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El servicio

Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche del pastor, se integró al grupo. Habría un evento especial el sábado. El pastor dijo que los ingresos de la iglesia habían bajado y que era necesario hacer algo especial para llamar la atención, el nuevo templo lo requería. Cuando Alfonso se enteró de qué iba la cosa, se rió nerviosamente, pero después de ver la mirada seria del pastor, sintió una mezcla de temor y aberración.

El sicario

Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la calle, nadie me tendría miedo. Soy bajito y flaco y tengo cara de imbécil. La cara de imbécil me la inventé yo mismo, como un disfraz para pasar inadvertido. Hay que ser un desalmado para hacer este trabajo, sí, pero hay veces que mis trabajos hacen verdadera justicia. Como la vez que maté al idiota de mi vecino.

El mitin

Temprano en la mañana un grupo de hombres monta la tarima donde será el mitin de la tarde. A media mañana llegan los del sonido con su equipo, su bocinas y micrófonos. Llegará al pueblo uno de los candidatos a la presidencia. Antes de él, estará una guapa cantante grupera, que se encargará de levantar el ambiente para que el candidato agarre al pueblo ya animado. En el camino hacia el pueblo, en la camioneta que traslada al candidato, está el asesor de marketing, puntualizando algunas cosas que debe decir el candidato en el mitin. El candidato lo escucha como si fuera un predicador, el mago que le ayudará a llegar al poder. Pero en el pueblo lo espera un grupo de vecinos que subversivamente tomará el micrófono.

El viejo del barranco

Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar.

La entrevista

Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la revisión. En ocasiones lo llaman para hacer una segunda prueba. Quedan de llamarlo, pero igual, no llaman. Un día lee un anuncio y decide llamar. Lo atiende la señorita Lupita, y lo cita para una entrevista por la tarde.

La casa redonda

Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa que da vueltas. A los pocos días me mostró en la cena los primeros bosquejos de la casa. La terminó de construir dos años después. Cuando nos pasamos a vivir ahí, mi papá y yo, nos dimos cuenta que la gente que nos visitaba cambiaba, como si el giro de la casa también provocara un giro en la vida de las personas.

Gotas de chocolate

Marta llega a la escuela y la recibe con un abrazo Miguel, uno de sus alumnos de kinder. El niño le cuenta que ayer fue con su papá al cine y la pasó bien. Marta sonríe y le dice que se alegra mucho, lo toma de la mano y se encamina al aula. Allí encuentra a sus demás alumnos, que le dicen buenos días y la rodean, cada uno contando lo que hacen o hicieron. Laura, la más pequeña, está llorando. Juan, el más travieso, está subido en una silla queriendo alcanzar uno de los dibujos pegados a la pared. En un momento, todos los niños gritan. Marta los llama al silencio y les dice que hoy va a ser un día muy bonito, van a pintar, a cantar y a jugar. Todo parece normal, hasta que se escuchan unos disparos afuera de la escuela.

El examen final

Nora pasó toda la noche estudiando para su examen final de matemáticas. No ha obtenido buenas notas en los exámenes parciales. Nunca ha entendido bien todo eso del álgebra, las derivadas y las ecuaciones cuadráticas. Siempre han sido una pesadilla. Después de dos horas de sueño se levanta con pereza e invoca al espíritu santo para que le ilumine y pueda ganar el examen. En el camino a la universidad, sentada en el bus, repasa con cuaderno en mano los problemas que les dejó estudiar el catedrático. Al llegar al aula ya los pupitres están separados para evitar que los alumnos se copien. Se empiezan a repartir los cuadernillos con el examen impreso. Nora le da el primer vistazo y quiere llorar, porque de repente, ya no se acuerda de nada.

Día libre

A media mañana fui a un comercial a comprar tiempo de aire para mi celular. Me acerqué a un kiosco que tenía un rótulo de doble tiempo de aire. Atrás del mostrador iluminado, estaba una muchacha de no más de veinte años, con el rostro transfigurado por la luz del monitor de su computadora. Me vio llegar, pero apenas levantó los ojos del monitor y volvió a teclear y a esperar respuesta. Luego sonó el clásico bip de respuesta del chat y la muchacha se rió de buena gana. Yo estuve allí un par de minutos, pero ella no volvió a verme, pese a que estaba situado enfrente de ella. Me sentí incómodo pero preferí no hablarle, porque cuando le interrumpís a una adolescente su chat, es ganarte una maldición. Así que me encaminé hacia otro kiosco, pero entonces la muchacha reaccionó y me preguntó, amable, que qué se me ofrecía.

Día de la Madre

Madre e hija se citan en un restaurante para celebrar el día de la madre con un almuerzo. Es un día nublado, gris, con amenaza de lluvia. Aura, la madre, llega a la cita en punto y le toca esperar. Gabriela, la hija, está por salir de una reunión de trabajo, que se ha alargado porque el cliente pide muchos detalles y quiere descuento. El cliente no sabe que Gabriela tiene tres meses de embarazo y que la espera para almorzar su madre, que no sabe que será abuela. Es probable que aunque lo supiera no le importe.