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Bodas

Ayer llegó una invitación de boda. Un par de tórtolos enamorados van felices al matadero, pobrecitos. Para dar una idea de lo colgados que están uno del otro, adjunto a la invitación llegó un recuerdo de la boda: una bolsita de tela dorada que contenía un CD con sus catorce canciones preferidas, acompañado de una tarjetita titulada Nuestros Temas y la lista impresa. Al parecer el nuevo matrimonio es fanático de Juan Luis Guerra, quien domina su Top 14 con cuatro canciones. Manu Chao, Andrea Bocelli, Bacilos y Phil Collins también están incluidos en el disco.

La primera boda a la que me recuerdo haber asistido es la de mi hermana, cuando tenía tres años y medio. Yo era uno de los pajecitos y llevaba un traje café y cara de cachorrito huérfano. Apenas uno tiene un poco de tiempo viviendo en la Tierra y ya le están encomendando responsabilidades de sociedad. La iglesia era grande (años después descubrí que yo era el pequeño) y había bastante gente. Quise hacer un papel digno, caminé hasta el altar con la cabeza erguida y altiva, sosteniendo con firmeza y decisión el cojín con los anillos. Si no hubiera sido por un pequeño tropezón (alfombra tonta), mi papel habría sido perfecto y recordado de generación en generación. Lo importante fue que me levanté y seguí hasta el altar para cumplir con mi misión. No sin después terminar llorando en el regazo de mi mamá.




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El taxista

Por el toque de queda hay pocas horas para trabajar y mucha competencia. Son las cinco de la mañana de un día domingo en plena pandemia. En el grupo de whatsapp de los taxistas todos empiezan a escribir. Casi todos dicen que está silencio.

El falso enfermo

Me endeudé con la tarjeta de crédito por mucho dinero. Al principio era para poder darme un respiro de los pagos y las deudas que tenía pero con el tiempo eso creció como espuma de cerveza cuando empecé a darme algunos gustos. Era tiempo de inventar algo diferente. Así que me enfermé de cáncer.

La mejor navidad de la historia

La víspera de navidad salí muy cansado de mi trabajo en el supermercado. Ese día no llegaron un par de compañeros, varios clientes me gritaron porque los precios no coincidían, perdí dinero en la caja y me corté un dedo cuando colocaba producto. Por el camino de regreso me encontré a un vendedor callejero que vendía unos carritos y recordé que no le había comprado regalo a mi hijo Sebastián de seis años.