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Pastillas de cianuro


Agobiados por las penurias económicas, padre e hijo deciden suicidarse. Calcularon que con los seguros de vida que habían contratado, mamá podría pagar todas las deudas y continuar ayudando a la hija soltera en el cuidado del bebé que acababa de tener y que se merecía un futuro mejor que el que tenían ellos debido a sus irresponsables inversiones.

Ambos, padre e hijo, redactaron una nota póstuma en la cual explicaban a la madre sus razones altruistas y le indicaban que por nada del mundo la enseñara a la policía o a algún agente de seguros. El domingo anterior a la fecha del suicidio fueron a misa por primera vez en muchos años, se confesaron y comulgaron y pidieron perdón por lo que iban a hacer.

La madre, una dedicada catequista católica, no pareció darse cuenta de los planes de ellos, aunque se alegró de verlos en misa y dijo en sobremesa que había pasado mucho tiempo rogándole a Dios para que sucediera esto. Algo bueno estaba por pasar, todo estaba en los planes del Señor.

La noche en que van a efectuar el doble suicidio, padre e hijo hablan durante una hora y se convencen nuevamente de que lo que van a hacer está bien. El padre toma sus pastillas de cianuro y se va a su dormitorio. Pero el hijo no se las toma. Se queda en el comedor pensando en que su mamá se fue a acostar temprano, cuenta las pastillas de cianuro que quedan en el frasco y nota que hay menos de las que debería de haber.


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.