Ir al contenido principal

El pervertidor

La primera y última vez que fui a ver una película pornográfica al cine, esperaba encontrarme con espectáculo tanto en la pantalla como en el público: me imaginaba que abundaban las parejas que iban saciar su apetito carnal por el placer de hacerlo en público. Eran los últimos tiempos de los cines del comercial Montserrat, que con esas funciones estaban dando los últimos estertores de vida. Contrario a lo que manda la ley, la función empezaba a las 7 de la noche y yo dispuse llegar a las 7:15, no fuera ser que me encontrara con gente que veía en la misa de los domingos. Pagué mi boleto y entré.

Lo más común es que en los cines uno entre por atrás de los asientos, pero en esta sala la cosa era al revés y uno tenía que pasar enfrente de todo el mundo para buscar su lugar. Entré lo más rápido posible, y me encontré con un tres chavos que se quedaban viendo desde el pasillo, porque no se atrevían a entrar y pasar enfrente de todos. Después de que pasa la ceguera inicial, uno empieza a ver a su alrededor cuando no hay acción en la pantalla. Por más que busqué no encontré a ninguna pareja que diera espectáculo, pero sí dos chavas que decían ay qué chish cuando había sexo oral. Las muchachas habían sido inducidas al pecado por un sonriente cuate con gorra de los rojos y uniforme de Paiz.

—Mirá, mirá hombre, para eso vinistes —le dice el chavo calientón a una de las mujeres.
—No —dice la muchacha tapándose los ojos—, ¡qué asco!
 —¡Qué cochina! —dice la otra— ¡y se lo está tragando!

Y aunque ponían sus caritas de asco, se vieron la película hasta el final, ante los reojos lujuriosos que a cada tanto les lanzaba el pervertidor suertudo.


Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.