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La camioneta de la bella durmiente


El martes de la semana pasada fui a la agencia de SAT central y para el viaje decidí usar nuestra popular y democrática camioneta. Luego de hacer las diligencias que necesitaba hacer, tomé una camioneta número 82 que venía medio vacía para regresar a la oficina. Al nomás subir, vi una bella colegiala que estaba dormida en uno de los asientos, con la cabeza recostada en una de las ventanillas y el asiento que tenía a la par, vacío. Tez morena clara, pelo negro lacio y largo, puro de Head & Shoulders, una boquita apenas entreabierta, un maquillaje discreto y una naricita coqueta. Lo mismo podía pasar como guatemalteca o filipina. Vestía un uniforme azul de colegio, con la falda un poco más corta de lo normal. Parecía ser de los últimos años de secretariado o magisterio. Llevaba en sus piernas su mochila grande, repleta, que por lo menos tenía que pesar 25 libras.

Me recordé inmediatamente del cuento de García Márquez en el que viaja en avión de París a Nueva York a la par de una mujer preciosa que duerme todo el camino. Yo sé que una camioneta de tercer mundo y las calles del centro cívico de la capital de Guatemala no tienen precisamente el glamour del aeropuerto de París, ni el de la primera clase de un avión, pero la bella durmiente que me tocó a mí, sí que era igualmente de fábula. Me senté, así como don Gabriel, a la par de la bella.

La chica tenía un aroma riquísimo. Yo no sé de perfumes, pero el que cargaba ella, unido a su olor natural de mujer, era encantador. No vayan a creer que me puse a olerle impunemente el cuello como un chucho o algo parecido. No había que moverse o hacer ningún esfuerzo para disfrutar ese olor exquisito. Luego de una cuadra disfrutando la compañía de la bella colegiala durmiente, yo ya estaba totalmente enamorado, imagínense ustedes: yo, un vulgar escribidor de posts de blog, con un encanto de mujer a la par, en un país de tercer mundo, en una camioneta destartalada en el centro de la ciudad. Pero ni cuando estuve en Barcelona y Madrid (que sí tienen su cacho de glamour) me senté a la par de tal portento de espécimen femenino.

Luego de avanzar tres cuadras, la chica dio un brinquito porque un gritón entró a la camioneta a vender dulces, medio se despertó, medio me vio y con suma naturalidad, como si fuese alguien de su confianza, se recostó en mi hombro y me abrazó, y luego siguió durmiendo en el más profundo de los sueños. Yo la abracé también y fuimos una feliz pareja durante unas diez cuadras, cuando de pronto despertó, me miró asustada, dijo ¡puta, ya me pasé de mi parada!, tocó el timbre, y bajó corriendo en la novena calle y novena avenida de la zona uno, desapareciendo a toda prisa con su mochila de 25 libras, su minifalda de colegio y una pequeña arruguita en el cachete izquierdo, la única huella que le quedó de nuestro viaje idílico.


Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.