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Últimas cinco calles

Me sorprendí viéndome a mí mismo. Es como si uno estuviera siguiéndose en un helicóptero silencioso una altura de diez metros. Pude ver mi propio caminado, mis gestos. Para ser honestos, me miraba bien.

Allí iba yo, llegando a la esquina del Conservatorio y tercera avenida. Doblé la esquina y me dirigí hacia el sur.

Cuando llegué a la sexta calle, iba cruzando la chava de la tienda fotográfica. Me encanta cómo se mira en pantalón de uniforme con su caminar decidido.

Como siempre me le quedo viendo. Pasa a mi par pero ahora veo lo que nunca había visto: ella huele mi aroma. Es decir, como olfatea uno a alguien del sexo opuesto. Lo hace con un movimiento leve y escondido, pero lo hace. “Le gusto a la desgraciada”, me dije con una sonrisa.

Seguí mi camino. Encuentro un par de patojos drogadictos que me piden pisto. Les doy unas fichas para que me dejen tranquilo; me sacan la madre a mis espaldas cuando se alejan. Malcriados.

Es curioso cómo volteo a ver cuando cruzo la calle. Casi ni muevo la cabeza, sólo hago un reojo y decido si continuar o parar.

Los cieguitos de Prociegos, vendiendo su lotería Santa Lucía. La verdad, no creo en esas cosas de la suerte, aunque tengo un par de primos que se sacaron buena feria en la lotería. Pero es definitivo, no compraré billetes.

En la agencia de viajes hay un par de chavas que están buenas. Las busco con la mirada. Por no poner atención al camino me tropiezo, qué bruto que soy. Me miro chistoso cuando volteo para todos lados preocupado de que alguien me haya visto. Suerte que no había nadie en la calle.

Cuando llegué a la décima calle, no me di cuenta que la Suburban venía a toda velocidad. En vano me grité para avisarme. Al ir cayendo, escucho un par de gritos de la gente que va pasando. Quedé ahí tirado, en medio de la calle. Lo vi todo, y no pude hacer nada.




Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.