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Las mamás buenas deben creerle a sus hijos

Una noche que regresaba del trabajo y venía aburrido, iba delante de mí, caminando por la acera, una señora algo gordita con bolsas de supermercado en las manos. De pronto la alcancé, pero como estaba caminando casi a la misma velocidad que yo, hubiera tenido que acelerar para rebasarla y no quise hacerlo porque me dio hueva. Así que caminamos juntos durante algunos metros, ella adelante, yo atrás.

La doña se sintió perseguida y empezó a voltear de reojo con gesto asustado, y de repente, la muy loca empezó a correr. Yo aceleré el paso, y como estaba en mejores condiciones físicas (cuestiones de edad y talla), seguía pegado a ella sin mucho esfuerzo. La gorda entonces aceleró su corridito y yo aceleré también hasta casi trotar, y seguía pegado a ella. La señora de cuando en cuando hacía reojos y constataba que yo seguía atrás. Por fin, cuando llegamos a un lugar oscuro tuvo que parar y casi ahogándose por el esfuerzo, me dijo angustiada, entre resoplo y resoplo:

—Llévese todo mi dinero, pero no me haga nada.

—Pero señora, no entiendo, yo sólo caminaba atrás de usted.

—No voy a avisarle a la policía, ni nada —contestó sin entender lo que le había dicho—, tome tome, llévese mi monedero, ahí están los 500 quetzales de mi pago de hoy —dijo extendiendo la mano temblorosa con un monedero de tela típica.

—Señora disculpe, pero yo no tenía ninguna intención de molestarla. Yo sólo le seguía el jueguito.

—No no, váyase y déjeme tranquila, ya bastante tengo con el marido mantenido y borracho que tengo. Déjeme en paz.

Al ver que la doña estaba en su propio mundo, no tuve más remedio que salir corriendo con mi monedero de 500 quetzales.

En la casa tuve que soportar las malas miradas de mamá que desconfía de que lo que digo sea cierto. Lo bueno fue que con eso se pagó el internet y el teléfono que papá no quería pagar, porque dice que yo sólo ando malgastando el pisto en chat y pornografía, cosa falsa, por supuesto.


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Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

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