desde la capital, hace un reclamo:

—Qué tal vos Juanita, estoy enojado con vos.

—¿Por qué m’hijito, qué hice? Vos sabés que te quiero mucho —contesta la abuelita.

—Estoy enojado con vos porque no me bajaste mi estrella —responde sonriendo Fernando, su nieto.

Fernando es uno de los nietos más cariñosos de Juanita. La llama siempre y cuando la visita o cuando ella llega a la capital, él suele aparecer con un ramo de rosas. Con cariño para mi mamá Juanita, dice.

El reclamo de la estrella no bajada se remonta a 25 años atrás, en una gasolinera de la capital de Guatemala, una tarde-noche de principios de abril. Juanita y Fernando esperan a Margarita, hija de Juanita y tía de Fernando. La esperan en una gasolinera a la orilla de la carretera, cuando empieza a oscurecer.

Por alguna razón desconocida, en esa gasolinera, casi a orilla de un barranco, las estrellas se miran como si estuvieran cerca. El pequeño Fernando lo nota.

—Abuelita, yo me voy a quedar aquí, y vos caminás para allá y me bajás una estrella —pidió Fernando, señalando el horizonte.

—No se puede m’hijo, porque cuando camine las estrellas estarán cada vez más lejos y nunca las alcanzaré. Mejor nos quedamos aquí, ya tu tía no debe tardar y seguro nos traerá galletas de las que te gustan.

—¡Sí! ¡Me gustan las galletas!

Abuela y nieto esperan entonces la llegada de la tía. Los carros pasan por la carretera uno tras otro. Pasan también buses llenos de gente. De uno de ellos bajará la tía con las galletas. Mientras ella llega, abuela y nieto continúan observando cómo se miran de cerca las estrellas. Pero cómo están de lejos.




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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.