Relatos, historias y cuentos - Románticos
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El aniversario

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La empresa para la que trabajaba cumplía diez años de fundada. En ese tiempo el dueño había logrado hacerla crecer hasta tener una cartera importante de clientes y más de cien empleados. En la fiesta de aniversario todo se descontroló y estuvo a punto de acabar muy mal.

El novelista

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Cuando publiqué mi primer libro automáticamente me convertí en escritor, es decir, adquirí el estatus social de escritor. Fui invitado a programas de radio y televisión, me entrevistaron en prensa y medios de internet y doscientos de mis seguidores de Twitter retuitearon la presentación del libro. Muy pocos compran el libro y no todos lo leen, pero el cartelito de escritor ya te lo podés colgar. En un programa de televisión conocí a Manuel, o Manu, como pedía que le dijeran. Era un tipo con dinero y roce social, que solía dar las mejores fiestas.

La Barbie

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La Barbie era una morena guapa, de sonrisa enorme, pelo negro largo y una malicia encantadora. Nos conocimos desde pequeños, íbamos al mismo colegio y estábamos en el mismo grado. Siempre se metía en problemas, pero desde pequeña supo que su gracia y belleza la podían sacar de apuros. Su sonrisa era su principal arma. Y por supuesto, siempre me tuvo de su lado como a un pendejo.

La pasajera desconocida

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Un viernes después de una semana cansada en la oficina fui a traer a mi mujer. Había un tráfico intenso y yo tenía dolor de cabeza. Me estacioné en la calle frente al edificio en donde trabajaba y apenas distinguí su uniforme y su silueta quité el seguro de la puerta del copiloto. Entró, nos dijimos hola y arranqué. Estaba tan agotado que me pareció que era una sombra la que entraba. Ella dijo que estaba muy cansada. Media hora después sonó el celular; era el número de mi mujer. Hasta entonces me di cuenta de que no era mi esposa a quien llevaba conmigo.

El centro comercial abandonado

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Cuando era niño cerca de mi casa había un centro comercial abandonado. Era grande, con parqueo de tres niveles. En sus mejores tiempos estaba lleno de gente, pero después de varios cambios de dueño y de una mala administración los locales fueron desapareciendo hasta dejar vacío el lugar.

La cantante

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Siempre admiré la voz y energía de Pilar. La conocí cuando iba al conservatorio; ella siempre rodeada de admiradores porque era guapa, yo siempre ensayando. Componía sus propias canciones y soñaba triunfar con la música. Yo nunca tuve más aspiración que tocar todos los fines de semana, porque la música era mi vicio y yo estaba bien sabido de que yo no era ningún genio. Con vos quiero cantar, me dijo cuando me escuchó una tarde de ensayo.

La novia

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—Si no tenés nada que hacer el sábado, deberíamos casarnos —dijo Yolanda, después de un breve silencio.
—Me parece bien —respondí sonriendo.

El novio desaparecido

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Conocí a Sergio Gomes hace unos cinco años. De trabajar en el Ministerio Público se retiró hace siete, según me contó, y desde entonces se dedicó al oficio de investigador privado. Nos hicimos amigos porque llegó a mi consultorio por una infección de garganta. No hay nadie que tenga una conversación tan interesante como Gomes; desde fútbol hasta filosofía, literatura y ciencia. No sé de nadie que, como él, juegue bien al tenis y al ajedrez. He tenido la costumbre de tomar notas de los casos que hemos visto juntos y ahora, con permiso de él, voy a contarles acá un caso reciente en el que participé junto a Gomes.

La mesera y el oficinista

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Convencido de que la mesera del Café París era la mujer ideal, César decidió ir tras la conquista de Anabel, una treintañera guapa y madre soltera de dos hijos. Lo anunció en la oficina un lunes como a las dos de la tarde, cuando acababa de regresar de almorzar en el París. Anabel había llegado al Café París hacía seis meses y su belleza, su inagotable energía y su destacado culo, habían hecho que se duplicara la clientela, mayormente masculina. En contraste, el pobre César no era más que un flacucho de veintidós años sin mucha gracia, de lentes de culo de botella y mortalmente torpe con las mujeres. Todos en la oficina soltaron la carcajada cuando César dijo que ella terminaría casándose con él.

La fuga

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Fernanda Botrán-Aycinena había desaparecido. Y yo, un simple estudiante de derecho, era el encargado de buscarla y encontrarla. Cuando acepté el empleo, no me imaginé que me pusieran a investigar en serio, pero como la necesidad manda tenía que hacerlo, o por lo menos, hacer como que hacía. Me ayudaba el hecho de que cuatro años atrás yo había trabajado de jardinero en casa de los Botrán-Aycinena y la había conocido. Era una muchacha muy guapa y consentida, que tenía una larga fila de pretendientes con los que jugaba y se divertía.