El perezoso

A pocas casas de la mía vivía el Diego, el tipo más perezoso que conocí en la vida. Lo curioso es que no nació siendo perezoso sino lo fue siendo más por vocación. De pequeños jugábamos fútbol en la calle, con otros niños de la cuadra. En la época de vacaciones era cuando más jugábamos, hasta que anochecía o hasta que alguna de nuestras mamás salía a buscarnos. Ninguno éramos destacados en la escuela, pero no perdíamos el año.

Diego vivía con sus padres y su hermana. El papá era un señor algo aburrido, siempre serio, severo con sus hijos. La mamá era una señora muy amable que siempre me trataba bien. Su hermana se llama Lidia, siempre fue simpática.

Ya en la adolescencia nos empezaron a interesar más los videojuegos y cambiamos el fútbol por el básket. Recuerdo bien que en las vacaciones en las que íbamos a pasar a bachillerato, como que un clic hizo que el Diego se volviera el perezoso en que se convirtió. No fue de la noche a la mañana, sino fue un proceso que llevó un año aproximadamente. Al principio, algunas tardes se negaba a jugar en la play, y tampoco respondía el chat. Pero luego al día siguiente aparecía y jugábamos. Sin embargo dejó de salir con los de la cuadra y cuando íbamos a algún comercial a ver chicas pasar, tampoco no nos acompañaba. Prefería quedarse en casa viendo películas, porque poco a poco también había dejado de jugar videojuegos.

Antes de que se popularizara el homescoling con la pandemia, él ya había encontrado un colegio que lo aceptara en esa modalidad para terminar el bachillerato. Las pocas veces que fui a jugar a la play con él a su casa durante esa época, me dijo que había descubierto que la gente hacía demasiadas cosas, que para qué tanto. Que había visto videos que explicaban que ahora se trabajaba mucho más y se ganaba mucho menos. Que los títulos universitarios ya no servían para nada. Que el dinero y los bienes solo eran para los de arriba. Comenzó a hablar así cuando sus papás se divorciaron y su papá se fue de la casa dejándolos a él y a Lidia con su mamá.

Yo la verdad no estaba interesado en sus temas, solo trataba de sacar notas lo suficiente para ganar, coquetear con alguna chava y jugar básket a veces por las tardes. Qué iba a saber del futuro a los quince años. Cuando lo escuchaba parecía que todo era verdad, pero no conocía a nadie que hablara como él.

De lo que sí me enteré es que iba bien en sus notas del colegio y que había encontrado una rutina mínima de ejercicio para no atrofiarse, según él. Pero lo que sí no le gustaba era salir de su casa, y al tiempo dejó de jugar a la play. También supe que compraba libros usados. Mientras estuve en bachillerato no me enteré mucho de lo que pasaba con él porque ya no respondía mensajes ni salía a la calle.

Cuando salimos de bachillerato supe que una amiga de su hermana se había enamorado de él. La pobre chava lo visitaba y veían películas a veces, pero Diego al parecer no correspondía.  Según supe por su hermana, la insistencia de la chava hizo que él mostrara interés, pero la chava se aburrió al ver que a él no le gustaba nada, que no salía y que apenas si respondía los mensajes. Diego se quedó triste algún tiempo después del rompimiento, pero no pasó a más.

Al graduarse de bachillerato le dijo a sus papás que no tenía ninguna intención de ir a la universidad. Que no le encontraba ninguna utilidad ni sentido. Su hermana en cambio fue a la universidad y era aplicada y también social. Era guapa. Un par de veces hasta la invité a salir en ese tiempo, pero no hicimos clic. 

Yo de vez en cuando le enviaba un mensaje. A veces respondía saludando de vuelta, pero nada más. En una de tantas me respondió que tenía un negocio en línea y que le iba bien. Me alegré porque significaba que al menos estaba haciendo algo, y se lo dije. Me explicó algo de cómo funcionaba pero la verdad no entendí nada.

Un día me escribió y me contó que su mamá había muerto en un accidente. Lo llamé y estaba tranquilo, la que estaba desconsolada era Lidia. Fui a la casa y les di mi pésame en persona. Los dos lo agradecieron mucho. En el entierro fue la última vez que vi a Diego fuera de su casa. Había engordado mucho.

Días después del entierro me llamó Lidia. Me agradeció que estuviera pendiente y charlamos bastante. Después de eso empezamos a salir. Le iba bien en la universidad y había encontrado un trabajo con horario compatible. Pero lo que le preocupaba era Diego, que de la tristeza del duelo estaba más incomunicado que de costumbre. 

Traté de hablar con Diego sobre su aislamiento, pero siempre evadía el tema. Un día que estaba de buenas, me dijo que no tenía la más mínima intención de salir de nuevo. Me contó que había logrado hacerse de un ingreso con unas inversiones que había hecho en internet. Me dijo que le había hablado bien de mí a Lidia, y que no la cagara.

Cuando le pregunté a Lidia, ella me dijo que sí, que los gastos de la casa los pagaba él, pero que no sabía exactamente cómo.

Una vez que los visité le insistí tanto en que me dijera cómo se ganaba la vida que me dio una charla de media hora de cómo lo hacía. Todo lo hizo con un golpe de suerte con criptomonedas, que después vendió e invirtió en varios lados. Y luego, solo es de administrar el dinero, me dijo. El problema, me explicó, es que mucha gente cree que siempre van a haber golpes de suerte y pierde todo en el camino. Y que también está lleno de estafadores por todos lados. Me dijo que si yo alguna vez quería probar suerte, que el dinero que invirtiera lo diera por perdido. 

Un par de años después, empezó a enfermar. Su sobrepeso e inactividad estaban pasando factura. Y a pesar de que con Lidia le insistíamos que viera algún doctor y que saliera por lo menos a que le diera el sol y a caminar, nunca lo quiso hacer. Decía que era feliz así, leyendo, viendo series y películas, de vez en cuando fútbol. Era mejor ver el mundo a través de una pantalla que enfrentar la realidad, decía.

Un día no salió de su cuarto para comer. Pensamos que solo estaba cansado o aburrido o deprimido. Lidia me pidió que le tocara la puerta, porque ella tenía miedo. Toqué fuerte, le grité, pero no hubo respuesta. Al abrir la puerta lo vi acostado en su cama boca arriba, sus labios azules y la cara pálida. Había muerto de un infarto, nos dijo el médico. No había sufrido mucho dolor.

Un correo electrónico automático le llegó a Lidia tres días después, explicando cómo administrar su dinero. Había instrucciones de cómo acceder a las cuentas, y los usuarios y contraseñas estaban escritos en papel en una caja a la par de su cama. Había mucho más dinero del que imaginábamos.

Una semana después me llegó un correo electrónico a mí también. Explicaba que los correos electrónicos se habían programado si no se logueaba por más de 72 horas a una aplicación. Me agradecía la amistad y me repetía que no la cagara con Lidia. Que si yo le hacía algún daño, él regresaría del más allá a buscarme. El dinero es de Lidia, me recalcó varias veces.

Lidia no pudo ni quiso sacar ni cambiar nada del dormitorio de Diego y no fue sino hasta seis meses después que hicimos una limpieza básica. Encontramos unas anotaciones hechas a mano, en donde él decía que había sido feliz aislado de todo el mundo. Que no le pedía más a la vida.

Tres años después desocupamos el dormitorio y lo renovamos, porque iba a nacer nuestro Dieguito.

José Joaquín

Soy José Joaquín y publico mis relatos breves en Anecdotario.net desde 2004. Visitas y comentarios son muy apreciados.

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