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Yo le vine a contar mi vida


Bonifacio (Bacho para los cuates) es un señor de 44 años que anda buscando trabajo. Llega a las entrevistas con su pelo crespo un poco alborotado, camisa manga larga a cuadros, pantalón pachuco, calcetines de rombos y mocasines apretados.
Lleva consigo un maletín del cual nunca termina de sacar sus cartas de recomendación y su desordenado currículum vitae. A cada pregunta del entrevistador le es imposible decir sí o no, o por lo menos decir un par de frases que contesten directamente. Si le preguntan que con quien vive, entonces suelta la historia de su abuela, una señora de 83 años a la que él sostiene y cuida, porque sus hermanos viven aparte y él es el único que le queda a la viejita, a la que como usted comprenderá ya se le olvidan las cosas y desvaría, aparte de su problema de los riñones que últimamente le está molestando, pero ya está mejor. Viera cómo ha sufrido esa viejita, le mataron a dos de sus hijos, mis tíos, por un pleito de tierras. Pero gracias a Dios, ahí está todavía la viejita.

Cuando le preguntan qué hacía en su último empleo, Bacho contesta que más que todo se encargaba del sector de las ventas, aunque hacía mensajería y llevaba algo de las cuentas, porque le tenían confianza, pero mi jefe, como era pariente, usted sabe que por la confianza luego se hacen los locos para pagar y yo lo que quería era un ingreso formal y por eso ando buscando trabajo. Yo no es que presuma, pero desde los once años estoy trabajando, porque yo siempre he tenido eso, siempre me gusta ganarme mis centavos y no depender de nadie, porque el trabajo es sagrado, como decía mi mamá que en paz descanse, Dios la tenga en su gloria, pobrecita, el cáncer en la matriz se la llevó cuando estaba todavía jovenzona.

A la pregunta de si bebe o fuma en sociedad, Bacho dice que para nada, porque sufrió mucho con el mal ejemplo de su papá, que era buena gente, pero viera usted como le gustaba el trago y se ponía abusivo con mi mamá. La verdad es que yo ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que me eché mis tragos, porque hace algún tiempo si le entré a los tragos, para qué le voy a mentir, pero eso fue en la temporada en que me dejó mi mujer y se fue con un carpintero desgraciado, de esos que hacen muebles para las mueblerías de la Bolívar. Pero de veras que ya ni me recuerdo cuándo me eché el último trago. Ahora eso de fumar sí nunca lo hice, porque no me gusta eso, aparte de que un mi tío se murió de cáncer en los pulmones por estar día y noche echándose los chancuacos, eso del cigarro sí nada que ver conmigo.

Por último, le preguntan sobre las metas de su vida. Pues más que todo, dice Bacho, yo quisiera enganchar un mi terrenito allá por Patulul, de donde soy yo, conseguirme una mi mujer que me respete y que me quiera, pero ya ve usted lo difícil que es ahora, las mujeres ya no respetan a los maridos. Yo creo que tiene mucho que ver eso de las novelas de la tele, porque les meten babosadas en la cabeza a las mujeres. Por eso es que hay tanto marero, porque las mamás ya no cuidan a sus hijos. Pero creo que Dios nos tiene que amparar y echar una mano, porque a la gente honrada Dios la ayuda. Si usted me da el trabajo, ya va a ver que no se arrepiente, a mí me gusta el trabajo.




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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.