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La luz del portón

Cuando me bajé del transporte público y me subí al carro la vida se facilitó. El detalle que me gustaba al regresar a casa de noche era que mi papá encendía la luz del portón y encendía también una segunda luz antes de que yo terminara de abrir. Cuando se encendían las luces, yo pensaba, confiado, "ahí está don Joaco, todo está bien".

Aún llegando de madrugada, después de las parrandas, esas luces se encendían. Aún con mi papá enfermo se encendían. Pero desde el domingo pasado en la madrugada él ya no las encenderá más. Y ya no alumbrarán nunca igual, y duele un montón.

Los tres deseos

Cuando yo tenía dieciséis años tenía tres deseos. Si se hubiera aparecido un genio de la lámpara, tenía claro qué iba a pedir: yo quería ser cuentista, músico y futbolista. Un cuarto deseo sería lo de siempre, tener mucho dinero. Ya había pasado la época en que quería ser cura, médico o abogado. Mis deseos ahora tenían que ver con el exhibicionismo y la vanidad, si se dan cuenta. Porque para ser un buen cuentista, un buen músico o un buen futbolista, se necesita un mínimo de talento para ser reconocido, y a los dieciséis años, yo no sabía si efectivamente lo tenía.

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El mejor candidato

El último sábado de mayo, iba yo al cementerio de Coatepeque a enterrar al último de los hermanos de mi papá. Cualquiera que haya enterrado a un ser querido se podrá imaginar cómo es la cosa. En este caso, mi tío ya era anciano y había vivido ya una existencia productiva y decente, así que el dolor tiene su atenuante. Un par de días antes, lo había visto en el hospital ya muy grave, después de un par de meses de sufrir, sabíamos todos que el final estaba cerca.

Camino al entierro del tío, en el parque central nos encontramos con un mitin político de un tipo que ofrece “mano dura” para arreglar los problemas. El mitin lo interrumpimos con el cortejo fúnebre y el hecho quedó registrado en una nota de prensa, en la que erróneamente dice la periodista que íbamos a la iglesia. La nota finaliza con la supuesta frase que dijo un asistente al mitin, refiriéndose al muerto que iba de camino: “ahí va el mejor candidato”.

Llamar al silencio

Siempre me causó gracia esta frase que suelen usar los argentinos, porque automáticamente me imaginaba el siguiente diálogo:

—¡Silencio, vení para acá!

—Aquí estoy, para sevirle a usté y a Dios.

—Mirá Silencio, yo te llamaba para que te quedés en lugar mío porque yo estoy a punto de decir muchas muladas, es decir, más muladas de lo acostumbrado.

—Bueno, yo aquí me quedo. No tengás pena, tené cuidado, te vas por la sombra.

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Buenas nuevas

Tres de la tarde en una colonia mixqueña cercana al límite con la ciudad de Guatemala. Yo estoy calentando mi almuerzo en el microondas y llegando tarde al partido del Barça contra el Betis por la tele. Me entero de que va perdiendo el Barça por un gol cuando está iniciando el segundo tiempo del partido. Me siento a la mesa a comer y a esperar que el Barça empate o que por lo menos Ronaldinho haga una de esas de jugadas diferentes que le hacen ganar tantos millones pero que en el mundial ni señas dieron. La cosa no se mira bien para los blaugranas, entonces suena el timbre y pese a un extraño presentimiento contesto el intercomunicador, para mi maldición.

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Sólo espero que esté ahí

Tengo que apurarme porque ya es de noche y todavía no he terminado de lustrar mis zapatos, los tengo que dejar bien brillantes porque si no de repente los reyes magos no me dejan nada y pasan de largo. Con el Julio Héctor pensamos que la ventana tiene que estar bien abierta para que sea fácil meter los regalos en los zapatos. Aunque los reyes son como fantasmas, los juguetes no, y por eso es que es mejor abrir bien la ventana. Ojalá que los reyes tengan más pisto este año, porque esas escaleritas con el muñeco ya dos años seguidos que nos las regalan. Yo a veces creo que no son los reyes magos sino mis papás los que nos regalan los juguetes, así como el santa clos de los otros niños, pero a saber. Mejor sigo lustrando mis zapatos porque el Julio Héctor ya terminó y sólo me está esperando a mí. Mamá ya dijo que era muy tarde, que nos apuráramos. Ya casi termino vos, esperáme. Listo, ya terminé. Poné tu zapato del lado derecho y yo del izquierdo. ¿No querés? Vaya, está bien, los cambiamos, pero no chillés. Mamá nos apura para que nos enpashamemos y nos metamos a la cama, pero antes la oración del ángel de la guarda y el padrenuestro. Ah, y el santamaría. Mañana lo primero que voy a ver es mi zapato en la ventana, no importa qué me regalen los reyes, sólo espero que esté ahí.

El Hulk que llevamos dentro

En los años 70’s y 80’s se transmitía una serie de televisión que en español se llamaba Hulk, el hombre increíble (pronúnciese jolc). La historia trataba de un doctor llamado David Banner, quien había sido sometido a una sobredosis de rayos gamma, en un experimento de nosequediablos. Desde ese experimento, el cuate al ponerse como la gran diabla se convertía en un grandulón musculoso, despeinado y verde, que vergueaba a todo el mundo. A mí a veces me sucede lo mismo, sólo que sin ser ni grandulón, ni musculoso, ni verde.

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Para esto sirve un blog

A veces cuando le cuento a alguien que tengo una página web en formato blog, me hacen la pregunta clásica ¿y que ganás con eso? Yo respondo que me divierto y que hay gente que al leer lo que escribo también lo hace. La mayoría de las veces no me miran muy convencidos.

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Mi suéter estilo Evo

Hace ya más de 15 años compré un suéter estilo Evo Morales, el ahora flamante presidente de Bolivia, la tierra de Los Kjarkas (por culpa de quienes desde el jueves pasado estoy sufriendo de afonía por andar cantando (más bien gritando) en su concierto en San Salvador, en donde también brinqué y bailé (es un decir, lo de bailar) poniendo mi condición física al borde del colapso).

Pero les decía, compré hace tiempo un suéter parecido al del señor Evo, con sus rayas horizontales, hecho de una coqueta lana de color azul y blanco. Es un suéter normal, sin pretensiones, del que me olvidaba por temporadas en favor de otros suéteres o de sudaderos. El suéter siempre ha sido fiel, ha aguantando los maltratos, los fríos y las lavadas sin chistar palabra. Ahora que en enero don Evo sacó a pasear su suéter por Europa, yo creo que subió su autoestima y por eso se colocaba orgulloso en lugares visibles para que yo lo usara. Y efectivamente, durante los fríos de inicio de año lo usé, aunque no obtuve tanta atención que digamos. Mi suéter estilo Evo se sintió útil de nuevo.

De fantasmas y aparecidos

Por más de 35 años, mi papá tuvo la oficina en la sexta avenida de la zona uno de la capital de Guatemala, a tres cuadras del Palacio Nacional. Esta es una zona muy comercial, pero hace rato que ya no tiene el glamour de los complejos de centros comerciales imitación de malls gringos en pequeño, tan de moda ahora en nuestro país.

Cuando terminaba la jornada de comercio (alrededor de las seis de la tarde) se reducía sensiblemente el ruido y entonces los que estábamos ahí, fácilmente escuchábamos cuando alguien abría la puerta de abajo (estábamos en segundo nivel), subía las gradas y entraba a la oficina. A veces no era nuestra gente sino la de la oficina que compartía el piso con nosotros. Hasta ahí todo bien. Pero algunas veces se oía nítidamente todos los sonidos de gente entrando, pero que nunca llegaba hasta la oficina, ni a la de enfrente. Se escuchaba la llave dando vueltas a la cerradura de la puerta, los pasos subiendo las 28 gradas hasta el segundo nivel, y nada más. Algunas veces salíamos al lobby que separaba las dos oficinas para ver si mi papá se había quedado revisando algo, o qué onda. Pero nada.

Nosotros nunca le pusimos mucha atención al asunto, porque sabíamos que el cerebro suele jugarnos malas pasadas y que el crujir de los materiales al contraerse por el enfriamiento que viene con la noche, bien podía provocar (junto a nuestros traidores oídos) toda la sensación de alguien entrando.

Me gustaría creer que eran fantasmas visitándonos. Me hubiera gustado ver alguno y saludarlo. ¿Qué daño te puede hacer un muerto, si los vivos son los que chingan?

Ahora en el mismo local hay un billar y cuando paso enfrente me pregunto si ellos también escuchan esos ruidos y si salen al lobby a comprobar que no hay nadie más que ellos. Y pienso que cuando muera, si me convierto en ánima y regreso a la tierra, seguro que visito la oficina de la sexta avenida. Abriré la puerta y volveré a subir esas 28 gradas, aunque si hay gente, tal vez no me atreva a entrar más allá del lobby.

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