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El rapto

No me costó nada tomar la decisión. No me importan los convencionalismos hipócritas de la sociedad acerca del matrimonio. Los padres de ella se oponían rotundamente a nuestra relación y fueron demasiado lejos cuando le prohibieron verme. Los viejos suelen olvidarse de lo que hicieron de jóvenes, y quieren que sus hijos sigan reglas que ellos mismos no siguieron.

Estuvimos de acuerdo en hacerlo el domingo, cuando sus papás salen al supermercado para hacer las compras de la semana. Pero el día del rapto no había modo que salieran los viejos impertinentes. Estuve esperando la señal por más de hora y media, hasta que por fin sus viejos salieron rumbo al super.
Todo esto no lo podía haber hecho solo, y por eso llamé al Pedro, al chori, al negro y al chino, que siempre me hacen huevos para todo. Ellos serían los cómplices de este delito contra las buenas costumbres. El negro puso su pick-up, el chori era el encargado de vigilar y echar aguas por si se les ocurría a los rucos regresar, el Pedro y el chino me ayudarían a cargar las chivas. En medio de las chingaderas de costumbre empezamos a cargar los vehículos (el pick-up del negro y mi carcachita modelo 82) para consumar nuestro plan y llevarme a mi princesa para mis dominios.

Quince minutos después de empezar a cargar, un carro se estacionó enfrente de la casa. El chori entró corriendo para dar la alerta, se miraba muy preocupado y tenía una cara como de que ya nos jodieron. Cuando salimos a ver la Chabela y yo, respiramos aliviados, porque eran visitas para los vecinos a quienes saludamos cordialmente. Susto el que nos pegaron. No más terminamos de vaciar el cuarto de la Chabela, nos montamos en los carros y caminamos alegremente dos cuadras, hasta que se quedó parado el carro del negro, porque al muy bruto se le había terminado el combustible. Tuve que tragar un poco de gasolina para pasarle del mío y seguir la ruta. Justo cuando dimos la vuelta a la esquina, los papás de Isabel iban llegando, y nos miramos ella y yo con una sonrisa cómplice y triunfal.

Llegamos a mi casa de soltero e hicimos una pequeña fiesta durante el resto del domingo, y apagamos los celulares durante los siguientes tres días. A la mañana siguiente, cuando salí para el trabajo, la dejé dormida en nuestra cama nupcial que era un colchón tirado en el suelo. Y por primera vez en la vida, me sentí completo y acompañado.


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