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El secuestro


—¡Se robaron a mi hijo! —dijo Ruth al otro lado del teléfono.

Claudia inmediatamente dejó todo y se fue con ella a la casa. Fernando había llamado a Ruth angustiado, desesperado y casi loco porque se había dormido cinco minutos y al despertar no había encontrado al Gabrielito en la casa. Lo había llamado, gritó y gritó y el nene por ningún lado, las puertas abiertas y el acabose total.

El Gabrielito es la adoración de la familia. Chiquitito y delgadito, con cuatro años y su alegría natural se gana a cualquiera. Cuando Ruth lo lleva a la oficina, todo el mundo gira en torno a él. Claudia iba rezando en el camino, porque los milagros no existen, pero hay que inventárselos para seguir viviendo. No era hora de presumir de valientes ateísmos.

Mientras Claudia y Ruth llegaban a la casa, atrasadas por un accidente en la carretera, Fernando se encargó de avisarle a todo el mundo. Los vigilantes de la garita del condominio estaban en alerta para no dejar salir a ninguno. La gente estaba indignada y juraba que al encontrar al secuestrador, lo lincharía sin piedad. El papá de Ruth tiene un cargo importante en la policía y no iba de ninguna manera a dejar que el o los desgraciados se salieran con la suya.

Ya el cuerpo de policía más cercano estaba al tanto de la situación. Toda la gente que salía era interrogada y registrada en la garita y habían vecinos buscando por todas partes al o los maleantes, no era posible seguir permitiendo tanta maldad y menos con un pequeño inocente.

Fernando en su desesperación no atinaba a hacer nada. Volvía a ver a la sala y los dormitorios, la cocina. Salía de la casa y volvía a entrar. De repente, revolviendo cosas por todos lados, movió el edredón que estaba en el corralito que ya le queda pequeño al nene. Y allí estaba el Gabrielito, profundamente dormido, sano y salvo. Como el edredón es grande y el niño pequeño, no se notaba que estuviera debajo de él. Llegaron Ruth y Claudia, Ruth llorando desconsoladamente y Claudia tratando de conservar la calma, a encontrarse con un Fernando que había envejecido diez años en media hora y con un Gabrielito extrañado con tanto movimiento, diciendo que estaba cuidando su corral.


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

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