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Regreso a casa


El señor no pudo estacionarse frente a la panadería porque ya estaba ocupado el espacio, así que se quedó media cuadra atrás. La señora bajó y fue por el pan, mientras el señor junto a los dos niños del matrimonio la esperaban. Al salir de la panadería, la señora vio que el señor amablemente había adelantado el carro y se subió, le puso seguro a la puerta, se colocó el cinturón y se quedó viendo por la ventana a esa viejita que por distraída había botado al suelo los huevos que llevaba. Luego de cinco cuadras de andar en el carro se dio cuenta que la ruta no era la que dirigía a su casa. Volteó a ver a su esposo y a sus hijos, pero no eran los suyos, se había subido a un carro equivocado.

Al parecer no habían notado que se había subido una persona ajena a ellos y entonces decidió no decir nada y seguir hasta el destino final con ellos. Un cambio de ambiente quizás le vendría bien, su nueva familia se miraba afable, aunque todos muy serios. Cuando llegaron a la casa, el niño más pequeño la tomó de la mano y le enseñó todos los ambientes, le preguntó su nombre y le dijo que hacía mucho la esperaban. La casa era lujosa y había suficiente servidumbre para atender a tres familias al mismo tiempo. Los pisos relucientes, las habitaciones amplias, el jardín precioso, obras de arte de buen gusto en las paredes y corredores.

A las siete de la noche, la cena estaba servida. El señor de la casa se puso de pie y le dio la bienvenida a la familia y alzó una copa de vino para celebrar. Los dos niños la miraban alegres y le empezaron a decir mamá. “Mamá, pasáme la sal porfa”, “cómo te fue hoy en el trabajo”. El señor parecía un discreto y elegante ejecutivo, con aristocráticas canas en las sienes y voz de bajo, y a la señora le pareció muy guapo. ¡Quién va a extrañar al vulgar de su marido y a los relajeros de sus hijos! Aquí se está muy bien.

Al terminar la cena los niños se fueron a dormir y quedaron solos el señor y la señora. El señor pidió música para bailar y bailaron valses, tangos y jazz. La noche se terminó a las doce en punto, y el señor le mostró a la señora el dormitorio en donde iba a dormir. Ella bien se hubiera ido a dormir con él, para asumir de una vez por todas su nuevo papel, pero pensó que era mejor hacerle caso.

Al día siguiente ella no sabía qué hacer. Esperó que todos se fueran y llamó por teléfono a su casa, pero nadie contestó, ellos también se habían ido. Llamó entonces a su marido al celular y éste respondió un poco apurado, pues dijo estar en una reunión, que por favor llamara después. Ella entonces salió a dar un paseo por los jardines de la mansión y se bañó en la piscina. Luego llamó de nuevo a su marido y ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería que ella se quedara por un tiempo. Los niños y él estaban bien.

Sin saber exactamente por qué, y aunque la nueva vida estaba muy bien, ella esperaba que su marido le dijera que la extrañaba. Por la tarde llamó a sus hijos a la casa, pero atendió una voz femenina de apariencia muy educada que le dijo que todo estaba bien, que ella se encargaría de llamarla la semana próxima.


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

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