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Valiosas amistades

Ayer iba bien cuajado en la camioneta, cuando de repente escuché unos gritos que me despertaron y me asustaron. Un par de chavos dijo que era un asalto y que todo el mundo se estuviera quieto. “Qué chingan, ahora voy a llegar tarde al chance”, me dije. Preparé mi billetera con los 20 pesos que cargaba y esperé a que los cacos pasaran por mi lugar.

Delante de mí iba una vieja rezando aves marías. Qué necedad —pensé—, si ya le toca aunque se rece mil rosarios se va. Atrás de mí un par de chavas chillando, como si así resolvieran las cosas. Yo estaba un cacho ahuevado, no lo niego, pero hay que hacerle ganas a todo.

Por fin llegaron hasta mi lugar los cacos desgraciados. “Dame todo el pisto” me dijo un gordo todo malencarado. Pero cuando estaba sacando la billetera, el otro me reconoció:

—¿Vos sos Walter?
—Simón, y qué jodidos —respondí malhumorado.
—¿No me reconocés? Soy Güicho, el de la tienda La Bendición.

En medio de los nervios, no había reconocido a mi cuate de la infancia. Era el Güicho, a quien todos chingábamos de patojo por chaparro.

—¿Qué putas, qué andás haciendo? —le pregunté.
—Pues aquí mire mano, breteando un cacho.
—Vaya trabajito el tuyo vos.
—Pues sí vos, pero qué le vamos a hacer. ¿Todavía vendés shucos en la U?
—Simón vos, para allá voy.
—Ta bueno manín, te caigo por ahí un día de estos.
—Como querrás. Ahí estamos a las órdenes.
—Bueno, fue un gusto vos, pero tengo que seguir trabajando. Orale, buena onda.
—Orale, que te vaya bien.

Después de despedirse, siguió con su trabajo, asaltando a los demás.




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