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No siempre soy el mismo


Hoy en la mañana salí para el trabajo, tomé la camioneta de siempre, llena como siempre, y llegué tarde como siempre. Por alguna razón, a pesar de haber llegado tarde, no había nadie en la oficina. Y no, hoy no es domingo, ni había compromiso de ninguno afuera de la oficina. La oficina estaba totalmente sola, y afuera en la calle todo igual, como las 8:30 de la mañana de cualquier día laboral. Viéndola detenidamente, ví que la oficina estaba algo sucia, como si la señora de la limpieza no hubiera pasado en varias semanas.
Me siento entonces a la computadora, bajo el email del día y me pongo a ver redes sociales. Nada nuevo, aquel chavo con su guerrita tontuelina de siempre contra Microsoft (hay que seguirle la corriente para que no se sienta), el otro con sus ondas político-catárticas, el otro con su poesía, está aquel que compra lunas, aquella otra repitiendo pura lorita lo que enseñan en la UFM (y más de algún incauto comentándole), aquel otro con sus muladas por un lado y sus crípticas poesías por el otro. En fin, la fauna bloguera de siempre. Pero nadie en la oficina, todo muerto, sin nadie a quien chingar. Ni siquiera la secre que todos los lunes llega con su minifaldita sexy y a la que ya casi me trincaba el otro día, cuando entonces se apareció el Jorge y me troceó todo. Al Jorge también le llega la secre, pero nunca le dice nada y ni modo que yo voy a estársela cuidando si la cabrona está ganosa.

Son las nueve de la mañana y nadie. Las diez y tampoco. Salgo entonces ya un cacho nervioso a comprar la prensa, a ver que dicen de los rojos mulas que perdieron ayer por goleada. Y al regresar todo normal, la gente está allí, saludo de buenos días, como si estuviera llegando y me miran raro, como si ya hubiera entrado antes. Me siento en la computadora y resulta que de pronto ya no es la mía, tiene un montón de mp3 de música rara, en los favoritos del Explorer están otras ondas, tengo una página en Hi5 y un blog en Msn y el Messenger que nunca uso con sopotocientos contactos que a saber de dónde salieron y un par de chavas que me saludan en el Chat diciéndome una “ke pex, toy chando la weba” y la otra “tqm”, seguido de un montón de emoticons. Me llevo la mano a la barbilla y noto que tengo un piercing, y muevo la lengua y noto que tengo otro piercing allí también. Preocupado voy al baño a verme al espejo y cuando me levanto miro que tengo tenis verdes tipo chapulín, pantalón de cuero negro y una t-shirt, pero eso sí, con mi corbata de siempre. En el baño me miro y tengo el pelo liso liso y teñido de azul, parezco puro punk.

Miro este blog y me parece todo raro, como sin gracia. Debería tener color negro y letras blancas y algún jpg del debiantART. Aunque lo que más lo chinga es el contenido, no está nada cool y a veces ni se entiende, como si alguien diferente (algo pretensioso y lleno de mierdas) lo hubiera escrito. En fin, lo voy a tener que borrar porque a saber qué gente rara visitará este rollo.

Por lo demás, creo que fue un lunes normal. Mañana será otro día.


Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.